NO ME DEJEN MORIR ASÍ. 2ª DE 3 PARTES (O EL CAMINO DE LA SELVA).

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Y no solo el lavado de dinero proveniente del crimen organizado es una de las consecuencias de la adopción de este tipo de medidas; la reconstrucción de la economía mundial, impuesta por ambas instituciones, ha añadido al empobrecimiento de los países y de sus habitantes una serie de distorsiones que afectan su escala de creencias o valores previos. Por ejemplo, la proliferación de una desesperada clase baja ha propiciado que sus integrantes estén dispuestos a cualquier cosa con tal de allegarse de recursos económicos, como podría ser vender sus propios órganos o robar órganos de los demás.1

 Es decir, si en uno de los rubros fundamentales de la convivencia -la equidad y el desarrollo económico (que además constituyen supuestos para generar otros tipos de igualdad)- los logros han sido tan magros, por no decir que prácticamente inexistentes, este discurso de avanzada en pos de una tutela efectiva de los derechos humanos orientada desde el ámbito exterior, ¿qué tan efectiva puede llegar a ser? ¿Cómo los países de la región pueden constituirse o erigirse en modelos paradigmáticos si ni siquiera son capaces de darle de comer a sus pobres?

 Amén de que esta intrusión genera problemas de constitucionalidad en el ámbito interno; particularmente para estados federados, como el nuestro.

 De los distintos argumentos empleados por la Corte, en su oportunidad, sobre el particular, destaca el reconocimiento de los tratados como “compromisos internacionales asumidos por el Estado mexicano en su conjunto y comprometen a todas sus autoridades frente a la comunidad internacional”2 -afirmación que por mayoría de razón es aplicable al marco de protección de los derechos humanos en vigor tras la reforma de 2011-. Empero, esta es una interpretación que afecta la autonomía de los estados y vulnera el federalismo establecido en la Carta Magna pues los estados de la República no pueden verse vulnerados por determinaciones provenientes de ningún órgano o nivel de autoridad más allá de lo estrictamente establecido en la propia Constitución.

 Afirmar otra cosa es subvertir el sistema federal consagrado en su artículo 40 y aplicar de manera defectuosa el mandato contenido en el artículo 124 de su texto: Ni el Presidente de la República, ni el Senado, ni la Suprema Corte de Justicia, ni el Congreso de la Unión, ninguno de estos poderes están facultados para imponerle al Estado mexicano obligaciones “en cualquier materia”. Como se ha sostenido por una porción de la doctrina: “Esta afirmación (la de supremacía de los órganos del Estado) es propia de los estados totalitarios y que carecen de los principios básicos de todo Estado Constitucional. […] La realidad, es que la totalidad de los poderes públicos del Estado mexicano (Federación, estados, gobierno del Distrito Federal, y gobierno municipal), son poderes constituidos por la Constitución. En este sentido, ningún Poder constituido puede imponerle ninguna obligación al Estado mexicano […], sino que es precisamente al revés: La Constitución Federal le impone a los poderes constituidos del Estado mexicano una serie de obligaciones y les otorga una serie de competencias constitucionales”.3

 Si bien el Estado mexicano está representado por el Presidente de la República en su carácter de Jefe de Estado, lo cierto es que como servidor público no puede actuar fuera del marco de sus atribuciones; y al celebrar un tratado, aún y cuando cuente con la aprobación del Senado, no es posible que lo celebre sobre materias que son ajenas a su órbita de competencia a partir de la distribución que la propia Carta Magna realiza. El federalismo se caracteriza precisamente por ser un régimen que distribuye desde la Constitución, distintas competencias a favor de los entes federales y estatales; de ahí que la celebración de un tratado que resuelva asuntos “de bulto”, que no distinga con absoluta precisión su contenido, para armonizarlo con el régimen federal y, en lo particular, las materias reservadas a las entidades federativas, no puede ser aceptado así nomás.

 Avanzar por esa senda es retomar el camino de la selva: “Yo Tarzán; tú chita” (Lo admito, en mi caso particular, esta afirmación se presta a debate).

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 Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

1 CHO, Hyuksoo, ZHANG, Man y TANSUHAJ, Patriya. “An Empirical Study on International Human Organ Trafficking: Effects of Globalization” in Innovative Marketing, Volume 5, Issue 3, 2009. Business Perspectives. Pp. 66-74. Pág. 67.

2 Véase también: Becerra Ramírez, Manuel; Carpizo, Jorge; Corzo Sosa, Edgar y López-Ayllón, Sergio, “Tratados internacionales. Se ubican jerárquicamente por encima de las leyes y en un segundo plano respecto de la Constitución federal (Amparo en Revisión 1475/98)”, Cuestiones Constitucionales. Revista Mexicana de Derecho Constitucional, núm. 3, julio-diciembre de 2000, pp. 169-208.

3 FAYA VIESCA, Jacinto. Teoría Constitucional. Porrúa. México. 2002. Pág. 297.

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NO ME DEJEN MORIR ASÍ. 1ª DE 3 PARTES.

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Como en las películas de suspenso que pecan por exceso de ídem, creo que ya es tiempo de rematar estas líneas que, con motivo de la reforma constitucional y el “control difuso de la convencionalidad”, me impuse escribir meses ha. Entre las múltiples y variadas afirmaciones que he formulado al respecto, destacan dos: La excesiva injerencia del derecho internacional y la “gabachización” de nuestro sistema de impartición de justicia; vayamos por partes (dijo Jack “El Destripador”).

 No obstante, antes de proseguir, es necesario aclarar el título de estos párrafos. El viernes pasado, en una velada espléndida -cuya organización estuvo a cargo primordialmente de la Dip. Laura Domínguez-, asistí a la presentación del libro: “No me dejen morir así. Recuerdos póstumos de Pancho Villa”, de Pedro Ángel Palou,1 cuyo título encuentra sentido, se dice, en las últimas palabras que se le atribuyen al Centauro del Norte: “No me dejen morir así, digan que dije algo”. Como él -a cargo de una responsabilidad profesional que me constriñe a ser consecuente con dicha reforma (lo que asumo en toda su significación, por supuesto, y me obliga a actuar de la mejor manera posible)-, quisiera decir no obstante, respecto de la misma: “No me dejen morir así, digan que dije algo”; estas líneas son fiel testimonio de ello.

 Ahora bien, sobre el primer asunto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación estableció -a muy grandes rasgos- que el vigente artículo 1º. constitucional y el deber de tutelar los derechos humanos que impone a todas las autoridades en su esfera de atribuciones, entraña que los jueces  puedan inaplicar normas generales contrarias a la Constitución o al derecho internacional de los derechos humanos.2 Sin embargo, la primera pregunta obligada a este respecto es: ¿Cuál es el origen de esta determinación? ¿En dónde carajos consta o de dónde carajos sacan que el derecho internacional constituye la herramienta adecuada y pertinente para regir hacia el interior de los países? ¿En qué escenario, en qué casos, en qué contexto, el derecho internacional ha probado, de manera indubitable, sus virtudes o por lo menos su eficacia, sobre todo en tratándose de Latinoamérica?

 Una breve semblanza de cómo y en qué se ha traducido ese modelo globalizador en la región, nos la brinda la siguiente panorámica: La deuda externa de los países en desarrollo aumentó de 437 mil millones de dólares a fines de la pasada centuria, a 4 billones a finales de 2010.3 De acuerdo a Banco Mundial, solo en cinco años, de 2005 a 2010, el total de la deuda se incrementó en un 62.12%; es decir, creció de 2 billones y medio de dólares a 4 billones.4 Además, es un hecho probado que los países que buscan ayuda externa, normalmente deben reunir un gran número de condiciones las que a menudo distraen a los gobiernos de las tareas más vitales.5 Un claro ejemplo de ese fenómeno nos lo proporcionan 3 de las economías latinoamericanas más fuertes: Argentina, Brasil y Colombia, las cuales, en 2012 destinaron 5 o 6 veces más presupuesto al servicio de la deuda que a tareas de educación o salud.6

 Y aunque la vinculación entre democracia y desarrollo económico pareciera, a primera vista, plausible; lo cierto es que la globalización no está replicando los modelos “virtuosos” que imperan hacia el interior de los países capitalistas que impulsan -y dominan- los organismos internacionales; muy por el contrario, la globalización se ha caracterizado por el predominio del capital financiero (flujos especulativos y una apertura comercial injusta en grado sumo) y se ha olvidado otros valores; lo que ha llevado a algunos destacados especialistas a afirmar el fracaso de instituciones como el BM o el FMI; banqueros de talla internacional y estadistas como los ex-secretarios Schultz y Simon o el ex-Presidente de Citibank, Walter B. Wriston,7 junto con Milton Friedman, quien han señalado que se debería cerrar el FMI porque ha hecho más daño que bien.8

 En el colmo del absurdo, en algunos casos, seguir a pie juntillas las políticas y sugerencias de esos organismos ha llevado a producir efectos más perniciosos para los regímenes que los adoptaron que aquellos otros derivados de su condición previa. En Bolivia y Perú, por ejemplo, las reformas del sistema bancario guiadas por el FMI facilitaron el libre flujo de divisas hacia dentro y fuera del país; lo que significó, nada menos, “la legalización del lavado de dinero por el sistema financiero peruano”.9

 Continuará…

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 1 PALOU, Pedro Ángel. No me dejen morir así. Recuerdos póstumos de Pancho Villa. Planeta. México. 2014.
2 Pleno, varios 912/2010, cit., nota 55, pp. 67-71, párrs. 23-37. Por ser la primera tesis jurisprudencial de la Suprema Corte acerca del tema, véase “CONTROL DE CONSTITUCIONALIDAD Y DE CONVENCIONALIDAD (REFORMA CONSTITUCIONAL DE 10 DE JUNIO DE 2011)”, Primera Sala, Semanario Judicial de la Federación y su Gaceta, 10ª. Época, lib. XV, diciembre de 2012, t. I, tesis 1ª./J.18/2012 (10ª), p.420.
3 La referencia se expresa en miles de millones de dólares y en billones, de acuerdo a la escala numérica larga, que es la que se utiliza tradicionalmente en español; conforme a la cual, un millardo comprende mil millones, equivalentes a 109 y que se expresa como: 1,000’000,000; cifra que de acuerdo a la escala numérica corta, utilizada en los países anglosajones, equivale a un billón. En tanto que un billón equivale a 1012; es decir, un millón de millones y que se expresa: 1’000,000’000,000; cifra que de acuerdo a la escala numérica corta, utilizada en los países anglosajones, equivale a un trillón.
4 World Bank. Global Development Finance. External Debt of Developing Countries. World Bank. USA. 2012. Pág. 2.
5 STIGLITZ, Joseph E. Making Globalization Work. W W. Norton & Company. USA. 2006. Pág. 14.
6 MILLET, Daniel. Las Cifras de la Deuda. 2012. Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo. 2012. Pág. 17.
7 Artículo suscrito por George P. Shultz, William E. Simon Jr., and Walter B. Wriston, publicado el 30 de abril de 1998, con el título: “¿Quién necesita al FMI?” en el Hoover Institution Stanford University; visible en el sitio: http://www.hoover.org/publications/hoover-digest/article/7448 Consultado el 14 de abril de 2014 a las 21.15 hrs.
8 Artículo suscrito por LENZNER, Robert, con el título: “Banking: It’s the Taxes, Stupid”; publicado el 2 de noviembre de 1998; visible en el sitio: http://www.forbes.com/forbes/1998/1102/6210052a.html Consultado el 14 de abril de 2014 a las 20.00 hrs.
9 Humberto Campodónico, “Los capitales golondrina pagan la deuda externa”, Interdependences, marzo de 1996, pág. 13”. Citado en un artículo publicado por U.S. InterAmerican Community Affairs, con el título: “Crimen Organizado Y Globalización Financiera”; visible en el sitio: http://www.interamericanusa.com/articulos/Crim-org-terr/Crm-org-Glob-fin.htm Consultado el 3 de abril de 2014 a las 15.00 hrs.

VICTORIA.

Sofía Victoria

Este, que podría parecer título de película gringa de guerra (tipo “Tora, Tora”), lo cierto es que no lo es. Hoy, nació mi segunda nieta. Si cuando nació Luisita me sentía demasiado joven para ser abuelo, creo que esta niña me agarra cansado -diría Murillo Karam- pero con el ánimo dispuesto, lo que ya es ganancia. Los detalles se los cuento luego. Hoy fui a verla pero no, resulta que no, que hasta las cuatro. Para entonces ya habré enviado estas líneas y, si así fuere, ustedes habrán de quedarse como me encuentro yo: Al filo de la incertidumbre; preguntándome cómo será, a quién se parecerá y demás pormenores que, al final de cuentas, son los únicos que interesan para estos casos.

Con esta reflexión se interrumpe el hilo de las tres prometidas respecto de la llevada y traída reforma constitucional y el llamado “control difuso de la convencionalidad”; la lectura de 5 o 6 textos en el transcurso de estas vacaciones me confirmaron en mi creencia previa, que ya externé en ocasión anterior: La modificación del artículo 1º de la Carta Magna constituye un craso error; primero, por la indebida injerencia que el derecho internacional cobra a partir de entonces; y segundo, porque indefectiblemente dicho proceso nos conducirá a la “gabachización” de nuestro sistema de impartición de justicia; pero como ese no es el motivo de estos párrafos, dejo reposar las ideas que me habitan al respecto.

Hablemos de Victoria.

Mi nieta posiblemente tiene más largo el apelativo que su anatomía; fíjense ustedes que mide apenas 52 centímetros y pesó 3 kilos 420 gramos; y en cambio, se va a llamar Sofía Victoria Villegas Torres. Por supuesto que vista la juventud de la madre y del padre, la primera cosa de la que le tengo que dar gracias a Dios, aparte de la salud de madre e hija, es por el nombre. Largo, sí, pero justito, normalito, claro, sencillo y, (¡Ay, Señor, gracias de nuevo!) castizo; sin esas ocurrencias que a veces asaltan a los padres y sobresaltan a los abuelos, y lo dejan a uno con nietas o nietos de peregrinos nombres, a veces impronunciables (por razones de ininteligibilidad o de decoro) que atienden a la telenovela de moda, al ídolo del momento o, mucho peor, a una ocurrencia súbita de los progenitores. Pues en nuestro caso no, “Sofía Victoria” será. Conste que me ahorro poner en blanco y negro ejemplos concretos, para no incurrir en las iras de algún padre o abuelo, pero de que los hay los hay. Me acuerdo de una tal “Marina” que en Marina podría haber quedado y estaría muy bien, si no fuera porque después le agregaron “US Navy” (“Marina US Navy”), lo que vino a dar al traste con todo.

Me pregunto, claro, qué color de ojos tendrá y… y nomás eso me pregunto porque, bien mirados Luis y Yadira (los papás), es seguro que rubia no va a ser, a menos que se empiece a teñir el pelo en algún momento de su existencia. Confío en que sea de temperamento sosegado y dulce, como deben ser las niñas -aunque las feministas digan que le estoy “colgando” estereotipos, cosa con la que no concuerdo porque una cosa es que sea sosegada y dulce y otra muy distinta, taruga y dejada-.

Confío en eso y nada más, porque el resto lo colma su presencia beatífica. Uno, a los hijos, no tiene más que quererlos, alentarlos y acicalarles las plumas mientras les crecen las alas; a veces, sí, ponerles sus coscorrones -con lo que ya me eché encima a los partidarios de la pedagogía sin gritos; con los que tampoco estoy de acuerdo pues un buen jalón de orejas dado a tiempo puede ahorrarnos, a todos, muchos sinsabores-, pero nunca, nunca, nunca, dejar de quererlos; de besarlos; de abrazarlos; de decirles que en nuestro firmamento particular, cada hijo es como una estrella de Belén: Una promesa de vida cumplida y un regalo de Dios -Nótese que este párrafo cargado de lirismo resulta a su vez muy oportuno, vista la fecha (5 de enero)-.

Como sea, ¡Bienvenida Victoria! ¡Bienvenida a la Vida! ¡Bienvenida al Mundo! Que tu nombre, pequeña, sean presagio y augurio. Que, en efecto, mi niña, la sabiduría y el éxito, guíen tus pasos; que ambos sean tu regalo, así como vienes tú a serlo en la vida de tus amorosos padres y, en general, en la de todos nosotros. Besos y abrazos a la espera de poder dártelos en persona una vez que te tenga en mis brazos.

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