REFORMA COLUMPIO.

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¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó”.

La reforma político-electoral en marcha en el Estado de Chihuahua es una reforma que podríamos llamar “Reforma Columpio”, porque viene y va. Llena de encuentros y desencuentros, más de los segundos que de los primeros, la reforma nos sitúa, de nuevo, en el filo de la incertidumbre o, por lo menos a nosotros los espectadores, de la butaca.

Antes de proseguir, es necesario recordar dónde estábamos semanas atrás: Debatiendo la posibilidad de una Gubernatura de dos años (mal llamada “Minigubernatura”) y la modificación al Código Civil para reformular el concepto de matrimonio y permitir la unión de parejas homosexuales (no más falta que los ministros de la Corte nos obliguen a echar porras y a hacer la “Ola”).

Al margen de que tan de acuerdo esté uno con una u otra propuesta, el asunto es que estaba anticipándose gratuita e innecesariamente la contienda electoral, pues le iban a dar a la oposición -léase Acción Nacional-, la posibilidad de salir a la calle a congraciarse con la población, o con buena parte de ella, con dos temas particularmente sensibles para el colectivo: La familia y el gasto exorbitante en campañas electorales. De haber prosperado cualquiera de ambas propuestas (o las dos), le habrían servido al PAN en bandeja de plata el pretexto necesario para salir, papelito en mano, a pedir a la ciudadanía su voto para pronunciarse en contra de la respectiva reforma en un referéndum derogatorio a celebrarse en fecha ulterior. No se hizo, no prosperaron las iniciativas y el tema quedó, como luego se dice, en “agua de borrajas”.

No falta quien afirme que ocurrió de ese modo precisamente para impedir la movilización anticipada de los panistas y “abrir” un frente político meses antes de lo deseable.

Eso parecía tener sentido hasta hace unos días, cuando entre dimes y diretes, a gritos y sombrerazos, se aprobó la reforma político-electoral a que me refería al inicio de estos párrafos. Al margen, otra vez, de que tan de acuerdo se pueda estar con ella, por lo menos uno de los temas causa un escozor de singular relevancia popular: El incremento de 33 a 36 diputados en el Congreso local. Si la pretensión era “desarmar” a los panistas y dejarlos en la indigencia para armar mitote, esta medida no fue la más afortunada porque, otra vez, se les deja la vía expedita para impulsar un referéndum derogatorio y no solo eso, sino también y además, combatirla a través de la acción de inconstitucionalidad.

Que prosperen estas acciones, ese ya es otro cantar; pero de que se dejan las puertas abiertas para armar relajo, entrarle con gusto a la chirinola e ir de casa en casa (como nuevos Diógenes) a consultar al pueblo de Chihuahua papelito en mano, se dejan.

Es decir, la tremolina se va armar a quiérase y no; y los cocolazos (de los que el agarrón del lunes pasado fue apenas una “entradita”) van a estar a la orden del día de aquí a junio del 2016.

Lo destacable son dos cosas:

Primero, que por falta de acuerdo, van a ser los tribunales federales o locales los que pongan fin al litigio y los que permitan que a los chihuahuenses nos vuelva el alma al cuerpo en este asunto.

En segundo lugar, que solamente los débiles mentales (y morales), de dentro y fuera del PAN, pueden ver un contubernio entre este y el Gobierno. Es obvio que no hay arreglos de ningún tipo y que el hacha de guerra está desenterrada de tiempo atrás. Quien no lo quiera ver está imbécil, empeñado en recuperar “glorias pasadas” (que solo existen en sus cabecitas calenturientas) o, para variar, enfrascado en alguna candidatura de cualquier tipo. Como luego se dice: “No hay peor ciego que el que no quiere ver; ni sordo que quien no quiere oír”.

Por lo pronto, como dicen que dijo el César (Julio César, no mi compadre ni el Gobernador): “Alea jacta est”. La suerte está echada y a ver de a cómo les toca o de qué cuero salen más correas. Solo espero que con ese ir y venir del carajo, no quedemos los chihuahuenses… columpinados.

Si algún lector avisado repara en el hecho de que este escrito está plagado de lugares comunes y frases hechas, le diré que sí; pero la idea es poderse dar uno sus gustos de cuando en cuando; si no, ¿para qué escribir?

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NOCHE DE SAN JUAN.

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El de “Noche de San Juan” es un nombre con reminiscencias; un punto de encuentro entre la evocación y el misticismo con un toque de melancolía. Eso hasta el miércoles pasado.

Semanas atrás, les comenté a ustedes que no iba a agobiarlos con alusiones al Taller de Creación Literaria en el que decidimos incursionar el Adolfo y yo; he cumplido: Ninguna otra referencia, ningún otro cuento, ningún otro pormenor, hasta el día de hoy cuando vengo a darles rezón de lo que al Adolfo y a mí nos ha pasado (cualquier parecido con la letra de un corrido es mera coincidencia).

Antes de continuar, es preciso que les narre cómo o porqué decidimos entrar. Navegaba yo por las procelosas aguas del Facebook, cuando me topé con una mención del Taller a cargo de Gabriel Borunda. Ahí nomás, sin mayores ceremonias, le envié un inbox solicitando información: “Hola. ¿Cómo le hago para entrar al taller?”; y con la sencillez y bonhomía que le caracterizan, el Maestro me respondió: “Sólo te esperamos a las siete los martes en el Museo Casa Redonda”. Así empezó esta aventura.

Porque ha sido toda una aventura. Por tal, el Diccionario de la Real Academia entiende: “Acaecimiento, suceso o lance extraño”; “casualidad, contingencia”; “empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”; y “relación amorosa ocasional”; y todo eso ha resultado ser. Me explico: Arribar al Taller de Creación Literaria resultó un suceso extraño porque en ningún momento previo a la súbita decisión de incursionar en él, me había planteado dicha posibilidad. Fue producto, pues, de un arrebato; de una auténtica contingencia. Y con ello, colmo por lo menos dos de las definiciones transcritas.

La tercera se satisface si tomamos en consideración que -producto del Taller, de esa azarosa determinación, de la cautelosa aceptación de Adolfo, de esa “empresa de resultado incierto” que decidimos acometer juntos- el pasado miércoles 24 de junio nos congregamos en las instalaciones del Museo Casa Redonda para presentar una obra colectiva, “Relatos para Andy Warhol. Resultado del Taller de Creación Literaria ‘La Letra Redonda’”, que reúne 10 cuentos breves a cargo de los integrantes del mismo y en el que, obviamente, figuran nuestros nombres con sendos cuentos: “Los colores de su alma”, autoría de Adolfo; y “Andi Guarjol, chico, o ‘una cola es una cola’”, de quien esto escribe.

Aquí es donde empieza la larga fila de agradecimientos y esa que podemos llamar, sin sonrojos ni aspavientos, una relación amorosa ocasional (entendido “ocasional” como fortuito). En primer lugar, gracias a la Providencia, por brindarme esta oportunidad de compartir las páginas de un libro con mi hijo el más pequeño. Mi amor por los libros data de antaño; pero compartir ese amor con un pedacito de uno, ver nuestros nombres juntos en letra impresa, constituye una experiencia inenarrable. En segundo lugar, gracias a mis compañeros talleristas; gracias a todas y a todos por compartir su parecer, sus comentarios, su inteligencia, su pasión por las letras; pero sobre todo, gracias por la cálida acogida que le han dado a mi retoño, quien no ha resentido en lo absoluto la diferencia de edades merced a su disposición espléndida. Gracias al maestro Gabriel Borunda por su gentileza desbordante, su sabiduría honda, su generosa entrega; como ya dije, él es el artífice de nuestro ingreso, pero también, el guía y el maestro en esta enriquecedora experiencia compartida. Gracias también a todos aquellos que hicieron posible ese primoroso esfuerzo editorial y cuyos nombres no menciono, a fin de no incurrir en un olvido lamentable; como luego se dice: Ellos saben quiénes son y con eso basta. Durante la presentación del libro, el maestro Borunda destacó la manufactura de la obra e hizo una comparación que en un principio me pareció insólita y ahora, al paso de los días, me parece cada vez más cierta: Frente a la industria editorial, que atenta a los volúmenes de venta masifica y no pocas veces tritura y sacrifica al autor o autora, un libro artesanal constituye un hito; para los talleristas, al menos para mí, esa es una verdad de a kilo. Sin el esfuerzo de todos y cada uno de ellos, no habría sido posible esta ocasión de reunirnos a nosotros, aprendices de escritor; y a los niños, a cargo de las ilustraciones de la obra, quienes dan testimonio fiel del maravilloso descubrimiento que es el arte, en todas sus manifestaciones. Por último, gracias a todas y a todos, quienes nos acompañaron esa extraordinaria Noche de San Juan que para siempre, despojada ya de sus misterios, llevaré en mi corazón como una de las más luminosas, memorables y jubilosas de mi existencia.

Los dejo con este párrafo del cuento de Adolfo:

“Cuando entré y vi la impresión de una mujer sobre el muro, me hipnotizó. La observé durante tanto tiempo que, temí, mi mirada le pesara al lienzo. Ahí estaba ella, la mujer de mi sueño, posando solo para mí, con expresión fría, oculta tras una máscara sardónica, una sonrisa ambigua, indecisa -como sus colores-; con sus ojos tristes, envueltos en un brillo desolado, ojos siempre vírgenes. ¿Acaso esa era la mujer de mi sueño?”.

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DÍA DEL PADRE.

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Para Héctor Granados, “La Tortuga”, uno de los mejores papás que conozco; y gracias a quien escribí estas líneas; si no me hubiera dejado plantado en el Denny’s el viernes pasado, no lo habría hecho. Si alguien desea reclamar, reclámenle a él.

Definitivamente no me acuerdo. Creo que he escrito dos o tres veces sobre el Día de la Madre -este año no lo hice-, he escrito sobre mis hijos, mis nietas, Adriana, Lola, Patty, pero ¿del Día del Padre? No, ne, , niet, nej, nee, non, nein, nuncamente, nanay. Parece ser que llegó el día. Ocurrió porque empecé una novela, “Regreso a la Isla del Tesoro”, y en uno de sus párrafos leí: “A cualquier hijo le cuesta imaginar la juventud de su padre: para el hijo, el padre será, normalmente, una criatura de hábitos rutinarios y opiniones sólidas”.1 Ahí nomás decidí escribir este dizque artículo (dirían mis detractores).

Como preámbulo, debo decir que no soy fanático de esas fechas. Por ejemplo, creo que el culto a la madre debería ser un culto doméstico. Uno cuya feligresía esté integrada, única y exclusivamente, por los miembros del propio clan y, tal vez, solo tal vez, por la familia ampliada como abuelos, tíos, etc. La Maternidad, escrito así, con mayúsculas, aunque es el acontecimiento más trascendente de nuestras vidas (sin ella simple y sencillamente no existiríamos), no deja de ser un asunto personalísimo. Por eso los festejos masivos del 10 de Mayo corrompen su esencia. Comercializan y, por ende, trivializan, aquello que más que ocasión de un solitario festejo -y para colmo anual-, debiera ser la jubilosa observancia de un deber permanente y cotidiano. Por eso no entiendo eso de festejar a las “madrecitas”, a nuestras “cabecitas de algodón”, en bola y con bombo y platillo. No entiendo cómo o porqué, ese honrar a la madre deba ir allende del estricto ámbito familiar, más allá de las cuatro paredes de nuestra casa; o peor aún, llegar a ser pasto de hijos arrepentidos, festín de políticos y mercaderes voraces. Es tan absurda la celebración multitudinaria como darles vacaciones “de Semana Santa” a los ateos o a los “Hare Krishna”. “¿No cree en Dios? ¿No cree en la resurrección de Jesús porque ni siquiera cree en Jesús?, hale, a chambear de miércoles a viernes y aquí nos vemos el lunes; yo voy a ponerme doratido a las playas de Cancún, en nombre de nuestro Señor”. Tampoco me queda muy claro eso de andar festejando y felicitando en público a alguien por un acontecimiento de naturaleza más bien privada e íntima. Me recuerda un poco el chiste ese de la muchacha que se sube al autobús y pregunta incrédula si no hay ningún caballero que le ceda el asiento a una dama en estado de gravidez; uno de los pasajeros se levanta de inmediato y la felicita porque no “se le nota nada”; y pregunta curioso: “¿Y cuánto tiene de embarazo?”; “pues como media hora”, es la respuesta de la flamante “mamá”. Pero en fin; allá uno y sus remordimientos.

Aclarado el origen de mi escepticismo, procedo a escribir estas líneas con motivo del Día del Padre. Creo sinceramente que he hecho muchas cosas en la vida; tantas, que puedo afirmar, convencido, que aquello que me falta por hacer no me interesa hacerlo. No ambiciono nada que no posea ya y, las pocas cosas de las cuales carezco con cierta aflicción, no tengo modo de obtenerlas y bien lo sé. Estoy en paz.

Pues bien, de todo lo hecho, de todo lo dicho, de todo lo visto, de todo lo vivido, de todo lo gozado, me quedo con mis tres hijos (Lo único que no cambiaría por nada): Luis Abraham, el mayor, quien me ha regalado dos alegrías que me han hecho sentir una persona distinta (y más vieja por supuesto), en ambas ocasiones: Primero papá y después abuelo; María, quien me ha dado algunos de los momentos de felicidad más significativos de mi existencia toda, empezando con el 8 de junio cuando nació ¡una niña!, y a quien le mando un abrazo apretado y fuerte, con unas alas enormes que lo lleven hasta China; y Adolfo, una de las mejores personas que conozco. Ellos tres son la única razón que ha conseguido mantener atado este manojo de contradicciones que soy; impermeable al miedo; lleno de coraje, si es necesario; la única constante, el único referente de mi vida. En un acto de pública contrición debo decir que a lo mejor no los he sabido querer en lo absoluto, pero también es cierto que los quiero mucho y que me habría gustado ser un mejor padre; más cercano, menos irascible, más comprensivo. Sin embargo, quisiera pensar, consolarme en realidad, que ese cariño lava algunas, si no todas, mis faltas.

En este Día del Padre me felicito a mí, pues. Me felicito y me congratulo de esa condición que me ha deparado, a los largo de todos estos lustros, la felicidad más auténtica, la más duradera, la más vital. Solo por no dejar, felicito también por este medio a todos los papás; bueno, no a todos; solo a esos que con el correr de los años, sienten que sus hijos e hijas, cada uno, es como un brazo, una pierna, un ojo. Para siempre, una parte de sí mismos, la más entrañable y la mejor, sin duda.

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1 MOTION, Andrew. Regreso a la Isla del Tesoro. TusQuets. México. 2014. Pág. 23.

MALENA.

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Vaya Usted a saber si me estoy haciendo viejo (yo creo que sí), pero lo cierto es que los placeres de la Vida cada vez me llegan de manera más reducida y en empaques más modestos. El domingo pasado, ni más ni menos, me fui en camiseta, pantalones de mezclilla y alpargatas a la Cervecería en compañía de Adriana y Adolfo (Lola no quiso ir), a comer costillitas de cerdo.

Cierto es que llevo meses, más de un año, sin comer carne, pero el domingo me dije: “¡Qué demonios! Una vez al año no hace daño” y fui. No le cuento, yo creo que se me desacostumbró el estómago porque, mientras mis contertulios eran la viva imagen de la calma y el sosiego, a eso de las diez u once de la noche yo sentía que me había tragado tres gatos vivos. Aquella sí fue revolución y no la de 1910 que, total, al fin de cuentas no ha servido para un carajo.

Pues bien, ya de regreso de la Cerve, leía yo la última novela publicada de Umberto Eco, Número Cero,1 que si no la lee no se pierde Usted de nada, y Adolfo puso de “su música”. “¿Te gusta AC DC?”; “no”; “¿Por qué? Es de tus tiempos”; “también el ‘Chico Ché y la Crisis’ y no me gusta; “¿a poco no te gustan estos acordes?” (puso la dizque canción); “no”; “¿por qué?”; “otra vez la burra al máiz” –Me dije. “Porque no me gustan y ya. Pon otra cosa. Pon Jueves Once de Marzo”.

Accedió a medias. Quitó ese estruendo espantoso que invariablemente me recuerda a Eslí, un amigo de la secundaria que no me explico cómo no se le cayeron las orejas con ese remedo de música que escuchaba a todo volumen desde los 13 años, y puso ustedes no se imaginan qué. “Bueno, pero esta primero”.

La semana que terminó fue una semana harto difícil. No son estos el lugar ni el momento propicios para contarlo, pero fue una semana muy dura; muy dura y muy triste para toda la familia. Y en esos trances amargos es cuando se encallece el alma o se nos licúa el corazón y termina por hacernos más humanos, lo que ocurra primero. ¡Ah! Pero vienen los hijos de uno a darle el único regalo que realmente importa, el de la compañía, el de la presencia, el de la sorpresa festiva a partir de un gesto, una mirada, una sonrisa mínimos, o eso que pasó el domingo por la tarde.

Un tango.

Adolfo, mi hijo menor, de escasos 16 años y con una cultura musical como la mía, es decir, nula, me derritió el corazón con un tango; precisamente ese que sirve de título a estos párrafos; y que entre otras cosas dice:

“Malena canta el tango como ninguna
y en cada verso pone su corazón. (…)
Tal vez allá en la infancia su voz de alondra
tomó ese tono oscuro de callejón,
o acaso aquel romance que sólo nombra
cuando se pone triste con el alcohol.
Malena canta el tango con voz de sombra,
Malena tiene pena de bandoneón”.

¿Cómo llegó Adolfo al tango? No lo sé pero me lo imagino: Por la vía de los libros. Recién terminó de leer una novela de Almudena Grandes que a mí me mató, “Malena es un nombre de tango”;2 y… ¿qué les puedo decir? Que haya concluido esa novela complicada y gruesa, con sus buenas 750 páginas, que haya llegado al tango por esa vía, aunque sea a ese (ya vendrá alguna novia, me imagino, a hacerle comprender los asuntos del desamor y a hacer de su vida un ídem), me llena de dicha y me confirma en la creencia invencible de que la Vida está aquí, lista para vivirse; y que no nos pide mucho, apenas, tener los ojos bien abiertos, las manos extendidas y de los labios pendientes, siempre, una sonrisa y un adiós.

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1 ECO, Umberto. Número cero. Lumen. México. 2015.
2 GRANDES, Almudena. Malena es un nombre de tango. Colección: Andanzas. 2ª. Reimpresión de la 26ª edición. TusQuets. Argentina. 2014.

AFORISMO ESDRÚJULO.

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Era yo más joven -decir que era más “bello” se presta al escepticismo y puede ocurrir que en un arrebato de incredulidad deje Usted de leer- y me encantaba generalizar; todo era negro o blanco. Me acuerdo que el Adolfo, hasta hace muy poco, luego de terminar de ver una película, invariablemente quería saber quién había sido el “bueno” y quién el “malo”; o quién había ganado o perdido; sobre todo en esas películas donde campea el drama y las fisuras morales de los personajes hace difícil distinguir sus motivos o a quién le asiste la razón. Ahora pienso que generalizar constituye el método más sencillo para equivocarse. Tan compleja, tan rebuscada, tan contradictoria, tan azarosa es la vida, que el atajo más simple para el error pasa por la generalización excesiva. Sin embargo, sin las generalizaciones, certeras a veces, atropelladas o no, buena parte de lo que nos rodea no sería posible.

Sin ir más lejos, considérese lo siguiente: Cuando a mí me enseñaron los rudimentos del derecho, recuerdo que para distinguir a las normas jurídicas de cualquier otro tipo de reglas de conducta, se las caracterizó como: Externas, heterónomas, bilaterales y coercibles; o lo que es lo mismo -en un afán muy sintético- que solamente se ocupan de las conductas de los individuos, no de sus sentimientos o pensamientos; que el creador de la norma es distinto del destinatario; que frente al obligado por la disposición, siempre existe alguien legitimado para exigir su cumplimiento; y que si no se acatan voluntariamente, es posible hacer uso de la fuerza estatal para garantizar su observancia. Y así, fue posible diferenciar las normas jurídicas de las morales que son todo lo opuesto: Internas, autónomas, unilaterales e incoercibles; y en general, de cualquier otra. Con el correr de los años, uno se da cuenta por fuerza que esa “distinción” es aparente. Solo hablando de las normas jurídicas, por ejemplo, decir que se prescinde de la voliciones es falso pues en multitud de ocasiones la intención es determinante para evaluar la conducta y la consecuencia (piénsense en los conceptos de “dolo”, para el derecho penal; o “mala fe”, para el civil). O bien, existe una gran cantidad de normas jurídicas que son declarativas y no reconocen ningún derecho y por ende no imponen ningún deber; como por ejemplo, decir que México es una República representativa, democrática, laica y federal (artículo 40 de la Constitución federal); y es así, porque la Propia Constitución, aun sin esa declaración, se encarga de detallar el modo en que está organizado política y jurídicamente el país. Empero, sin esa generalización preliminar, por imperfecta que resulte, quizá yo nunca habría podido entender qué es una norma jurídica. Necesité avanzar desde el equívoco para alcanzar cierto grado de entendimiento que me permitiera construir una visión propia. Creo que, en general, así es como los seres humanos hemos construido nuestra noción del Mundo; desde la física de Aristóteles a la de Stephen Hawking media un abismo; pero no habríamos podido llegar al último sin el primero. La dinámica de la ciencia es la de la prueba y el error; la de la afirmación versus la refutación; hasta alcanzar cierto grado de certeza que sirve de punto de arranque para la siguiente contradicción.

Todo este preámbulo, para hablar de los resultados electorales del domingo pasado -dice Adriana que me gusta darle más vueltas a las cosas que un pollo en un asador (de esos que parecen una macabra “Rueda de la Fortuna” para las aspiraciones de cualquier gallo en ciernes)-. Pretender extraer una conclusión palmaria, conste que estoy generalizando para luego desgeneralizar, de tan infausto acontecimiento resulta ocioso. La gente no salió a votar y punto. En un escenario donde más del 67% del electorado no votó en la Entidad y en la capital se rebasó el 70%,1 festejar o teorizar resulta una “vacilada”, poco menos que un chascarrillo. Todo se reduce a un aforismo esdrújulo: Frente a tal espectáculo, hablar de “éxito” o de “pérdida” resulta patético, cuando no ridículo.

Pongamos un solo ejemplo; de acuerdo a medios nacionales, el PRI logró un 29.19% del total de los votos para elegir diputados federales.2 Dado que el padrón fue de 87 millones 244 mil electores y solo votó el 23%, equivalente a 28 millones 800 mil ciudadanos, tomando esa cifra como el 100%, resulta que el 29.19% del “partido ganador” equivale apenas al 9.63% del total del electorado. ¡Menos de un 10%! Pretender extraer generalizaciones sobre la base de esa o cualquier otra cifra es absurdo. Se ha escrito: “PAN: Su peor resultado de los últimos 25 años”;3 y lo es, sí. Lo que no se dice, lo que se obvia, es que el fracaso no es solamente para el blanquiazul; lo es para todo el resto de los partidos, para la política, para la democracia, para el pueblo de México, para las instituciones públicas, de los tres órdenes de gobierno, incapaces de generar confianza en el electorado.

La jornada del 7 de junio fue un fiasco y, para variar, es responsabilidad de todos nosotros, los ciudadanos; de nadie más. Aunque algo tendrán que ver el futbol y la estulticia colectiva si se cae en la cuenta de que de modo sospechoso se pacta un “juego amistoso” precisamente ese día. En fin, el régimen electoral y de partidos hace aguas; la exigencia de la representación, establecida desde el mencionado artículo 40, es una falacia y la siguiente reforma político-electoral debe girar en torno a garantizar una auténtica representatividad de nuestros gobernantes; desde el 10% no se puede gobernar un carajo.

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1 Nota suscrita por Berenice Gaytán, con el título: “Abstencionismo aquí fue de más del 70 por ciento”, publicada el 8 de junio de 2015, por El Diario.
2 Nota de la redacción, con el título: “PRI encabeza con 29.19% elecciones para diputados”, publicada el 8 de junio de 2015, por Excélsior.
3 Nota de la redacción, publicada el 8 de junio de 2015, por Proceso.

Carta abierta a Denise Dresser.

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Querida señora.

Antes que nada, permítame manifestarle mi admiración por su labor, así como el profundo respeto que su desempeño profesional me merece. Me imagino que a Usted ese reconocimiento la tendrá perfectamente sin cuidado -y hará bien-, pero me parece fundamental este preámbulo para zanjar, desde un inicio, la cuestión: El que una persona como Usted, precisamente con su preparación, presencia mediática y solvencia moral, esté empeñada en una campaña a favor del voto nulo me parece no solo lamentable sino catastrófico. A quererlo y no, se erige Usted en defensora de aquello que dice repudiar.

Pero entremos en materia, circula en Internet un video en el que Usted aparece y, la cito de modo textual, entre otras cosas, sostiene: “Los partidos nos están pidiendo que decidamos entre el partido de los mentirosos, o el de los pillos, o el de todos peleados con todos, o el de los resentidos, o el de los chapulines (…) Para mí la única solución que puede deslegitimar, sacudir y reformar este sistema a favor de los ciudadanos, se halla en el voto nulo”. A partir de lo cual procede a replicar a lo que llama “mitos” en torno al voto nulo.

No señora. Aunque coincido con Usted en lo medular, es decir, en la necesidad imprescindible de una reformulación del sistema de partidos en México, a partir de la honda descomposición de las instituciones que lo integran; lo cierto es que no vamos a “deslegitimar”, ni a “sacudir”, ni menos a “reformar” nada desde la anulación del voto. Y no va a ocurrir así, por la simple, lisa y llana razón de que ese sistema está hecho y fue creado para salir adelante a pesar de un utópico “arrebato ciudadano”. Un ejemplo de la inconsistencia de su argumentación nos lo brinda el estudio de José Antonio Crespo al que Usted alude, el cual examina una “coyuntura”; aquella en la que el PRI perdió espacios u obtuvo menos votos a partir de que el elector priísta erró al emitir su sufragio y, sin pretenderlo, lo anuló. Esa golondrina no puede hacer verano; no va a ocurrir de nuevo; y menos, sobre la base falsa de que ese electorado se “desencantó” de su Partido.

Antes de continuar, es preciso aclararle a Usted que, con su postura, incurre de manera grave en el lugar común de disociar a la sociedad mexicana de su clase política; y dar por sentado que el ciudadano “de a pie” es intrínsecamente mejor que sus gobernantes. Y no afirmo que “el pueblo tenga el gobierno que se merece” -porque nadie, en ningún país del mundo, en ninguna sociedad, en ningún caso, se merece estar sometido a una oligarquía de delincuentes, de cleptómanos o de discapacitados mentales- pero sí digo que en los males públicos que nos agobian, los ciudadanos tenemos mucha responsabilidad. Es más, me preocupa una visión de otra índole (como la suya, ni más ni menos) pues corrompe, en esencia, lo que debe ser el ideal democrático en su auténtica connotación: La activa participación de todos en las tareas del Gobierno. Culpar “a los partidos” de su mal funcionamiento, es propalar una gran mentira y obvia el fondo de la cuestión: A saber, cómo o por qué, los ciudadanos hemos padecido, auspiciado, tolerado o consentido ese estado de cosas. Es decir, al triste estado al que hemos llegado, no se llegó por arte de magia; se necesitaron muchos, muchos años en verdad, de silencios y de complicidades que nos involucran a todos (o por lo menos a la mayoría): Cámaras empresariales, sindicatos, medios de comunicación, sectas e iglesias, universidades públicas y privadas, grupos de interés, etc. Pretender que el sistema político (viciado, según su tesis y en lo que coincido absolutamente) va a refundarse a partir de una elección donde la mayoría de los electores anula su voto no solo resulta ingenuo; sino que le hace el “caldo gordo” a los partidos hegemónicos pues alcanzarán, y de manera más fácil, su objetivo de hacerse con el poder (como le digo, la tesis de Crespo es falsa).

Y es así desde hace muchos años, señora mía, pues los grandes partidos tienen, por buenas o malas razones, lo que se llama “voto duro”; esas personas, que además están en su derecho, van a salir a votar. De ese modo, va a ser una mayoría ínfima, pero mayoría al fin, la que termine decidiendo por todos. Y no importa quién, cómo, cuándo o dónde, impulse ese ridículo “castigo” del “voto nulo”, lo único que va a ocurrir es que la gente que cree y sigue a personas como Usted, tenga “razones” para anular su voto (o lo que es lo mismo, echarlo a la basura) y facilitar así que sean las “minimayorías” las que se hagan con el poder.

Peor aún, suponiendo que fuera cierta la teoría de la “eficacia” de los votos nulos y sirvieran para algo ¿cuál sería la consecuencia de obrar así? Una nueva elección, lo que Usted reconoce pero soslaya. Frente a lo cual se abren dos posibilidades: Volver a anular esa elección extraordinaria que, por lo demás, consumiría más recursos (el doble) y así hasta el infinito; o volver a elegir a uno u otro de los candidatos postulados por los partidos. Siendo irrelevantes las consideraciones que soslayen esa verdad pues la realización de los nuevos comicios extraordinarios, requiere de financiar a los partidos de nueva cuenta no sobre el número de votos recibidos sino sobre el porcentaje del total de los mismos de la elección previa.

La otra falacia en la que descansa su postura, es la de que, efectivamente, un gran número de votos nulos tendrá un impacto en la reformulación del sistema político o de partidos en México. ¿Dónde está la demostración de tan absurda tesis? Eventualmente, lo único que se podría conseguir es que se repitiera la elección, como ya vimos. ¿O qué piensan quienes están detrás de la propuesta? ¿Qué por el solo hecho de hallar en la urnas un montón de votos nulos o anular 20, 30 o 40 elecciones en otros tantos distritos, los políticos de este país se van a juntar jalándose los pelos y van a decir: “Vamos a refundar el Estado Mexicano o por lo menos el régimen de partidos”?

Si no estuviera convencido de su buena fe y de su entereza moral e intelectual -de Usted por lo menos-, diría que detrás de esta iniciativa existe una maquinación tendente a mantener el estatus quo. Anular el voto va a tener como única consecuencia jurídica, se lo garantizo desde ahora, que los diputados electos cuenten con un aval mayoritario ínfimo y nada más.

Más sensato e inteligente, sería alentar una campaña en favor del voto útil. Hacer conscientes a los ciudadanos de la fuerza de su voto y la necesidad de que lo ejerciten cada vez, todas las veces. El llamado “voto útil” tiene distintas connotaciones; tantas como la pretensión que subyace detrás de él; para el especialista Imer B. Flores, existen muchos tipos de voto útil: El de control, voto plural, voto crítico, etc.1 Para mí, el voto útil es el voto racional. Es el que se emite al margen de preferencias personales; y por ende, es un llamado a la inteligencia del elector para que vote por la mejor opción cuando todas las demás alternativas (incluida la de sus preferencias personales) ya no son viables; o bien, cuando de todas las opciones, la que es peor, a su juicio, tiene una posibilidad de alzarse con el triunfo. El “voto útil” se emite atendiendo a la razón, no a la facción; al cálculo, no al arrebato; a la reflexión, no a la pasión. Esa, me parece una medida más consecuente con la idea de democracia, entendida como la acción del gobierno desde la sociedad y con la sociedad. Como escribió Alejandro Rozitchner, más allá de “gestos dignos” del tipo “no, no, no, a mí ninguno me convence”, es un hecho que esa indefinición no puede producir nada bueno; en todo caso “no hay que hacerse el bueno y salvarse, hay que hacer algo que sirva”. 2

Ojalá y estas palabras mías puedan servir de algo; ojalá y le permitan hacer una pausa y replantearse el asunto; se engaña (o lo que es peor, miente) quien piense que anular el voto va a servir o sirve de algo.

Sin más por el momento, me reitero a su amable consideración.

Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com 

1 FLORES MENDOZA, Imer Benjamín (2011): “El problema del ‘voto nulo’ y del ‘voto en blanco’. A propósito del derecho a votar (vis-à-vis libertad de expresión) y del movimiento anulacionista” en Elecciones 2012: En busca de equidad y legalidad. Instituto de Investigaciones Jurídicas. México.
2 ROZITCHNER, Alejandro (2004): “Ideas Falsas. Una guía para mirar más allá de las apariencias”. Ed. Océano. Buenos Aires. Pp. 45-48.

AMENAZA Y NECESIDAD.

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           Hace muchos años, yo relacionaba el mes de mayo con las flores. Y no se piense que la mía era una reflexión ecológica, en lo absoluto. Mayo era el “Mes de la Virgen”. Mi abuela Esther me contaba que en su niñez, para esas fechas, las niñas se vestían de blanco e iba a ofrendar flores a la Virgen. Yo no podía evitar imaginar a las niñas en su alba indumentaria, hacinadas, cargadas de flores, postradas frente al altar. Me parecía una imagen muy linda y muy tierna. Sobre todo si la comparamos con el nada infrecuente espectáculo de hoy en día, donde las jovencitas van por ahí forradas en ropa que no deja nada a la imaginación; sacudiéndose al ritmo de canciones que, más que música, parecen berridos infernales; con las orejas toponeadas por auriculares; e idiotizadas por Facebook e Instragram (obvio que de los varones puede decirse otro tanto). El mes de mayo me parecía, con su día 10 incluido, un mes bonito, casi beatífico.

 Pues terminó el mes de mayo, se acerca inminente el 7 de junio y viene el Secretario de Educación con su ocurrencia. Escribí no hace tanto -y me sostengo en mi dicho-, que no pensaba volver a hablar mal de mis maestros en público; así que estas líneas no están dirigidas a los maestros (me imagino que ya podrán dormir en paz). Creo sinceramente que no existe actividad más noble y de miras más altas, que la del magisterio; creo también, que los maestros deberían ser los profesionistas mejor remunerados de México; y que la docencia no solo fuera ocasión de satisfacción personal, sino también, de prestigio y solvencia económica; pero no vamos a llegar a ese punto si los propios maestros no demuestran, con hechos contundentes, su propia e indiscutible valía; su compromiso con México; y su, más allá de toda duda, capacidad incuestionable. Y no lo van a hacer, no lo pueden hacer, desde la arenga callejera ni, mucho menos, desde el chantaje.

 Escribí la semana pasada que la lectura de la novela “El Chino”,1 me había dejado como regalo algo que yo llamé -orondo en el lugar común- “perlas de sabiduría”; leí entre otras cosas: “Había llegado al punto en que dos palabras dominarían su discurso: ‘Amenaza’ y ‘necesidad’”.2

 Pues en ese punto estamos: Amenazados y necesitados a más no poder. México es una nación postrada por la pobreza de millones de compatriotas, por su endeudamiento exorbitante, por su sometimiento a los designios de los Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial (BM), etc.; pero, sobre todo, por su incultura, por su falta de educación. Eso nos hace un país débil y cada vez más pobre pues, cada día que pasa, perdemos recursos de valor incalculable (petróleo, oro, plata, bosques, etc.) sin que sus habitantes adquieran las capacidades necesarias para enfrentar los retos del nuevo Milenio.

 El incremento de la deuda interna ha pasado del 49.4% del total de la deuda nacional, en el año 2000, al 77.6%, en 2008;3 y su servicio le cuesta al Erario más que el gasto en educación y en salud juntos.4 De hecho, en materia de inversión respecto del PIB, México es la segunda inversión más baja de los países de la OCDE;5 y por cada 100 alumnos que ingresan al primer grado de educación primaria en el país, solo el 68% completará los nueve años de educación básica, solo un 35% se graduará en el nivel de educación media superior y la deserción escolar entre los que ingresan a la universidad rebasa el 75%.6 Estos resultados se han obtenido a un precio muy alto; en los últimos años BM ha realizado una serie de préstamos al gobierno mexicano para ese fin, cerca de 300 millones de dólares en cada ocasión.7 En resumen, en materia educativa, las últimas administraciones “gastaron poco y gastaron mal”;8 de suerte tal que “la baja calidad educativa dejó a México sin capacidad de competir”.9 Diversos indicadores así lo demuestran: Mientras que el promedio de la OCDE fue de 19.2%. Sólo 3% de los estudiantes mexicanos alcanzó los niveles más altos (5 y 6), que significa contar con la capacidad de identificar, explicar y aplicar conocimientos científicos de manera consistente en una variedad de situaciones complejas de la vida cotidiana.

 La amenaza y la necesidad están aquí. Presentes, como acabamos de ver a ojo de pájaro. No es eludiendo la responsabilidad propia como vamos a sacar al país adelante; no es impulsando reformas ni empeñando la palabra, que luego no somos capaces de cumplir, como vamos a recobrar la confianza ciudadana; el futuro de México no puede transitar solamente por la senda de la verborrea y los discursos vacíos carentes de contenido y desnutridos de acciones; el acto de gobernar no puede ser como la danza de los cangrejos: Un pasito p’a delante y dos pasitos para atrás.

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 Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

1 MANKELL, Henning. El Chino. Colección Andanzas. TusQuets editores. México. 2008.
2 Op. cit. Pág. 339.
3 VÁZQUEZ COTERA, Daniel. “Evaluación de la Estructura de la Deuda Pública de México, 1980-2008” en revista Análisis Económico, número 58, vol. XXV, primer cuatrimestre de 2010. México. Pp. 77-98. Pág. 79.
4 CONTRERAS DÁVILA, Talina. Op. cit. Nota al pie número _. Ibidem.
5 OCDE. Perspectivas OCDE: México Políticas Clave para un Desarrollo Sostenible. OCDE. México. 2010. Pág. 36.
6 SANTIBAÑEZ, Lucrecia, VERNEZ, Georges y RAZQUIN, Paula. Education in Mexico. Challenges and Opportunities. Research and Development (RAND). USA. 2005. Pág. 17.
7 SANTIBAÑEZ, Lucrecia, VERNEZ, Georges y RAZQUIN, Paula. Education in Mexico. Challenges and Opportunities. Research and Development (RAND). USA. 2005. Pág. 26.
8 Ibid. Pág. 137.
9 Ibid. Pág. 139.