¿SEXO O GÉNERO? 3ª DE 3 PARTES.

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Ése y no otro es el sentido de las disposiciones que establecen estas cuotas y en general, que propician la equidad -o, más recientemente, la paridad- en la ocupación de los cargos públicos, particularmente en los órganos colectivos de representación popular; por lo que aludir al género con ese trasfondo equívoco de por medio que asimila -o puede asimilar- la causa de las y los feministas a la del movimiento LGTB (y lo que falte por añadir tan luego se le ocurra a alguien una nueva “posición”) en la Carta constitucional de cualquier país constituye un yerro de fondo generador de confusiones lamentables por innecesarias. Por cierto, si le vamos a seguir, a la estupidez de “miembra” o “jóvena” habría que añadir la de “estudianta” o, ya en el colmo del absurdo y la jarana: “Profesionisto” (digo, para empezar a ser parejos); “integranto” e “integranta” (para los LGTB podemos dejar aquello de “integrante”, por lo indeterminado); o, ya encarrerados: “Jurada”, “participanta” o “concursanta”; y así hasta el infinito de la idiotez. Constate Usted, lo bonito que se leería u oiría:

  • Un artículo 36, fracción V, de la Constitución federal, que estableciera, como obligaciones de las ciudadanas y ciudadanos de la República, la de desempeñar las cargas y los cargos concejilas y concejiles del Municipio donde residan, las funciones electorales y las de jurada o jurado;
  • O piense Usted en una presentación cualquiera: “Buenas noches señoras y señores, integrantes (como quiera se “coló” alguno), integrantas e integrantos, del honorable presídium”;
  • O esta otra, en alguna justa deportiva: “Sean bien recibidas y recibidos, las jóvenas y los jóvenes, atletas y atletos, participantas y participantes (¿o participantos? -por aquello del género-), en estos bonitos juegos” (¿o bonitas juegas?);
  • O qué decir, pensando en un concurso de oratoria, por poner otro caso, en donde se dé la bienvenida a las estudiantas y estudiantes, concursantas y concursantes, de tan lucido evento;
  • O un diálogo del siguiente tipo: “¿En qué trabaja tu papá, Jorgita?”; “es chofer, maestra”; “¿Y tu mamá?”; “chofera… es taaaan romántico cómo se conocieron en la CROC”. “¿Y tu mamá, Jasmincín”; “albañila, maestra; y si viera asté, qué rechulas las quedan las paderes” (este último ejemplo es para que no se me acuse de sexista).

Porque en algún punto habrá que ponernos creativas y creativos, supongo; y pensar en artistas y artistos; en futbolistas y futbolistos; en astronautas y astronautos; en psiquiatras y psiquiatros; en comunistas y comunistos; en programadoras analistas y en programadores analistos; en tratantes de blancas y en tratantas de negros; en soldadas y soldados (o militaras y militares ¿o militaros? Esto del género es taaan difícil). Concluyo con dos reflexiones:

La primera, que en el largo, largo, laaaargo plazo, la idea de género debe desaparecer. Si como hemos sostenido hasta aquí, el del género es un asunto de roles -y no de canela por cierto-, si trapear, cuidar a los niños, quitarse los pelos del bigote (hay bigotonas, dijo Tiziano Ferro de las mexicanas -y el señor sabe de esas cosas, no por nada le gustan bigotones-), pintarse las uñas, cambiar una llanta o echarse una cerveza al coleto -o coleta- con las amigas y amigos en la cantina, no es propio de mujeres u hombres, es evidente que a la larga (y a lo largo) sería estúpido hablar de tales distinciones. En ese Edén, donde todos somos iguales y las diferencias -o los diferendos- biológic@s son pecata minuta (por más pequeñ@s que no sean), solo habrá hombres y mujeres sin rol social alguno pues no será posible distinguirles a partir del papel que jueguen en el seno de la sociedad. Eso, o le hacemos caso a los imbéciles (e imbécilas) que pugnan por concebir al sexo como algo voluntario -como si dijéramos, dejarse crecer los pelos de la barba o no-. Por eso, la noción de “género”, en ese contexto, debe emplearse con cuidadito y hablar más bien de “sexo”, que es lo que es y seguirá siendo por los siglos de los siglos, con independencia de quién -o cómo- decida cada cual “echar su canita al aire” o reproducirse… si puede.

La segunda, se trata de una licencia que quiero pedir a mis queridos 49 lectores (sí, han aumentado su número). Como hasta aquí he escrito con absoluta seriedad, permítanme concluir este artículo -que salió más largo de lo originalmente previsto- con una anécdota que corresponde al Presidente Luis Echeverría. Se dice que, en relación con los homosexuales, solía afirmar: “En un principio, eran muertos; luego, reprimidos; más tarde, consentidos… ya nomás falta que nos digan que es obligatorio”. Por eso yo digo que corrijamos el enfoque y cuando hablemos de equidad, de paridad, de acciones afirmativas, etc., aludamos al sexo y no al género. ¿Estamos?

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¿SEXO O GÉNERO? 2ª DE 3 PARTES.

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La “equidad de género” no puede construirse a partir de una noción equívoca que incluya una concepción del ser humano más allá de esta dicotomía, pues las categorías insertas en la cada vez más frecuente expresión LGTB no aluden ni al sexo ni al género, propiamente dicho, si no a las preferencias sexuales de las personas. Y siendo absolutamente cierto que la educación, en general, debe encaminarse a garantizar el pleno desarrollo del ser humano en su integralidad, a partir de la tutela efectiva de todos sus derechos, con independencia de su sexo, orientación sexual, origen étnico, creencia religiosa, filiación política, grado de marginación, etc., no menos cierto es que la protección y defensa de los derechos de libertad implícitos en estas categorías, se desarrollan a partir de concepciones del ser humano distintas, que atienden a motivaciones diferentes, cuyo único punto de interés común es precisamente impedir la discriminación. Pero no es posible pretender que la defensa de los derechos de los pueblos indígenas, por ejemplo o la lucha contra el apartheid,1 comparte los principios y métodos para tutelar el ejercicio efectivo de los derechos políticos o la libertad de culto. Sin embargo, cada vez es más frecuente que el sexo y el género se empleen como sinónimos, arribando al despropósito de que en formularios, incluso de instituciones públicas, para inquirir sobre el sexo de las personas se distinga entre “masculino”, “femenino” u “otro”.

Así las cosas, resulta erróneo el que en el texto constitucional, en los artículos 1º, 6º y 41, se hable de “género” y no de “sexo” pues evidentemente lo que se pretende con las medidas previstas en dichos ordinales es prohibir la discriminación, por una parte; y por la otra, buscar un equilibrio en la integración de ciertos órganos públicos de carácter colectivo; ahora bien, emplear sistemática e indiscriminadamente la palabra “género” en lugar de “sexo” puede prestarse a equívocos muy serios como es, precisamente, que dada la cada vez más frecuente asimilación entre género y preferencia sexual, termine por entenderse la “equidad de género” como la posible exigencia de que en la integración de organismos de representación popular, cabildos o Poder Legislativo, por ejemplo, deba de incluirse una representación específica de la comunidad LGTB, lo que resultaría absurdo, pues a partir de ese punto no habría razón alguna para que otros sectores de la población, como el de los jóvenes o de la tercera edad, el campesino y el obrero, las minorías étnicas o las personas con discapacidad, no pugnaran por un espacio igualmente “representativo”; lo que definitivamente desnaturalizaría el carácter popular de dichos órganos. Es pertinente recordar en este punto que la función de los representantes, los diputados por mencionar un caso, no se circunscribe a la demarcación territorial para la cual fueron electos. Un representante popular, una vez electo, no lo es sólo para un sector de la población: “El representante popular lo es de toda la sociedad (…) Aunque la elección se hace sobre la base de demarcaciones territoriales, ello obedece a simple técnica para lograr que el número de representantes esté en proporción a la población (…) Una vez que la elección se consuma, los diputados electos representan a toda la nación y no a sus distritos por separado”.2

De ahí que las cuotas de género, entendidas como acciones afirmativas,3 tengan en nuestro medio un propósito específico: Garantizar una eficaz integración de las mujeres a los cargos de elección del Estado y de la vida intrapartidista. Esta previsión, obliga a incrementar el número de mujeres candidatas y a incorporarlas en las listas de representación proporcional. Cabe señalar que el cuerpo de disposiciones en su conjunto, debe considerarse como un cuerpo de carácter transitorio, pues su vigencia está condicionada a que se remuevan por entero las dificultades que imposibilitan la adecuada representación de las mujeres en las distintas esferas de poder público y representación política pues, dicho sin eufemismos, en México y el resto de América Latina el grupo discriminado es el de las mujeres. Cabe aquí hacer mención de que en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, realizada en 1995 en Pekín, China, la representación de latinoamericana propuso la aprobación de la obligatoriedad de las cuotas, con la franca oposición de la Unión Europea, por lo que no llegó a aprobarse una disposición en este sentido.4

Continuará…

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1 El apartheid fue el sistema de segregación racial en Sudáfrica y Namibia; llamado así porque significa “separación” en afrikáans. Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. 23ª edición. 2014.
2 TENA RAMÍREZ, Felipe. Derecho constitucional mexicano. 37ª edición. Porrúa. México. 2005. Pág. 274.
3 También conocidas como “acciones positivas”; y definidas en general como: “Medidas de igualdad a favor de aquellos colectivos sociales que en el devenir histórico han sufrido prácticas discriminatorias que vulneran y restringen su dignidad humana como base de los derechos fundamentales”. FIGUEROA BELLO, Alicia. “Igualdad y no discriminación en el marco jurídico mexicano: Alcances y perspectivas” en Los derechos humanos en los umbrales del Siglo XXI: Una visión interdisciplinar. Serie: Estudios Jurídicos, número 195. Alicia Figueroa Bello. (Coord.). Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México. México. 2012. Pp. 55-100. Pág. 74.
4 BAREIRO, Line. “Representación política de las mujeres” en Tratado de Derecho Electoral Comparado de América Latina. Dieter Nohlen, Daniel Zovatto, Jesús Orozco y José Thompson (Comps.). Fondo de Cultura Económica, Instituto Interamericano de Derechos Humanos, Universidad de Heidelberg, International Institute for Democracy and Electoral Assistance, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación e Instituto Federal Electoral. México. 2007. Pp. 679-692. Pág. 698.

ESTO ES MÉXICO.

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          Esta reflexión iba a titularse: “André Rieu y el orgullo de ser mexicano” y pretendía explorar el gozo inmenso que me deparó el pasado fin de semana asistir al Auditorio Nacional a escuchar a este fantástico director y su orquesta, Johan Strauss. En esos momentos me sentí tan eufórico de estar ahí, entre miles de mexicanos, atónitos, emocionados, extasiados, brindándole una y otra vez, a esos músicos extraordinarios, la merecida ovación que su talento reclama. Pensé que, a Dios gracias, en México, no todo es Julión Álvarez o el Komander; que todavía hay -habemos- gente capaz si no de entender, por lo menos de disfrutar buena música y que el arte (el auténtico, el que estimula la inteligencia, el que remueve -y renueva- el espíritu), hoy más que nunca, es necesario, casi indispensable, para salir de este pozo de mediocridad que nos circunda.

          Pero decidí que no; que esas líneas se van a quedar sin escribir. En cambio, voy a escribir sobre la experiencia fantástica de compartir, por primera vez en nuestras vidas, un fin de semana completito con mi hermana Patty, fuera del entorno de nuestra cotidianidad. De Patty he escrito muchas veces; siempre referencias tangenciales que dan testimonio de mi perenne gratitud. Esta vez, no obstante, tuvimos un tipo de convivencia distinta, menos de hermanos y más de amigos.

          El peregrinaje por la hermosa ciudad de México empezó el viernes por la tarde, en la Zona Rosa, a donde fuimos a comer pozole; junto con unas flautas que parecían trombones y unos sopes que parecían chalupas; la noche concluyó con una ida al teatro a ver un musical más memorioso que memorable, Mentiras.

          El sábado empezó temprano; ocupada en cosas de mujeres -sí, señoras y señores, hay cosas “de mujeres”, como parir o ir a ver tapetes, que fue a lo que se dedicó mi hermana esa mañana (a ver tapetes)-, quedamos en comer juntos a mediodía. A mí, me dieron en mi “patita de palo” pues en el Zócalo estaba instalada, ni más ni menos, la Feria del Libro. Les podría decir que la recorrí de lado a lado y les estaría mintiendo. No fue así. Del pabellón de TusQuets no salí: De Leonardo Padura compré: “La neblina del ayer”,1Adiós, Hemingway”,2 y “Pasado perfecto”;1 de Petros Márkaris, “Hasta aquí hemos llegado”4 y “Muerte en Estambul”,5 de Enrique Krauze, “El nacimiento de las instituciones”;6 y del entrañable Curzio Malaparte, “Don Camaleón7 -a Curzio Malaparte lo conocí por mi papá y dejó una huella indeleble en mí-. De “pasadita”, como que no quiere la cosa, también pepené, de John Ackerman, “El mito de la transición democrática”,8 de Paco Ignacio Taibo II, “Que sean fuego las estrellas”;9 y de Pedro Salmerón, “1915: México en Guerra”;10 como ven, si no me salgo pronto, ahí me quedo a vivir. Conste, a ninguno de esos libros le voy a hincar el diente de aquí a diciembre; todos esperan, formaditos y en fila, esos días de asueto para ser devorados, junto con otros cinco o seis que aguardan el mismo fin.

Como lo prometido es deuda, al mediodía, Patty, mi sobrina Lily y su esposo, pasaron por mí al hotel; de tanto libro cargando yo me sentía “El Pípila”, pues no hubo modo de que el taxi donde viajaba cruzara Reforma a causa del desfile de alebrijes organizado por el Gobierno de la Ciudad; yo atravesé la avenida del modo más discreto posible; no fuera siendo que algún despistado empezara a gritar: “¡Eh, eh, aquí se les cayó uno! Y parece que es uno de los primeros lugares del concurso… por lo feo y chipotudo”. Pateé 10 cuadras y me derrumbé exhausto. Llegaron por mí y nos fuimos al Mercado de San Juan, famoso por la variedad de carnes que ofrece: De cocodrilo, león, jabalí y un etcétera tan extenso como libro de zoología. El día terminó, como ya escribí, en el Auditorio Nacional y la presencia mágica de André Rieu y su orquesta. Debo confesar que cuando Patty me comentó: “Vamos a ir a un concierto”, lo primero que pensé -y por prudencia no dije-; fue: “Mmmmm; bonita cosa”. Sin embargo, fue la sorpresa más deslumbrante de ese fin de semana inolvidable.

El domingo, llegaba mi sobrino Noel a la ciudad y por él fuimos. Los cinco: Patty, Lily, su marido (que como tiene nombre francés no sé cómo se escribe), Noelito (que de “Noelito” ya no tiene nada) y yo, fuimos a las pirámides de Teotihuacán. Fuimos, se subieron (yo no traía ganas de “energizarme” en su cima), Patricia se perdió en el trenecito que hace el recorrido y nos regresamos a comer. El día terminó en la Alameda Central comiendo chucherías entre sus puestos y en Bellas Artes, a donde fuimos a ver el ballet de Amalia Hernández.

Si se fijan, esto es México: La urbe y su diversidad, cuyo mejor reflejo son sus plazas y mercados; la Alameda Central y Bellas Artes; Teotihuacán y sus pirámides; el Zócalo, el Hemiciclo a Juárez y las decenas de años de historia que nos contemplan y nos susurran desde todos sus rincones. Esto es México, la vastedad y riqueza de su oferta cultural: Sus magníficas puestas en escena que compiten decorosamente con cualquier otra, en cualquier lugar del Globo, al lado de la pirotecnia vernácula de sensaciones, olores, sabores y colores que no dejan de deslumbrarnos y derretir el corazón a cada instante. Sin embargo, de todo el fin de semana, lo que más disfruté fue a mi hermana. Su risa, sus observaciones juiciosas, su solidaridad a toda prueba, su generosidad sin límites. Gracias por todo, Patty… y que no sea la última.

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Luis Villegas Montes.

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 1 PADURA, Leonardo. Paisaje de otoño. 1ª reimpresión, TusQuets. México. 2015.
2 PADURA, Leonardo. Adiós, Hemingway. TusQuets. México. 2015.
3 PADURA, Leonardo. Pasado perfecto. TusQuets. México. 2014.
4 MÁRKARIS, Petros. Hasta aquí hemos llegado. TusQuets. México. 2015.
5 MÁRKARIS, Petros. Muerte en Estambul. TusQuets. México. 2014.
6 KRAUZE, Enrique. El nacimiento de las instituciones. TusQuets. México. 2015.
7 MALAPARTE, Curzio. Don Camaleón. TusQuets. México. 2015.
8 ACKERMAN, John. El mito de la transición democrática. Planeta. México. 2015.
9 IGNACIO TAIBO II, Paco. Que sean fuego las estrellas. Planeta. México. 2015.
10 SALMERÓN, Pedro. 1915: México en Guerra. Planeta. México. 2015.

¿SEXO O GÉNERO? 1ª DE 2 PARTES.

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No se espante mi apreciable público lector. No se vaya a pensar que la pregunta anterior es del tipo: “La bolsa o la vida” ni mucho menos que propone la sustitución de los deleites del himeneo a cambio de unos cuantos trapos; en lo absoluto. La cosa va por otro lado y tiene que ver con ese debate ocioso que guarda relación con el asunto de si debe decirse “Presidente” o “Presidenta”; “miembro” o “miembra”; “joven” o “jóvena”. Y antes de proseguir no se vaya a pensar que estoy de chunga, no señor; es más, se trata éste de un debate muy añejo, sobre todo en la Madre Patria (“Olé”, pésele a quien le pese) que pugna precisamente por el femenino de estos dos últimos vocablos en algunas de sus provincias.1

Y es que me parece ridículo ese empeño por sustituir, como si fueran intercambiables, la palabra “sexo” por la de “género”, un día sí y otro también, de tal modo que, por intentar ser “políticamente correctos” terminamos siendo gratuitamente ignorantes o, ya puestos, ignorantas. Y antes de proseguir, rescato un párrafo de Pérez Reverte para ilustrar el punto: “Aburre el pimpampúm que se traen algunos tontos -y tontas- del ciruelo con la Real Academia Española, a la que ciertos colectivos, o quienes dicen representarlos, se empeñan en contaminar con la demagogia que tanto renta en política. Dispuestos a imponer sus puntos de vista, impacientes por asegurarse el sostén de una terminología cómplice, algunos ponen el carro delante de los bueyes. En vez de asumir que todo lenguaje es sedimento de siglos y consecuencia de los usos, costumbres e ideologías de una sociedad en evolución, y que es ésta la que poco a poco adopta unos usos y rechaza otros, exigen, por las bravas, que sea el lenguaje violentado, artificial, politizado y manipulado según el interés de cada cual, el que condicione y transforme la realidad social”.2

En efecto, aunque el tema de la discriminación es un asunto serio, no da para que se usen de modo indistinto las expresiones “sexo” y “género”. El sexo y el género son cuestiones diferentes, aunque ambos se hallan en todas partes, interrelacionándose, conformando un sistema unitario de convivencia que encauzan a hombres y mujeres a asumir roles complementarios entre sí, demandantes de responsabilidades excluyentes y que reportan satisfacciones distintas.

Estos roles pueden ser de tipo sexual, condicionados por factores biológicos; y roles de género, determinados por ciertas expectativas sociales, generadas en torno a ciertos tipos de comportamiento que distingue entre “masculino” y “femenino”; es claro que la naturaleza de ciertas actividades no está determinada por criterios biológicos, sino por lo que culturalmente se define como propio para ese sexo, o sea, por el género.3 E incluso, existen posturas todavía más radicales que no encuentran distinción alguna, ni biológica ni psíquica, entre los sexos.4

Aclarado lo anterior, que en realidad sirve como marco para situarnos en el tema, tenemos que la Constitución federal emplea, de modo reiterativo la expresión “género” en lugar de la de “sexo”; y lo anterior constituye un error evidente. Como hemos dicho, los roles que los seres humanos asumen pueden ser de tipo sexual o de género -entendidos los primeros como los predeterminados por razones biológicas; y los segundos, a partir de cierta expectativa de carácter social-. En ambos casos se distingue entre masculino y femenino, como un prerrequisito indispensable para evitar la segregación, la discriminación o la imposición de ciertas conductas a cierta clase de sujetos solamente por sus características físicas o biológicas; además, con esta postura se asume que los roles de género pueden modificarse en la medida en que la mencionada expectativa social varíe o se altere de manera natural o artificial (construcción cultural como es). Empero, se insiste, tanto el sexo como el género distinguen entre lo masculino y lo femenino.

Sin embargo, de manera paulatina, ha ido permeando la idea de que el género admite más de esas dos posibilidades; de suerte tal que por “género”, empiezan a entenderse “roles sociales” diferentes que incluyen a lesbianas, homosexuales, transexuales y bisexuales (LGTB), por un lado; confundiéndose -o fundiéndose- en una sola noción, la de “equidad de género”, ideas distintas como son las preferencias sexuales, el sexo y la propia idea de género en su acepción original (rol social vinculado con el ser masculino o femenino). Considérese el siguiente párrafo para ilustrar mi dicho: “La educación debe dirigirse esencialmente a lograr el desarrollo pleno del ser humano, lo cual sólo será una realidad cuando verdaderamente se alcance el objetivo de que cada individuo logre gozar y ejercitar todos sus derechos y garantías fundamentales, independientemente de su sexo, orientación sexual, identidad de género, o de cualquier otra característica social, política o económica que se atribuya al ser humano”.5

Continuará…

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1 Ver artículo suscrito por Javier López, con el título: “De las ‘jóvenas’ a las ‘miembras’”, publicado el 13 de junio de 2008 por el periódico Abc.
2 Ver artículo suscrito por Arturo Pérez Reverte, con el título: “Matrimonios de género y otras cosas”, publicado el 10 de diciembre de 2006, en El Semanal.
3 LAMAS, Marta. “La Antropología Feminista y la Categoría ‘Género’” en revista Nueva Antropología, volumen VIII, número 30. México. 1986. Pp. 173-198. Pág. 184.
4 GAMBA, Susana, Presidenta de la Fundación “Agenda de las Mujeres” en Argentina, Citada por GARCÍA, Sergio. “Las Mujeres en el Estado de Chihuahua. Uso de Herramientas SIG en la Construcción de Indicadores de Género”. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Consejo Nacional para Ciencia y Tecnología, Instituto Nacional de las Mujeres y LVI Legislatura de la Cámara de Diputados. México. 2011. Pág. 13.
5 PÉREZ CONTRERAS, María Montserrat. “Para una educación con perspectiva de género: Desde las mujeres y las personas LGTB” en Metodologías: Enseñanza e investigación jurídicas. Serie: Doctrina Jurídica, número 731. Wendy A. Godínez Méndez y José Humberto García Peña. (Coords.). Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México y Posgrado de Derecho, Tecnológico de Monterey. México. 2015. Pp. 729-745. Pág. 732. Énfasis añadido.

LA MÁQUINA DEL TIEMPO.

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¿Quién dice que la máquina del tiempo no existe? ¡Claro que existe! Y no se trata de un artilugio de esos del tipo que se imaginó H. G. Wells, no señor. Es algo más bien como el asunto de la película ésa de caricaturas, “Ratatuil”, creo que se llama. ¿La vieron? Hay una escena, cuando a Anton Ego, el crítico gastronómico, le sirven la cena y observa un poco decepcionado el plato tan modesto que le ponen delante; al primer bocado, de auténtico azoro, deja caer la pluma con la que está anotando; y se ve a sí mismo, niño todavía, con los ojos llorosos, pues acaba de caerse de la bicicleta, mientras su madre lo consuela con un plato de ratatuil, precisamente.

¿Ven? ¡A eso me refiero!

Yo no me acuerdo mucho de la primer casa en donde viví, pero sí recuerdo, en cambio, al señor que pasaba a mediodía ofreciendo jocoque, queso, asaderos y requesón. Mi abuela me daba quince o veinte centavos para ir a comprar, luego untaba una tortilla con la masa cremosa y después le añadía una pizca de azúcar. ¡Azúcar! Me gustan las enchiladas, claro -y las entomatadas y el mole-; pero un ligero desencanto me cosquillea siempre en la punta de la lengua cuando los como, porque, a su sabor ligeramente ácido o amargo, no lo compensa la suave delicia de un toque del azúcar de mi infancia.

Sin embargo, si de viajar en el tiempo se trata, para mí no hay nada como la Cuaresma.

El año previo, todo era expectación. Mi mamá solía cantar en un coro, el “Coro de San Francisco”, refiriéndose al templo del mismo nombre, y desde meses atrás se preparaban para la ocasión. Eran semanas de intensos arreglos y ensayos; recuerdo entre otras piezas, el Stabat Mater dolorosa (“estaba la Madre sufriendo”) -que no es lo mismo que estar sufriendo de a madre- cantado una y otra vez hasta que quedaba perfecto. Recuerdo también, ya en pleno Viernes Santo, la liturgia de las “Siete Palabras”, de la primera: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, a la última: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”; a los curas ataviados de rojo sin arreo alguno y el luto de las mujeres, vestidas de colores discretos y con un velo cubriéndoles la cabeza. Pero, como ya lo decía, para mí, lo mejor de todo era la comida. Los chacales -a los que en otras regiones del país les llaman “chuales”-, las lentejas, las habas (¡guácala!), el pescado y la capirotada. Yo comía todo menos habas y el pescado empanizado era de mis favoritos. Mi mamá lo salpimentaba, lo lampreaba en huevo y lo empanizaba. Lo que más me gustaba eran las ocasiones en que no había pan y ella molía “galletas de soda” hasta dejar una pasta finita que después cubría el filete; puesto a freír y eliminado el exceso de aceite con una servilleta, quedaba dorado y crujiente, un pedacito de sol en el centro del plato que después aderezaba con un buen chorro de limón. Ni que decir de la capirotada: Los trozos de pan empapados en una espesa salsa hecha a base de agua, piloncillo, canela y clavos de olor; que después se servía con mitades de cacahuate, un puñado de “pasitas”, queso y grajeas de colores. Una pequeña fiesta para el paladar, para los ojos y para el corazón.

Una vez, estaba mi mamá, quien me parecía en ese entonces la mujer más hermosa del Mundo (escribo que “me parecía”, porque con el correr de los años lo he constatado), estaba mi mamá, repito, en la cocina y llegó mi primo Alfredo: “Oiga tía, ¿por qué tiene remojando esas palomitas?”; “¿cuáles palomitas? Son chacales, pero están muy secos”; “No tía, son palomitas”; “chacales”; “palomitas”; “chacales”; sacó Alfredo del remojo los supuestos chacales, los secó, los metió en una olla con un chorrito de aceite, la tapó… y comimos palomitas de maíz toda la tarde.

¿La máquina del tiempo? ¡Claro que existe! ¡Si todos llevamos una, aquí, al lado izquierdo del pecho, juntito del esternón!

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LA CONSTITUCIÓN, ESE CAJÓN DE SASTRE.

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En teoría, escuchar la palabra “Constitución” (instrumento que cohesiona, estructura y vertebra al Estado Mexicano) debería llenarnos de certezas y profundo respeto; no de dudas o de escepticismo. No existe norma jurídica que pueda comparársele; no hay mandato más importante ni trascendente. Lo que histórica, jurídica y políticamente somos como mexicanos, está ahí contenido definiéndonos, alentándonos, orientándonos e incluso conteniéndonos. Somos fuente y somos producto, somos principio y fin, de lo que la Constitución manda… en teoría, escribí.

En el terreno de los hechos, la Constitución ha dejado de ser ese instrumento solemne que norma nuestra vida pública, para convertirse en poco menos que un abultado reglamento al que, un día sí y otro también, se le mete mano para elevar, “a rango constitucional”, la última moda, el último acuerdo, la última ocurrencia de los gobernantes de turno. Las más de 552 reformas que la Constitución federal ha sufrido en el transcurso de sus casi 98 años de vida, dan fe de ello.1

La incapacidad de generar consensos a partir de depositar la confianza en la palabra o en la buena fe del otro, nos ha conducido a que la Constitución se erija como el único instrumento válido para cristalizar un acuerdo del tipo que sea. ¿El tema es seguridad pública? A la Constitución; ¿protección de  datos personales? A la ídem; ¿acceso a la información? Sí señor, no faltaba más; ¿transparencia? ¿Rendición de cuentas? ¿Deporte? ¿Derechos humanos? ¿Familia? ¿Medio ambiente? A la Constitución, a la Constitución, todo va a parar a la Constitución.

Por ejemplo, una de las últimas reformas, la del mes de julio de 2015, fue para regular, constitucionalmente, obvio, dentro del artículo 18, las formas de justicia alternativa. El problema es que ese pobre artículo va más cargado que el trineo de Santaclós el 24 de diciembre. De ser un artículo chiquito, esbelto y muy pijo:

“Sólo por delito que merezca pena privativa de libertad habrá lugar a prisión preventiva. El sitio de ésta será distinto del que se destinare para la extinción de las penas y estarán completamente separados.

Los Gobiernos de la Federación y los de los Estados organizarán, en sus respectivos territorios, El sistema penal -colonias, penitenciarías o presidios- sobre la base del trabajo como medio de regeneración”.

Ahora tenemos un mamotreto que regula, sí, la pertinencia de la prisión preventiva y las bases del sistema penitenciario; pero también, los convenios para que los sentenciados por delitos de cierto ámbito de su competencia puedan extinguir la pena en establecimientos penitenciarios dependientes de una jurisdicción diversa; el sistema integral de justicia para los adolescentes; la operación del sistema en cada orden de gobierno; las formas alternativas de justicia; la repatriación de sentenciados de nacionalidad mexicana; un régimen singular para compurgar penas en centros de reclusión cercanos al domicilio del sentenciado; y un régimen de excepción en los casos de delincuencia organizada.

Y otro tanto puede afirmarse del 16, por ejemplo, que se ocupaba, en un principio, sólo de la llamada “garantía de legalidad”, de los requisitos para librar órdenes de aprehensión o detención y sus excepciones, de los requisitos de toda orden de cateo y de la práctica de visitas domiciliarias por la autoridad administrativa; sin embargo, las sucesivas reformas han llevado a este numeral de los cuatro párrafos originales a tener dieciocho; y a ocuparse de las siguientes materias: Protección de datos personales y acceso, rectificación y cancelación de los mismos; ejecución de la orden judicial de aprehensión; regulación de la flagrancia; régimen especial de la delincuencia organizada (e incluso definición de ésta); retención de indiciados por el Ministerio Público; violación de comunicaciones privadas; intervención de éstas; jueces de control tratándose de medidas cautelares; las llamadas “intervenciones autorizadas”; y prohibición para que, en tiempos de paz, los miembros del Ejército puedan alojarse en casas particulares en contra de la voluntad del dueño.

La Constitución es, hoy por hoy, un muégano gigantesco difícil de tragar y más difícil de digerir; un documento farragoso y reiterativo; con serios vicios de forma y enormes yerros de fondo que, quizá por eso, tan mal ha servido a su cometido primigenio: Poner orden entre los mexicanos y hacer realidad la, hasta ahora, letra muerta de su artículo 39: “Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste”.2

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Luis Villegas Montes.

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[1] Artículo suscrito por Rogelio Velázquez, con el título: “La Constitución, desfigurada”; visible en el sitio: http://contralinea.info/archivo-revista/index.php/2013/02/05/la-constitucion-desfigurada/ Consultado en fecha 1º de octubre de 2015 a las 18.30 hrs.

2 Énfasis añadido.