EL viejo comunista

 

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      No se los he dicho, pero resulta que entré a un taller de escritura, otro, luego del fallecimiento de mi entrañable maestro don Gabriel Borunda. Éste lo organiza mi más reciente amiga, y compañera rotaria, Irma Celaya en su centro de estudios de “El Ágora”. Pues total ahí me tienen. Que me encanta escribir es un hecho público; que no soy muy bueno, también lo es; pues sin nada mejor que hacer a mis cincuenta años, me metí. Esta semana les comparto uno de mis cuentos; no el mejor ni el que más me gusta; sólo uno que me pareció divertido y tantán.

        No es que no tenga sobre qué escribir; temas sobran; desde el infausto aumento de la gasolina, hasta las peripecias de la política local; pero como ya estuvo bueno de sobresaltos, de ordeñar al hígado y de mojar mi pluma en él, decidí que por lo menos en todo el mes de enero no, no, no, no, no, no iba a ocuparme de tanto estropicio y me iba a dar el gusto de refocilarme en párrafos menos enojosos y más gratificantes… o por lo menos había de intentarlo.

        Como ya sabrán los que han participado en algún taller, y si no lo saben se los estoy diciendo, una de las dinámicas más socorridas es sugerir que el relato se realice a partir de un tópico específico, de alguna línea argumentativa o satisfaga ciertos requisitos; Víctor, nuestro coordinador, nos pidió en esa ocasión un relato cuyo elemento principal fuera la descripción de un personaje real o imaginario. Yo escribí esto, a ver qué les parece; se los dejo con la clásica advertencia de que es producto de la ficción y cualquier semejanza con la vida real es mera coincidencia.

EL VIEJO COMUNISTA.

      Todo mundo solía pensar de don Faustino Barrales que era el vivo ejemplo de la congruencia. Vestía trajes arrugados y lustrosos de colores indefinibles; calzaba zapatos sucios y polvorientos; y usaba una corbata manchada con rastros de huevo, chile colorado o lamparones de café; los bolsillos de la camisa y del saco estaban siempre atiborrados de papeles, notas, tarjetitas, recordatorios; de plumas de dos, tres y hasta cuatro colores. Compraba billetes de lotería sin ton ni son, le encantaba armar ‘vaquitas’ entre sus contertulios, que luego olvidaba verificar en el quiosco de periódicos. Cualquier pasquín de izquierdas, que cuando no le tiznaba las yemas de los dedos asomaba de la bolsa anterior del desastrado pantalón, era su lectura predilecta. Su cabeza, calva a medias, la cubría con un viejo sombrero de paja. Usaba unas gafas frecuentemente reparadas con cinta adhesiva.

         Flaco, enjuto, macilento, de rostro demacrado y ojos hundidos en sus cuencas; sus manos eran ásperas y de uñas rotas, tan pronto enristraba la pluma como el pico o la pala. El cinturón no era de su talla por lo que debía agujerarlo él mismo con un picahielos para ajustarlo a la medida de sus caderas esmirriadas.

       Se reunía en cafetines o cantinas de mala muerte con cualquiera que pudiera pagarle la copa para deleitarse con los pormenores de sus andanzas; y siempre se refería a ellos como ‘camaradas’.

       Peroraba en plazas y parques; en los patios de las fábricas o en pequeños cenáculos de ‘rojos fieles’, como solía decir. Sus discursos eran incendiarios, poblados de los lugares comunes de la izquierda radical de la época de los cincuentas y plagados de adjetivos previsibles y contundentes: ‘Capitalistas’, ‘latifundistas’, ‘explotadores del proletariado’, ‘chupasangres’, ‘vividores’.

         Su mujer e hijos habían escuchado hasta la saciedad palabras como: ‘Capital’, ‘jornal’, ‘huelga’, ‘conflicto obrero patronal’, ‘salario mínimo’, ‘Marx’, ‘Lenin’ y se sabían de memoria los largos monólogos salpicados de recuerdos, anécdotas e historias, algunas inverosímiles, que les contaba alrededor del desvencijado calentón de petróleo que tan pronto estaba en la sala, como en la cocina o en alguna de las recámaras de la casa de renta en turno.

        Había sido amigo de Rubén Jaramillo, decía, del legendario Heberto Castillo y del oaxaqueño Demetrio Vallejo, entre otros muchos. En Chihuahua, fue compañero del ‘Tigre’ Aguilar, emplazado por la muerte en repetidas ocasiones y que al tiempo halló su propia vereda, del extrañamente lozano profesor Becerra y de los líderes Aguilar y Sigala -muerto en forma prematura- cuando no eran el par de trúhanes que terminaron siendo… como le gustaba enfatizar. Declamaba a otro Vallejo, al peruano César Vallejo, sabía de memoria todos los poemas de Efraín Huerta y se le arrasaban los ojos de lágrimas con algunos párrafos de García Lorca.

        Un día, a don Faustino se le ocurrió revisar los números de un montón de billetes de lotería.

           Desapareció y nadie jamás volvió a saber de él.

        Se olvidó de sus contertulios, de sus camaradas, de sus hijos, de su esposa, de su liturgia sediciosa y alborotadora, de sus prédicas; de Rubén Jaramillo, de Heberto Castillo y de los poemas de Efraín Huerta y García Lorca.

        Ahora vive en Acapulco, en un condominio con vista al mar y bebe ron cubano traído especialmente desde la isla, pero sólo con agua, hielo y un chorrito de limón, porque la Coca Cola le parece imperialista y contrarrevolucionaria”.

 

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¿NO QUE NO? O DE LIBROS Y DE FE. 3ª. DE 3 PARTES.

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           Por eso cuando escribe sobre Marcial Maciel: “Maciel no debe figurar como una excepción terrible o una anomalía, sino como el reflejo más vívido y coherente de México y de la Iglesia Católica. Fue un político que, como todos los de su patria, exhibía una fachada limpia solo para ocultar un sótano percudido; un pecador arrepentido, demonio y santo al mismo tiempo; y una metáfora perfecta de un lugar y unas creencias que privilegian y alientan estas vidas dobles, triples, en los cimientos de su sistema ético”.1 ¿Qué debemos pensar? ¿Reflejo más vívido y coherente de México y de la Iglesia Católica? ¿Metáfora perfecta de un lugar y unas creencias? Volpi es un imbécil si piensa que existe la más mínima posibilidad de afirmar que Marcial Maciel constituye una especie de prototipo del católico mexicano o que la Iglesia alienta o solapa ese tipo de desdoblamientos éticos; y más imbécil si no se da cuenta que está haciendo generalizaciones explicativas de una supuesta mexicanidad (según su visión) que según su dicho previo, es inviable por artificial e inútil. Por esa misma razón carece de validez formal cualquier reflexión o conclusión que intente, como cuando afirma: “Como el cuerpo del rey, México requiere una autopsia semejante. Una anatomía que nos revele el modo en que destruimos el país en estos años. Pero preferimos olvidar o atrincherarnos en nuestra indiferencia antes que perseguir la verdad”.2 Es en este punto donde Volpi se suicida; se mata a sí pues, por falta de coherencia, asesina sus conclusiones; y lo que es peor, si no rectifica en el futuro, se autodescarta como ensayista in sæcula sæculorum para formular cualquier juicio con tintes ecuménicos sobre lo mexicano o, para el caso, cualquier tópico.

         Ya para finalizar, me serviré como referente, del título que encabeza estos párrafos que, pensados originalmente en dos partes, terminaron en tres. El “¿no que no?” se explica por la foto del Adolfo que engalana estas líneas. Si efectivamente él y Evelyn no andan quedando, ¿cómo se explica esa foto de su Whatsapp, eh? Eso es para que vean ustedes que hocicón y chirinolero no soy… o, bueno, sí soy, pero esta vez no. En todo caso, como dicen los chavales de secundaria: “¡Son novios! ¡Son novios!”.

         En cuanto al asunto de la fe, lo menciono porque frente a los ateos irredentos, como parece serlo Volpi, suelo formular dos argumentos. En primer lugar, la mayoría de ellos suele atrincherarse en la supuesta falta de una prueba que demuestre la existencia de Dios; lo cierto es que no existe prueba ni demostración de nada; no existe nada en el Universo sensible que pueda reputarse como efectivamente comprobado, por mucho método científico que se emplee en el intento, y ni siquiera algo remotamente “racional”, con ese peso categórico que los ateos pretenden. Por un lado, cualquier manifestación sensible pasa por nuestro cerebro; por otro, la “racionalidad”, entendida como una plena consciencia es un mito.

         En primer lugar, no existe manera de demostrar que lo que yo pienso existe realmente fuera de mí. Para efectos prácticos, bien podríamos estar en la Matrix; el propio Volpi se pregunta: “¿y si yo, y el mundo que me rodea, no estuviese en otro lugar que aquí ──me señalo la sien──, en las cavernas de mi cráneo?”.3 En segundo, lugar, ¿qué son las ideas y hasta dónde, realmente, nos pertenecen?: “Las ideas no son inmateriales o etéreas, sino el resultado de configuraciones precisas de sinapsis y redes neuronales, como propuso Robert Aunger en The Electric Meme (1998). Lo más interesante es que se hallan sometidas a las mismas reglas de la evolución que gobiernan a los seres vivos […] ¿Qué mayor capacidad de adaptación para una idea que incrustarse en esa parte de la conciencia que consideramos esencial para nosotros?”.4 Para su desgracia (y la de los ateos), en este punto, Volpi soslaya que en 1960 se demostró científicamente que el impulso es muy anterior a la toma de consciencia. El doctor Benjamín Libet colocó electrodos en la cabeza de sujetos de prueba y les pidió que fijaran la vista en un reloj en el momento justo de decidir, con absoluta libertad, realizar una tarea tan simple como levantar un dedo. Al revisar cada encefalograma, Libet se sorprendió al descubrir que la actividad cerebral empezaba antes de sentir el impulso; más de un segundo de hecho.5 Es decir, Libet demostró que las decisiones se adoptan en el subconsciente mucho antes de experimentar el deseo. ¿Cuál libertad pues, cuál consciencia?

           El segundo argumento se basa en la afirmación, “científicamente demostrada”, de que no existe la generación espontánea. Es más, existe la llamada “Ley de conservación de la materia” que puede resumirse así: “La materia ni se crea ni se destruye sólo se transforma”. De este modo, siguiendo escrupulosamente a los ateos, ¿el origen del todo es la nada? Conste que aquí no nos vale la teoría del payaso de Stephen Hawking según la cual el universo se formó a sí mismo: “La teoría M es la teoría supersimétrica más general de la gravedad. Por esas razones, la teoría M es la única candidata a teoría completa del universo. Si es finito —y esto debe demostrarse todavía— será un modelo de universo que se crea a sí mismo. Nosotros debemos ser parte de ese universo, ya que no hay otro modelo consistente de universo”.6

          En resumen: La ciencia no ha probado la existencia de Dios, cierto; como también lo es que, al día de hoy, no existe nada como una “ciencia definitiva” que explique el qué, el porqué, el para qué y, sobre todo, el cómo, de todas las cosas. La idea más evolucionada sobre el origen del universo sostiene, hágame Usted el refavrón cabor, que se creó de la nada; eso por un lado; y por otro, esa ciencia también ha demostrado que, al día de hoy, ni siquiera somos dueños de nuestro pensamiento, excepto para decir: “¡No!”. Ya encarrilados, creer en la definitividad de la ciencia es un acto de fe, exactamente igual que creer en Dios. Con la diferencia de que la idea de Dios constituye un referente ético para todos los efectos de la vida práctica, resumido de un modo admirable por Jesús: “Amad al prójimo como a ti mismo”; pretensión que no riñe con esa consciencia acotada que no sirve para explicar por qué pensamos lo que pensamos pero sí para imponer un freno a nuestros actos.

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Luis Villegas Montes.

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1 VOLPI, Jorge. Examen de mi padre. Alfaguara. México. 2016. Pág. 209.

2 Op. cit. Pág. 287.

3 Op. cit. Pág. 58.

4 Op. cit. Pág. 48.

5 SOLER GIL, Francisco José. “Relevancia de los experimentos de Benjamin Libet y de John-Dylan Haynes para el debate en torno a la libertad humana en los procesos de decisión” en Thémata. Revista de Filosofía. Número 41. 2009. Universität Bremen. Pp. 540-547. Pág. 542.

6 HAWKING, Stephen y MLODINOW, Leonard. El Gran Diseño. Crítica. España. 2010. Pág. 133.

¿NO QUE NO? O DE LIBROS Y DE FE. 2ª. DE 3 PARTES.

 

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          Si ya leyó usted la saga de Carlos Ruiz Zafón que empezó con “La sombra del viento”,1 debe de leer “El laberinto de los espíritus”.2 La novela es buena sin ser matadora; en mi opinión hay que leerla por la simple razón de que uno quiere saber cómo acaba ese desmoche de cuatro entregas, pero yo sentí “forzadita” la trama; lograda sólo por la maestría del autor. Dijo Adolfo cuando le comenté que mi atado de libros la incluía: “Cuando me dijiste que la traías, sentí ganas de llorar”.

          Por lo que hace a “Retrato de un hombre inmaduro”, “Así empieza lo malo”, “No es el fin del Mundo” y “Aurora Boreal”, los puede usted leer… o no, y no pasa nada; novelas intrascendentes, son de esas que, como ya dije, corre uno el riesgo de leerlas en vena de descubridor pero resultan experiencias frustradas. No me gustaron y punto. Allá usted si corre riesgos.

           Otra cosa fueron “Demencia”, de Eloy Urroz y “Tierra roja”, de Pedro Ángel Palou; escribí en “Adolfo”, y repito ahora: “Me enojé con Volpi, […] me desilusioné de Urroz, odié a Palau”; de Urroz, novelista consumado, esperaba más; la contraportada dice, entre otras cosas: “Dos asesinatos. Tres amigos. Dos hermosas pianistas. Una ciudad enloquecida y una historia trepidante son los ingredientes de este salvaje thriller capitalino […] Novela negra y surrealista, Demencia es el relato alucinado del violinista Fabián Alfaro”. No se aprecia por ningún lado la ciudad enloquecida, ni la historia trepidante, ni el thriller capitalino, ni la novela negra y surrealista, ni el relato alucinado. Es una novela caótica, sin pies ni cabeza; y con un lenguaje, un ritmo y una trama que dejan mucho qué desear. Un fiasco.

           En tanto que, si Urroz peca de escasez, Pedro Ángel Palou peca de exceso pues “Tierra roja” es más de lo mismo. He leído de él cinco novelas: El dinero del diablo (Planeta, 2009); El impostor, la verdadera historia de Pablo de Tarso: El espía que se convirtió en Apóstol (Planeta, 2012); La amante del guetto (Planeta, 2013); No me dejen morir así (Planeta, 2014); y ahora este bodrio. Tal pareciera que Palou halló la fórmula para escribir novelas: Hace una investigación bibliográfica al tuntún, junta los pedazos, arma una trama completamente insulsa (de misterio, de amor, policiaca, etc.) que pretende vertebrar una narración histórica y ya está. “Tierra roja” no le aporta nada ni a la literatura ni a la historia mexicana y ensalza a lo baboso a Lázaro Cárdenas; otro Presidente que, junto con Juárez, constituyen auténticos campeones del panteón mexicano cuando, de ser justa la historia, deberían ser recordados como lo que fueron: Traidores incompetentes y vendepatrias. No pienso volver a abrir un libro de él en mi vida y, para el caso, de Urroz tampoco. Me imagino que esto no constituye un cataclismo en sus vidas pero estoy hablando por mí.

          Así llegamos a “Examen de mi padre” de Jorge Volpi. En algún lado he escrito que, para mí, Volpi es uno de los mejores novelistas mexicanos contemporáneos; y este libro suyo lo retrata como lo que es: Un narrador magnífico. Sin embargo, creo que constituye un fallido ensayo pues aborda temas para los que no tiene el conocimiento necesario o simplemente se dejó llevar por una exuberancia retórica. Lo que es peor, su ateísmo autodeclarado, lo lleva a decir estupideces reverberantes: “Bien entendida, la misericordia provoca que la miseria ajena se introduzca en nuestro corazón, que nos toque, nos perturbe y nos concierna aunque no para sufrir, no para apoderarnos del dolor del otro, no para salvarlo ──como Cristo──. Sino para ponernos en marcha, para actuar, para hacer cuanto esté en nuestras manos para remediar un poco ese dolor que se convierte, al menos por un instante, en nuestro dolor”.3 Sostengo que su ignorancia, o fanatismo antirreligioso, lo trastorna, dado que no hay peor manera de entender la fe cristina que como él lo pretende; En modo alguno la fe cristina es pasiva: Bien entendida, es sinónimo de misericordia y nos convoca -en cierto modo nos exige- ponernos en marcha para hacer cuanto esté en nuestras manos para remediar el dolor ajeno. Es falso que la salvación anunciada por Cristo se limite al llamado de una fe vacía de militancia; la fe cristiana es una invitación permanente para ser y estar en el otro y por el otro en el nombre de Dios. Irreligiosidad e ignorancia que no afirmo yo a lo tarugo, conste; dice él: “En toda religión, el secreto mejor custodiado es que no hay secreto, que dios no existe, que no se ha revelado a los hombres, que no dirige sus actos, que no los observa sin tregua, que no los domina ni los acecha”.4 A lo que volveré más tarde.

           Otro fallo garrafal del libro es una contradicción gigantesca que desbarata muchos de sus postulados. Volpi “denuncia”, por así decirlo, y se lamenta, de esa reflexión totalizadora que a mediados de los años cincuenta del Siglo pasado intentó compendiar México: “Cuan vacuo suena ahora esa filosofía de lo mexicano que entretuvo a Ramos, Zea o Uranga y que culmina con esa extravagante fantasía que aún se lee obligatoriamente en las escuelas, El laberinto de la soledad! ¡Qué empeño demencial ──o pueril── por establecer lo que nos vuelve típicamente mexicanos, es decir, lo que nos separa de los demás habitantes del planeta! ¿Qué significa ser mexicano, francés, malayo o chipriota? Si somos sinceros, no demasiado: haber nacido y crecido en un territorio particular, tener un pasaporte, haber sido adoctrinado para asumir ciertas ideas por encima de otras y haber copiado, de modo más o menos involuntario, la conductas, costumbres y perjuicios de nuestros padres y vecinos”.5

          Ni siquiera voy a intentar “defender” (básicamente porque no lo necesitan) a Ramos, Zea, Uranga o -¡ay, Dios mío!- a Octavio Paz; lo que ocurre es que, si partimos de la premisa sustentada por Volpi, lo vacuo de la “filosofía de lo mexicano” y lo demencial -o pueril- del empeño por establecer lo que “nos vuelve típicamente mexicanos”, la generalizaciones que él hace en el transcurso de su escrito caen por su propio peso. En realidad se nos ceñimos a rajatabla a esa premisa, cualquier esfuerzo por hallar una categoría, sobre el nacionalismo, la religión, un modo de ser cultural, etc., resulta vacuo, demencial o pueril, por emplear las mismas palabras del autor.

Continuará…

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1 RUIZ ZAFÓN, Carlos. La sombra del Viento. Planeta. México. 2002.

2 RUIZ ZAFÓN, Carlos. El laberinto de los espíritus. Planeta. México. 2016.

3 VOLPI, Jorge. Examen de mi padre. Alfaguara. México. 2016. Págs. 135 y 136.

4 Op. cit. Pág. 209.

5 Op. cit. Pág. 281.

 

¿NO QUE NO? O DE LIBROS Y DE FE. 1ª. DE 2 PARTES.

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         Escribí la semana pasada: “De Club de Cuervos y de los libros que leí (12), ya les hablaré en otra ocasión: Me enojé con Volpi, me enamoré de Eduardo Sacheri, me desilusioné de Urroz, odié a Palau, conocí a Gyles Brandreth, etc.) […]”. Procedo.

      ¿Qué leí? Leí “Los herederos de la tierra”,1 de Ildefonso Falcones; “Mujeres transgresoras”,2 de Teresa Dey; “La noche de la Usina”,3 de Eduardo Sacheri; “Examen de mi padre”,4 de Jorge Volpi; “Retrato de un hombre inmaduro”,5 de Luis Landero; “Demencia”,6 Eloy Urroz; “Así empieza lo malo”,7 de Javier Marías; “Agridulce”,8 de Colleen McCullough; “No es el fin del Mundo”,9 de Geraldine McCaughrean; “Aurora Boreal”,10 de Asa Larsson; y “Tierra roja”,11 de Pedro Ángel Palou; “Oscar Wilde y una muerte sin importancia”,12 de Gyles Brandreth; y “El laberinto de los espíritus”,13 de Carlos Ruiz Zafón; ya sé, son trece títulos y había dicho que era doce; el de “Mujeres transgresoras” le empecé a leer en el regreso y no lo terminé.

       He dicho en incontables ocasiones que soy una persona de ideas fijas, para no decir que soy un burro. Pues bien, en uno de esos arrebatos de porfía extrema, he dicho que hay que leer; como sea, como venga, hasta la envoltura de los chicles pero hay que leer; eso porque no falta quien empiece a dar la lata con que la “formación” temprana en la lectura debe pasar por los clásicos y, no señor. Sólo por poner dos ejemplos les diré que existen dos libros que me matan: La Ilíada, de Homero, y Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, y jamás de los jamases se me ocurriría imponer su lectura a un niño; por mucha aventura y acción que contengan, entre Tetis, Peleo, Aquiles, Agamenón, Briseida, Patroclo y compañía, ahí queda el futuro lector; por no hablar de Esmeralda (pase), Quasimodo, el archidiácono Claude Frollo, Pierre Gringoire, el Capitán Febo de Châteaupers y la Corte de los Milagros. Yo leo, leo, leo y a mis hijos no les he regateado ningún título, el tiempo dirá; aunque ciertamente sólo Adolfo me haya seguido en esa aventura. Luis Abraham y María leen, sí, pero sin esa pasión arrebatadora.

       Total, teniendo poco tiempo para leer, debo por fuerza dosificar mis libros y de los veintitantos que tenía, me llevé dieciocho y nada más terminé doce; los que ya dije. A los consagrados en mi gusto, Falcones, Volpi, McCullough, etc., sumo de vez en vez, si las circunstancias lo permiten, autores desconocidos por mí que resultan una grata sorpresa. Así empecé a leer a Santiago Posteguillo, a Joël Dicker, a Daniel Glattauer, a Stieg Larsson y, ¡ay!, a Almudena Grandes, entre otros muchos.

      Aclaración farragosa, pero indispensable, para explicar qué me ocurrió en diciembre y por qué leí lo que leí. Los herederos de la tierra es la segunda parte de “La Catedral del Mar”, obviamente de Ildefonso Falcones; y si de la primera escribí en algún lugar que era magnífica, esta nueva novela no la desmerece. Léala, si ya leyó la primera; si no, compre una y luego la otra. Si en el camino se encuentra con la “Mano de Fátima” o “La Reina Descalza”, cómprelas también, no se arrepentirá.

      “La noche de la Usina” la compré porque si hay algo que espero, cada año, es la novela ganadora del “Premio Alfaguara”; como la famosa caja de chocolates de la mamá de Forrest Gump, el premio no es garantía de nada pero algunas de las mejores novelas que he leído en mi vida las he leído gracias a él (Diablo Guardián, 2003; el Turno del Escriba, 2005; Chiquita, 2008; etc.). Este año la novela de Eduardo Sacheri es muy buena. Entretenida, inteligente, bien escrita, con un lenguaje engañosamente simple, “La noche de la Usina” es una novela excelente y me pone a mí en el camino de buscar otras novelas del autor, ¿por qué? Porque una de las mejores películas en español que he visto, ganadora del Óscar a la mejor película extranjera en 2010, está basada en una novela del mismo autor: “El secreto de sus ojos”. De ese modo, sospecho que recién acabo de entablar con Eduardo Sacheri una sana relación bibliográfica.

       Ya hecha la alusión a esta novela, me sigo por el grato descubrimiento de Gyles Brandreth y “Oscar Wilde y una muerte sin importancia”; resulta que, por Navidad, me invitaron al intercambio de la oficina y dije que sí; como no quería complicarle la existencia a la persona que le tocara regalarme a mí, fui a una librería de segunda, Logos, y pensé en ajuarearme con vistas al ocio en puerta. Había una serie de libros nuevos, saldos, a muy buen precio: Setenta y cinco morlacos cada uno. Como de Gyles Brandreth no había oído ni hablar compré los tres títulos que vi, imbuido de ese espíritu de “a ver si es cola y pega”. Pues pegó. Como no estaba seguro de la calidad del experimento, al viaje me llevé sólo uno, el que ya dije, y se quedaron dos en el tintero: Oscar Wilde y el club de la muerte14 y Oscar Wilde y la sonrisa del muerto.15 No hay que ser un genio para saber de qué tratan; todas son novelas policiacas, cuyo protagonista es Oscar Wilde en calidad de detective. Sin embargo, la trama y el estilo hacen recordar al entrañable Sir Conan Doyle y a su todavía más entrañable personaje: Sherlock Holmes. Sin ser histórica, sin grandes pretensiones, las novelas cumplen magníficamente su cometido: Divierten y, para el caso, ilustran. Un buen uso del lenguaje, un conocimiento profundo del Londres decimonónico, así como de su personaje central, Óscar Wilde, hacen de la novela que leí, las otras dos se quedan para mejor ocasión, una obra digna de disfrutar. Córrale a Kosmos y a Logos, quizá encuentra todavía algún ejemplar.

      Colleen McCullough no constituyó ninguna sorpresa; autora de un clásico, “El pájaro espino” (Plaza y Janés, 1978), he leído la mayoría de sus novelas aunque definitivamente me quedo con siete: La serie dedicada a los Señores  de Roma (cinco libros); una sexta dentro de la misma línea que se ocupa en exclusiva de Julio César, “El Caballo de César” (Ediciones B, 2003), y La canción de Troya (Planeta, 1998). Léalas y, si le queda tiempito, lea Agridulce que, contra lo que su título sugiere, no le dejará mal sabor de boca.

Continuará…

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Luis Villegas Montes.

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1 FALCONES Ildefonso. Los herederos de la tierra. Grijalbo. México. 2016.

2  DEY, Teresa. Mujeres transgresoras. Punto de lectura. México. 2007.

3 SACHERI, Eduardo. La noche de la Usina. Alfaguara. México. 2016.

4 VOLPI, Jorge. Examen de mi padre. Alfaguara. México. 2016.

5 LANDERO, Luis. Retrato de un hombre inmaduro. TusQuets. España. 2009.

6 URROZ, Eloy. Demencia. Alfaguara. México. 2016.

7 MARÍAS, Javier. Así empieza lo malo. Debolsillo. España. 2016.

8 McCULLOUGH, Colleen. Agridulce. Ediciones B. España. 2016.

9 McCAUGHREAN, Geraldine. No es el fin del Mundo. Alfagura. México. 2014.

10 LARSSON, Åsa. Aurora Boreal. Seix Barral. México. 2009.

11 PALOU, Pedro Ángel. Tierra roja. Planeta. México. 2016.

12 BRANDRETH, Gyles. Oscar Wilde y una muerte sin importancia. BOOKS4POCKET. México. 2010.

13 RUIZ ZAFÓN, Carlos. El laberinto de los espíritus. Planeta. México. 2016.

14 BRANDRETH, Gyles. Oscar Wilde y el club de la muerte. Plata Negra. España. 2009.

15 BRANDRETH, Gyles. Oscar Wilde y la sonrisa del muerto. Plata Negra. España. 2011.adolfo-y-evelyn-final

ADOLFO.

 

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       Se dice, y con razón, que todos los seres humanos tenemos un lado femenino y otro masculino. En las mujeres, obvio, su lado femenino predomina; y en los hombres es a la inversa. Pues bien, mi lado femenino es la mamá de Forrest Gump; no porque esté orgullosa de tener un hijo menso, no señor; sino porque cada día está más convencida de que la vida es como una caja de chocolates. Así yo. Además, puedo decir que, a diferencia de otros años, no necesito vacaciones de las vacaciones; en lo absoluto, estos quince días cumplieron su propósito con creces: Reposé; me dejé ir; me olvidé de todo y me limité a leer, a ver televisión (vi completitas las dos temporadas de Club de Cuervos), comí como pajarito (todo el santo día y los cuatro kilos que había bajado ya los volví a subir), me eché al coleto algunos alipuses y disfruté al Adolfo.

       Eso de “disfrutar al Adolfo” aunque no es un decir y sí es completamente auténtica la afirmación, tiene sus asegunes, que conste. Porque cualquiera que nos vea pensará: “Mira esos dos; qué bien se la han de estar pasando; sentados frente a frente con las narices metidas en un libro”; pues ni modo, así es esto de disfrutarnos el Adolfo y yo. Hablamos escuetamente y a ratos de viajes, de películas, de libros, de poesía; discutimos de filosofía o religión; gozamos en silencio nuestra mutua compañía y, por primera vez, se rio de los chistes “pelados” que le conté; antes nada más decía: “Ay, papá, ya vas a empezar”; pero esta vez no; se rio de todos y alguno hasta se lo quiso aprender; para mayores detalles, se trata del conjuro de “El Vampiro Fronterizo”, ese que empieza: “Vampiro Fronterizo que por las noches volarás, a pesar de tus hechizos…”, ése.

        Sigue enamorado de Elvira Sastre y me leyó un poema que me mató; les dejo unos cuantos versos: “Si pudiera, // mi amor, // convertiría todo lo que ahora es singular // en plural. Pero no puedo, // así que has de conformarte // con lo único que puedo hacer: // quererte // -no el doble, ni por dos, ni al cuadrado, // sino con la fuerza de un ejército // de tres mil latidos y doscientos litros de sangre // que queriéndote dar más de lo que tiene // te da todo lo que es-” (“3000 mil latidos y 200 litros de sangre”).

        Parte de esa agenda calma, todo sea dicho, guarda relación con un hecho climático innegable: Llovió, nevó y cuando no llovía ni nevaba hacía un frío del carajo. Las orejas estuvieron a punto de caérseme en dos o tres ocasiones y otras tantas me puse morado (más); al ver al Adolfo, tan campante en tenis y con una chamarra pinchurrienta, yo que blanco no soy, estuve a un tris de adoptar ese acento caribeño entrañable: “Oye, tú, chico, ¿pero no te’adao cuenta de lo’elao que etá aquí? Tápate, ’oome”. Yo llevaba mallas, camiseta térmica, camiseta, camisa, chaleco, bufanda, guantes, chamarra y unas botas de soldado que en vacaciones sólo me quito para ir a dormir; y pese a ello, me la pasé aterido. Como el chiste del pollito en Alaska, me la pasé diciendo: “Pi, pi, piiiinche frío”.

         Pero volvería a ir y me quedaría ahí otra semana o dos o tres; aunque regresara desorejado y sin narices como el Voldemort de Harry Potter. Me encantó ver al Adolfo; constatar que se mueve como pez en el agua por la ciudad entera; que no ha perdido su aire alegre ni su natural ternura (“Ay, papito”, me decía algunas veces, me frotaba la panza y ponía la cabeza bajo mi ala); que la familia con la que vive lo trata de maravilla, que ha hecho un montón de amigos y empieza a abrirse al mundo más confiado y dueño de sí. Por otro lado, del inglés mejor ni hablar. “¿Qué dijo?”, le preguntaba; “No sé. No le entendí nada” y así dos o tres veces; “Mmmm, bonito inglés”, pensaba yo. Vamos a ver qué pasa de aquí a junio.

        Por cierto, pese a que no lo admite abiertamente, yo creo que ya se echó novia. Les podría decir que es chaparrita, delgadita, bonita de cara, colombiana y que se llama Evelyn, pero si se los cuento capaz y se enoja o lo balconeo a lo tarugo pues ni andan y ahí estoy yo de hocicón y de hablador (ya ven que no se me da); en fin; no sé si tiene novia o no, pero yo creo que sí; en una de esas me dijo: “Ahí vengo; voy a hablar por teléfono y no quiero que me oigas”. Y estaba hablando con ella. Lo sé porque no pude resistir la tentación y fui despacito detrás de él (sobre todo para fastidiarlo y oírlo reclamarme) y oí parte de sus respuestas; pero ya se me hizo mucho pues no se dio cuenta de mi entrometimiento y mejor respeté su intimidad. Mi duda de si sí andan se justifica porque durante esas dos semanas no lo oí suspirar ni mandar besitos en ninguna ocasión pese a que claramente estaba hablando con ella; y mujeres, perdónenme la generalización y reconozco que habrá sus excepciones, pero ya ven como son de pesadas, por lo menos las latinas, que no dejan colgar a uno el teléfono sin mandar un besito aunque no sea “tronado”.

        De Club de Cuervos y de los libros que leí (12), ya les hablaré en otra ocasión: Me enojé con Volpi, me enamoré de Eduardo Sacheri, me desilusioné de Urroz, odié a Palau, conocí a Gyles Brandreth, etc.); sólo basta decir que descansé y que, por primera vez, las vacaciones cumplieron con su cometido; regresé tranquilo y en paz; sin ese ánimo sulfuroso que rebulle en mi interior de manera asaz frecuente; me imagino que esto último guarda relación con el hecho de que no leí ninguna noticia de estas tierras.

        Como sea, le deseo a todos mis lectores y lectoras (ya perdí la cuenta en cuántos van o de cuantos quedan con las mermas de las últimas semanas) un estupendo 2017. Que sus deseos se colmen; que la dicha toque a su puerta y lejos de ir de visita se quede ahí de planta; que gocen de mucha salud y Dios nuestro Señor los colme de bendiciones.

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Luis Villegas Montes.

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