EMMA TAPING Y LA NAVIDAD.

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          A Emma Taping, una joven madre inglesa, la han hecho pedazos por una foto que subió a Instagram -o como sea que se llame el chisme ése- (yo la verdad no entiendo qué es, ni cómo funciona, ni para qué sirve). Lo cierto es que la buena señora subió una fotografía de su arbolito de Navidad (ésta que ven) el cual, más que arbolito, parece anuncio publicitario de tienda departamental, tan colmado está de regalos: Cientos de paquetes apilados formando una pirámide monumental.

          La inocente fotografía en cuestión de horas se volvió viral y como suele ocurrir casi de inmediato se formaron dos grupos: Uno de detractores y otro de partidarios. Los primeros, aducen -y con mucha razón-, que se ha perdido el “espíritu de la Navidad”; que el consumismo lo llena todo, que la economía capitalista es un asco y que Emma va arder en los infiernos por los siglos de los siglos (ella tan orgullosa de su opulencia extrema con tantos niños muriéndose de hambre en el mundo). Por otro lado, los defensores dicen que “qué bueno” que Emma se pueda dar esos gustos; que si ellos pudieran harían exactamente lo mismo e inundarían de obsequios a sus hijos, nietos y seres queridos. En tanto, preocupada por la virulencia de algunas reacciones, Emma tuvo que empezar a hacer aclaraciones y, entre otras cosas, señaló que sentía temor por las amenazas de que es víctima y que, por lo demás, su familia recibe pocos o ningún obsequio durante el año, así que ésta le pareció una ocasión propicia; además, sólo la quinta parte de los regalos son para su esposo e hijos; el resto es para la familia ampliada: Abuelos, tíos, sobrinos, etc.

          Yo ya me estoy cayendo gordo por esas posiciones eclécticas que asumo cada vez con mayor frecuencia. Antes me caía mejor. Cualquier asunto era de “todo o nada”, de “matar o morir”; con singular desparpajo me lanzaba a la yugular del primer incauto o incauta que osara voltear a mirarme feo (o que osara mirarme feamente, mejor dicho, porque feíto sí estoy). Será cosa de la edad, me digo, empieza el temperamento a aquietarse; a asosegase el alma; a descomponerse las ganas; el caso es que comienza uno a ver las cosas de otro modo. En la inmensa mayoría de los casos es muy difícil, si no imposible, verlo todo en blanco y negro, siempre existe un matiz. Sé, por supuesto, que existen un montón de cosas reprobables en el Mundo, intrínsecamente negativas u odiosas, así que la condena lapidaria podría asomar a la punta de nuestra lengua en cuestión de instantes; empero, el cuestionamiento no puede intentarse, solamente, a partir del análisis del fenómeno externo; es preciso e igualmente indispensable, hacer lo propio con nosotros mismos.

          Emma Taping constituye un buen ejemplo de esto que escribo; por supuesto que decenas de miles de detractores pueden despreciar el consumismo exacerbado de nuestros días; con justa razón se preguntan a dónde han ido a parar los buenos deseos, la necesaria reflexión, el recogimiento y, sobre todo, la comunión con nuestras creencia religiosas más dulces que giran en torno al nacimiento del niño Jesús; e inspirados de santa cólera pueden despreciar todo aquello que corrompe el verdadero espíritu de la Navidad (empezando por el asqueroso mono panzón con barbas, vestido de rojo), pero ¿cuántos de ellos viven a cabalidad ese espíritu navideño? ¿Todos y sin excepción pasan estos días en el templo orando? Por poner un caso; ¿o hacen durante este mes un balance de vida respecto de sus buenas y malas acciones durante el año que está a punto de concluir, con propósitos de enmienda? ¿Ninguno de ellos se brinda a sí mismo -o da a otros- obsequios extravagantes? ¿Celulares de más de diez, quince o veinte mil pesos (que en realidad nadie necesita)? ¿Juguetes y aparatos electrónicos de cientos/miles de pesos (o dólares o libras o euros)? ¿Zapatos “de marca”? ¿Ropa de diseñador? ¿Todos ellos son personas de hábitos austeros volcados hacia el exterior que esta Navidad están regando el Planeta con su generosidad? ¿Todos son samaritanos de primera línea que se quitan el pan de la boca para dárselo a los niños etíopes durante el resto del año y particularmente en estas fechas? Por otro lado: ¿Y si Emma trabaja como loca todo el año y todo el año ahorra para darle este gustazo a los suyos?

          Por eso es tan difícil opinar. Porque no basta que la conducta ajena nos parezca deleznable o no; para abrir la boca es preciso revisar, previamente, el propio proceder y luego ya empezamos a platicar. Bien por Emma que quiere y pude darse esos gustos; ojalá todos pudiéramos tenerlos tan cerca como uno quisiera y ser tan generosos con los seres que amamos; y ojalá, también, todos fuéramos capaces de dar de sí al resto de las personas que viven más allá del cerco de las paredes que habitamos, o del barrio, la ciudad o país. No es lo que damos a otros los que nos hace mezquinos o miserables, es lo que dejamos de dar a quienes lo necesitan pudiéndolo o debiéndolo hacer. El resto de nuestras vidas es en realidad una pérdida de tiempo.

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo a mis casi 50 lectores, que Dios los llene de bendiciones y nos  vemos en enero.

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Luis Villegas Montes.

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DE ANIMALES A DIOSES.

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Emplazado a escribir -es jueves y ¡omg! no tengo nada sobre qué hacerlo-, enristro la pluma virtual y miro fijamente la página en blanco. Claro que eso de “no tener nada sobre qué escribir” es relativo; temas sobran; sin embargo, varado entre la prudencia y el decoro, mis ansias de escribidor se atemperan. Miro de reojo el libro que estoy leyendo a ratitos y me decido de golpe. “De animales a dioses”.1 Escrita en tono ameno y ligero, la obra es una provocación.

Es más; para muchos podría ser, incluso, un golpe bajo a su autoestima. Del hecho escueto (confirmado por la ciencia -según Noah Harari-), a saber, que hace 100 mil años al menos seis especies de humanos habitaban la Tierra y que al día de hoy sólo queda una, la nuestra, procede el autor a despejar, o por lo menos a intentarlo, una serie de preguntas acuciantes para una porción de la humanidad: ¿Cómo logró nuestra especie imponerse en la lucha por la existencia? ¿Por qué nuestros ancestros recolectores se unieron para crear ciudades y reinos? ¿Cómo llegamos a creer en dioses, en naciones o en los derechos humanos; a confiar en el dinero, en los libros o en las leyes? ¿Cómo acabamos sometidos a la burocracia, a los horarios y al consumismo?

Todo sea dicho, en la mayoría de los casos, las respuestas parecen terriblemente deslumbrantes; escrito así, tal cual se lee: Terriblemente deslumbrantes. Con implacable lucidez, el maestro de historia no deja títere con cabeza y desmonta, pieza a pieza, los engranajes de nuestras creencias; de las más conspicuas, la religión, por ejemplo; a las más banales, donde podríamos situar a la política y al dinero, de no ser porque, querámoslo o no, modelan nuestra vida actual.

La historia que cuenta, parte de una afirmación lapidaria y, para muchos, inaceptable, conforme a la cual, el génesis de la Humanidad se halla en un grupo de “simios sin importancia” quienes, a unas pocas vueltas de tiempo, se convirtieron en los “amos del Mundo”. Harari traza una breve historia de la raza humana pautada por tres grandes revoluciones: La cognitiva, la agrícola y la científica; y a partir de hallazgos científicos en distintas áreas del conocimiento, explica los cómos de la sociedad moderna e incluso nuestra desquiciada y a veces esquizoide personalidad.

Una serie de afirmaciones breves (que no son propias) pueden servirnos como hilo conductor de la narración:

  • El fuego nos dio poder;
  • La conversación hizo posible que cooperáramos;
  • La agricultura alimentó nuestra ambición;
  • La mitología sostuvo la ley y el orden;
  • El dinero ofreció algo en lo que confiar;
  • Las contradicciones crearon la cultura, y
  • La ciencia nos hizo imparables.

En lo personal, el libro me pareció muy inquietante e incluso, a trechos, desalentardor. Junto con el autor podríamos preguntarnos: ¿Hemos ganado en felicidad a medida que ha avanzado la historia? Mi respuesta categórica es no. ¿Seremos capaces de liberar alguna vez nuestra conducta de la herencia del pasado? Me parece improbable. ¿Podemos hacer algo para influir en los siglos futuros? Tal vez, pero yo no apostaría por ello; inmersos en una corrupción y autocomplacencia que permean y lo contaminan todo; exaltados el mercado y el dinero hasta límites inimaginables; y en una cultura (auténtica aldea) global donde el poder de las élites es cada día, permítaseme la expresión, más poderoso; el futuro de la humanidad pareciera temiblemente incierto.

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1 HARARI, Yuval, Noah. De animales a dioses. 4ª. reimpresión. Debate. México. 2015.