13 de septiembre: el otro show.

Los niños héroes

   Lo más cerca que estuve en estas fiestas patrias de mi ser patriótico fue un convivio en casa de la licenciada Wong.

   A la fiesta fui calzando unas viejas botas vaqueras, color negro, duras, de piel de anguila que conservo de mis mocedades (todavía no sé porqué), con más abolladuras que la consciencia de un político promedio. El hecho de vestirlas me confirmó en el hecho de que soy un ser de carne y hueso aunque, por la descarapelada que me di en los empeines, más parecía yo olla de peltre. Me están creciendo los pies.

   Lo cierto es que estoy hasta el gorro de tanta faramalla y vacuidad; el mes de la patria hace más agua que el Titanic; además de la mentira de que el 15 de septiembre de 1810 el cura Hidalgo dio inicio a una lucha de independencia, está esa otra relativa a la fecha que sirve de título a estos párrafos, respecto de los niños héroes, pues ni están todos los que son ni son todos los que están; excepto porque los jóvenes que lucharon el 13 de septiembre de 1847 en contra del invasor gringo, sí fueron héroes, lo demás es falso.

   En efecto, ni todos eran cadetes, ni todos eran niños, ni tampoco eran nada más seis.

   La historiografía nacional, otra vez, distorsionó los hechos para hacerlos coincidir, de manera conveniente, con intereses políticos de coyuntura; pero vayamos por partes: ¿no todos eran cadetes? No. Juan Escutia era un soldado del batallón de San Blas.

   ¿No todos eran niños? No. De hecho, la mayoría no lo era; Juan Escutia tenía veinte años de edad; Juan de la Barrera, diecinueve; Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca, dieciocho; solo Vicente Suárez y Francisco Márquez eran menores, el primero tenía doce años y el segundo catorce (aunque no falta quien afirme que Suárez tenía diecisiete años).

   Además, hoy se sabe que estos seis jóvenes no estuvieron solos; hubo otros muchos que en esa fecha tomaron las armas; hubo uno, en particular, al que la historia patria no le hace justicia —ese sí casi un adolescente (tenía quince años de edad)—. Ese “niño héroe”, tras salir vivo de la batalla, se convirtió en el mejor estratega del Partido Conservador y, de haber vencido a los liberales, quizá podría haber sido llamado: “El Presidente Niño Héroe” pues, a los veintisiete años de edad, accedió a tan elevada dignidad; aunque tuvo la mala fortuna de equivocarse de bando; ese niño se llamó Miguel Miramón.

   En cuanto a la bandera (el asunto de “El Niño Envuelto”), los historiadores coinciden en que sí ocurrió pero no necesariamente que el protagonista haya sido Juan Bautista Pascacio Escutia Martínez, pues los libros de primaria le reconocen también el mérito al capitán Margarito Zuazo, del batallón Mina.

   ¿Cómo se explica este batidero? Las prisas.

  Aunque la historia de los niños héroes se conocía desde el Siglo XIX, la historia se relanzó durante el sexenio del Presidente Miguel Alemán. En marzo de 1947 el Presidente americano Harry Truman visitó nuestro país, en el centenario de la guerra entre México y Estados Unidos, colocó una ofrenda floral que los cadetes del Colegio Militar devolvieron de malos modos a la embajada americana.

   Al poco tiempo de la visita de Truman, durante unas excavaciones al pie del cerro de Chapultepec se encontraron seis calaveras que, literalmente, por decreto presidencial, se estableció que pertenecían a los niños héroes.

  Llama la atención que alguien, hace cien años, se haya tomado la molestia de enterrarlos a todos juntos, incluido el de la bandera. Me hubiera gustad saber quién fue. Tanta previsión y diligencia son dignas de admiración.

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Luis Villegas Montes.

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DESPAPAYE DE LA HISTORIA PATRIA: EL ORIGEN.

   Ya entrados (conste que lo que me inspira no es el arguende ni echarles a perder la celebración de las fiestas patrias, sino compartir con ustedes algunas notas de la historia nacional), resulta interesante comprender cómo y cuándo llegamos a esa noción idiota de que los indígenas precolombinos constituyen, ellos solitos y prescindiendo del aporte español, el germen de la mexicanidad.

   Resulta que hace muchos, muchos, muchos años —para ser exactos 1843—, había un señor llamado Manuel Larrainzar quien, para defender la invasión de México a Guatemala con el afán de apoderarse del Soconusco, tuvo la peregrina idea de retrotraerse a los remotos, y discutibles, orígenes de las naciones indígenas que poblaban esas tierras.

   En efecto, con pedantería de académico neoconstitucionalista y grandilocuencia de político de quinta —que, para nuestra desgracia, ya no nos iba a dejar jamás—, el angelito escribió en el prólogo de su obra: “El deber pone la pluma en mi mano para escribir sobre Soconusco: su incorporación a la República mexicana ha llamado la atención pública: el gobierno del estado de Guatemala, y varios escritores de Centro-América han presentado este suceso con un carácter odioso”.1 Nótese, el librito lo escribió con aires de refutación, porque algunos, en la ofendida Guatemala, víctima del despojo mexicano, osaban quejarse de la intrusión extranjera.

   No conforme, Larrainzar funda su dicho en una legítima, límpida y lírica intención: “haciendo sentir (merced a su pluma) la fuerza de la verdad, y fundando la justicia con que ha procedido el gobierno de México en este asunto, ese es el objeto que me propongo: yo no podría callar […] mi silencio pondría sobre mi frente un sello de deshonor y de ignominia, y no puedo resignarme a semejante destino”.2 ¡Mocos!

   Ahí es cuando torció la puerca el rabo porque, en la relación que Larrainzar hace para justificar “la propiedad” de México sobre la región, se remonta, lo menos, seiscientos años: “Los olmecas, raza enemiga de los que habitaban estos países, y con quien ya otra vez habían estado en guerra, invadieron con un ejército numeroso, y después de una lucha sangrienta, vencieron y sometieron a los habitantes de Soconusco […] Después de la invasión de los olmecas, se siguió la de los toltecas, capitaneados por Nimaquiche, quien en la división que hicieron de la nueva región (dio a un hermano el señorío de los mames) en que estaba comprendida la provincia de Soconusco”.3

   Don Manuel, que era abogado, y Ministro propietario del Tribunal Superior de justicia del Departamento de Chiapas, ha de haber sido uno muy mediocre en el ejercicio de su profesión; posiblemente al escribir esos párrafos no se acordaba de sus clases de derecho romano y de la figura de la usucapión; pretender una “legitimidad” que deriva de una “propiedad” (dudosa por lo demás) de más de seiscientos años, obtenida con el uso de la fuerza, es tan absurdo como justificar el holocausto del pueblo palestino a manos judías sobre la base de un derecho adquirido hace tres o cuatro mil años.

   Como sea, esa taradez de identificar a los pueblos nativos originarios con los mexicanos de hogaño —sin ese “toque” español del que dan cuenta nuestro idioma, nuestra sangre, nuestro monoteísmo, etc.— es polvo de aquellos lodos.

   ¡Cuánto daño le hizo la grandilocuencia y la memez de Manuel Larrainzar a México! Desde entonces, en asuntos de identidad nacional, los mexicanos andamos como niños jugando al “mamaleche”: a la patita coja.

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1 LARRAINZAR, Manuel. Noticia histórica de Soconusco y su incorporación a la República Mexicana, Imprenta de J.A. Lara, México, 1843, pág. III.
2 Ibídem.
3 Ídem., págs. 8 y 10.

MES DE LA PATRIA

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   El domingo preguntaba Lola que porqué había tantas banderitas en las calles. “Mes de la Patria”, le expliqué de manera sucinta; da igual, no me oyó. Lola ya no oye ni “j” y es necesario platicar con ella a los gritos. “Mes de la Patria”, respondí… y me quedé pensando.

   En un montón de sitios he escrito que aborrezco la vacilada esa de que “los españoles vinieron a conquistarnos”; odio que, en esas circunstancias, cuando hablen de ibéricos, no se aluda a los jamones (ñam, ¡qué rico!); y que si hablan de conquista de México no se refieran a Julio Iglesias, Camilo Sesto o Miguel Bosé.

    Mire usted, vivimos en una irrealidad tan palmaria que, si se aplica usted en algún buscador con la frase “Conquista de México” encuentra millones, sí, escribí bien, millones de resultados; y es una insensatez, porque, en esos ayeres, México, México, México, lo que se dice México, no existía; y españoles, españoles, españoles, lo que se dice españoles, tampoco.

    Ciertamente hace cosa de 500 años llagaron a estos lares unos fulanos barbones, que se dice “barbudos”; con cascos, que se dicen “yelmos”; enfundados en corazas, que se dicen “petos”; y con unos espadones de santo y señor mío, a partirle su mandarina en gajos a algunos de los habitantes de estas regiones y, cuando ya empezaban a desesperar porque la cosa nomás no marchaba, se aliaron con otros de esos mismos habitantes deseosos, ellos también, de partírsela a los primeros, porque ya estaba hartos de tantos impuestos y tantos sacrificios humanos. El asunto es que ni los locales eran mexicanos ni los señores de las barbas eran españoles. De hecho, la consolidación de la españolidad (permítaseme el término) tardaría siglos en cristalizar.

   De ese modo, hablar de México o de “mexicanos”, antes de 1821, es una soberana estupidez; exactamente igual a hablar de España o de “españoles” trescientos años antes. México es una mixtura; un mosaico cargado de memorias que se entreveran y, como en un tapiz, nos muestran una panorámica, congelada hasta cierto punto, formada por un montón de historias individuales enlazadas. En todo caso, como no me cansaré de repetirlo, ahí está la polvosa lápida en Tlatelolco, que rememora la última batalla entre Cuauhtémoc y Cortés; y que reza: “no fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

    Pues bien, con esos antecedentes, llegamos a 1810 en donde Miguel Hidalgo, el “padre de la Patria” empezó su movimiento, que no era su movimiento (él fue invitado por los auténticos conspiradores), al infame grito de: “¡Viva Fernando VII! ¡Viva la patria!”; no hay que ser un genio para comprender que, si Hidalgo aclamaba al Rey Fernando, preso de los franceses en Bayona en ese momento, a la patria a la que se refería el cura era la española y no otra.

   Si alguien osa poner en duda esa afirmación (perdón por la grandilocuencia pero es inevitable), le dejo esta delicia de párrafo propio de la proclama de Hidalgo expedida en la villa michoacana de Zamora, en noviembre de 1810, dos meses después de su famoso “Grito de Dolores”: “Consultad en las provincias invadidas a todas las ciudades, villas y lugares y veréis que el objeto de nuestros constantes desvelos es mantener nuestra religión, el rey, la patria y la pureza de costumbres, y que no hemos hecho otra cosa que apoderarnos de las personas de los europeos y darles un trato que ellos no nos darían ni han dado nunca a nosotros”. ¡Tómala!

   ¿Entonces? Muy simple: Hidalgo tiene de Padre de la Patria lo que Yuri Gagarin de chapaneco; es decir, nada. Nos guste o no, el auténtico Padre de la Patria fue el que firmó los tratados de Córdova (por los que se reconoce la independencia de México); y a quien, para nuestra eterna vergüenza, mandamos fusilar: don Agustín de Iturbide.

   Ya pueden ir a comprar su banderita y gritar: “¡Viva! ¡Viva!”.

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FINANCIANDO LA CORRUPCIÓN AJENA: CANDIL DE LA CALLE…

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    Una de las cantaletas más insistentes del Presidente ha sido, por supuesto, el combate a la corrupción; pero, ¿hasta dónde es cierto su planteamiento? Y, sobre todo: ¿qué tan eficaz resulta?

   AMLO no ha sido original en lo absoluto; como se ha probado, los mexicanos conocemos el origen de esa crisis: “De acuerdo con el  Latinobarómetro 2011 los mexicanos señalan a la corrupción como el problema más importante, 55% de la población la ubica como el ‘principal asunto’ que le falta a la democracia en el país. En ese tenor, la mayoría de la población (61%) afirma que ‘los que menos cumplen con la ley’ en México son ‘los ricos’, y solamente 22% de la población cree ‘que se gobierna en bien de todo el pueblo’”.1

   El asunto es cómo vamos a jugar nuestras canicas; porque, si así está la cosa en México, sería bueno enterarnos de cómo está la cosa en otros países: hace unos años los habitantes de una remota región afgana oyeron un anuncio sobre un programa multimillonario para restaurar refugios en su zona (meses más tarde llegaron unas cuantas vigas por conducto de Ismail Khan, famoso señor de la guerra, miembro del gobierno afgano); del dinero prometido solo llegó un 20%; el otro 80% se dividió entre la oficina central de la ONU; una ONG subcontratada; y tres abogados, quienes se llevaron el resto. En suma, el poco dinero que llegó se utilizó para comprar comida y gran parte fue pagado al cártel de Ismail Khan a precios inflados; ese no es un incidente aislado: “Muchos estudios estiman que solamente entre el 10 o, como máximo, el 20 por ciento de la ayuda alguna vez llega a su objetivo. Existen docenas de investigaciones por fraude a oficiales locales y de la ONU por desviar dinero de las ayudas”.2

   Para destacados especialistas, los principales países en vías de desarrollo, en los que la fuga de capitales se ha vuelto endémica, son: Argentina, Nigeria, Venezuela y México; donde “no es necesario probar que la adquisición de una deuda externa exorbitante no solamente financió un consumo insostenible y malos proyectos de inversión, ‘sino también, característicamente corrupción rampante’”.3

   Más aún, hablando del destino de los recursos económicos, concretamente en América Latina, tenemos que, en promedio, se gastó un 35% de la deuda en importaciones suntuarias: “Tendencia mantenida en México donde, por ejemplo, la cantidad de autos de lujo importados pasó de 4,000 en 1993 a 34,000 en 1994. […] redundando todo ello en el franco enriquecimiento de importadores, comerciantes, banqueros, funcionarios mediadores, etc.”.4

   En resumen: la mayoría de las “ayudas” que se brindan en el mundo no sirven para su “verdadero” objetivo; buena parte de esos recursos, y los provenientes de la deuda, se malgastan; una porción considerable de ese derroche se dilapida en actos de corrupción; y América Latina es un área que adolece de ese mal de modo singular; considerando lo anterior, ¿qué garantiza que la ayuda que México brinda a países como El Salvador u Honduras, a costa del sacrificio de millones de sus habitantes, no corra la misma suerte?

   De hecho, refiriéndose a la corrupción adivine qué pueblos, de qué países, comparten idéntica preocupación en la región; si usted respondió Guatemala, El Salvador y Honduras, adivinó.5

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1 ACKERMAN, John M., El mito de la transición democrática. Nuevas coordenadas para la transformación del régimen mexicano, Temas de Hoy, México, 2015, pág. 28.
2 ACEMOGLU, Daron y ROBINSON, James A., Por qué fracasan los países, Crítica, México, 2016. pág. 526.
3 CAFIERO, Mario. “Deuda externa y fuga de capitales”. [En línea]; visible en el sitio: https://www.pagina12.com.ar/2001/suple/carrio/anexo.pdf, consultado el 24 de agosto de 2019 a las 10.00 hrs.
4 RUIZ CONTARDO, Eduardo. “Los Mitos y los Tiempos de la Globalidad: El Reto Latinoamericano para México” en La Sociedad Mexicana frente al Tercer Milenio, Colección: Ciencias Sociales, Tomo I, Humberto Muñoz García y otros (Comité organizador), Miguel Ángel Porrúa y Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1999, pp. 81-110, pág. 86.
5 ACKERMAN, John M. Ídem.

UNA SELFIE DE AMLO.

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    Había escrito la semana pasada que existe cierta idiotez que parece infinita; como ejemplo de que la estupidez no entiende de sexos, ni de fronteras, tomemos el caso de la ciudad de Nueva York, la cual procedió a proclamar la existencia de treinta y un géneros.1

   En su libro “Cómo hablar con un izquierdista”,2 Gloria Álvarez da cuenta de las diez cosas que tienes que saber si eres de izquierda; y ahí, en la sexta, se lee clarito: “Hay que saber de todo”; y procede a explicarlo de inmediato: “Una de las mayores habilidades del izquierdista es que sabe de todo. El izquierdista sabe de política, de sanidad, de educación, de cultura, de relaciones internacionales, es un experto en derecho y la historia es su materia preferida”. ¿Qué mejor ejemplo de ese aserto que AMLO?

   Con una inventiva digna de mejores causas, prolija hasta el exceso; y tan imaginativa que, parece, su último trabajo fue en Disneylandia, Andrés Manuel cree una de cosas que da gusto; virtud a esa apropiación de la historia, necesaria para apuntalar sus mitos y manías.

   El riesgo, sólo por citar un caso allende nuestra fronteras, es obvio; tomemos en cuenta el fenómeno de “Podemos” en España; el cual, logró introducir en el debate público términos que ha modelado a su real gana; el caso más significativo “es el del ‘gobierno de la gente’. Abrazados a la más absoluta de las soberbias, sus representantes se erigen en portavoces de una ciudadanía supuestamente oprimida, y lo que es peor, transforman sus opiniones políticas en un deseo de la mayoría”.3

   En el caso de México, ahí están las consultas “patito” a cargo de MORENA, cuyo único propósito ha sido “democratizar” (¡ja!) la toma de decisiones de un gobierno irresponsable que pretende, por razones ecológicas o vinculadas al combate a la corrupción (en ese punto ni ellos lo tienen claro), desarticular un proyecto como el de El Nuevo Aeropuerto Internacional; y desoyendo esas mismas razones, impulsar proyectos como el del aeropuerto de Santa Lucía o el “Tren Maya”.

   Desde hace mucho tiempo, Andrés Manuel solo le hace caso a Andrés Manuel y a lo que él piensa que es correcto o  incorrecto, al margen de un análisis serio que apuntale sus dichos o creencias. De ahí que, con inusitada frecuencia, AMLO recurra a lo que él llama sus datos como si, la realidad, pudiera tergiversarse igual a como falsea la historia.

   Ese es todo el problema. Mientras tengamos un Presidente mitómano, cuya realidad se moldea al impulso de su capricho, con el apoyo indiscutible de legisladores, diputados y senadores, dispuestos a seguirle el juego con tal de lograr sus objetivos mezquinos, el país continuará en esa serie de crisis recurrentes pues, simple y llanamente, como lo escribiera Arturo Pérez Reverte: “En un país donde la pobreza y el analfabetismo eran endémicos, las prisas por cambiar en un par de años lo que habría necesitado el tiempo de una generación resultaban mortales de necesidad”.4

   En ese afán idiota de cambiar a un México centenario en un par de años, la única realidad posible, y en marcha, es el desastre. Al tiempo.

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1 Artículo de Leona Salazar titulado: “31 Genders-New York City 2016”, publicado el 8 de agosto de 2016; visible en el sitio: https://bernardgoldberg.com/31-genders-new-york-city-2016/, consultado el 23 de agosto a las 16 horas.
2 ÁLVAREZ, Gloria. Cómo hablar con un izquierdista, Ariel, México, 2017, pág. 87.
3 Ibíd. pág. 34. Énfasis añadido.
4 Artículo de Arturo Pérez Reverte titulado: “Una Historia de España (LXVII)”, publicado el 24 de julio de 2016, por El Semanal.




UNA ESTUPIDEZ SIN FIN.

 

   “Un mundo sin fin” 1 es una novela escridescargata por Ken Follett que constituye la segunda parte de la monumental “Los pilares de la Tierra”;2 ambas, con una diferencia de doscientos años, describen la vida cotidiana en la Inglaterra de aquella época, a partir de una historia compleja llena de amor, odio, venganza y reivindicación.

   Pues bien, no quiero abordar ese asunto el día de hoy; solo que me pareció útil, “pertinente”, diríamos, reflexionar sobre aquellas cosas que parecen no tener fin, entre otras, la estupidez de ese clan que, bajo las siglas de MORENA, nos desgobierna.

   No vamos a hablar del CEV (Crecimiento Económico Virtual) que ensalza como un logro el crecimiento de un 0.1% (cuando cinco años antes, AMLO había dicho, con todas sus letras, que un crecimiento económico del 0.8% era nada)3 ni de la brutal pérdida de empleo (42.3% menos que en enero-julio del 2018);4 no tiene caso; ya se sabe que los chairos en el poder, como Gabino Barrera, no entienden razones; no, de lo que deseo hablar aquí, hoy, es de la doble moral, de la moral imbécil, de la que hacen alarde.

   Resulta que el gobierno de la Ciudad de México ha incurrido en la desfachatez de acusar a las mujeres que marcharon contra la violencia de género de “provocadoras”.5 Sí señor; tal como se lee; aunque parezca un despropósito, ese Partido —cuyo líder indiscutido (ahora flamante Señor Presidente) hizo del escándalo su principal bandera y del argüende su primordial insumo— hace de cualquier mirada de reojo un cuasinsulto; y del disentir, cualquier disentir, una provocación.

   Los hechos son simples: decenas de mujeres marcharon este lunes para exigir justicia por los casos de violación en los que se ha señalado a policías como los presuntos responsables; además de darle un bañito de diamantina color rosa al fiscal capitalino. En respuesta, en conferencia de prensa, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, calificó esas protestas como un “acto de provocación” e informó que se abrirán carpetas de investigación contra quienes resulten responsables de los daños en los edificios de la SSC y la PGJ-CDMX.5

   ¡Tómala! Frente a la atrocidad de homicidios y violaciones masivos, la respuesta inmediata, fulminante, son la descalificación y la amenaza: “acto de provocación” y “carpetas de investigación”. ¿No era más fácil que estas advertencias se dirigieran a los auténticos culpables? Esos monstruos que amparados en al poder de una placa vejan y abusan jóvenes indefensas? ¿No era más sencillo un gesto de solidaridad elemental que ese despropósito de acusar y amedrentar? ¿No resultaba más lógico, más natural, más humano, emprender de inmediato una cacería en contra de los perpetradores de esos horribles crímenes? Al parecer, no.

   De nueva cuenta, AMLO y la gentuza que lo rodea, lo volvieron a hacer: poner la carreta delante de los bueyes. Para ese hipócrita, en un caso crucial para la vida pública, como es impedir y frenar los abusos de autoridad (en uno de sus aspectos más siniestros y lamentables), es más fácil soslayar y proteger a la canalla uniformada sometida a sus órdenes; en resumen, su respuesta fue, refiriéndose al supuesto respeto a la división de poderes: no es un asunto nuestro, “tampoco soy Poncio Pilatos”.6

   Si no fuera asquerosa, tanta impudicia sería digna de lástima.

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1 FOLLETT, Ken. Un mundo sin fin. DEBOLSILLO. México. 2010.
2 FOLLETT, Ken. Los Pilares de la Tierra. DEBOLSILLO. México. 2012.
3 Artículo de la redacción titulado: “PAN recuerda cuando a AMLO le parecía nada crecimiento de 0.8%”, publicado el 31 de julio de 2019, por el periódico El Universal.
4 Artículo de María Del Pilar Martínez y Octavio Amador, titulado: “AMLO tiene el peor inicio de sexenio en empleo formal desde Fox”, publicado el 12 de agosto de 2019, por el periódico El Economista.
5 Artículo de Eréndira Aquino, titulado: “Mujeres marchan contra violencia de género en CDMX; Sheinbaum acusa provocación de un grupo de manifestantes”, publicado el 12 de agosto de 2019, por Animal Político; visible en el sitio: https://www.animalpolitico.com/2019/08/mujeres-protestan-cdmx-violaciones-policias/ Consultado el 14 de agosto de 2019, a las 16.15 hrs.
6 Video visible en el sitio: https://www.youtube.com/watch?v=83Gq_Mzhxh0 Consultado el 14 de agosto de 2019, a las 16.20 hrs.

UN JULIO DE AZORO.

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   A principios del mes pasado, escribí algo así como lo sorprendido que estaba de haber cumplido 53 años sin pena ni gloria.

   Finalizó el mes y, con sorpresa, caí en la cuenta de que ese mes, precisamente el de este año, fue un mes de descubrimientos; relevantes unos, intrascendentes otros, necesarios todos para terminar de indagar en este que soy y que está en permanente estado de construcción.

   Por lo pronto, en este mi redescubrimiento —certeza que, bien mirado, debería hacerme sonrojar si mi colorcito me lo permitiera, ¡a esta edad y con viruelas!—, asisto con júbilo al milagro de una revelación continua como, por ejemplo, el poeta español Miguel Hernández.

   Me explico: en este ocio largo y merecido (habrá opiniones) resulta que me fui de patita de perro. En esas, por aquí y por allá, vi libros y…, era inevitable, compré libros. Modosito, me había llevado diez novelas de un autor argentino cuya existencia ni siquiera columbraba y del que, sobra decirlo, por las mismas razones no había leído (otro descubrimiento, por cierto, me apresuro a sugerirle al Adolfo que lo lea): César Aira.1

   De buena fe pensé que con eso bastaría; no obstante, conociéndome, por si las moscas, me llevé la tablet con sus buenos catorce o quince o veinte libros en versión electrónica, por aquello de que no me fuera a dar un aire y las novelas de Aira a hacerme lo que el viento a Juárez. Ocurrió (otro descubrimiento) que el méndigo artefacto fue de balde, porque si lo abrí dos veces fueron muchas y, en cambio, cargué con él todo el trayecto y el maldito pesa lo suyo por lo que, ya lo sentencié, no habrá para él próxima vez, pues siempre me hace lo mismo: lo llevo y nunca lo uso porque no falta la librería que se me atraviesa en el camino. He dicho.

   Volviendo al tema, ahí estaba yo caminando, caminando y, ¡zas!, otro descubrimiento: mi papá Cruz, hace muchísimos años, me hizo el favor de presentarme a Lawrence Sanders de quien, como pude, allá en mis veintes, pepené cuanta novela se me paró enfrente. Pasaron los años y jamás volví a encontrarme un tomo suyo y la semana pasada, como una predestinación (porque en ese instante lo recordé de golpe), hurgando en sendas pilas de libros usados en una librería de segunda, hallé una novela de él que no había leído, “El Séptimo Mandamiento”2 y huelga decir que lo compré ipso facto con el corazón henchido de gozo.

   Bien, pues en otra de esas vueltas que da la vida, me di de manos a boca con la “Elegía a Ramón Sijé”; cuyo prefacio me prendó de inmediato: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha  muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien  tanto quería”. “Con quien tanto quería”… ¡Ah! El milagro de las palabras. Y como transcribir el poema entero me parece una grosería, le dejo aquí unos cuantos versos: “daré tu corazón por alimento.// Tanto dolor se agrupa en mi costado,//  que por doler me duele hasta el aliento.// […] No hay extensión más grande que mi herida,// lloro mi desventura y sus conjuntos// y siento más tu muerte que mi vida”. ¿No es magnífico?

    Pero ahí no acabó el asunto, porque otro descubrimiento, este para mi mal (creo), es que no me gusta Queen. Sí, sí, sí, sé que no faltará quien me condene y piense de mí que soy un tránsfuga, por lo menos, o un imbécil, lo más seguro, pero, ¿qué quieren?, no me gusta y punto. ¿Qué cómo lo supe? Pues resulta que fui a un recital del que, todo sea dicho, la puesta en escena fue monumental pero en el que me aburrí miserablemente. Me dormí y me desperté como tres veces y la cosa esa nomás no se acababa. ¡Un suplicio! Lo más memorable, para mí, fue un señor entrado en años —¡mira quién lo dice!—, que empezó muy bien, moviendo con ritmo su cabezota cubierta de canas, y terminó de pie, casi parado en la butaca, sacudiéndose entre estertores que, en otro contexto, me habría hecho pensar que le estaba dando un ataque. Lo tierno vino de la mano de un chaval de no más de doce años, quien aplaudía y se emocionaba a la par que su progenitora (o su abuela), con una solidaridad envidiable.

   Por último, del lejano oriente, conocí también a Tetsuya Ishida, un inquietante pintor japonés (ya fallecido) y el bao, un pan al vapor de origen vietnamita que con cerdo picado, cebolla y un toque de jalapeño sabe exquisito, pero esas, como diría la nana Goya, son otras historias.

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1 AIRA, César. Diez novelas. Random House. España. 2019.
2 SANDERS, Lawrence. El Séptimo Mandamiento. Ediciones B Éxito Internacional. España. 1992.