¿NO QUE NO? O DE LIBROS Y DE FE. 3ª. DE 3 PARTES.

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           Por eso cuando escribe sobre Marcial Maciel: “Maciel no debe figurar como una excepción terrible o una anomalía, sino como el reflejo más vívido y coherente de México y de la Iglesia Católica. Fue un político que, como todos los de su patria, exhibía una fachada limpia solo para ocultar un sótano percudido; un pecador arrepentido, demonio y santo al mismo tiempo; y una metáfora perfecta de un lugar y unas creencias que privilegian y alientan estas vidas dobles, triples, en los cimientos de su sistema ético”.1 ¿Qué debemos pensar? ¿Reflejo más vívido y coherente de México y de la Iglesia Católica? ¿Metáfora perfecta de un lugar y unas creencias? Volpi es un imbécil si piensa que existe la más mínima posibilidad de afirmar que Marcial Maciel constituye una especie de prototipo del católico mexicano o que la Iglesia alienta o solapa ese tipo de desdoblamientos éticos; y más imbécil si no se da cuenta que está haciendo generalizaciones explicativas de una supuesta mexicanidad (según su visión) que según su dicho previo, es inviable por artificial e inútil. Por esa misma razón carece de validez formal cualquier reflexión o conclusión que intente, como cuando afirma: “Como el cuerpo del rey, México requiere una autopsia semejante. Una anatomía que nos revele el modo en que destruimos el país en estos años. Pero preferimos olvidar o atrincherarnos en nuestra indiferencia antes que perseguir la verdad”.2 Es en este punto donde Volpi se suicida; se mata a sí pues, por falta de coherencia, asesina sus conclusiones; y lo que es peor, si no rectifica en el futuro, se autodescarta como ensayista in sæcula sæculorum para formular cualquier juicio con tintes ecuménicos sobre lo mexicano o, para el caso, cualquier tópico.

         Ya para finalizar, me serviré como referente, del título que encabeza estos párrafos que, pensados originalmente en dos partes, terminaron en tres. El “¿no que no?” se explica por la foto del Adolfo que engalana estas líneas. Si efectivamente él y Evelyn no andan quedando, ¿cómo se explica esa foto de su Whatsapp, eh? Eso es para que vean ustedes que hocicón y chirinolero no soy… o, bueno, sí soy, pero esta vez no. En todo caso, como dicen los chavales de secundaria: “¡Son novios! ¡Son novios!”.

         En cuanto al asunto de la fe, lo menciono porque frente a los ateos irredentos, como parece serlo Volpi, suelo formular dos argumentos. En primer lugar, la mayoría de ellos suele atrincherarse en la supuesta falta de una prueba que demuestre la existencia de Dios; lo cierto es que no existe prueba ni demostración de nada; no existe nada en el Universo sensible que pueda reputarse como efectivamente comprobado, por mucho método científico que se emplee en el intento, y ni siquiera algo remotamente “racional”, con ese peso categórico que los ateos pretenden. Por un lado, cualquier manifestación sensible pasa por nuestro cerebro; por otro, la “racionalidad”, entendida como una plena consciencia es un mito.

         En primer lugar, no existe manera de demostrar que lo que yo pienso existe realmente fuera de mí. Para efectos prácticos, bien podríamos estar en la Matrix; el propio Volpi se pregunta: “¿y si yo, y el mundo que me rodea, no estuviese en otro lugar que aquí ──me señalo la sien──, en las cavernas de mi cráneo?”.3 En segundo, lugar, ¿qué son las ideas y hasta dónde, realmente, nos pertenecen?: “Las ideas no son inmateriales o etéreas, sino el resultado de configuraciones precisas de sinapsis y redes neuronales, como propuso Robert Aunger en The Electric Meme (1998). Lo más interesante es que se hallan sometidas a las mismas reglas de la evolución que gobiernan a los seres vivos […] ¿Qué mayor capacidad de adaptación para una idea que incrustarse en esa parte de la conciencia que consideramos esencial para nosotros?”.4 Para su desgracia (y la de los ateos), en este punto, Volpi soslaya que en 1960 se demostró científicamente que el impulso es muy anterior a la toma de consciencia. El doctor Benjamín Libet colocó electrodos en la cabeza de sujetos de prueba y les pidió que fijaran la vista en un reloj en el momento justo de decidir, con absoluta libertad, realizar una tarea tan simple como levantar un dedo. Al revisar cada encefalograma, Libet se sorprendió al descubrir que la actividad cerebral empezaba antes de sentir el impulso; más de un segundo de hecho.5 Es decir, Libet demostró que las decisiones se adoptan en el subconsciente mucho antes de experimentar el deseo. ¿Cuál libertad pues, cuál consciencia?

           El segundo argumento se basa en la afirmación, “científicamente demostrada”, de que no existe la generación espontánea. Es más, existe la llamada “Ley de conservación de la materia” que puede resumirse así: “La materia ni se crea ni se destruye sólo se transforma”. De este modo, siguiendo escrupulosamente a los ateos, ¿el origen del todo es la nada? Conste que aquí no nos vale la teoría del payaso de Stephen Hawking según la cual el universo se formó a sí mismo: “La teoría M es la teoría supersimétrica más general de la gravedad. Por esas razones, la teoría M es la única candidata a teoría completa del universo. Si es finito —y esto debe demostrarse todavía— será un modelo de universo que se crea a sí mismo. Nosotros debemos ser parte de ese universo, ya que no hay otro modelo consistente de universo”.6

          En resumen: La ciencia no ha probado la existencia de Dios, cierto; como también lo es que, al día de hoy, no existe nada como una “ciencia definitiva” que explique el qué, el porqué, el para qué y, sobre todo, el cómo, de todas las cosas. La idea más evolucionada sobre el origen del universo sostiene, hágame Usted el refavrón cabor, que se creó de la nada; eso por un lado; y por otro, esa ciencia también ha demostrado que, al día de hoy, ni siquiera somos dueños de nuestro pensamiento, excepto para decir: “¡No!”. Ya encarrilados, creer en la definitividad de la ciencia es un acto de fe, exactamente igual que creer en Dios. Con la diferencia de que la idea de Dios constituye un referente ético para todos los efectos de la vida práctica, resumido de un modo admirable por Jesús: “Amad al prójimo como a ti mismo”; pretensión que no riñe con esa consciencia acotada que no sirve para explicar por qué pensamos lo que pensamos pero sí para imponer un freno a nuestros actos.

         Contácteme en https://unareflexionpersonal.wordpress.com/, que es la dirección de mi blog; en mi en mi cuenta de Facebook (Luis Villegas Montes) o a través de mi correo electrónico; o bien, síganme en los medios que gentilmente me publican cada semana.

Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

1 VOLPI, Jorge. Examen de mi padre. Alfaguara. México. 2016. Pág. 209.

2 Op. cit. Pág. 287.

3 Op. cit. Pág. 58.

4 Op. cit. Pág. 48.

5 SOLER GIL, Francisco José. “Relevancia de los experimentos de Benjamin Libet y de John-Dylan Haynes para el debate en torno a la libertad humana en los procesos de decisión” en Thémata. Revista de Filosofía. Número 41. 2009. Universität Bremen. Pp. 540-547. Pág. 542.

6 HAWKING, Stephen y MLODINOW, Leonard. El Gran Diseño. Crítica. España. 2010. Pág. 133.
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2 thoughts on “¿NO QUE NO? O DE LIBROS Y DE FE. 3ª. DE 3 PARTES.

  1. Flavio Acosta says:

    Excelente reflexión licenciado.
    Entre otras cosas es obvio que, si se aborda el problema del origen del universo con un enoque científico, resulta una tontería decir que el universo se creó de la nada.
    Por otro lado así como nunca será posible demostrar científicamente la existencia de Dios, tampoco lo será demostrar su no existencia. Son ámbitos distintos del conocimiento humano

    • Así es. Yo no formulé ese comentario porque se trata de un hecho negativo. Pero en efecto, también podría esgrimirse como argumento que así como no se ha probado su existencia no se ha probado su inexistencia. Saludos.

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