LOS DOS HÍGADOS.

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Ayer hablé un ratitito con María. Casi nada. Estaba bañándome, Adriana me llevó la tablet a la regadera, pero se “cortó” la señal; me quedé con su imagen congelada en la pantalla, su carita de lado con una sonrisa tan ancha como el Yangtsé; un “hola” apenas, luego nada. Se veía contenta, satisfecha y, ¡Ay!, fresca como una lechuga. Luego veo a su madre y pienso: “De tal palo tal astilla”. Yo creo que, en la repartición, a esas les dieron dos hígados, o dos páncreas, o tres pulmones (uno chiquito), vaya Usted a saber, pero de corazón… ¡Nada! Luego me consuelo pensando que así debe de ser. Las despedidas desgarradoras, los llantos copiosos y los hondos suspiros (con mocos y todo) siempre salen sobrando porque no sirven para nada, excepto para enriquecer a los señores dueños de las fábricas de pañuelos desechables; y por lo demás, de todo se pueden quejar mis hijos, menos de no haber sido atendidos por su mamá.

Como sea, por acá, la vida sigue su curso. Adolfo, con su cabeza de micrófono (tiene dos meses y medio que no se corta el pelo), se fue a la Sierra de Chihuahua de “Misiones”; lo veo tranquilo y fervoroso; cargado de expectativas, contento y dueño de sí, greñudo como charamusca. Luis Abraham parece hombre de Cromañón, por lo grandote, lo gordo, lo peludo y lo indolente; a todo nomás se sonríe y se jala los pelos de la tupida barba que a estas alturas parece peluca. A Victoria no la vi, estaba plácidamente dormida y no es cosa de ir a dar la lata y desarraigarla de su mundo de sueños (ya se encargará la vida); y a Luisita tampoco pues estaba en idénticas condiciones; a esta le fue mejor que a su hermanita, porque le llevé un montón de chucherías que le tenía guardadas: Un esmalte para uñas de mentiritas (con brillitos); unos labiales que, más que labiales, son cremita para los labios; un juego para recortar y pegar de princesas; un set de viaje (champú, crema y gel para el cuerpo), una camiseta y un ingenioso pajarito de madera y plástico que mediante un sencillo mecanismo (un par de ligas y una biela diminuta), agita las “alas” y, ¡Oh, sencillo milagro de la técnica!, “vuela”.

Adriana y yo nos vamos. Desaparecemos por unos cuantos días del tráfago citadino. Llevo cuatro libros (pequeños), vamos a ver si los termino y si no se me “pega” algún otro por el camino. Uno de esos que no puedo dejar de comprar, uno de Almudena Grandes, de Carlos Ruiz Zafón, de Pérez Reverte, de Ildefonso Falcones o de Toni Hill, solo por mencionar españoles (el ultimo también lo es, aunque su nombre parezca desmentirlo).

Ya vendrá abril con su sol abrasador a cuestas y el vértigo de las elecciones. De aquí a agosto del 2016 esto va a ser un merequetengue; un auténtico hervidero. Un ir y venir de candidatos, de propuestas, de medias verdades y medias mentiras, de eslóganes, de jingles; unos más pegajosos que otros, alguno menos idiota que los demás.

Pese a ello, pareciera que existe una tendencia al desaliento.

El 27 de este moribundo mes de marzo, los padres de los normalistas secuestrados, asesinados e incinerados, pidieron al Instituto Nacional Electoral suspender las elecciones en el Estado de Guerrero, ¿cómo, por Dios, puede abonarle a la justicia, a la democracia, al dolor, al reclamo de vida, suspender las elecciones? En esta hora es dable recordar las palabras atribuidas a Winston Churchill, quien decía: “La democracia es el peor de los sistemas inventados por el hombre, excepto todos los demás que fueron experimentados en la historia”.

Mientras no haya una ocurrencia mejor, mientras esperamos sentados el “Gobierno de los Sabios”, tan caro a Platón, no nos queda de otra sino transitar por ese camino escabroso, lleno de baches y de piedras, de nuestras democracias modernas.

La particularidad de los regímenes democráticos, y a veces parecemos olvidarlo, es que dependen de nosotros para funcionar; de nuestro grado de participación, de involucramiento, de compromiso.

Estos días, repose, recójase en su casa y piense en la santidad de su significado; o váyase de jarana aquí cerquita o lejos, lejos, lejos (a donde la propaganda electoral no lo alcance); pero haga lo que haga, comiendo capirotada en el comedor de su vivienda o echándose unos daiquiris entre pecho y espalda, cuando regrese, póngase las pilas y recuerde las palabras de Kennedy en su toma de posesión: No pregunte qué puede hacer su país por usted, pregúntese qué puede hacer usted por su país; y luego salga… y hágalo.

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LA CUCARACHA QUE NO QUIERE CAMINAR.

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“La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar; porque le falta, porque no tiene (…)”.

 Hace tres días, leí un artículo publicado el 24 de marzo de 2015 por el periódico El Universal, suscrito por Alejandro Hope, que lleva por título: “Mariguana: La discusión no es binaria”. Al margen de qué tan de acuerdo pueda estar uno -como ciudadano, como político, como padre de familia o como plácido y vulgar “pacheco” o “pacheca” (para que luego no digan que discrimino)- con el tema de su legalización, el planteamiento de fondo me gustó.

 Buena parte de lo que ocurre en este país tratándose de los asuntos de interés colectivo, de las discusiones y debates políticos, se los lleva el traste por ese afán maniqueo del “todo o nada” al que son tan afectos los populistas y demagogos.

 Dice el articulista: “La mariguana se discute en clave binaria. A la prohibición vigente, se ofrece como alternativa un modelo comercial, a la manera del tabaco o el alcohol. Con más o menos regulaciones, con más o menos impuestos, pero en el molde de distribución de las sustancias legales”. Y agrega categórico: “Esa dicotomía es paralizante”.

 Y tiene razón; la gran dificultad es que buena parte de los asuntos públicos son planteados de ese modo “paralizante”: ¿Sí o no? ¿Estás conmigo o estás contra mí? ¿Te salvas o te condenas? Y por lo general -horror de ídem., o séase, “horror de horres”- quien suele emplazar a la parte contraria con ese tipo de disyuntivas, es el que se asume como “el bueno” de la película.

 Respecto de este tema -del que no pienso adelantar mi opinión en estos párrafos (vaya uno a saber qué callos pisa)-, el autor del artículo en comento señala que existen por lo menos una docena de alternativas, de posibles marcos regulatorios (visible en el sitio http://ow.ly/KHX7V) que van de uno a otro extremo: Desde la prohibición absoluta hasta un mercado casi enteramente desregulado; y una gama de “puntos intermedios” que incluyen, por ejemplo:

1. Legalizar el cultivo para autoconsumo y regalo, pero mantener una prohibición para la comercialización;

2. Establecer un régimen de tolerancia para la venta detallista, sin alterar la prohibición para la producción (el modelo holandés);

3. Permitir la creación de cooperativas de consumidores, a la manera de los clubes sociales de cannabis en España;

4. Establecer un monopolio estatal en todas o algunas de los eslabones de la cadena productiva -esa sí no, por Dios-;

5. Legalizar la producción, distribución y comercialización, pero sólo para organizaciones sin fines de lucro; y un amplio etcétera.

 Insisto, como Luis Echeverría, en este asunto yo no estoy a favor ni en contra, sino todo lo contrario. Lo que sí no me cabe duda, es que en cualquier ámbito de la vida pública se hace necesario un debate de esa índole; un intercambio de pareceres, de ideas, de opiniones, de propuestas; no de adjetivos o descalificaciones.

 Buena parte de que podamos avanzar en la construcción de un Estado más pleno, más democrático, más “inteligente”, más creativo, dependen de cómo ventilemos los asuntos públicos o la respuesta que les demos cuando nos son planteados. Como escribe Hope, aunque en el contexto de su artículo, lo que ahí afirma es válido para cualquier discusión política: “Pensar en términos de un continuo regulatorio y no de decisiones binarias (prohibir/legalizar) abriría la puerta para una discusión más sofisticada sobre costos y beneficios. Asimismo, permitiría construir soluciones que atiendan las dudas y temores específicos de diversos sectores de la población”.

 Sería deseable -y enriquecedor y apasionante y fantástico- escuchar debates más sofisticados sobre “costos y beneficios” de las políticas públicas en general, orientados a construir soluciones que atendieran a las dudas y temores de los distintos sectores de la población; que a condenas inclementes que no admiten disensos.

 Desafortunadamente, todavía en México la política se parece mucho a esa cucaracha que no quiere caminar; y es posible que no lo haga porque le falta, porque no tiene… ideas qué ventilar.

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DE BOTERO, HOMERO Y ALMUDENA GRANDES.

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Estoy muy contento. Hasta hace unos días yo pensaba que era gordo, pero no. Y conste que la apreciación no es mía, es del ilustrísimo maestro (ahora más que nunca) don Fernando Botero, quien, al explicar su obra pictórica y escultórica, resalta: “Lo mío son formas divergente de expresión. Exalto las formas. Ni siquiera es una defensa o una crítica a la gordura, solo busco acentuar la corporalidad, la voluminosidad, la sensualidad y la provocación”.1 Así las cosas, no estoy gordo. Soy sensual; y si se quieren apurar las cosas, hasta provocador.

El párrafo anterior preludia estas líneas (cuyo contenido no tienen nada que ver con él) por el puro gozo del descubrimiento. Lo mío, este fin de semana largo, fueron los libros; leí dos: “Odiseo: El Retorno” y “Malena es un nombre de tango”. El primero, lo escribió Valerio Massimo Manfredi y es continuación de una obra previa “Odiseo: El Juramento”;4 el segundo, de la genial Almudena Grandes.

Comentemos el primero; aunque ambas de manufactura excelente, me quedo con la segunda novela del italiano. Quizá el libro que más ocasiones he leído es la Ilíada, atribuida a Homero (seguida de “La Tregua”, de Mario Benedetti; “La Guerra de Galio”, de Héctor Aguilar Camín; el “Amor en los tiempos del Cólera”, de Gabriel García Márquez; “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry; y “Demian”, de Hermann Hesse); pues ahí tienen que “Odiseo: El Juramento”, basado en la Ilíada, no me gustó tanto como “Odiseo: El Retorno”, recreación de la Odisea. Por primera vez, y perdonen mi estulticia, me quedó claro el sentido del mito homérico: Una metáfora extraordinaria del sentido de la existencia. El texto original, concluye con el pacto celebrado entre Ulises y su pueblo: “¡Laertiada, de linaje de Zeus! ¡Odiseo fecundo en ardides! Tente y haz que termine esta lucha, este combate igualmente funesto para todos, no sea que el largovidente Zeus Crónida se enoje contigo. Así habló Atenea; y Odiseo, muy alegre en su ánimo, cumplió la orden. Y luego hizo que juraran la paz entrambas partes la propia Palas Atenea, hija de Zeus, que lleva la égida, que había tomado es aspecto y la voz de Méntor”;5 la obra de Manfredi no; hace al héroe proseguir su marcha buscando el perdón del dios Poseidón, atento al vaticinio de Tiresias; ni muere Ulises ni se marchita en palacio, no claudica, no ceja, no concluye su ciclo vital y es fiel a sí mismo batallando hasta el final; hasta el último aliento, ese que por fuerza nos trasciende y del que ignoramos todo. Me gustó tanto, que su lectura, me sugirió recomenzar el “Ulises” de James Joyce, que no me gustó en lo absoluto la primera vez que lo leí, muchos años atrás. “Odiseo: El Retorno” inicia con unos versos espléndidos de Constantino Cavafis, de su poema Ítaca, que nos recuerdan que, al final de cuentas, el sufrimiento no es sino el producto natural de la existencia; pero además, consecuencia directa y natural de nuestros actos y omisiones; de quiénes somos y, sobre todo, de aquello en lo que hemos decidido convertirnos:

“Cuando te encuentres de camino a Ítaca

desea que sea largo el camino,

lleno de aventuras, lleno de experiencias. 

A los lestrigones y a los cíclopes,

al colérico Poseidón no temas,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si mantienes tu pensamiento elevado y es selecta

la emoción que toca tu espíritu y a tu cuerpo tienta.

A los lestrigones y a los cíclopes,

al salvaje Poseidón no encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si tu alma no los coloca ante ti”.7

A Ulises, como a todos nosotros, pobres mortales, lo alienta el amor; lo inspira, lo persuade, lo induce, lo guía, lo ilumina, lo agiganta, pero no lo redime; y tropieza cada vez que su corazón tropieza con él.

 Y es el amor, precisamente, el leitmotiv de la segunda novela, “Malena es un nombre de tango”. Un amor oscuro, sin nombre (como todo el amor), que sitúa a la protagonista al borde del precipicio, del cataclismo, en el azoro de descubrir los placeres de las fugas venéreas -espejo ciego que lejos de devolvernos siquiera la imagen nos devora-. Ya he contado cómo, años ha, di de manos a boca con Almudena Grandes sin proponérmelo. Herrando, buscando qué leer para no volverme loco sin un libro entre la manos, llegué a una librería de viejo y ahí estaba: “Castillos de Cartón”.6 Huelga decir que me mató. Aquí y allá empecé la búsqueda y, como pude, me fui haciendo de distintos libros. El pasado fin de semana, de nueva cuenta para mi sorpresa y placidez, perdido entre decenas de títulos, ahí estaba esta, su tercera novela, aparecida hace más de 26 años y que, en opinión de la crítica, “consagró” a su autora. No voy a agregar más, dejo la lectura de la contracara y su último renglón: “Malena tiene doce años cuando recibe, sin razón, y sin derecho alguno, de manos de su abuelo el último tesoro que conserva la familia: Una esmeralda antigua, sin tallar, de la que ella nunca podrá hablar porque algún día le salvará la vida. A partir de entonces, esa niña desorientada y perpleja, que reza en silencio para volverse niño porque presiente que jamás conseguirá parecerse a su hermana melliza, Reina, la mujer perfecta, empieza a sospechar que no es la primera Fernández de Alcántara incapaz de encontrar el lugar adecuado en el mundo”. La novela termina con la frase de un psiquiatra luego que Malena ha contado su historia: “La maldición es el sexo, Malena. No existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá”.

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1 MÁRQUEZ LÓPEZ MATO, Andrea. Botero y la sensualidad de las curvas y redondeces.  De la pintura a la realidad. 2005. Extraído del sitio: https://www.google.com.mx/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&cad=rja&uact=8&ved=0CBwQFjAA&url=http%3A%2F%2Fwww.ipbi.com.ar%2Fcultural%2FOBESIDAD.BOTERO.doc&ei=LFkMVZ-YD8nYoATj0oFw&usg=AFQjCNHhghoJxakhABhJQ6Nb05_igCprIw&sig2=4_YKnbjmclL8ZrTKDAKpwQ&bvm=bv.88528373,d.cGU

2 MASSIMO MANFREDI, Valerio. Odiseo: El Retorno. Grijalbo. México. 2014.

3 GRANDES, Almudena. Malena es un nombre de tango. Colección: Andanzas. 2ª. Reimpresión de la 26ª edición. TusQuets. Argentina. 2014.

4 MASSIMO MANFREDI, Valerio. Odiseo: El Juramento. Grijalbo. México. 2013.

5 SEGALÁ Y ESTALELLA, Luis. Obras completas de Homero. Montaner y Simón, Editores. España. 1927. Pág. 517.

6 GRANDES, Almudena. Castillos de Cartón. Colección Maxi. 1ª edición en México. TusQuets. México. 2004.

7 Adaptación libre.

DE LA CHINADA.

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 Solamente los descreídos, los ignorantes, los descuidados, los de ánimo voluble,… en suma, los que no me leen (es decir, los que están más allá del círculo de mis cuarenta y cuatro lectores), serán incapaces de comprender el sentido y el alcance de estos párrafos… y que a lo escrito líneas atrás no le falta ninguna “g”.

 María se fue. Está en China y esto, sin ella, está de la chinada.

 Hace justamente dos años, diez meses y once días escribí una reflexión que se llamaba: “Cuentos chinos”; ahí comenté que esos párrafos los escribía a escondidas porque temía que, si María se llegaba a enterar de su existencia, me retirara el saludo; y agregué: “Es en serio, ustedes no la conocen… yo sí; tiene el carácter más disparejo que una calle de Parral”; luego agregué que la cosa era que, en el pasado remoto, me tenía preocupado su indefinición. Ahí dije que la primera luz “la vi meses atrás cuando la interfecta se preguntó en voz alta, delante de mí, qué para qué iría a servir, porque no se veía ningún talento en particular”; y comenté muy orondo que me habían dado ganas de felicitarla “por su honestidad intelectual”.

 Bobo.

 Una semana después, ella solita, con su uno cincuenta y dos de estatura y cuarenta y seis kilos de peso, estremeció la casa hasta sus cimientos cuando, sin aspavientos, comentó: “¿Sabes qué? Voy a estudiar chino”. A renglón seguido agregué en mi reflexión: “Ahora, la veo entusiasmada; con los ojos brillantes; decidida a dejar de aprender francés (que ya estudiaba) para incursionar en esa aventura del chino mandarín. La veo empeñosa avanzar con paso firme en el estudio del inglés (los maestros chinos dan su clase en esa lengua) y ayer me recibió con la nueva de que el maestro de LR (lectura y redacción) está dispuesto a darle clases particulares”.

 Hoy, justamente dos años, diez meses y once días más tarde, con un nudo en la garganta, al que le brillan los ojos es a mí; siento que, de algún modo, se acaba de cerrar un ciclo en mi existencia e inicia otro. Uno muy distinto que la incluye, por supuesto, pero que también, por primera vez, su vida deja de ser mi vida, para convertirse en la promesa cumplida (amenaza latente) que a diario nos dan los hijos: Que les crezcan las alas y se echen a volar para tomar, como hacemos todos, su propio rumbo.

 Escribí también en ese entonces: “Yo no sé cómo le vamos a hacer; pero creo que, en su momento, debe ir a estudiar allá. (…) Como sea, yo le aseguro que va a regresar colgada del brazo de un chino y ella afirma que no, quesque ‘porque son muy feos’; lo que no sabe, la pobre, es que eso mismo le dijeron a su mamá y ya ven, llevamos 18 años de casados”. El asunto es que María ya se fue y tal parece, le tocó de compañera de cuarto una niña africana. Yo espero que no se la coma. Leído así, no faltará quien piense que mi comentario es de mal gusto, pero no conocen a María; dice que se la pasa con hambre todo el día (la comida tiene mucha grasa) y además ya les hablé de su mal carácter; así que si la africana se descuida o se le ocurre tocar sin pedírselo, un enchinapestañas, por ejemplo, seguro se la zampan.

 Yo, para distraerme y consolarme, me metí al gimnasio. Esta es la ¿quinta o sexta? vez que me entro a uno. Como en el asunto del inglés, el del ejercicio es un tema en el que he incursionado desde que tengo uno de razón con magros -por no decir que nulos- resultados: Sigo sin poder entender ni “jota” -no salgo del “Jaguaryú” (diría López Dóriga)-; y, en la ducha, parezco perro parado de patitas. Pues bien, hoy es mi cuarto día y no puedo mover ni las pestañas; de parar la ceja “a lo María Félix”, ni hablar; me duele todo.

 En suma, con este clima veleidoso que no acaba de componerse, el frío que no termina de irse, sin María y con mis achaques (voluntarios y voluntariosos), esto está de la chinada.

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50 SOMBRAS DE GREY. 2ª. DE DOS PARTES.

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En principio, no es posible censurar ninguna obra de arte por su contenido intrínseco; del arte lo más que se puede decir, con cierta dosis de certeza, es si nos gusta o no; lo demás es fantasía. Por ello, tratándose de la apreciación de cualquier manifestación artística (cine, teatro, pintura, literatura, etc.), la única óptica válida es la estrictamente personal; como reza la conseja popular: “En malgustos se rompen géneros”; y, eventualmente y con cautela, afirmar si está bien o mal hecha.

De otro modo, se corre el riesgo de condenar (a las ardientes llamas del Infierno de los Libros) obras tan célebres, como “Lolita” de Nabokov1 (que malentendida podría leerse como una loa a la pedofilia) o “Fanny Hill”, de John Cleland,2 con su detallada descripción de la vida de una prostituta; u otras menos conocidas como “Los Siete Minutos”, de Irving Wallace3 (si no la ha leído; búsquela y léala), y “Las Edades de Lulú”, de una contemporánea extraordinaria, Almudena Grandes;4 o, peor aún, a ciertos autores en la casi totalidad de su obra, como sería Guillaume Apollinaire (por describir en toda su crudeza toda suerte de parafilias). Auténticos e imprescindibles referentes, los dos primeros relatos y el último autor citado, no solo de la novela erótica, sino de la novela en general y, en algunos casos (Fanny Hill) del idioma inglés.

Retomando el hilo de la reflexión que nos ocupa, tenemos que la película es mala por su simpleza, por la contrahechura de sus personajes y por la vulgar explotación del recurso sexual. Que conste, la cinta no es pornográfica, propiamente dicho; es más fuerte, por ejemplo, El Último Tango en París. Más aún, 50 Sombras de Grey recuerda -por la ingenuidad de sus planteamientos, lo chato de la trama y su insulso erotismo- películas del tipo Emmanuelle (filme francés, rodado en 1974 y protagonizado por Sylvia Kristel -la mejor Emmanuelle de todos los tiempos según la crítica-; basada en el libro del mismo título, escrito por, ¡oh, sorpresa!, Emmanuelle Arsan; publicado en 1959).5 50 Sombras de Grey es vulgar no por su contenido específico, sino porque no hace ninguna aportación a la literatura o, en el caso concreto, al cine. No es un libro bien escrito y, para el caso, no es una historia plausible; y no lo es, porque las contradicciones de los personajes los hacen más parecidos a una caricatura que a un ser humano de carne y hueso. Él, un hombre que en una de las primeras escenas al hacer referencia a sí mismo se describe en la voz de otros como “sin corazón” -y que además pone como santo Cristo a su amante en turno cada que se le pega la gana-,  mendiga el amor de una mocosa descerebrada, lo suficientemente estúpida como para permitir que le den sus cachetadas a placer (es un modo de describir su relación sadomasoquista con Christian); y por otro lado, es capaz de negociar un contrato con el poderoso hombre de negocios para definir los términos de su “relación”, dejarlo “plantado” y abandonar la ciudad para ir a hacer nada con su madre mientras él le ruega que se quede. No tiene sentido. Hojearla, verla, me recordó sin remedio “El Código da Vinci”;6 otra porquería que catapultó a su autor a la fama, a partir de la ignorancia insalvable de su público lector.

Cambiando a temas más mundanos, debo señalar que este asunto de las películas pornosoft me recuerda inevitablemente al extinto cine Dorado -ubicado en el cruce de Niños Héroes y Venustiano Carranza, ahí donde en la actualidad se erige la estatua del Teporaca-, socorrido refugio de decenas de adolescentes febriles, con el ánimo entero de fumarse un cigarrillo a escondidas y la zozobra de ir a ver, por primera vez en nuestra vida, películas “peladas”. Lo que me recuerda también que el viernes famoso, al ir a comprar los boletos, nos pidieron a Adriana y a mí mostrar nuestras credenciales para votar. ¡Hágame usted el refabrón cavor! Con casi 50 años, 3 hijos, 2 nietas y un mechón blanco que, dada la seriedad de mi color, me hace parecer a Pepe Le Pu (región 4), urgido a acreditar mi mayoría de edad.

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1 NABOKOV, Vladimir. Lolita. Grijalbo. México. 1975.

2 CLELAND, John. Fanny Hill. Bruguera. México. 1980.

3 WALLACE, Irving. Los Siete Minutos. Grijalbo. México. 1986.

4 GRANDES, Almudena. Las Edades de Lulú. España. 1989.

5 ARSAN, Emmanuelle. Emmanuelle. TusQuets. España. 1985.

6 BROWN, Dan. Código da Vinci. Umbriel. España. 2003.