UN MUNDO RARO

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   Suele ocurrir, concluida la reflexión de la semana, sucede algo más; así fue. Conste que con este título no quiero aludir a la canción de José Alfredo Jiménez, ¡ajúa!, y sí a lo que ocurre en el Mundo.

   Tenía escrito algo ligeramente jocoso y absolutamente cierto llamado: “HOPLESLIDIVOITEDDUYÚ” que describe la tristeza proveniente de mis denodados esfuerzos por aprender la lengua del Checspir, pero no; se me atravesaron las misses: la Miss España, la Miss Ucrania, la Miss Mongolia y aquí estamos.

   Mi escaso público lector sabrá de qué va la cosa: en la península ibérica y en la lejana República del Asia central, festivamente eligieron a un exhombre como Miss España1 y a otro como Miss Mongolia;2 en Ucrania, extrañamente le impidieron a una mujer ser su representante porque era madre de familia;3 y en Inglaterra…, ¡ay! ¡en England!, “para evitar discriminar a las personas transexuales e intersexuales, la Asociación Médica Británica recomendó a sus afiliados sustituir la expresión ‘futura madre’ por ‘personas embarazadas’”.4

   Cuando uno piensa que la estupidez está llegando a un límite infranqueable, llega la realidad y se supera.

   Ahora resulta que el acontecimiento biológico más importante en la vida de cada uno de nosotros (sin él simplemente no estaríamos aquí): la maternidad, debe eliminarse —o tergiversarse— de nuestro lenguaje cotidiano para no “herir” la susceptibilidad de una minoría idiota; en primer lugar, ¿quién en su sano juicio puede sentirse “lastimado” por cómo o porqué llaman como llaman a otra persona? En el colmo del alucine: ¿Qué tan enferma, qué tan dañada del cerebro, debe estar una persona para sentirse ofendida o agredida porque le dicen a otro ser humano “madre”? ¿Qué cabe la posibilidad de que, virtud a los avances de la técnica (a eso no se le puede llamar “ciencia”), alguna de esas personas a quienes les da por cambiarse de sexo quede embarazada? ¡Felicidades! Pues se le dice “mamá”, “madre”, “má”, “mami”, “mamita”, “jechu”, “cabecita de cebolla” (aunque se tiña el pelo) y punto. ¿A qué tanto ruido y tanto estrépito en ese afán imbécil de desnaturalizar las cosas, cambiándoles el nombre, en aras de no herir susceptibilidades?

   Ese afán, como se ve, ha prosperado; ahí están la Madre Patria y esa cáfila de mongoles, en los dos países, que no me dejarán mentir; donde muy orondos acaban de elegir sendos exhombres, como el paradigma de la belleza… femenina. Eso sin contar con que, en realidad, lo que está en competencia es la habilidad de los respectivos cirujanos (¿o serán los mismos?); quienes, desde el mentón afilado y la nariz perfecta, hasta la protuberancias mamarias y demás recovecos de la pretendida mujeril anatomía, son los verdaderos artífices de tanta hermosura.

   Por supuesto que deberán modificarse las reglas del Miss Universo; sería un acto de auténtica discriminación y de vileza sin cuento permitirle a una minoría que del quirófano salga a ganar un certamen de belleza; y en cambio, una muchacha más bien feyona, pero con varo suficiente —hija de narco y narca, pongamos por ejemplo—, no pueda ir a hacer lo mismo: internarse en una exclusiva clínica, entrar como alebrije y salir como un pimpollo.

   Esto ocurre porque no hay quienes alcen la voz para manifestarse en contra de esa conjura —no hay forma de llamarla de otra manera— empeñada en trastornar la naturaleza de las cosas, a impulsos de una imaginación afiebrada y una irresponsabilidad sin límites.

   Por cierto, a ese respecto, el próximo sábado 20 de octubre, aquí en Chihuahua, tenemos la maravillosa oportunidad de comprometernos verdaderamente para frenar esa locura que llama “libre decisión” al asesinato de bebés: la cita es en la Plaza de Armas, a las 16:30 horas, en la “Fiesta por la Vida”.

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Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

1 Artículo de la redacción titulado “Miss Colombia critica duramente a española transgénero”, publicado el 02 de octubre de 2018, por el periódico Excélsior.

2 Artículo de la redacción titulado “Otra mujer transgénero busca coronarse como Miss Universo”, publicado el 10 de octubre de 2018, por el periódico Excélsior.

3 Artículo de la redacción titulado “Destituyen a Miss Ucrania por ser madre soltera”, publicado el 26 de septiembre de 2018, por el periódico La Crónica.

4 Artículo titulado “Proponen prohibir la expresión ‘futura madre’ en Reino Unido”, publicado el 29 de enero de 2017. [En línea]; visible en el sitio: https://www.telesurtv.net/news/Proponen-prohibir-la-expresion-futura-madre-en-Reino-Unido-20170129-0041.html, consultado el 13 de octubre de 2018 a las 17.00 hrs.

 

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LA CARGA DE LA YEGUA O DE MI ESPÍRITU ECOLÓGICO (2.ª DE DOS PARTES).

Colage

  Como sea, llegó este amago de diluvio, un fin de semana empecé con el reacomodo y los libros terminaron en los libreros de la Sala (de la Sala donde trabajo se entiende, porque no hace mucho sentido andarlos llevando de la sala al comedor o del comedor a la sala visto que las goteras llagaron hasta la cocina y vivo en un área de seis por seis metros); no podía yo dejar que los pobrecitos murieran ensopados.

   Huelga decir que desde que Camila se fue, la paz volvió a su alma de papel; buenas zarandeadas les dio la canalla por lo menos a don José Fuentes Mares y a Camilo José Cela (¿o era Octavio Paz?); y tenía azorrillados a Arturo Pérez Reverte y a Almudena, quienes no se atrevían a descender a la parte baja del librero; así la cuestión, no era cosa de que, librados de las fauces de una, fueran a dar con sus huesecillos de tinta al suplicio del ahogamiento. Me llevé, pues, los infaltables; y me quedé con los imprescindibles.

    Resulta, como he dicho, que presa de un arrebato me deshice de los adminículos necesarios para leer vía electrónica, seguro de que mis libros quedarían a buen recaudo en la persona de Adolfo, quien por aquellos tiempos me merecía más confianza y lo miraba sólido, comprometido, lo suficiente como para hacer de él el custodio de mi herencia variopinta y literaria. Eso fue antes de que al bodoque le entrara la ventolera de la escribidera; pues, una vez que la inspiración, lo hizo su presa, se fue con viento fresco —y con otro buen montón de libros bajo el brazo— a estudiar allende estos lares, dejándome con la zozobra de qué hacer con resmas de papel con vocación de huérfano (María, cuando estaba chiquita y la protobiblioteca en su cuarto, se quejaba a voz en cuello de por qué su papá “sería tan libriento”).0

    Habría yo consentido, sin sucumbir, con esa pérfida realidad de no ser, repito, por el asunto de las lluvias. ¿Dónde carajos voy a meter ese librerío? Misterio. Como el niño gordo de las hamburguesas, libreros de la Sala ya llevo cuatro (bueno, uno tiene un huequito). Una alternativa sería que, como a Hércules —toda proporción guardada—, cuando me muera los hagan túmulo, me trepen y le prendan fuego; el asunto es ¿quién me va a subir? ¿Y si me les caigo? ¿Y si al primer arrimón de lumbre empiezo a chisporrotear como luz de bengala? Por no hablar de que los del Municipio se pongan sus moños de que es mucha la contaminación y hace buen rato, legalmente, a nadie incineran al aire libre y a cielo abierto.

   Si a eso le suma Usted que con la computadora, los tocas, los cargadores, los celulares, los dos pares de lentes, las llaves, las plumas, los lápices bicolor, los marcatextos, el englichbuc y la novela infaltable, mi maletín pesa como el alma de un condenado… lo cierto es que tengo la espalda más chueca que Cuasimodo; y, como la yegua del corrido que canta Lorenzo de Monteclaro, avanzo rengueando y con la carga ladeada. No camino, tiro de mí.

   Por eso, he decidido empezar a leer vía electrónica. Ni modo. Que se me cuezan los ojos y se me achicharren las pestañas. Todo sea por no dejar de leer, salvar un árbol y enderezar tantito el espinazo.

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LA CARGA DE LA YEGUA O DE MI ESPÍRITU ECOLÓGICO (1.ª DE DOS PARTES).

Mudanza de libros

   Entre mis conocidos, para no tener que admitir que soy un burro, me gusta decir que soy un hombre de ideas firmes. Aseveración que, por donde se vea, tiene sus asegunes.

   Pues bien, en uno de esos arrebatos de férrea voluntad (o malhadada tozudez), decidí deshacerme de mi tablet —que le regalé a María, años ha—; así como de mi Kindle —que fue obsequio para Eslí, un amigo a quien conozco hace la friolera de cuarenta años y también lee como loco— y me dije: “Nanay; de mis libros no me deshago ‘manque me lleven los pingos’” —le advierto al lector distraído que esta última es una expresión fruto de una licencia literaria, pero muy ad hoc, proveniente del poema “Por qué me Quité del Vicio”—.

   En otro espacio he contado cómo, del cúmulo de epítetos de que he sido víctima a lo largo de mi tormentosa vida, el de “Melés” llegó a ser el primero. Me acuerdo en este punto de una anécdota que me encanta y cuenta una amiga entrañable: la de un niño que, sin distingos, a su familiar más a la mano le pide: “¿me diriges?”; y allá va, pepenado del cogote, todo sea por no dejar la lectura; así yo en mis mocedades.

   Empecinado en mi ser, pues, iba yo por la vida comprando libros a dos manos leyéndolos según la ocasión; de carácter técnico, para alguno de los diplomados cursados con el correr de los años; las tesis de maestría o doctorado; o el trabajo cotidiano; el resto, el ensayo, la novela, el cuento, el teatro, la escasa poesía, para algún fin de semana largo o en esas ocasiones estratégicas de ocio y asuetos prolongados: Navidad, Semana Santa o las vacaciones de verano.

   Ese asomo de terquedad lo vino a fortalecer Adolfo cuando empezó a leer en serio y muy ufano me pidió que le regalara mi biblioteca visto que, desde esos ayeres, me lamentaba preguntándome en voz alta: ¿a dónde iría a parar tanta memoria, tanto deleite, tanto cariño, tanta inteligencia como los que guardan los libros? Conste que ni Luis, ni María, ni mis nietas, dan trazas de esos gustos. Aunque estas dos, lo admito, estén en veremos. Sobre todo Sofía, quien apenas tiene tres años y habla como pianola de la Madre Patria: con voz de pito y pisándose la lengua.

   Pero vino la realidad a imponerse.

   En ese afán mío perdurable es donde se aprecia con toda nitidez la mano de la fortuna —o del infortunio, según se mire—, porque llegaron las lluvias; y con las lluvias las goteras; y con las goteras la desazón rayana en el espanto, porque se me iban a mojar los libros que procelosamente guardo en el departamento. Ésa es la razón de que haya emprendido un rápido acopio de textos instalado precariamente en la mesa del comedor; total, para el méndigo Nesquik del desayuno y el yougurt de la cena, es mucha mesa (vista mi dieta no me explico mi aspecto de perro parado en dos patitas).

   El grueso de la biblioteca lo custodia Adriana en su casa en su calidad de mamá del Adolfo y propietario virtual del acervo: dos muros atiborrados de volúmenes del suelo al techo; y el resto reposa en lugares disímbolos; Lola tiene un buen montón en su librero, que no suelta ni con la amenaza de desahijarme de manera voluntaria; y otros dos bonches yo: uno donde vivo y otro en la oficina.

   ¿A dónde nos lleva este recuento y qué relación guarda con el título de estos párrafos? Paciencia.

Continuará…

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MAI‘NGLICH COURSE

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  Me han dicho que este asunto del doctorado pasaba por esta tortura y les habría respondido que no, que muchas gracias pero no.

   Todavía recuerdo a Angélica y su voz de flauta —una querida amiga de hace… mejor no lo digo porque puede ocurrir que sea de esas mujeres para quienes la edad es una especie de tabú, pero resulta que la conocí hace tiempo—; total, vino Angélica a encandungarme: “que mire usted, que le va a gustar”; tendría que haberme yo acordado de los avatares de alguna conocida, a quien eso le dijeron y tiene como cinco hijos. Sordo a los rumores de esa advertencia rondándome, decidí que sí; que le entrábamos al asunto del doctorado con espíritu rumboso y machacón.

   El primer aviso vino de la mano del azoro cuando alguien me confió —no me acuerdo quién— que tres años eran muchos por más que el tango se empecine en minimizarlos. “Áchis; ¿tres años? ¿Pos qué no todos los doctorados son de dos?… No”.

  Así pasaron treinta y seis meses de mi vida. Mis ojitos, pestañudos y vivaces, se fatigaron largas horas enterándome de un montón de cosas útiles, salvo las que vino disque a difundir un doctorsete de quien ya hablé en otra ocasión; cuya opinión apenas me mereció una pueril mentada de madre. Escribo “pueril” porque, como cuando jugábamos al “Bote Volado”, la mentada fue para él y todos sus amigos. A todos, sin excepciones.

    En ese lapso, nadie, nadie, nadie, me advirtió que, para titularme, debía yo acreditar el inglés. ¡Oh, my God! De ese modo, cuando regresaron a explicarme de qué iba la cosa, mi cabeza empezó a ladearse, ladearse, ladearse, sin dar crédito mi entendimiento a mis aurículas y me sentí protagonista de un remake de “El Exorcista”. Pues sí. 120 horas de inglés maifrend y al final, un examen, o dos, o tres (ya ni sé).

   Después de la revolcada, sólo recuerdo que el sábado 15 de septiembre me levanté muy temprano, me bañé, me cambié, me quité los tres pelos de barba que me ensucian el mentón (me crecen más los de la nariz o los de las cejas) y ahí voy; con una entereza digna de mejores causas. No les voy a contar cómo me fue; sólo que a la media hora de iniciado el test, me sentía yo como Golovkin luego del resultado de la pelea contra “El Canelo”. Ya me quería ir; quería bajarme de ahí, de esa aula de la ignominia situada en el segundo piso del INFORAJ, y llorar como Cortés luego de “La Noche Triste”.

   Ni me fui, ni me bajé, ni lloré y, para el caso, yo creo que ni pasé. De los audios no pude entender ni “j”; o séase, nodtink. Y eso que tengo semanas con el mentado duolingo que, dicho sea de paso, sólo me ha servido para recordar que “pollito” es “chiquen” y “gallina” “jen”. Decir que estoy “hasta la madre” sería un modo nada sutil de describir mi estado ánimo pero, por una ocasión, peculiarmente descriptivo y pertinente.

   ¿Qué irá a pasar? No lo sé; sólo sé de mi sufrimiento; si hay un Dios (y yo sé que lo hay), estoy cierto que se apiadará de mí; y hará vibrar en el corazón de la tícher —que a todas luces se ve que es buena persona y no como yo, de carácter proceloso y rejego—, un atisbo de compasión que vendrá a poner en mi biografía, an eight (un 8), tinto en sangre de su plumón.

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MUERTOS ERRANTES.

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   Mientras en México el discurso sobre los derechos humanos parece radicalizarse a extremos inauditos —con tintes que bien pueden sorprender incautos pos su naturaleza casi onírica—, hasta hacernos creer que vivimos en un país donde en efecto se respetan las leyes y las prerrogativas de los ciudadanos constituyen auténticos valladares al abuso de poder, la realidad nos asalta a diario sin dejar de azorarnos.

   En un discurso grandilocuente, donde se insiste en la ampliación de esos derechos a partir de incorporar a nuestro ámbito jurídico, vía “bloque de constitucionalidad” (que se integra por la Carta constitucional y los tratados internacionales en materia de derechos humanos), los reconocidos allende nuestras fronteras, tal pareciera que en México estamos “blindados” contra cualquier desmán producto del quehacer público.

   En ese afán, por ejemplo, existen criterios con rubros rimbombates del tipo: “DERECHOS AL HONOR, A LA INTIMIDAD Y A LA PROPIA IMAGEN. CONSTITUYEN DERECHOS HUMANOS QUE SE PROTEGEN A TRAVÉS DEL ACTUAL MARCO CONSTITUCIONAL”;1 donde se sostiene, entre otras cosas, que del contenido expreso del artículo 1.º constitucional se advierte que nuestro país actualmente adopta una protección amplia de los derechos humanos, mediante el reconocimiento claro del principio pro personae, como rector de la interpretación y aplicación de las normas jurídicas, en aquellas que favorezcan y brinden mayor protección a las personas, aunado a que también precisa de manera clara la obligación de observar los tratados internacionales al momento de aplicar e interpretar las normas jurídicas en las que se vea involucrado ese tipo de derechos; ello, conforme a la Convención Americana sobre Derechos Humanos y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

   ¿O qué decir de ese denso entramado institucional tendente a garantizar el respeto irrestricto de esos derechos? Si usted busca la jurisprudencia de rubro: “DERECHOS HUMANOS CONTENIDOS EN LA CONSTITUCIÓN Y EN LOS TRATADOS INTERNACIONALES. CONSTITUYEN EL PARÁMETRO DE CONTROL DE REGULARIDAD CONSTITUCIONAL, PERO CUANDO EN LA CONSTITUCIÓN HAYA UNA RESTRICCIÓN EXPRESA AL EJERCICIO DE AQUÉLLOS, SE DEBE ESTAR A LO QUE ESTABLECE EL TEXTO CONSTITUCIONAL”,2 en el sitio oficial de la Suprema Corte de Justicia de la Nación,3 se dará de manos a boca con rubros que destacan el control de convencionalidad en sede interna, la ubicación de los tratados internacionales al nivel de la Constitución y su invocación en el juicio de amparo, así como la utilidad orientadora de la jurisprudencia internacional.

   Muy bonito.

   El día 17 de septiembre de 2018, la prensa internacional dio cuenta de un hallazgo insólito: en el Estado de Jalisco se encontró un camión abandonado con 157 cadáveres; sin embargo, como explicó la Fiscalía de la Entidad, esa cifra es falsa; son, aproximadamente, “la mitad de esa cantidad”; y se trata de cuerpos que “no cabían en la morgue”.4

   Según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas, las personas “no localizadas” en México, al 30 de septiembre de hace tres años, eran más de 26 mil; y en relación a homicidios dolosos, según información proporcionada al Relator Especial de las Naciones Unidas por las autoridades mexicanas, a partir del 1.º de septiembre de 2015, se contabilizaban más de cien mil homicidios, desglosados de la siguiente manera: 2012: 38,224; 2013: 34,903; 2014: 32,631; y 2015: 27,047 (al mes de septiembre).5

   Ya pueden venir a platicar todo lo que quieran sobre avances en esta materia mientras los cadáveres, literalmente, se pasean por las calles.

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[1] Tesis I.5o.C.4 K, de la Décima Época, con número de registro electrónico: 2003844, visible en el Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, Libro XXI, del mes de junio de 2013, Tomo 2, página: 1258.
2 Jurispriudencia, tesis P./J. 20/2014, de la Décima Época, con número de registro electrónico: 2006224, visible en el Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, Libro XXI, del mes de junio de 2013, Libro 5, Abril de 2014, Tomo I, página: 202.
3 Visible en línea en la siguiente dirección de Internet: https://sjf.scjn.gob.mx/sjfsist/Paginas/DetalleGeneralV2.aspx?Epoca=1e3e10000000000&Apendice=1000000000000&Expresion=2006224&Dominio=Localizacion&TA_TJ=2&Orden=1&Clase=DetalleTesisBL&NumTE=1&Epp=20&Desde=-100&Hasta=-100&Index=0&InstanciasSeleccionadas=6,1,2,50,7&ID=2006224&Hit=1&IDs=2006224&tipoTesis=&Semanario=0&tabla=&Referencia=&Tema=, consultado el 16 de septiembre a las 20 horas.
4 Nota de la redacción, titulada: “Encuentran un camión abandonado con 157 cadáveres que “no cabían en la morgue”, publicada el 17 de septiembre de 2018 por el periódico Clarín.
5 Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y Organización de Estados Americanos (OEA). Situación de los derechos humanos en México 2015. [En línea]; visible en el sitio: http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/mexico2016-es.pdf, consultado el 17 de septiembre de 2018 a las 19.10 hrs. Pág. 31.

HOMO DEUS: CANTO DE DESESPERANZA Y OLVIDO.

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   Concluí, no sin cierta desazón, un ensayo cuyo título previo generó en mí sentimientos encontrados.

   Me explico: en alguna ocasión escribí con cierto beneplácito de Noah Harari y su best seller: “De animales a dioses”.1 En ese texto, comenté, el autor despeja, o por lo menos lo intenta, una serie de preguntas acuciantes para una porción de la humanidad: ¿cómo logró nuestra especie imponerse en la lucha por la existencia? ¿Por qué nuestros ancestros recolectores se unieron para crear ciudades y reinos? ¿Cómo llegamos a creer en dioses, en naciones o en los derechos humanos; a confiar en el dinero, en los libros o en las leyes? ¿Cómo acabamos sometidos a la burocracia, a los horarios y al consumismo?

   “Homo Deus2 es una vuelta de tuerca respecto de la obra previa; más de lo mismo aunque su autor arribe a lo que, para mí, constituyen conclusiones más que desalentadoras.

   Quizá el deslumbramiento que Noah Harari produce en el ánimo del lector sea lo que en primera instancia parece un planteamiento muy serio basado en multitud de avances científicos, envuelto en una prosa amena, que atrapan la atención. No obstante, una reflexión de fondo no puede sino arribar a una desmoralizadora conclusión. Bien leído, Harari no propone nada, se limita a describir el futuro de la raza humana sobre la base de nuestra miseria actual. Los seres humanos que Harari vislumbra de aquí a un par de décadas o en media centuria, somos los mismos pobres mortales que poblamos actualmente el mundo; y ni siquiera lo hace a título de aviso o advertencia pues se limita a desarrollar, hasta sus últimos extremos, nuestra mezquindad, nuestro egoísmo y nuestra estupidez.

   No nos hace falta este autor para saber qué o quiénes somos; de sobra lo sabemos (o deberíamos saberlo); existen multitud de textos —y lo que es peor, de evidencia—, que sumariamente nos refleja en nuestra monstruosa condición cotidiana.

   Es más, quizá mejor que cualquier otro libro reciente, “Homo Deus” es una loa a la desdicha que nos cerca por todos lados como consecuencia directa de nuestro alocado proceder; y no sólo eso, sino que esa descripción “realista”, basada en “hechos”, legitima la desigualdad, la guerra, el hambre, la enfermedad y la muerte, pues niega de facto la posibilidad de combatirlas con los recursos actuales. “Homo Deus” claudica a la posibilidad de un mundo mejor sobre la base de nuestro propio esfuerzo y el destino que refleja es el de estos que somos en nuestra desquiciada crueldad.

   Incluso autores como Schopenhauer, quien nadie dudaría en afirmar que se adoba en el pesimismo más descorazonador, tiene claro que la condición humana se puede salvar a través del acto de amar y busca una salida por teórica que pueda parecernos: “el amor puro (aγαπε, caritas) es por naturaleza compasión […] frente a Kant diremos: el mero concepto es tan estéril para la auténtica virtud como para el auténtico arte: todo amor verdadero y puro es compasión, y todo amor que no sea compasión es egoísmo”.3

    Quien no entiende el regocijo de un abrazo —o peor aún, trata de explicarlo— está muerto. Es estúpido; y sí, podrá elaborar alambicadas teorías para intentar comprender el cosmos, pero se estará engañando porque toda su búsqueda lo llevarán a un callejón sin fondo; eso ocurre con “Homo Deus”; una obra de segunda, aunque muy bien escrita.

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1 HARARI, Yuval, Noah. De animales a dioses. 4ª. reimpresión. Debate. México. 2015.
2 HARARI, Yuval, Noah. De animales a dioses. 8ª. reimpresión. Debate. México. 2018.
3 SCHOPENHAUER , Arthur. El mundo como voluntad y representación. Colección “Sepan cuantos…”, núm. 419. 2ª. reimpresión. Porrúa. México. 2012. Último párrafo de la sección 67.

LOS VEINTE AÑOS DE ADOLFO.

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   Su cumpleaños número veinte sorprendió a Adolfo fuera de casa; como éste, me imagino (confío), se vislumbran otros cuatro o cinco en el horizonte del próximo lustro.

   Se fue a estudiar y, pues, ¿qué queda sino desearle éxito? Me imagino que él andará por allá tan campante y saleroso —con el alma hecha un nudo— en vísperas del inicio formal clases; acá en tanto, lo extraño un montón. Ahora verán uno de los porqués.

   Hace meses, tuve en suerte gozar de una de las experiencias más dulces y extraordinarias que me ha tocado vivir; si Usted forma parte de mis tres o cuatro lectores que me siguen en estas peripecias periódicas que navegan entre el desahogo y la anécdota, sabrá que María estuvo por aquí hace unas semanas; plantada por sus amigas. no hallaba a dónde ir ni qué hacer y decidimos irnos a Guanajuato. A María le hacía ilusión conocer San Miguel de Allende.

   Pues allá fuimos; convertido en nuestro epicentro, de ahí visitamos dos o tres lugares, entre ellos Querétaro; y ahí, en el centro de Querétaro, una de esas tardes, tras una caminata por aquí y por allá, de pronto ni María ni Adolfo continuaban a nuestro lado; voltee y ahí estaban: ella hincada grabándolo con su celular y él, sentado, en los escalones de un templo, con su sombrero y un libro en el regazo que dejó de lado para empezar a recitar un monólogo para la cámara.

   Me acerqué y lo escuché decir:

Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo, viste?
Salís de tu casa por Arenales.
Lo de siempre: en la calle y en vos…
Cuando de repente, detrás de un árbol,
me aparezco yo.
Mezcla rara de penúltimo linyera
y de primer polizonte en el viaje a Venus:
medio melón en la cabeza,
las rayas de la camisa pintadas en la piel,
dos medias suelas clavadas en los pies
y una banderita de taxi libre levantada en cada mano.
[…]
Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…

   Huelga decir que se me mojaron los ojitos; y me sentí transportado a un país de ternura sin nombre, difícil de describir con palabras; disponible sólo para quienes habitan y comparten un solo corazón. Ver a mis dos hijos, en el centro de esa hermosa ciudad, inmersos en un momento de complicidad merced a uno de los tangos más lindos del mundo me estrujó los sentimientos y me hizo recordar que la vida sólo se vive para esos momentos, lo demás es sobrevivencia pura hasta la próxima vez.

   Pues bien, ya está allá el Adolfo; estaba solito cuando cumplió sus veinte años, pero me imagino que sabe bien que, desde acá, le mandé el abrazo más grande del mundo en alas de un montón de besos a la espera de verlo de nuevo no dentro de mucho.

   Yo me quedo con su cara y su sonrisa debajo de un sombrero blanco, de ala corta, y esas palabras que alegran el alma y matan de nostalgia a partes iguales:

Quereme asi, piantao, piantao, piantao...
Trépate a esa ternura de locos que hay en mí,
ponete esa peluca de alondras, y volá!
Volá conmigo ya! Vení, volá, vení!”.

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