3ª. REFLEXIÓN  ORTEGUIANA: ¿EL “LOCO” DE TRUMP?

          En la “Rebelión de las Masas”, escribe Ortega: “Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre. Se llama la rebelión de las masas”.1 Y párrafos después, agrega: “Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente ‘como todo el mundo’ y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás”.2

          Estas líneas son ilustrativas del pensamiento de Ortega, reflejan de buena manera el planteamiento medular de la obra y, sobre todo, constituyen una explicación a muchas de las desgracias de nuestros días; a saber, la masa, en pleno, como detentadora del poder público; pero como esto es imposible por definición, es forzoso que éste recaiga en personas ordinarias. Hombres y mujeres que, incapaces de valorarse a sí mismos, tanta su simpleza y mediocridad, se conforman con vivir sumidos en su mezquina vulgaridad, en su indolente pequeñez, en su palmaria insignificancia; sólo atenta a su apetito voraz de todo: Bienes materiales, reconocimiento, honores, etc.

Empero, ese no es el problema, el problema es que ese es el talante, generalizado, de los ciudadanos del Continente Americano -por lo menos- y, por ende, de nuestros gobernantes porque, todo sea dicho, éstos no caen de los árboles ni se dan en ellos. Los líderes políticos, en su mayoría, son una eclosión de la sociedad en que habitan.

Pues bien, pensar que el aspirante republicano a la Presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, es un “pobre loquito”, no sólo constituye una soberbia estupidez, sino que ignora la raíz del problema: Por una parte, que Donald Trump no está solo. Donald Trump representa una porción del pueblo norteamericano; una significativa porción del mismo, que lo apoya con entusiasmo, como lo demuestra el hecho de que el precandidato posee el 39% de la intención de voto en su Partido, según una nueva encuesta de NBC News del mes pasado.3

Un “loquito” similar incendió Europa en 1939. Si alguien piensa que Hitler fue capaz de hacer lo que hizo porque era un estupendo orador o porque tenía una “personalidad magnética” no solo es un perfecto idiota, sino un completo ignorante. El mayor mérito de Hitler no fue, en lo absoluto, convencer a los alemanes de que era necesario emprender la guerra; su mayor mérito -y no es poca cosa-, fue encarnar el acendrado nacionalismo del pueblo alemán todavía resentido -20 años después- por el Tratado de Versalles y la derrota sufrida tras la “Gran Guerra”, “leer en su alma” y obrar en consecuencia. Y conste que los orígenes de Hitler son todavía más oscuros que los de Donald Trump; un personaje polémico, popular y, para colmo, multimillonario; quien además, cuenta con unos recursos económicos y herramientas mediáticas ingentes que el Führer ni siquiera podía haber imaginado; aunque, todo sea dicho, sí le haya hecho su luchita.

Donald Trump es un peligro para América Latina porque encarna el sentir de una fracción del pueblo estadounidense, quizá aquella xenófoba, racista e imbécil, que increíblemente parece ignorar o por lo menos no ser consciente, de que los orígenes de aquella nación (si “nación” puede llamársele a ese mosaico de culturas, etnias, lenguas y creencias) se encuentran en la riqueza de su diversidad a la que contribuyeron gente procedente de los cuatro continentes: Sajones, ingleses, nórdicos, sí, pero también asiáticos, latinos y negros, una multitud de personas, millones de seres humanos, de hombres y mujeres de toda laya y condición que constituyen el germen de la sociedad norteamericana de hogaño.

Trump y sus seguidores constituyen el mejor ejemplo de esa masa mediocre de la que se lamentaba Ortega; ahíta de satisfacciones materiales, pero vulgar en el fondo; incapaz de una reflexión profunda que los afiance en su singularidad, en su unicidad; y la propia de los Estados Unidos, la más característica tal vez, es ese crisol de razas de la que emerge, poderoso, el mito del “Sueño norteamericano”. Imbéciles cuantos piensan que los mexicanos o, para el caso, los latinos, han ido empobrecer a la orgullosa Norteamérica; la cual le debe tanto a México, empezando por la mitad de su territorio.

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[1] Énfasis añadido. ORTEGA Y GASSET, José. La rebelión de las masas. México. 2010. La Guillotina. Pág. 10.
2 Énfasis añadido. Ibídem. Pág. 16.
3 Portal de Telemundo; visible en el sitio: https://www.telemundo.com/noticias/2016/02/26/trump-y-clinton-lideran-las-encuestas-nivel-nacional Consultado el 29 de marzo de 2016 a las 08.00 hrs.
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2ª. REFLEXIÓN  ORTEGUIANA: LA VICTORIA DE ORTEGA.

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         He escrito ya sobre esa conmoción que ha producido en mí la lectura José Ortega y Gasset.[1]

         Escribe el autor (cuya obra ha sido calificada como “la mejor biografía de 2014”2) en la contraportada: “Esta biografía narra numerosas batallas, pero sobre todo dos: la primera es la de Ortega contra todos; la segunda es la de Ortega contra Ortega mismo. Las dos son fulgurantes y en las dos pierde Ortega”. Esta derrota se explique, quizá, por las altas expectativas que el propio Ortega tiene de sí mismo: “Esta es la historia de una frustración y es también la historia de un éxito insuficiente”,3 así comienza la biografía. Y agrega luego en una entrevista: “La frustración es el incumplimiento de los horizontes más altos que Ortega fragua sobre sí mismo, porque son altísimos y, por tanto, condenados al fracaso. Por otra parte, es inequívoco que él sabe que ha conquistado un éxito instantáneo desde el momento en que abre los ojos a la vida. Es alguien en quien todo el mundo deposita la noción del éxito pero no por lo que va a hacer, sino por lo que ya es; y sin embargo, esa repercusión, percepción o evidencia del éxito de la obra intelectual o institucional y política de Ortega es insuficiente para satisfacer la noción que él se asigna a sí mismo como deber”.4 A caballo con esta visión de las cosas, tenemos que Ortega era un hombre “insultantemente inteligente” y “una máquina de pensar infatigable”.5

         Sin embargo, la biografía, excelente, bien escrita, amena, inteligente, también nos muestra un lado más humano de Ortega; entre ellos, su relación, plagada de equívocos, con Victoria Ocampo. Una dama de la alta sociedad bonaerense que desde el primer instante cautivó al filósofo por su belleza e inteligencia. Aquí, algunos párrafos tanto del libro como de una carta que le escribe él a ella en el mes de febrero de 1930:

  • “Me aterra entrar en el tema (la vida misma de cada uno) porque es enorme. Es enorme porque lo característico de eso que se llama Vida, la Tuya, la Mía, la de Cada Cual -la vida es una realidad a la que es esencial ser siempre Alguien- es existir en un mundo determinado inexorablemente, en este de ahora. Tu Vida depende de lo que en el mundo pase y de lo que el mundo sea. Tú no eres más que uno de los dos grandes ingredientes de tu Vida: el otro es el Mundo. Por tanto yo no puedo en serio hablarte de tu Vida sin hablarte del Mundo”;
  • Una vida acierta cuando vive hacia, con y de lo más auténtico y sustancias de cuanto pasa y es en esta hora el mundo. Es inútil que tú seas admirable si no vives losustancial de tu época. Para esto tu vida tiene que dejar de resbalar sobre el mundo (divertirse, ver, oír, tratar, encapricharte) -tiene, por el contrario, que hincarse en él-. Ahora bien, por determinadas coincidencias, en estos momentos en que el mundo está, él por sí, en crisis radical acaece que la sustancia del mundo no tiene nada que ver con su superficie”;
  • “Me darás la razón sin más que formalizar tu propia impresión de lo que te rodea. Ves con evidencia que eso es todo liquidación de una realidad fenecida, fantasma y larva de un pretérito. Pero no es menos evidente que alguna otra realidad se estará preparando. Esa realidad será el Mañana próximo. Y tienes, sin remisión, que decidirte: o resbalar por el Hoy o disponerte a llegar tú plenamente con el mañana.Toda la vida actual está en sus últimos minutos y rápidamente se incorpora otro tipo de vida radicalmente distinto. Pero, claro es, precisamente porque será lo que mañana triunfe no se encuentra esa nueva vida en la calle ni en los escaparates. Dar con ella supone trabajo, esfuerzo, adscripción, vocación -no diversión-. La vida “actual” está ahí, ya hecha. Por eso cualquiera puede verla, usarla, gozarla, saber quién es y qué es. La otra se está haciendo, su realidad es su hacerse y sólo se la ve haciéndola, es decir, sumiéndose en ella, en sus problemas, en sus iniciaciones, adoptándola como destino”, y
  • “Me aburro de escribirte todo esto cuya aclaración y concreción -únicas cosas que pueden extirparle ese aire vago, sibilino- sólo larguísimas conversaciones podían traer. Me aburro de mi carta. Me voy de ella. Adiós, entrañablemente tuyo

                                                                                                                                                            Ortega”.6

Sin embargo, la lúcida pasión de estos párrafos no fue correspondida como Ortega esperaba (y quería): “Ella, en cambio, era capaz de enamorarse del talento de un hombre, pero incapaz de transformar en amor de orden sexual este enamoramiento si el aspecto del genio, por genio que fuese, no le entraba por los ojos y no respondía a una afinidad de orden físico, no metafísico. Y él no fue suficiente para arrebatarla de su amante Julián y mover en Victoria Ocampo ‘otras zonas de mi ser’, de modo que ‘no pasaría las fronteras. Esto ocurrió con Ortega’”.7

Al final, escribe Ortega del amor: El “verdadero amor se arrastra siempre ulcerado e incumplido. Todo el que ha amado y sabe apartar las descripciones convencionales para mirar de frente a su interior enamorado se da cuenta de que la pasión no le fue impuesta sino que hubo un claro momento en que fue libremente aceptada. Los grandes amores suelen nacer de un golpe y de una buena vez, pero es mentira que sea ineluctable. Todo lo contrario: lo vimos claramente ante nosotros abrirse como una sima incendiada y un abismo de martirio y en pleno goce de nuestro albedrío resolvimos arrojarnos en él. Aparece en realidad como una terrible y serena decisión de padecer”.8

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[1] GRACIA, Jordi. José Ortega y Gasset. Serie: Españoles eminentes. 1ª. edición (en México). Taurus y Fundación Juan March. México. 2015. Págs. 90 y 176.
2 Artículo suscrito por María Ibáñez, publicada el 30 de diciembre de 2014, con el título: “Ortega y Gasset’ de Jordi Gracia, la mejor biografía de 2014”; visible en el sitio: http://www.actualidadliteratura.com/ortega-y-gasset-de-jordi-gracia-la-mejor-biografia-de-2014/
3 GRACIA, Jordi. Ibídem. Pág. 15.
4 Artículo suscrito por Mario S. Arsenal, publicada el 11 de junio de 2014, con el título: “JORDI GRACIA: ‘TODO ORTEGA ES UNA BOMBA DE RELOJERÍA’”; visible en el sitio: http://revistadeletras.net/jordi-gracia-todo-ortega-es-una-bomba-de-relojeria/
5 Artículo publicado el 22 de mayo de 2014, con el título: “Luces y sombras del filósofo Ortega y Gasset”, publicada por el periódico español El Universal.
6 Carta publicada el 17 de noviembre de 2014, en la revista Nexos. Énfasis añadido.
7 GRACIA, Jordi. Ibídem. Pág. 245.
8 Ibídem. Pág. 257.

1ª. REFLEXIÓN  ORTEGUIANA: LOS ORÍGENES, COMO UN CAN APALEADO.

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          Cuando tenía 15 años no tenía muy claro qué quería hacer con mi vida (y sigo sin tenerlo claro) pero sí tenía muy claro qué no quería. En aquel entonces, el asunto del gobierno me parecía un tema de cinismo ramplón entre gentes que se debatían entre una rapacidad voraz y una estulticia sin límites; es decir, un asunto entre ladrones e imbéciles; débiles morales todos; alentados por la cobardía, la ignorancia o la codicia.

            Luego conocí a don Manuel Gómez Morin (es un decir, claro), a don Efraín González Morfín, a Adolfo Christlieb Ibarrola, y las cosas empezaron a cobrar forma, a tener sentido. Algo que me seducía, era la lucidez, la sencillez, la originalidad y la fuerza de su pensamiento: La restauración de la Patria a partir de la regeneración ciudadana. Construir ciudadanos para construir al País o dicho a la inversa: Construir México a partir de construir ciudadanos. Y piénsese que don Manuel (el iniciador) no escribió hace 30 o 40 años. En 1928 le escribe don Manuel a José Vasconcelos: “En resumen: ¿vale más lanzarse a una lucha que pueda llevar a los grupos contrarios al exterminio, para lograr el triunfo inmediato o perderlo todo, o vale más sacrificar el triunfo inmediato a la adquisición de una fuerza que sólo puede venir de una organización bien ordenada y con capacidad de vida?”.1 En el informe que rindiera a la Asamblea Constituyente del PAN, sería más explícito: “Lo importante… es formar de nuevo la conciencia nacional dándole otra vez el sentido histórico de la realidad y del destino de México”.2 Esa misión asignada a Acción Nacional se reiteraría en el transcurso de los años por venir: “Mientras no exista una conciencia pública organizada, actuante, ninguna fuerza externa podrá efectuar la necesaria renovación de la vida pública de México”;3sin maniqueísmos ni reticencias, hemos buscado por encima de los triunfos electorales la formación de opinión pública”.4

           Hace unos días, me topé con un libro que compré sin titubeos: “José Ortega y Gasset”;5 una biografía del extraordinario filósofo español. Empecé a leerlo (voy apenas en la página 300) y, con azoro, caí en la cuenta de que ahí estaban, prístinos e intactos, los planteamientos (los fundamentos) de Acción Nacional. Escribe Ortega:

  1. “Está el nacionalismo del compromiso civil y cultural, enraizado en el pasado pero contra el pasado, y más aún contra el pasado de leyenda; […] la llamada a un ideal nacional propio y fuerte; la exigencia de la educación y la alta cultura como mecanismo a medio plazo para una resurrección integral; la fe en la vitamina ética para una reforma política […]”;6
  1. “Es la reforma profunda del carácter español lo urgente, porque el carácter es lo único reformable desde la educación y la enseñanza”;7
  1. Es necesaria la pedagogía política (en el sentido moral de la palabra) para “formar ‘la consciencia de ciudadano lentamente’ y cumplir con la ‘intervención en los asuntos públicos’, que es ‘un deber primario superior a todos los demás’”,8 y
  1. “La posición de España está demasiado cerca de la cobardía y la parálisis: ‘no tenemos afán de vivir, de gozar ni de imperar’; […] nuestra raza se ha tumbado al borde del camino como un can apaleado”.9

         No fue decepcionante constatar que mis héroes (entendida la voz “héroes” como la entiende Ortega, para quien la virtud más alta de un héroe está en “un poco de materia puesta a arder”10) fueran hombres de carne y huesos que abrevaron en ese pozo de sabiduría; es más, muy por el contrario, fue una agradable sorpresa redescubrir México tras esa mirada; sus males -que yo equivocadamente creía endémicos-, compartidos por esa España de la que se duele el filósofo. México, como anhelo frustrado, como aspiración legítima y trunca. México como potencia a medias. México, discurso vaciado de contenidos a fuerza de mancillar las palabras. México de mitos y leyendas y una historia mal contada, pésimamente asimilada y peor comprendida. Un México que no acaba de “cuajar” como nación y cuyos hijos, títeres sin cabeza, somos incapaces de rebelarnos, y antes, aplaudimos y ensalzamos a aquel que nos subyuga, que nos aplasta.

           El azoro, como ya dije, no provino de encontrar esa feliz coincidencia, en lo absoluto. Su origen se halla en la triste y cotidiana constatación de que México, mejor dicho, los mexicanos -100 años después de la reflexión orteguiana o 90 de la gomezmoriniana- estamos demasiado cerca de la cobardía y la parálisis; sin afán de vivir, de gozar, DE IMPERAR; nuestra raza (joven) se ha tumbado al borde del camino -y ahí yace- como un can apaleado. Y quien sostenga lo contrario miente… o se engaña.

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[1] Carlos Castillo Peraza (Comp. “Manuel Gómez Morín. Constructor de Instituciones”. México. FCE. 1994, Págs. 127-130.
2 Cuaderno de trabajo de “Introducción al Partido”. Secretaría Nacional de Formación y Capacitación Política del CEN del PAN. México. 2002. Pág. 30.
3 Manuel Gómez Morín. “Ideas Fuerza”. 4ª. Edición. Ed. “EPESSA. México. 2002. Pág. 75.
4 Partido Acción Nacional. “Adolfo Christlieb. Escritos periodísticos”. Ed. EPESSA. México. 1994. Pág. 376.
5 GRACIA, Jordi. José Ortega y Gasset. Serie: Españoles eminentes. 1ª. edición (en México). Taurus y Fundación Juan March. México. 2015.
6 Ibídem. Pág. 72. Énfasis añadido.
7 Ibídem. Pág. 81.
8 Ibídem. Pág. 90.
9 Ibídem. Pág. 211.
10 Ibídem. Pág. 208.

AGUA EN LOS OJOS.

 

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– “Papá”. –“Dime”. “Nada más reprobé dos”. Ése es Adolfo. Mi hijo menor. “Felicidades”, le dije de todo corazón; y es que, comparado con las cinco de la vez pasada, por supuesto que ya es ganancia. “¿Y cuáles?”; quise saber. “Sistemas” (y no sé qué otra). “¿Cómo que sistemas Adolfo?, si te la pasas todo el día con la tablet”. “Sí; es que nos pidieron que hiciéramos una página electrónica”. “¿Y luego?”; “no, pues no sé cómo”. “¿Y por qué no le dijiste a alguien?”. “No, si sí le dije; y hasta le pagué”. “¿Cómo que le pagaste? ¿Cuánto?”. “Cincuenta pesos”. “No, pues por cincuenta pesos…”. “Pues ése fue el problema. Que el que me la hizo a mí se la hizo a otros ocho y el maestro se dio cuenta” (el maestro tendría que haber estado muerto para no darse cuenta). “¿Y por qué no le dijeron que trabajaron en equipo?”; “no, si sí le dijimos”. “¿Y luego?”; “no, pues no nos creyó”. Así reprobó mi hijo “Sistemas”.

          Pregúntenme si me enojé. Adolfo hace dos horas diarias de pesas; desdeñó irse conmigo a unas vacaciones envidiables para irse esta Semana Santa a la sierra de “misiones” (va a representar a uno de los dos ladrones que colgaron al lado de Jesús -yo espero que sea Dimas-); no fuma, ni toma, ni consume estupefacientes; hace más de un año que maneja sin incidentes graves; estudia inglés en la UACH; lee como desesperado, lleva decenas de libros en su haber; escribe cuentos y poesía; y tiene muy claro qué y quién quiere ser en la vida y, créanmelo gente, lo que él quiere ser y hacer en esa vida (SU vida, por cierto) no tiene nada que ver con matemáticas, ni biología, ni química, ni -por supuesto- con “Sistemas”; así que ya veremos cómo le hace para terminar la prepa pero concluido el ciclo escolar se irá de aquí a empezar lo que espero sinceramente sea una segunda etapa de formación, fuera del acolchado núcleo familiar, más relacionada con la profesión que, al día de hoy, tiene qué ver con hacer cine. A renglón seguido, tranquilamente puso un tango de Gardel -“Por una cabeza”- y me retó: “¿Qué apuestas a que me sé toda la letra?”; estúpidamente acepté una apuesta desmesurada y, a Dios gracias, a la segunda estrofa metió la pata de manera garrafal. Perdió miserablemente pero, ahí nomás, se me mojaron los ojitos por primera vez. No sé; sentí tanta emoción, tanto júbilo, tanto orgullo, de escucharlo cantar con su voz de adolescente un tango viejísimo, entrañable por lo demás, que empieza a formar parte de su vida llena de ideas, de libros, de conceptos, de música y de canciones que no necesariamente “siguen la moda” (esa estridencia alocada de nuestros días tan cara a la juventud de hoy).

La segunda vez que se me mojaron los ojos en la misma semana fue cuando vi a Luisa, mi nieta, la mayor. Ya de regreso para dejarla con su mamá, empezamos a platicar de cómo le va en primer año. “¿Y ya conoces las letras?”; “ya, abuelo”. “¿Y ya sabes leer?”; y esa pregunta la respondió con una modestia difícil de explicar: “Un poco”. –me dijo-. “A ver”. Y empecé a teclear palabras en mi celular. “¿Qué dice aquí?”, “mamá”; “¿Y aquí?”, “beber”; “¿Y aquí?”, “gato”; “¿Y aquí?”, “cama”; “¿Y aquí?”, “sopa”. A ver, me dije a mí mismo, vamos a usar letras “raritas”: “¿Y aquí?”, “niña”; “¿Y aquí?”, “zona”; “¿Y aquí?”, “vida”; “¿Y aquí?”, “hilo”; y ni una sola vez, ni una, titubeó o se equivocó. Lenta, pero con voz firme, lo leyó todo.

Decirles que se me abrió un pequeño abismo en el pecho se oye como una estupidez pero así sentí. Estoy en Juárez mientras escribo estas líneas, aplicando un examen a mis compañeros del INFORAJ, y ya quiero que sea domingo y estar allá y cumplirle la promesa que le hice de comprarle muchos libros. “pero que estén chiquitos y que tengan letra grande, abuelo”, me pidió ella; y sí; ¡claro que sí!, van a ser libros delgaditos, con muchos monos y letras muy grandes para que, ojalá, ojalá, empiece a agarrarle gustito a la lectura y a descubrir el mundo más allá de los estrechos límites de la mirada y sepa y entienda que los ojos sirven para algo más que ver; sirven también para mojarse a ratitos al constatar que los seres queridos, los más jóvenes, empiezan a afianzarse a partir no solo de experiencias sensoriales sino también a golpes de imaginación, de voluntad y de inteligencia. Y por eso el título de estos párrafos, escritos ya con los ojos bien secos, pero el corazón henchido.

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