CARTA ABIERTA A FERNANDO MOTTA ALLEN.

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Muy señor mío:

 En principio, le debo agradecer a Usted el tiovivo de emociones que me deparó la lectura de la serie de notas: Del estupor al desengaño; de la franca carcajada a la tristeza y de ahí al horror. Le cuento. El azoro llegó tras leer una nota en un portal electrónico (repetida en varios);1 no daba crédito al hecho de que mi humilde opinión fuera el leitmotiv de un asunto periodístico de tal magnitud y, para colmo, protagonizado nada menos que por Usted, Gran Maestro de la Logia Cosmos; que me hacía (gracias, muchas gracias) objeto de sus atenciones. Sin embargo, esa fue también la razón del rotundo desencanto; yo creí que los masones eran, todos, librepensadores; personas que privilegian el diálogo y la confrontación de ideas, por encima de los dogmas de fe (laicos o no); pero imagino que, como luego se dice, no hay regla sin decepción, y para muestra basta un botón; precisamente su dicho.

 Con eso ya vino la chacota y eso fue lo que me ha impedido responderle antes: No paraba de reír. Me explico, en las notas, se destaca mi condición de magistrado cuatro veces. ¡4 veces! E incluso se señala, de manera textual, que en su opinión lo más delicado es eso, que sea yo magistrado. Pregunta: ¿Qué tiene qué ver una cosa con la otra? ¿De qué debo escribir según Usted? O mejor dicho: ¿De qué no debo escribir? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué los magistrados no pueden, como cualquier otro ciudadano, expresar su pensamiento? ¿Cuáles son los criterios para obtener su preciado nihil obstat? Por cierto, ¿eso incluye a todos los abogados?

 Ya puestos, ¿habría que limitar ciertas materias a los profesionistas en general? Los médicos, los proctólogos por ejemplo, ¿no pueden escribir sobre los “Anales” de Tácito, por citar un caso?

 Por otro lado, ¿qué significa que no es justo escribir sobre el Benemérito porque ya no está vivo “para poderse defender”? En ese supuesto, ¿de qué tendrían que escribir los actuales historiadores? ¿“Ciencia Ficción”? ¡Ah, no! ¡Claro que no! Me imagino que ese no es problema porque tras su lúcida propuesta a los historiadores de hogaño siempre les queda la posibilidad de escribir solo “lo bueno” de “los buenos” y a los malos ni voltearlos a ver, ¡fuchi! Claro que eso nos deja con un problema peliagudo: ¿Qué vamos a hacer con líderes polémicos ya fallecidos como José López Portillo, Anastasio Somoza o Augusto Pinochet, los dos primeros, por cierto, masones como usted mismo? Porque le recuerdo su argumento: Ellos tampoco están vivos para poder defenderse. ¿Habría que callarse los crímenes o atrocidades de los dos últimos? ¿Y Hitler? ¿Y Stalin? ¿Los dejamos irse de rositas porque, pobrecitos, ya no pueden defenderse?

 Y podría seguir cosiéndolo a preguntas; preguntas para las que no puede tener respuesta; y no puede porque lo más sencillo, lo más simple, es consentir que cualquier persona puede escribir de lo que le dé su gana siempre que no mienta; y ahí es donde me puse triste. Mucho; por dos razones; la primera, porque usted no emplea una palabra, una línea, una idea, un párrafo, para defender a Juárez (como ya no puede defenderse…); y su tiempo lo emplea solo para descalificarme en lo personal -recurso, le recuerdo, que suelen usar quienes carecen de argumentos-; en segundo lugar, porque Usted miente; y no lo hace una, dos ni tres veces; miente cuando señala que “degradé” la imagen de Juárez, falso, emplee una fuente bibliográfica, señalé el título de la obra, el nombre de la autora y las páginas de cada paráfrasis;2 sin que pueda obviarse que no se trata de un caso aislado como intenta usted hacerlo creer cuando alude al ex-Presidente como “prototipo de respeto a la legalidad”, le dejo aquí cinco sitios de Internet (no creo que su “fuerte” sean los libros) que coinciden, en lo medular con mi escrito: http://exploramex.com/epocaIndep/BenitoJuarez.htm, http://www.vertigopolitico.com/articulo/30686/5-mitos-que-hablan-del-lado-oscuro-de-Benito-Juarez, http://david-matthew-david.blogspot.mx/, http://vaxtuxpan.blogspot.mx/2009/03/tienda-de-rayala-cara-oscura-de-benito.html y http://siglosdeevolucion.blogspot.mx/2013/01/mitos-y-realidades-de-benito-juarez-y.html; miente cuando dice de Juárez que se trataba de un “representante del pueblo”, a la Presidencia de la República llega no por la vía del sufragio sino en su carácter de Presidente de la Suprema Corte de Justicia; Juárez no salvó a la Nación, salvó a la República (y no lo hizo él solo pues costó miles de vidas, endeudó al País hasta las cejas y uno de los principales factores de la victoria fue que Maximiliano era liberal -como se definiría Usted- y masón -también como Usted- circunstancias que le granjearon el rechazo de los conservadores, ¿o me va a negar que el fallido Emperador era liberal y masón?); de hecho, ciertamente Usted vuelve a equivocarse cuando confunde a la “nación” con el “Estado”; a la nación la integra el pueblo en su conjunto y parte de ese pueblo, los conservadores, pelearon al lado de Imperio fracasado, no por nada dos generales mexicanos murieron en el Cerro de las Campanas.

 Y para terminar, francamente me horrorizó ese deje de mesianismo, de infalibilidad absoluta, de pureza inmaculada, de la que hace alarde; su precipitada conclusión al afirmar, rotundo, que mi artículo deja entrever que no habla mi “razonamiento” sino mi fobia hacia un sector de la población, el liberal. Con eso, no solo me tilda de irracional -lo que le agrega a la descalificación infundada el insulto gratuito-, sino que pretende sin trámite, por un solo gesto,  resumir el carácter moral y hasta un perfil psicológico de mi oscura y rechoncha persona; lo que raya en la intolerancia (inaceptable en alguien que se asume liberal o librepensador). Rechazo por falsas sus acusaciones y no se las admito por ningún concepto; si Usted fuera un caballero, debería pedir disculpas por su proceder grosero y afrentoso. En lo absoluto, podría yo escribir guiado por el prejuicio y menos, mucho menos, hacia un sector, estrato o grupo social en específico; he escrito cientos, quizá miles de páginas; durante años he hablado de libros, de historia, de arte, de viajes, de política, de derecho, de personajes públicos; sin subterfugios, cada vez he dicho lo que pienso y me he expuesto al qué dirán porque estimo fundamental ventilar ideas, opiniones, conceptos; pero en todos los casos, sin excepción, cito fuentes (artículos, bibliografía, autores, etc.), lejos de las descalificaciones gratuitas o infundadas; y más lejos, de las generalizaciones que tan mal le sientan a la verdad. Con ese horror me quedo, frente al atisbo de esa intolerancia militante y furibunda que le acerca a Usted, y mucho, a aquello de lo que debería, en principio, renegar.

 Concluyo: Dado que resulta evidente que es incapaz de comprender a cabalidad dos páginas, mucho menos estaría en posibilidad de digerir 100 o 150 años de historia mexicana, por eso le invito a que el día, la hora y el lugar que Usted elija, acompañado del número de asesores que estime adecuado y con el auditorio que estime más propicio, discutamos Usted y yo -en nuestra calidad de ciudadanos, de mexicanos, de hombres LI BRES- un solo asunto: El tratado McLane-Ocampo; y tendré el gusto de demostrarle cómo no solo constituye uno de los acuerdos más mezquinos, lesivos y antipatrióticos, para los intereses de un Estado soberano; sino que pocos, en el ámbito internacional, pueden comparársele en su entreguismo.

 Sin más por el momento, me reitero a sus órdenes y le dejo aquí mis correos personales, sin que pueda, de momento, dispensarle mi afecto.

 Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

1 http://larednoticias.com.mx/noticias.cfm?n=155631, http://larednoticias.com.mx/noticias.cfm?n=155653, http://www.noticiasaldia.com.mx/notas.pl?n=79590&s=e y http://www.elobservador.mx/12/index.php/chihuahua/16028-responde-jefe-mason-a-magistrado-por-critica-a-benito-juarez

2 SÁENZ PUEYO, Carmen. Juárez. El mito de la legalidad. 1ª. reimpresión. Universidad Nacional Autónoma de México. México. 2014.

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TENGO, TENGO…

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Hace medio Siglo (el que estoy a punto de cumplir), don Nicolás Guillén, entrañable poeta cubano, escribió: “Tengo lo que tenía qué tener”; es una regla muy simple; que, suele ocurrir, olvidamos del todo.

 

Mucho de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que dejamos de hacer (o de ser) se rige por ese simple designio: “Tengo que ya aprendí a escribir, y a pensar y a reír (…) vamos a ver, tengo, lo que tenía qué tener”; y luego nos enfadamos; porque lo que tengo (o lo que soy) no coincide con nuestras expectativas, con nuestros deseos o -peor aún- con la visión que tenemos (o tienen los demás) de nosotros mismos.

 

A veces, luego de leerme o escuchar (o leer en prensa ajena) la mala fe con la que, en ocasiones, se reciclan mis artículos,  se me cruza por la cabeza la mala idea de dejar de escribir; aunque, venturosamente (como la rana René), luego abandono, por absurdos, por errabundos, por pusilánimes -por idiotas, pues-, esos pensamientos. Soy lo que soy y en lo bueno, como en lo malo, tengo lo que me merezco; ni una coma, ni un punto, ni una letra, de más o de menos.

 

Y este que soy -permítanme mi querida lectora, mi apreciable, lector, la digresión-, escribe; y escribe mal, escribe para mal, escribe de mal en peor, pero escribe; y eso, lo de la escribidera, lo empecé a hacer antes de cualquier otra contingencia, de tal suerte que no puedo -ni debo- prescindir de lo que soy o he sido a partir de un asunto tan baladí como ese de que te llamen, para bien o para mal también, “magistrado”. Y si ni antes -ni ahora- he escrito para complacer o para agradar, no es hora de empezar a hacerlo (o de dejar de hacerlo) en estas fechas a título de algo tan precario o discutible como un cargo público que, además, podría quedar en un asunto de unos cuantos meses y Dios dirá.

 

El 17 de marzo de 2010, en un artículo que titulé: “STRIPTIS”, escribí: “Durante semanas me rondó la inquietante idea de mandar este correo y al fin me decidí. De antemano, sé que estas líneas me van a granjear la malquerencia de alguno pero el propósito de escribir no es agradar, sino expresar lo que se piensa, se cree o se siente respecto de determinado asunto (…) Escribir es descubrir poco a poco el alma. Es despojarse, exhibirse, desnudarse. Es posible, por supuesto, simular, pero no sólo resulta innoble, resulta además triste e inútil, pues debe uno ser muy tonto para creer todo lo que lee sin más. (…) las palabras descubren un aspecto del que las pronuncia o las redacta: Porque vacían o muestran, porque engañan u ocultan, las palabras son inseparables de su autor y lo persiguen como una jauría furiosa o lo secundan como un coro”.1

 

Así que, para esos que, no sé por qué razón (idiota -y desde aquí los reto a que me demuestren lo contrario-) piensan que tendría que dejar de escribir, sirva esto como una declaración en forma para decirles que, como don Vicente Fernández -quien no deja de cantar mientras le sigan aplaudiendo-, yo no voy a dejar de escribir mientras me sigan leyendo (gracias, gracias, gracias a mis 47 lectores constantes y sonantes); y los otros… los otros que se vayan al carajo.

 

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 1 Énfasis añadido.

QUÍTATE LA MÁSCARA. 3ª. DE 3 PARTES.

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Escribí la semana pasada: “Con todo lo grave que se quieran ver, las anteriores no eran sino transgresiones a la letra y el espíritu de la Constitución de 1857; sin embargo, Juárez incurriría en vicios aún peores, cuyas secuelas (polvos de aquellos lodos) perduran hasta nuestros días”; y así es. Le menciono cuatro: La subvención de la prensa, el fraude electoral, la partida secreta y la sumisión y debilitamiento de los estados.

 La subvención de la prensa.

 Un mecanismo ampliamente utilizado por el gobierno juarista fue la subvención a la prensa. El 7 de abril de 1861, el Siglo XIX publicó el reporte del tesorero de la nación, Juan Zambrano, explicando los gastos del gobierno en el mes de febrero; y en el rubro impresiones y “fomento de periódicos” se consignaba un total de 7 mil 198 pesos,1 de aquellos ayeres.

 El fraude electoral.

           Y en este mismo tenor, aunque con un cariz diferente, la autora a la que hemos recurrido desde la entrega anterior, señala que: “En enero de 1910, el periódico México Nuevo publicó el artículo ‘Juárez y las subvenciones periodísticas’, donde declaraba que el Presidente decretó el 6 de abril de 1861 la supresión de los gastos de fomento de periódicos, pero que se vio obligado a seguir apoyando a ciertas publicaciones para garantizar su triunfo en las elecciones presidenciales. Agrega que ‘sin la poderosa ayuda de El Siglo XIX, El Monitor Republicano y de otros periódicos, hubiese perdido el Sr. Juárez la elección en 1861’”.2 Uso indebido de recursos públicos, inequidad en la contienda y tráfico de influencias son las conductas que, como mínimo, se actualizan en una maniobra de este tipo.

 La partida secreta.

           El 16 de agosto de 1861, el Congreso aprobó una ley que suministraba a la Secretaría de Relaciones Exteriores 30 mil pesos para fomentar a periódicos extranjeros opuestos a la intervención; esta partida perduraría al acabar la intervención y daría origen a la famosa “partida secreta”, manejada directamente por el Ejecutivo y no auditable; el día 6 de mayo de 1869 se discutió la partida secreta que manejaría el Presidente por $15 mil pesos: “La oposición consideraba inaceptable una partida que se manejaba de manera discrecional por el Ejecutivo y sin rendir cuentas al Poder Legislativo. Hubo constantes quejas en el Congreso por la permanencia de la partida secreta”.3

 La sumisión y el debilitamiento de los estados.

           De la multitud de estados que mutiló (Yucatán, Nuevo León, etc.), tomemos un solo ejemplo; el del Estado de México; el 7 de junio de 1862, se crearon tres distintos militares; uno, se incorporó al Distrito Federal; por el segundo, se creó el Estado de Hidalgo; y por el tercero, Morelos.4 Sin contar a los gobernadores a quienes quitó y puso a su antojo de 1861 a 1867, con la excusa de la intervención francesa.5

 Como se ve, la práctica de invadir competencias, subyugar a los otros dos poderes, el manejo arbitrario de la finanzas públicas o la falta de transparencia, el fraude electoral (en una de sus múltiples variantes), el sometimiento de los estados o el pago a los medios de comunicación para granjeárselos, no se inauguró en el transcurso del penoso Siglo XX; todos, excepto el fraude electoral (que data de los tiempos de don Guadalupe Victoria), son secuelas de ese Juárez -modelo de supuesto respeto al orden jurídico-; por no hablar que gobernó durante 14 años (del 19 de enero de l858 al 18 de julio de 1872), la mayor parte de ese lapso, sin mediar ningún tipo de elección; o del Tratado McLane-Ocampo, por el que pretendió vender a perpetuidad, a los Estados Unidos de Norteamérica, el derecho de tránsito por el Istmo de Tehuantepec, desde el puerto de ese nombre en el sur, hasta Coatzacoalcos en el Golfo de México.

 La vena voluble de Juárez y su desprecio a la ley, se nota con mayor nitidez en otro de sus aforismos célebres: “A mis amigos: justicia y gracia; a mis enemigos: justicia a secas”; con ella, se da cuenta de un espíritu no solo rencoroso, sino capaz de distinguir ahí donde el jurista, el auténtico, el que se somete a las exigencias de la justicia y de la ética, no puede hacer distingos de ninguna índole. En la primera entrega de la serie, escribí: “En mi humilde opinión, ahí fue donde se nos empezaron a torcer las cosas como Nación y a ponerse de cabeza nuestra orientación moral y legal; y el norte se volvió sur y el este oeste”; y así es; Juárez puede haber sido todo lo que ustedes gusten y manden, un político, un estadista, un visionario, un patriota, lo único que no puede ser es un referente moral, ni ético, ni jurídico.

 Como político, Juárez es el artífice de algunas de las prácticas más deleznables del repertorio con que cuentan, todavía, algunos de los gobernantes de hogaño; más reprochables, si cabe, al ser de profesión abogado y, por ende, conocedor de la Ley. Ensalzar al Benemérito a tontas y a locas -sin situarlo en su justa dimensión de político rapaz, taimado, pragmático, dispuesto a cualquier extremo con tal de ejercer el poder-, es enaltecer y honrar el exceso, así como la ignorancia del Estado de derecho.

 ¡Fuera máscaras! ¡Los rudos, los rudos, los ruuuudoooos! (claman los Juaristas, que para todo hay gustos).

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1 SÁENZ PUEYO, Carmen. Juárez. El mito de la legalidad. 1ª. reimpresión. Universidad Nacional Autónoma de México. México. 2014. Pág. 59.

2 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 60.

3 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 68.

4 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 75.

5 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 74.

QUÍTATE LA MÁSCARA. 2ª. DE 3 PARTES.

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Reniego de esa noción maniquea de la historia que está empeñada en ver a Villa como héroe o como villano, así a secas, sin el matiz necesario para entender al hombre en su tiempo y en su circunstancia. En tanto la homosexualidad de Abraham Lincoln es un tema que continúa abierto a debate en los Estados Unidos (y a nadie se le ha ocurrido censurar estos esfuerzos de investigación académica seria o cuestionar su licitud o su ética), plantearse en voz alta el tema de la homosexualidad de Emiliano Zapata es una especie de pecado civil (por decirlo de algún modo); solo porque en el torcido imaginario de nuestra historia, los héroes deben ser “buenos, buenos”; y los “malos”, “malos, malos”. Absurdo.

Todavía recuerdo el placer de leer a Jorge Ibargüengoitia (prematura y dolorosamente muerto en un famoso accidente de aviación) en su narrativa de manufactura impecable -y lucidez implacable- sobre la realidad histórica de nuestro país, al amparo de una burla que, de fina, parecía no verse. Novelas como “Los pasos de López”,1 “Maten al León”2 o “Los relámpagos de agosto”,3 dan fe de mis palabras; y de la avidez con que emprendí la relectura de la historia mexicana sin olvidar las enseñanzas de mi abuela Esther, pero preguntándome a cada rato dónde empezaba la ficción y dónde terminaba la realidad.

Pero vayamos con Juárez. En la citada obra, “Juárez. El mito de la legalidad”,4 su autora nos recuerda, inclemente, los yerros, equívocos y desatinos jurídicos, así como las debilidades morales, de los que el Benemérito fue protagonista.

Una de las primeras manifestaciones palmarias de su falta de respeto al orden constitucional, fue el intento del Presidente Benito Juárez (que ya no lo abandonaría jamás) de fortalecer al Poder Ejecutivo en detrimento de los otros dos poderes. En 1860, el 6 de noviembre, desde Veracruz, expidió  la convocatoria para las elecciones de Presidente y Congreso de la Unión, a llevarse a cabo el 1er. domingo de enero del siguiente año; sin embargo, el 4º. de diciembre, argumentando que tenía facultades extraordinarias, modificó el artículo 34 de la ley electoral del 12 de febrero de 1857, para permitir, entre otras cosas, que los miembros del clero pudieran ser electos diputados, pese a que existía una prohibición expresa en el artículo 56 de la Constitución en vigor (la de 1857):5 “Para ser diputado se requiere: (…) no pertenecer al estado eclesiástico”.

No conforme, el 23 de febrero del mismo 1861, a través de un Decreto firmado por el Secretario de Relaciones Exteriores, Francisco Zarco, el Presidente Juárez determinó las atribuciones que tendrían las secretarías de Estado; no habría habido problema alguno de no ser porque esta atribución correspondía de acuerdo al artículo 86 de la Carta Magna, al Congreso:6 “Para el despacho de los negocios del orden administrativo de la federación, habrá el número de secretarios que establezca el Congreso por una ley, la que hará la distribución de los negocios que han de estar á (SIC) cargo de cada secretaría”.

A esto hay que agregar que si bien de acuerdo al artículo 85, fracción XIII, de la misma Constitución, era obligación del Ejecutivo: “Facilitar al poder judicial los auxilios que necesite para el ejercicio espedito (SIC) de sus funciones”; eso no autorizaba al titular de dicho órgano a ordenar que la Secretaría de Justicia fuera la encargada de concederle fondos; no contento con eso, de la subordinación económica se pasó al control político; de hecho, en la sesión del Congreso del 26 de junio de 1861, el diputado Montes denunció: “La falta de independencia que hay en el Poder Judicial, mientras intervenga el gobierno en su paga y en la destitución de sus funcionarios”.7

A pesar de que el Ejecutivo no tenía atribuciones para redactar las leyes orgánicas o reglamentarias de la Constitución (facultad formal y materialmente legislativa), el Presidente Juárez, argumentando las facultades de que se hallaba “investido”, decretó el 15 de abril de 1861 la Ley Reglamentaria del artículo 3 constitucional (en materia de educación).8 Y en este mismo sentido, otra atribución que de acuerdo a la Constitución pertenencia al Congreso y que fue constante y progresivamente asumida por el Titular del Ejecutivo, fue la redacción de los códigos.9

Con todo lo grave que se quieran ver, las anteriores no eran sino transgresiones a la letra y el espíritu de la Constitución de 1857; sin embargo, Juárez incurriría en vicios aún peores, cuyas secuelas (polvos de aquellos lodos) perduran hasta nuestros días.

Continuará…

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1 IBARGÜENGOITIA, Jorge. Los pasos de López. Joaquin Mortiz. México. 1987.

2 IBARGÜENGOITIA, Jorge. Maten al León. Joaquin Mortiz. 2ª. reimpresión. México. 1994.

3 IBARGÜENGOITIA, Jorge. Los relámpagos de agosto. Joaquin Mortiz. México. 1991.

4 SÁENZ PUEYO, Carmen. Juárez. El mito de la legalidad. 1ª. reimpresión. Universidad Nacional Autónoma de México. México. 2014.

5 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 38.

6 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 39.

7 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 45.

8 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 54.

9 SÁENZ PUEYO, Carmen. Op. cit. Pág. 59.

QUÍTATE LA MÁSCARA. 1ª. DE 3 PARTES.

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Ni modo, sí se me “pegó” uno de los libros que no podían dejar de pegárseme; se llama: “Los aires difíciles”1 y es de Almudena Grandes; al igual que el anterior (“Malena es un nombre de tango”2), tonteando en el aeropuerto, ahí estaba, solito, sin nadie que reparara en él. Anunciado en la red, no encontré otro de los imperdibles: “Hombres buenos”, del también español Arturo Pérez Reverte, del que solo conozco su título y que con uñas afiladas “lo estoy cazando”. Sin embargo, ya puestos, me traje otros tres: “Juárez. El mito de la legalidad”,3 “Reforma constitucional y control de constitucionalidad. Límites a la judiciabilidad de la enmienda”,4 y “La guerra apasionada. La historia narrativa de la Guerra Civil Española”.5

           Estos párrafos iban a llevar por título: “El Benemérito”, pues de él se ocupan casi en su totalidad, pero no; en “Quítate la máscara” quedó. Quítate la máscara por dos y hasta tres razones. La primera, porque esa es la pretensión inicial de estas líneas, hacer una reflexión junto con la querida lectora y el apreciable lector (ahí la llevamos, ya vamos en 47 lectores constantes y sonantes) de ese mito llamado: “Benito Juárez”; la segunda, porque ese desenmascararlo a él puede llevarnos a desenmascarar a otros muchos, beatificados por los aires paganos de la historia oficial; y tercero, porque ahora que me perdí, no resistí la tentación y me compré una máscara de “El Santo”, uno de mis héroes infantiles, y no me la quité en tres días; lo que llevó a María a poner el grito en el cielo y a clamar, vía Skype: “Yaaaa, papaaaa, por favor, ¡quítate la máscara!”.

 Pero entremos en materia. El libro de Juárez lo compré con intenciones aviesas, debo de confesarlo. Con el Benemérito tengo una relación difícil, pedregosa; me imagino que lo que piense de él, a él le tendrá perfectamente sin cuidado (encaramando para siempre en el pedestal inalcanzable donde lo tiene el panteón de nuestros próceres) y mis palabras le harán lo que el viento a su sombrero… ¡nada!

 En cambio a mí, me “enmuinan” un montón de cosas. Con decirles a ustedes que, en mi humilde opinión, Ahí fue donde se nos empezaron a torcer las cosas como Nación y a ponerse de cabeza nuestra orientación moral y legal; y el norte se volvió sur y el este oeste.

 Me explico: Juárez es el paradigma de la legalidad y del orden. De uno a otro confín del planeta y del Polo Norte al Polo Sur (si los pingüinos leyeran un poco), todo mundo conoce y salmodia su célebre frase, el “apotegma juarista” por excelencia (tuvo varios): “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. El alcance y el sentido de la frase son muy claros; tanto, que ni siquiera merecen ser glosados. Los tiros van por otro lado.

 No se trata de qué se dijo; se trata de quién lo dijo. Y es que, teniéndolo tan claro en su cabeza (de impecable “partidura” a un lado -si hemos de creer en todos los retratos que lo representan, en uno más feo que en otros-), llama la atención que, en el terreno de los hechos, a Juárez la regularidad jurídica lo haya tenido más bien sin cuidado.

 Antes de proseguir y señalar de manera concreta unos pocos, pero ilustrativos ejemplos, es necesaria una aclaración: No soy “antijuarista”; y no lo soy por una razón muy simple: Me da “güevita”. No le hallo sentido. Me da flojera y me parece terrible que no podamos discutir sin desmayos los claro-oscuros de los insignes personajes de nuestra Historia Patria. Me parece una abominación que ensalzar a Cortés, a Iturbide o a Porfirio Díaz, en sus grandes, enormes, aciertos, sea todavía motivos de sonrojo y franco horror para algunos académicos trasnochados que continúan (y continuarán) diciendo o escribiendo estupideces del tipo de: “Los españoles vinieron a conquistarnos”; o dislates aún peores, como culpar a la Iglesia Católica de todos nuestros males (como si los gringos no hayan tenido que ver en la inmensa mayoría de las calamidades que nos agobian y en las taras que nos tienen así, inermes, postrados y pobres… en los arranques del Siglo XXI, siendo un país tan inmensamente rico).

Continuará…

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Luis Villegas Montes.

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1 GRANDES, Almudena. Los aires difíciles. Colección: Andanzas. 1ª. Reimpresión de la 26ª edición. TusQuets. México. 2009.

2 GRANDES, Almudena. Malena es un nombre de tango. Colección: Andanzas. 2ª. Reimpresión de la 26ª edición. TusQuets. Argentina. 2014.

3 SÁENZ PUEYO, Carmen. Juárez. El mito de la legalidad. 1ª. reimpresión. Universidad Nacional Autónoma de México. México. 2014.

4 FERREYRA, Raúl Gustavo. Reforma constitucional y control de constitucionalidad. Límites a la judiciabilidad de la enmienda. Porrúa. México. 2011.

5 WYDEN. Peter. La guerra apasionada. La historia narrativa de la Guerra Civil Española. Martínez Roca. España. 1983.