INCERTIDUMBRE.

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 Así le llamo yo al asunto de los brillitos. Única incertidumbre que me habita. Huelga decir que, por razones estrictamente económicas, decidí no deshacerme del fijador en gel para niñas que compré durante mi aventura duranguense y ahí sigue, en uno de los cajones de mi cómoda. Huelga decir también que Adriana primero se rapa que ponérselo y María, ¡Ay, María!, esa, como su tocaya a medias, María Antonieta, primero se deja cortar la cabeza a que uno solo de sus brillitos (del gel) vaya a ensombrecer el esplendor natural de sus caireles (Lo de “esplendor natural” en este caso es una licencia literaria porque posiblemente, entre las dos, entre tanto mejunje que se ponen, untan, frotan y restriegan, traigan en la cabeza algo parecido a la fórmula de la Coca Cola). Como sea, la incertidumbre que me cimbra el alma un día sí y otro también, deviene de que cada vez que me veo un pelo mal peinado o difícil de aplacar, recurro al famoso frasquito color rosa y procedo. Procedo y en el espejo de la habitación en penumbras todo se ve bien. Lo malo es que salgo y ahí están, reveladores de mi codez, según refiere Adriana entre risas, los famosos brillitos. Yo hago como que la Virgen me habla y la ignoro pues, al fin de cuentas, parado frente al espejo, yo solo veo mis canas en sosiego y franca paz.

 Entrando en materia, al margen de esas disquisiciones hamletianas (¿me brilla el pelo o no?, he ahí el dilema), en la pasada entrega escribí que la reforma en materia de derechos humanos va a propiciar una administración de justicia lenta, farragosa e incierta y que se iba a “gabachizar” el procedimiento jurisdiccional en nuestro país. Ambas afirmaciones merecen sendos artículos. En primer lugar, sin estirar mucho las cosas, la reforma podemos centrarla en un dispositivo en concreto, el artículo 1º de la Constitución federal que, en lo medular, señala en sus  párrafos 3º y 4º:

 “Las normas relativas a los derechos humanos se interpretarán de conformidad con esta Constitución y con los tratados internacionales de la materia favoreciendo en todo tiempo a las personas la protección más amplia.

 Todas las autoridades, en el ámbito de sus competencias, tienen la obligación de promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos de conformidad con los principios de universalidad, interdependencia, indivisibilidad y progresividad”.

 Sin el afán de hacer una reflexión exhaustiva aplicable a todos los órdenes y niveles de autoridad en nuestro País, pues para allá tiende la reforma (e imposible de esbozar siquiera, por otro lado, en tan solo dos páginas), vamos a referirnos al ámbito estrictamente judicial. La consecuencia de dar cabal cumplimiento a dicho dispositivo podemos resumirla en lo siguiente: De aquí en adelante, todos los órganos judiciales deberán ejercer el llamado “control de constitucionalidad”; lo resuelto por aquellos solo surtirá efectos directos para las partes en el proceso (si bien, por su carácter de “precedente” podrá afectar otros negocios); el examen respecto de la constitucionalidad se dará dentro del proceso que origine el acto impugnado con independencia de que se trate de diversas instancias; y, por último, el Juez en turno podrá ejercer esta atribución de manera oficiosa.1

 Las diferencias apuntadas no son gratuitas u oficiosas; el régimen previo, que subsiste, por cierto, se caracterizaba por encomendar dicha revisión a un solo órgano jurisdiccional con competencia especializada, creado ex profeso; además, la resolución de inconstitucionalidad podía tener efectos generales, su análisis se daba en un proceso distinto a aquel que originó el acto reclamado y dicho tribunal debía ser instado mediante la demanda respectiva.2

 Es decir, en el pasado inmediato, de ocurrir una vulneración a los derechos humanos (llamadas en nuestro régimen, por décadas, “garantías individuales”, según algunos tratadistas de manera impropia),3 había manera de combatir la respectiva resolución; todo era acudir a la instancia correspondiente y atacar la  inconstitucionalidad del acto o la indebida afectación de derechos, para que un órgano judicial especializado perteneciente al Poder Judicial de la Federación, resolviera el fondo del asunto. Los jueces, por decirlo de algún modo, aplicaban (bien o mal) la Ley y, eventualmente, quien se sintiera injustamente afectado podía reclamarlo y reparar el hecho.

 Ahora no, dado que cualquier orden y nivel de autoridad -judicial en la especie-, debe revisar la regularidad constitucional (o convencional) del acto, y para colmo, en algunos casos de manera oficiosa, como cuando se trata de menores, por ejemplo, puede ocurrir y ocurre, que al amparo de esa exigencia de “interpretar” las normas relativas a los derechos humanos, se realicen interpretaciones contradictorias, algunas de ellas festivas; no otro es el origen (la disparidad de criterios) de la figura conocida como: “Contradicción de Tesis”, por la cual, alguno de los órganos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que la Ley de Amparo señala (art. 226) resuelve en definitiva el criterio aplicable cuando los sustentadas por las salas de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, los plenos de Circuito o los tribunales colegiados de circuito, resulten discrepantes entre sí (art. 225). Si eso ocurre al más alto nivel del órgano judicial por excelencia en nuestro País, ¡imagínense el futuro inmediato!

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 Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

 1 FERRER MAC-GREGOR, Eduardo y SÁNCHEZ GIL, Rubén. Control difuso de constitucionalidad y convencionalidad. Suprema Corte de Justicia de la Nación, Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. México. 2013. Pág. 14.
2 Ibidem.
3 BURGOA ORIHUELA, Ignacio. Las Garantías Individuales. Porrúa. México. 1984. Pág. 164.
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MITÓS.

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Conste que el título de estos párrafos no es una falla de ortografía ni la pretensión de hablar sobre fábulas o leyendas milenarias, no; me refiero a mi tos. Ya se fue.

 Me imagino, por más peregrina que nos pueda parecer esta suposición, que mi alter ego se asustó. Fueron tantos y tan variados los remedios y mejunjes caseros sugeridos, todos con el contundente adjetivo de “infalible”, que no apliqué ninguno. Iban desde los más ordinarios hasta los más estrambóticos, Lola, por ejemplo, insistió en que me untara, bebiera o fumara (la verdad no me acuerdo muy bien), una bolsita de orégano; Vicky Chavira, en el merecido y cálido homenaje a María Luisa Ugalde por su larga e impecable trayectoria política, me sugirió beber el jugo de una cebolla “serenada” y así; no hubo persona, conocida o por conocer, que no “se echara su trompo al’uña”: Miel, limón, cebolla y ajo, fueron los remedios más socorridos; sin faltar, pócimas a base de pimienta negra, jengibre, tomillo, regaliz y hasta un “té de Cola de Caballo” (ya me veo detrás de un jamelgo papenándole el rabo con unas tijeras en la mano); como sea, excepto por unas pastillas (sugar free), que me llegaron de la mano piadosa de la mamá de una amiga, no hice caso; soy de ideas muy firmes (mi mamá dice que soy un burro). A lo más que llegué fue a quitarle un hielo, de los cinco que religiosamente le pongo, al jaibol en turno.

 Donde sí mi otro yo se espantó, sospecho y en consecuencia mandó la tos a paseo, fue con el remedio que me sugirió Luis Abraham ayer, cuando fuimos a jugar billar: “Mira, –me dijo- calientas en el micro una taza de leche; luego le pones dos bombones, de los grandes, ¿eh?; no de los chiquitos; dos bombones y los empiezas a deshacer con la cuchara; si los revuelves no se deshacen; los tienes que ‘apachurrar’ (la elegancia del buen decir no es lo suyo) en las orillas; luego vuelves a meter la taza y le sigues, hasta que se disuelvan. Quedan como capuchino pero sin café. Con eso te curas”. “¿Claaaaro!” Pensé: “Con eso te curas. Te lo tomas, te ahogas, te mueres y se te quita la tos”. Con tan funestos pensamientos me acosté ayer y amanecí sin tos; Mitós… se fue.

 Pero como lo prometido es deuda, dedicaré los siguientes párrafos -y los próximos dos artículos- a glosar así sea de botepronto, algún apartado de la conferencia a cargo del Maestro Humberto Enrique Ruiz Torres en el encuentro nacional al que me referí en escrito aparte, relativa a las perspectivas del Juicio de Amparo.

 Antes de proseguir debo ser muy claro y enfático al señalar lo siguiente: Si en algo me he distinguido en el ejercicio de mi profesión, ha sido en renunciar a ser complaciente con los demás “nomás porque sí”; por lo general, no suelo aceptar las cosas a priori o sin someterlas a un análisis crítico; eso me ha llevado en multitud de ocasiones a sostener posturas contracorriente; pues bien, desde que entrara en vigor la más reciente reforma en materia de derechos humanos en nuestro país (hace casi 3 años), particularmente la modificación del artículo 1º de la Carta Magna, no he dejado de creer que la misma constituye un craso error; primero, por la relevancia que el derecho internacional cobra a partir de entonces y que indefectiblemente nos lleva a la “gabachización” de nuestro sistema de impartición de justicia; y segundo, por la incertidumbre que genera ese novedoso marco normativo sobre la base pantanosa del llamado “control difuso de la Constitución”.

 Eso creía yo antes de escuchar al doctor Humberto Enrique Ruiz Torres y luego de oírlo lo confirmé. En el furor de las secuelas de dicha reforma donde una multitud de panegiristas, interesada o desinteresadamente, se han agolpado para glorificar la reforma, los asuntos de fondo, como los mencionados, pareciera que han pasado de noche. La reforma va a propiciar una administración de justicia lenta, farragosa y, lo peor de todo, incierta; ello, a pesar de las vivas y loas a cargo de los especialistas en derecho y de los legos, empeñados en seguir transitando por la senda de siempre: Negar los estropicios de una realidad en marcha que se resiste a los discursos y alabanzas. Oír a don Humberto fue como un baldazo de agua helada pero al revés: Una bocanada de aire fresco entre un marasmo de tanta adulación a una reforma cuyos benéficos resultados están por verse y que por lo mismo deberíamos tomar con “pincitas”; y no abrazarla jubilosa, atrevida y ciegamente.

 Los detalles, en las próximas dos entregas. Por lo pronto, feliz adiós a mitós.

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