ESTÁ EN CHINO.

confucio

Henning Mankell es un escritor sueco que, si a Usted le gustan las novelas policiacas y no lo ha leído, no sabe de lo que se pierde. A cuenta gotas, cada vez que el ocio me lo permite (no muy seguido), avanzo en la lectura de una novela que la casualidad puso en mis manos: “El Chino”.1 Su lectura me confirma en la certeza que me habita desde siempre: Leer es un prodigio. Y no es que vaya a desgranar una a una las perlas de sabiduría que hallé en el libro -permítanme el lugar común-, pero no puedo dejar de citar aquí cuatro frases que me gustaron mucho:

  • “Uno cree cuando sabe poco”;2

 “La vida no consistía, en definitiva, sino en asumir la responsabilidad personal”;3

 “La sociedad china se fundó partiendo de la premisa de la honradez individual. El socialismo no puede funcionar y crecer si no hay decencia ciudadana”,4 y

 “Los rumores siempre son verdad. Cuando se les limpia de mentiras y de excesos, siempre queda un núcleo de verdad. Y eso es lo que uno debe de buscar”.5

 Y me gustaron porque, al margen de que sean o no auténtico reflejo de la sociedad china de hogaño, reflejan muy bien la situación actual por la que atraviesa nuestro País; y cuya reflexión, opino, debería constituir una especie de “deporte nacional”; más que el futbol.

 El principal fallo de la sociedad mexicana es su ignorancia; uno no puede construir gobierno (democrático, honesto, eficaz, etc.) a partir de una sociedad corrupta, apática o inculta. Uno cree cuando sabe poco, porque al ignorante no le queda más que eso, la credulidad, como herramienta para conocer el mundo. Incapaz de estudiar, de investigar, de interrogarse y, por ende, de pensar por sí mismo.

 Y si duda de la validez de la segunda premisa, mire a su alrededor: Somos campeones en escurrir el bulto. Los medios de comunicación dan cuenta el día de ayer, 28 de mayo, de que el Presidente Enrique Peña Nieto promulgó una reforma que da paso al “Sistema Nacional Anticorrupción”; y no solo eso; sino que, tajante y eufórico, afirmó: “Que será vencida la incredulidad sobre la capacidad de México para erradicar el cohecho, la extorsión y el tráfico de influencias”. De mis 47 lectores no tengo ni idea cuál sea su promedio de edad, pero ¿recuerdan los mayorcitos (arriba de 45 años de edad) el eje de campaña del Presidente Miguel de la Madrid? ¡Ese mero! “La renovación moral”. Así la refirió en su discurso como candidato a la Presidencia de la República, Miguel de la Madrid Hurtado, pronunciado en la reunión del Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales (IEPES), el domingo 7 de marzo de 1882.7 30 años, un mes y 21 días después, los mexicanos seguimos exactamente en el mismo punto. ¿Asumir la responsabilidad personal? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Por último, ¿para qué?

 Lo que nos lleva de cabeza al meollo de la tercera frase: Estamos muy lejos, como nación, de construir una noción de sociedad sobre la premisa de la honradez individual. Y no se trata del socialismo, del capitalismo, del liberalismo ni de ningún otro “ismo” habido o por haber, no, es solo que nada puede funcionar y crecer si no existe esa imprescindible decencia ciudadana.

 Y en un párrafo expongo mi opinión sobre el affaire Lorenzo Córdova: Me da pereza. Es obvio que nadie, con independencia de su origen étnico, grado de escolaridad, posición económica, etc., está legitimado para denigrar a otra persona. No existe justificación para discriminar al otro, para sobajarlo, para burlarse de él (por eso, Córdova no tiene defensa). Sin embargo, me parece de una hipocresía pavorosa pretender que la mayoría de los ciudadanos que habitamos este País podemos hacer alarde de “corrección política” en el ámbito de nuestra vida privada. Y para mí ahí se centra el quid del asunto; nada hay que sirva para justificar las expresiones de Córdova Vianello, pero no podemos olvidar que se trataba de una conversación privada obtenida por medio ilícitos. Sospechosamente, la opinión pública se horrorizó del dicho de Córdova, pero nadie exigió conocer la identidad del delincuente que se hizo, ilegalmente, del audio, para difundirlo después.

 La nuestra es una sociedad de moral esquizoide, sin pies ni cabeza, arbitraria, atrabiliaria y, con frecuencia, orientada por un interés mezquino.

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 Luis Villegas Montes.

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 1 MANKELL, Henning. El Chino. Colección Andanzas. TusQuets editores. México. 2008.

2 Op. cit. Pág. 281.

3 Op. cit. Pág. 347.

4 Op. cit. Pág. 350.

5 Op. cit. Pág. 352.

6 Nota escrita por Enrique Sánchez, con el título: “Peña Nieto promulga reforma que da paso al Sistema Nacional Anticorrupción”, publicada el 28 de mayo de 2015, por el periódico Excélsior.

7 Nota de la redacción, con el título: “La renovación moral que propone De La Madrid”, publicada el 13 de marzo de 1982, por el semanario Proceso.

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TRISTE ESPECTÁCULO.

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Yo estuve a un tris de quedarme tarado. Sé de buena fuente que habrá muchas personas que piensen que no, que sí me quedé, pero no es cierto. Son especulaciones y hasta ahorita no ha podido ser demostrado de modo irrefutable. Por lo menos, en abono mío (considérese el nuevo modelo en materia de derechos humanos) puede decirse que existe una “duda razonable”. El porqué de ese temor es este: Cuando a mi casa llegó la primera televisión me quedé prácticamente turulato. Recuerdo que había un espacio que no era sala, ni estancia, ni comedor, pero ahí la pusieron. Tenía mi mamá un espejo enorme y yo podía pasar, como “caballo de picador”, horas de pie recargado en él, hipnotizado, mirando la pantalla. No sé cómo me medio liberé de su embrujo, imagino que los libros tuvieron algo que ver.

 El caso es, amable lectora, gentil lector, que la televisión todo lo distorsiona. Y debe de ser así, por supuesto, pues al margen de la capacidad de análisis de cada cual, la influencia de los periodistas, reporteros e informadores en general, no es poca cosa. Y si usted no tiene un criterio formado… las consecuencias pueden ser catastróficas. En un país cuya población no lee, la “información” le entra por los ojos y los oídos (no por el cerebro) y buena parte de su vida reciente, pongamos por caso los últimos cincuenta años, ha sido alimentada de inmundicia, la programación del duopolio televisivo por ejemplo, difícilmente se habrán desarrollado condiciones para la reflexión o la crítica inteligente (pertinente, objetiva, informada, etc.). Emisiones como la de Laura Bozzo no son casualidad ni la estupidez y vulgaridad rampantes causales, son consecuencia, son síntoma. Ese tipo de programas existen porque hay gente que los ve. Es una nueva modalidad de “pan y circo” desde el cómodo hogar.

 Lo anterior, porque esta semana, marcada por hechos terribles, me quedo con dos que hicieron temblar a México, luego de la sacudida que nos brindaron Jalisco y sus alrededores a principios de mes: El asesinato de Christopher y el asunto Lorenzo Córdova.

 Del primero, creo que las autoridades ya han hecho todo lo que se debía de hacer… en esta etapa. Se identificó a los responsables, se les detuvo, se les privó de su libertad y de acuerdo a la legislación aplicable se han adoptado las medidas correspondientes de acuerdo a su edad. Lo que no puede soslayarse, para bien o para mal, es que son niños. Así de simple. Puede matizarse y, en un afán de especificidad inútil, decir que no, que se trata de púberes, de jóvenes o de adolescentes; lo cierto es que son niños, así, en general. Y quizá el principal rasgo distintivo aparejado a tal condición es que son incapaces de comprender a cabalidad, el sentido y el alcance de sus actos. No es gratuito que la Ley imponga un régimen especial para los menores de edad relativo no solo a conductas criminales, sino también a la disposición de sus bienes o de su persona; e incluso, al ejercicio de sus derechos políticos. De ahí que, con independencia de la gravedad de sus actos, sea preciso atenernos a esa realidad. Tampoco es dable, por terrible que pueda parecernos, intentar medidas legislativas a partir de un hecho aislado. Reducir la edad penal a lo único que puede llevarnos es a atiborrar más las cárceles y seguirá sin resolverse el problema de raíz. Pues el asunto no es quién hizo qué; el tema de fondo, el único, es el que gira en torno al cómo y al porqué. ¿Cómo es que llegamos a este punto? ¿Por qué?

 Podemos elaborar una larga lista de responsables, que incluya desde los padres de los menores, víctima y victimarios, hasta los vecinos y la comunidad toda, pasando por los tres órdenes de gobierno y la cuestión seguirá sin enfocarse como es debido (pues el enfoque es uno solo, puntual e ineludible): ¿Qué estamos haciendo para que esto no vuelva a ocurrir jamás? Y le aseguro, querida lectora, apreciado lector, que más allá de las miles de palabras (quizá millones) dichas o escritas hasta este momento en torno al homicidio de este niño, como sociedad no hemos cambiado un ápice para garantizar que no vuelva a ocurrir. Somos exactamente la misma sociedad de ayer, de la semana pasada, de hace un mes. Más hastiados y horrorizados tal vez, pero igual de crédulos e ingenuos, de apáticos e indiferentes, de bobos y egoístas.

 ¿No me cree? Mire Usted a dónde fue a parar el asunto de Christopher, al Canal de las Estrellas, a las garras de la “Señorita Laura”.

 Sin espacio para abordar el “affaire Córdova”, lo dejo con la “Meditación XVII” del poeta John Donne:

 “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas: Doblan por ti”.

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ANDI GUARJOL, CHICO, O “UNA COLA ES UNA COLA”.

Colage

No pienso agobiarlo, gentil lector, amable lectora, con mis pinitos en este asunto de la escribidera pero le cuento, con muchísimo gusto, que por primera vez en mi vida incursioné en un Taller de Escritura. Resulta que el Adolfo no solo agarró el gustito por la lectura, ahora también quiere empezar a escribir; y como no hay manera de aprender a nadar sin remojarse, pues ahí nos tienen ustedes que fuimos y nos metimos a uno. El tema del escrito, se nos pide ser breves a fin de estar en posibilidades de analizar lo que los demás compañeros escriben, se centró en la exposición de Andy Warhol que actualmente exhibe el Museo Casa Redonda. No se preocupen ustedes ni se agobien, no los voy a atosigar con mi producción semanal, es solo que quise compartir mi primer esfuerzo y aquí está (sean benignos):

ANDI GUARJOL, CHICO, O ‘UNA COLA ES UNA COLA’.

 No podía evitarlo, el trabajo de Andy Warhol en general -en lo individual la visión de las latas de sopa Campbell’s y de Marilyn Monroe-, le recordaba a Cuba.

 A Cuba podía traerla a la memoria sin ayuda del artista (de la mano febril del recuerdo de una piel ajena, con la consistencia y el sabor de la carne de coco y un tufillo de ron); pero no ocurría lo mismo tratándose de Warhol, cuya obra pictórica le recordaba sin remedio el depauperado entorno de La Habana y sus alrededores, las playas de Santa María y poco más allá. Particularmente esta exposición: Las latas de la famosa marca, la actriz, la multitud de flores idénticas excepto por su colorido y, al centro del conjunto, la teatral serie dedicada a Mao, el sanguinario dictador comunista (“maldita sea su estampa”, nunca mejor empleada la manida frase, pensó el espectador y sonrió para sí).

 De pie, frente a las litografías, se le venía a la cabeza un alud de información; la retórica usual, pretensiosa y contradictoria, explicativa de la obra de cualquier creador. Sin embargo, había un conjunto de “datos duros” innegables: Su primera exposición individual, inaugurada el 9 de julio de 1962, en la galería Ferusel, marcó sin duda el debut del Pop Art en la costa oeste norteamericana y consolidó el movimiento a nivel mundial. Ese recuerdo le hizo reparar en el hecho de que la muestra carecía de algunas imágenes emblemáticas -e icónicas casi- del Mundo de Andy Warhol, entre ellas, los grabados dedicados a las botellas de Coca-Cola, a los billetes de un dólar o a la silla eléctrica. Sacó una hoja doblada de la bolsa interior del saco, con información extraída de Wikipedia, y leyó:

 “Lo que es genial de este país es que Estados Unidos ha iniciado una tradición en la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo la tele, ver un anuncio de Coca-Cola y sabes que el Presidente bebe Coca-Cola, Liz Taylor bebe Coca-Cola y piensas que tú también puedes beber Coca-Cola. Una cola es una cola, y ningún dinero del mundo puede hacer que encuentres una cola mejor que la que está bebiéndose el mendigo de la esquina. Todas las colas son la misma y todas las colas son buenas. Liz Taylor lo sabe, el Presidente lo sabe, el mendigo lo sabe, y tú lo sabes”.

 Terminó de leer, plegó el trozo de papel de nuevo y pensó, mirando fijo las imágenes de las latas de sopa: “No, no, no, señor Warhol, me perdona usted, pero no. Si hay algo que no han hecho los Estados Unidos ha sido igualar los gustos de los consumidores ricos y pobres. Si hay algo que distancia a unos y otros es, precisamente, el poder que da el dinero. Y para muestra su obra. Esa sopa asquerosa, hecha para los atrofiados paladares gringos, que se ha vendido por millones a lo largo y ancho del planeta, es la misma sopa que ni en mil años podrían comer los cubanitos de a pie, si tomamos en cuenta que el ingreso promedio de un médico, los profesionistas mejor pagados de la isla, varía entre los 25 y los 30 dólares… al mes. O consideremos el caso de una estrella de Hollywood –el visitante se situó frente a la serie dedicada al rostro de la actriz-, cuajada de piedras preciosas de la cabeza a los pies, sex simbol de toda una generación de adolescentes, amante de ex–presidentes (¿recuerda Bahía de Cochinos, señor Warhol?), mujer de millonarios astros de cine o del deporte, cuyo glamur era suficiente para hacer palidecer una ciudad entera -de brillo apagado, sucia y triste-, luego de ese bloqueo infame que dura ya demasiados años; y trastocó su magnificencia, su encanto, su otrora hermosura, su alegría contagiosa, en un muladar insepulto que sobrevive, apenas, de glorias pasadas, símbolos caducos, herencias inútiles, retorcida belleza e ideas trasnochadas,… un poco como usted, señor Warhol”.

 Tras un último vistazo, Cabrera suspiró y se fue, cantando por lo bajito: ‘Guantanamera, guajira Guantanamera…’; con rumbo a la Bodeguita del Medio, retazo de su Cuba natal, instalado en el corazón de la también bullanguera Ciudad de México.

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BIEN SER, BIEN HACER, BIEN ESTAR, BIEN TENER: LVIII CONFERENCIA ROTARIA “AURELIO LICÓN BACA”. 2ª. DE 2 PARTES.

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Don Carlos Kasuga habló de muchas cosas; me referiré solo a una: La educación. Sería imposible resumir, en estos párrafos, la riqueza de su mensaje (aunque lo intentaré del mejor modo posible). De todo lo dicho por él, decido iniciar con un planteamiento central relativo al modo de educar. En ese punto le voy a hacer a Usted, querida lectora, apreciable lector, una pregunta muy simple: “¿Vio Karate Kid?” -no importa si en su primera o en su segunda versión- ¿Recuerda al señor Miyagi? ¿La escena de la pintada de la cerca? ¿Y la pulida del automóvil? ¿Las recuerda? El trasfondo de ambas es muy simple, mientras el muchacho piensa que lo están “explotando”, haciéndole perder el tiempo inútilmente en tareas que no guardan relación con aprender artes marciales (su verdadero interés), el maestro le está enseñando los rudimentos de la defensa.

Pues bien, durante su charla, Carlos Kasuga refiere un modelo de educación basado -más que en la instrucción o en la adquisición de conocimientos a secas- en algo que él llama: “Educación formativa”. Y no tengo manera de explicar esto más que con dos ejemplos contados por él. El primero, es el relativo a que en algunas escuelas japonesas no “conserjes”; son los alumnos quienes se hacen cargo de las tareas de limpieza; con ello, no se pretende tener una escuela limpia nada más, se pretende formar hombres y mujeres con arraigados hábitos de higiene; nos cuenta también, que una vez al año, los alumnos, en compañía de sus padres, pintan las instalaciones, pulen los pisos y reparan las bancas, alineadas con cordón en mano -para que la separación entre una y otra sea exacta e idéntica-. ¿Para qué se sirve todo esto? Muy fácil: Amor, pulcritud y disciplina por aquellas cosas que ayudamos a cuidar mi padre y yo. En este último sentido, sugiere don Carlos que en cada ocasión importante de nuestras vidas (un nacimiento, un bautizo, una boda, una graduación, etc.), plantemos un árbol; y se pregunta retórico: “¿Ustedes creen que habrá alguna persona que se deshaga del árbol que plantó su padre o su madre el día de su nacimiento, el día de su graduación, el día de su boda?”; y se vuelve a preguntar: ¿Y ustedes creen que esa misma persona sienta el mismo afecto por un árbol que plantó “Papá Gobierno”?

En esos pequeños detalles, en ese hacer las cosas por nosotros mismos, en esa exigencia de vivir la experiencia (más que en acumular información -que pronto irá a parar al arcón del olvido-), es donde se centra la auténtica educación. No somos jarritos de barro (con eso de que estamos hechos de polvo) ni recipientes a los que haya de inundarse con datos inútiles hasta la náusea; somos barro sí, pero somos uno que no ha terminado de secar ni de fraguar. Somos maleables, dúctiles, dóciles (y entre más jóvenes, más maleables y más dúctiles), en tanto que la vida nos ayuda a darnos forma paso a paso. Como alguien escribió: No le digas a tus hijos qué hacer o qué no; déjalos que te miren hacer a ti. Pero nos da miedo; y preferimos que sean otros los que se ocupen de ellos, porque no siempre nos sentimos capaces de predicar con el ejemplo.

Don Carlos Kasuga nos invita a cuestionar y a cuestionarse; e insiste: “Cuestionarse, cuestionarse, cuestionarse”. Que no es más que intentar desentrañar el sentido del Mundo, el porqué de las cosas, el objeto de la propia existencia; eso es educar: Echar a andar el cerebro. Recibir con humildad y gratitud las enseñanzas de otros; leer, estudiar, memorizar, repetir, sí, pero no dejar de lado la propia consciencia; al análisis propio; el examen puntual a cargo de nuestra propia mente: “Cuestionarse, cuestionarse, cuestionarse”. Siempre, todos los días, respecto de todas las cosas. Dice el señor Kasuga que los valores no tienen título: Honesto, puntual, etc., no hay modo de “calificarlo”; lo eres o no; pero dice que son los valores “lo que hace a las personas ser de calidad, a las familias ser de calidad, a las instituciones ser de calidad, a las sociedades ser de calidad, a los países ser de calidad”. Y es cierto. ¿De qué sirven, se pregunta, un ingeniero, un abogado, un contador, un médico, deshonestos, impuntuales, mentirosos o ladrones? Los conocimientos, el cúmulo de ellos, es fácil de adquirir; cualquiera puede hacerlo; pero ser íntegro, honrado, trabajador, leal, etc., no está al alcance de todos. Eso es lo que deberíamos estar enseñándole a nuestros niños.

Para finalizar, don Carlos nos brinda la “fórmula del éxito” dividida en 4 pasos: El bien ser: Ser honesto, puntual, limpio, responsable y trabajador; el bien hacer: Hacer todo bien desde un principio; el bien estar: Dar más de lo que se recibe: A la familia, al trabajo, a la sociedad; y si se cumplen los 3 pasos anteriores, en ese orden, llegará el bien tener, traducido en dinero y cosas materiales.

Si alguien me hubiera dicho que yo iba a terminar por escribir estos párrafos lo habría negado, vehemente y enjundioso, pero no. Aquí estoy, gracias, gracias, gracias, a todos mis maestros; a todos sin excepción, de preescolar a profesional, aunque en primerísimo lugar, a la maestra Lupita, de la lejana primaria; y al Lic. Noé Muñoz, en los inicios de mi vida profesional; gracias a la maestra Julieta, el primer gran amor de mi vida (tendría yo como unos cinco o seis años y me estremecía solo de verla); gracias a la que se comía esos caldos que parecían piscinas (me ayudó mucho en eso de odiar las matemáticas); a la que cada lunes y martes se desmayaba y se daba unos golpazos que estremecían el aula; a mi maestra de Ciencias Sociales, en la secundaria -a la que le teníamos más miedo que al Diablo-, pero que ya cuando se deshizo de nosotros, nos miraba con una ternura singular mezcla de orgullo y afecto que estremecía el alma; gracias a todos ellos. Prometo hacer la tarea (la que me toque), poner mi mejor esfuerzo en todo aquello que emprenda y no volver a hablar mal de ninguno de ustedes… en público, por lo menos.

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BIEN SER, BIEN HACER, BIEN ESTAR, BIEN TENER: LVIII CONFERENCIA ROTARIA “AURELIO LICÓN BACA”. 1ª. DE 2 PARTES.


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Rotary me ha deparado un montón de satisfacciones y alegrías; unas mínimas, otras entrañables. Pues bien, el pasado 1º. de mayo, durante el tercer día de la Conferencia Rotaria del Distrito 4110, denominada: “La Gran Conferencia Don Aurelio Licón Baca”, tuve la oportunidad de escuchar a Carlos Kasuga, empresario mexicano, de origen japonés, quien actualmente es Presidente del Consejo Directivo de la empresa Yakult en México, cuya filosofía de negocios se sustenta en el trabajo duro, la confianza y la cooperación. Si Usted lo googlea -a ver cómo le hace la Academia y nos devuelve las tildes a los pronombres demostrativos a cambio de no usar estos verbos monstruosos-, con eso está dicho todo y ya se puede ahorrar estos párrafos. Si le da flojera continúe leyendo. Resulta que don Carlos –o el “takataka” (como él se refirió a sí mismo)- en su plática fantástica de casi dos horas, me dio una lección de vida. Me explico.

 Desde hace muchos años, casi 43, de algún modo me he sentido estafado. Cada vez que alguien me hablaba ensalzándome las virtudes de mis “maestros” -así en lo general-, yo repelaba. Cuando alguien osaba incurrir en el lugar común ese de “recuerda quién te enseñó a leer”; “recuerda quién te enseñó a escribir”; “recuerda quién te enseñó a sumar”, “recuerda…”, yo empezaba a torcer los ojos, a babear por la comisura izquierda de los labios, a ponerme de un color más intenso que el mío natural y a hacer aclaraciones babosas: “A mí me enseñaron a leer en mi casa”, decía yo; y, para ser más exactos -agregaba-: “Me enseñaron mi abuela Esther y Patty, mi hermana” (a quienes nunca terminaré de agradecerles su paciencia e infinito amor).

 Con el correr de los años, cada vez que escuchaba la expresión “Alma Máter” me sentía en ídem, o séase con una partida del alma de la madre y ahí voy otra vez: “¿Alma Máter? ¿Cuál Alma Máter?; si mi mamá pagó mi educación –decía yo- con más de 30 años de trabajo, sudor y esfuerzo, de lo que dan testimonio sus dedos, que le quedaron como Churrumais, de estarle dale y dale a la máquina de escribir. ¿Cuál Alma Máter? Mi mamá se llama Lola; no Alma”.

 En abono de esa postura venían -impertinentes y solidarios del enfado- los recuerdos. Yo desee ser abogado desde que tuve 5 o 6 años (uso de razón jamás he tenido) y nunca me plantee otra cosa, excepto en esas tardes de locura y ron en que me daba por ser filósofo, cura o militar, en ese orden. Pero luego regresaba a la cordura inmemorial de mi infancia, al redil de los sueños de niño y rectificaba: Abogado. Cuando llegué a la Facultad de Derecho, un ansia innombrable me devoraba y ahí estoy yo, a las ocho en punto de la mañana, como danzando entre nubes, el primer día del resto de mi vida, casi febril, pensando que esa bendita mañana se iban a abrir sobre mí, inclementes y venturosos, los cielos de la sabiduría… y nada. A la primera hora el maestro no llegó; y a la segunda, llegó otro -de quien omito su nombre por respeto a su memoria-, a balbucir un galimatías que duró un año árido y largo (por no hablar del ogro, bruto, de saltones ojos azules de loco). Me asquee. A la siguiente semana ya estaba metido, hasta las orejas (lo que es mucho decir), en el movimiento estudiantil en contra del “Pato” de las Casas.

 Si eso ocurría, en tratándose de la Universidad, imagínese Usted lo que pensaba yo de mi estancia en la escuela pública donde estudié la primaria, la “Abraham González”, y de mi maestra de tercero quien, oronda y rozagante, se comía unos caldos enormes en su escritorio, servidos en una ensaladera (según yo recuerdo), mientras resolvíamos las ecuaciones que tapizaban el pizarrón y nos miraba con tamaños ojotes como si, quienes estuviéramos a punto de ser devorados fuéramos nosotros, pobres niños indefensos. Desde entonces me rebelé a esa sentencia de “recuerda quién…”; y solo de oírla, principalmente si estaba dirigida a mi persona, me empezaba a poner yo como la niña de El Exorcista.

 Eso fue hasta el pasado 1º. de mayo, repito, cuando escuché a Carlos Kasuga, cuyas palabras me conmovieron hasta la médula; e hizo que se me mojaran los ojos (poquito nomás); y trajo de vuelta algunos de los mejores recuerdos de mi existencia que incluyen a dos de las personas más importantes y decisivas en mi vida: La maestra Lupita Duarte y el Lic. Noé Francisco Muñoz; y comprendí, de golpe, todo lo que les debo; a ellos y a otros muchos docentes cuyos nombres los obvio, pues enlistarlos aquí me dejaría sin espacio para seguir escribiendo-.

Continuará…

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