POPULISMO ENFIESTADO. 2ª. de DOS PARTES.

Populismo 2

      El desvío de recursos públicos, aún sin propósitos de lucro, constituye un delito; pero en esa hora sólo los especialistas en finanzas públicas parecían entenderlo; de momento, el resto de los líderes partidistas se quedaron galvanizados, Morena los había puesto contra la pared.

       No es que la medida esté mal; no, al contrario; pero ésas no eran las formas; un verdadero líder, uno responsable y comprometido con México, habría convocado al resto de los dirigentes partidistas, aspirantes y jefes de bancada, a formar un frente común para adoptar las medidas jurídicas y económicas pertinentes para afrontar la tragedia; AMLO no lo hizo; prefirió sacar “raja política”, lucrar con él; emplazar a sus adversarios de mala manera, en un albazo mediático sin precedentes por las circunstancias atroces en que lo hizo.

       Ése es el México carroñero que se agazapa detrás del mesianismo de esos patanes que se erigen como los salvadores del nuevo México que sólo existe en su imaginación calenturienta.

De nosotros depende, en nosotros está, que el pasado sismo cobre sentido; que no sea excusa para soslayar la dolorosa realidad que nos circunda; ni volverse involuntarios cómplices.

      El sismo llegó y se fue; puede regresar, es verdad, pero no sabemos cuándo; no obstante, ese “civismo y humanidad recobrados” no pueden servir de pretexto para no afrontar los retos por venir o que ya están aquí en su dolorosa cotidianeidad: la violencia, por ejemplo.

      En Chihuahua, solamente por citar un caso, esa violencia se ha disparado a niveles insospechados; más, mucho más, que en la gran mayoría de los estados de la República, elevando el número de ajusticiamientos callejeros asociados a las bandas criminales un 73 por ciento, en los primeros ocho meses de este año.1 ¿Cómo ignorar que hace unos cuantos días, en una sola jornada, veintidós personas, entre ellas cinco mujeres, fueron asesinadas; y once de las víctimas cayeron abatidas en menos de dos horas?2

      En ese lapso también, los primeros ocho meses del año, según cifras oficiales de la propia Fiscalía local, si el número de homicidios dolosos en el Estado alcanzó la friolera de un mil 265 casos, en el rubro de desaparecidos Chihuahua figura como una de las entidades con mayor incidencia.3

      Un simple cálculo aritmético, sumar el número de cadáveres al de los ausentes —seguramente difuntos (es estúpido pensar otra cosa, salvo el caso de unos cuantos que, yéndose de farra, “no estaban muertos y andaban de parranda”)— arroja una cifra escalofriante de casi un asesinato cada dos horas.

      Es para lo que no puede, ni debe, servir el sismo, para prohijar baladronadas de cualquier orden de autoridad que, bajo el subterfugio de la solidaridad, de ese México “emergente y ciudadano”, soslaya o simplemente ignora la catástrofe en puerta.

      Don Manuel Gómez Morin decía, y decía bien: “Que el fervor de la aspiración anime la búsqueda y la disciplina de la investigación reduzca el anhelo, porque es peor el bien mal realizado que el mal mismo”.4

     Que Dios, en esta hora, nos agarre confesados.

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Luis Villegas Montes.

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[1] Nota de la redacción, con el título: “Un gobierno desafiado por el crimen”, publicado el 7 de septiembre de 2017, por el periódico El Diario.

2 Nota de Juan José García, con el título: “Jornada violenta deja 22 homicidios en Chihuahua”, publicado el 19 de septiembre de 2017, por el periódico Milenio.

3 Nota de Itzel Ramírez, con el título: “Urgen a crear registro de desaparecidos en Chihuahua”, publicado el 10 de mayo de 2017, por el periódico El Diario.

4 Citado en un artículo de Enrique Krauze, con el título: “¿Quién fue Manuel Gómez Morín, ganador post mortem de la medalla Belisario Domínguez?”, publicado el 30 de octubre de 2013, por el revista Letras Libres.
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POPULISMO ENFIESTADO. 1ª. de DOS PARTES.

Colage 3

       La tragedia nacional ha alterado cualquier percepción social. Es verdad que es motivo de júbilo la unidad que el pueblo de México ha demostrado estos días; es verdad que la población ha rebasado al Gobierno en su capacidad de gestión y organización; como alguien escribió: aunque existan motivos para el aborrecimiento a los políticos, es necesario “hacerlo en silencio porque México se reconstruye”.

       Sin embargo, esta adversidad no es algo nuevo; en 1985, una tragedia peor, la escala sismológica de Richter lo prueba, sacudió desde sus cimientos al país y exactamente 32 años después las cosas estaban exactamente igual; ninguna de las plagas endémicas que azotan al país desde épocas inmemoriales se remedió. No diré que empeoró, no tengo bases para ello, pero no las existen tampoco para afirmar lo contrario. Dicho en resumen: el sismo de 1985 demostró la valentía y la solidaridad de los mexicanos… y nada más.

      Hace 12 años, alguien escribió: “Después del gran sismo de 1985, el valiente pueblo mexicano se levantó espontáneamente y salió a la calle para salvar gente. Hubo de todo: doctores, albañiles, hasta mineros de Pachuca que se metían entre los resquicios de los edificios derrumbados con sus cascos y sus lámparas. Las señoras preparaban tortas y refrescos para los hombres que trabajaban en los escombros”.1 Esta vez ocurrió de la misma manera, la pregunta es, entonces: ¿qué aprendimos de aquella dolorosa experiencia? Vistos los resultados recientes, nada de nada.

      No me refiero, obvio, a los miles de ciudadanos que, otra vez, arriesgan sus vidas y hacienda por el bien del prójimo —doctores, albañiles, mineros o señoras—, no; me refiero a la política y al modo de entenderla, a los partidos, a los gobernantes; el México política, económica y moralmente devastado de 1985 es el mismo México al que sorprendió la desgracia en este 2017.

       Pensar que, per se, la tragedia del 2017 va a servir de veras para algo es una tragedia peor que la primera. Sumarse festivos, jubilosos y desmemoriados a la celebración cívica nos sitúa en los linderos de la irresponsabilidad porque cancela cualquier posibilidad auténtica para regenerarnos. Ahítos de morbosa autocomplacencia; esta espantosa ola de satisfacción patriotera no puede, no debe, caer en saco roto y hacernos olvidar los verdaderos males que el país padece los cuales, para colmo y además de todo, hallan su origen en nuestra ineptitud ciudadana.

     Pero no queremos entenderlo, claro; nos regodeamos en un malsano maniqueísmo; detrás de la propia e indiscutible virtud que nos redescubre, casi, “padres fundadores de la Nueva Patria”.

       De ese modo, cualquier mentecato en una posición de autoridad —real o imaginada, grande o minúscula, legítima o inválida— se alza como el adalid de la democracia, de la República, del idealismo, de la verdad absoluta o de cualquiera que sea la sandez que le cruce por la afiebrada cabecita esa mañana; y eso no es lo peor, lo peor son las huestes de entusiastas detrás suyo aplaudiendo febriles sus dislates.

       ¿Ejemplos? Abundan.

     Le recuerdo uno: la demagógica propuesta de Andrés Manuel. A su estilo, el tabasqueño fue el primero en aprovechar la coyuntura y, sin consultarlo siquiera con el resto de la cúpula de su Partido, comprometió el financiamiento público “para atender la emergencia nacional”. Sus declaraciones, atronadoras como un disparo de salida, calaron en el ánimo colectivo como un baldazo de agua fría. Él sabía muy bien lo que estaba haciendo; posiblemente cuando pronunció esas palabras no entendía, ni por asomo, las implicaciones económicas, jurídicas ni presupuestales de la medida, pero sin duda comprendía bien a bien los alcances políticos de su balandronada y estaba dispuesto a montarse en la ola a como diera lugar.

Continuará…

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1 LOMNITZ, Cinna. El próximo sismo en la Ciudad de México. Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de México. México. 2005. Pág. 19.

MI PRINCESA.

Colage 2

     Con toda la malevolencia de que soy capaz —ni es tanta— he titulado estos párrafos con el encabezado anterior. Explícome:

     En un artículo previo me dolía de que, en el uso del lenguaje cotidiano, cualquier mentecato puede reconvenirlo a uno por sus creencias religiosas; la puerta está abierta para la descalificación a partir de pseudorazonamientos “científicos” o “racionales”.

Otro tanto ocurre con ese feminismo recalcitrante que en gestos tan nimios como abrirle la puerta a una mujer por parte de un varón (de “damas” y “caballeros” ni hablar) ven un resabio de machismo malamansado que requiere, ipso facto, la reeducación del interfecto. La semana pasada leí un post idiota que clama porque eduquemos a los hombres para que no maten mujeres; estoy de acuerdo en que resulta imprescindible poner manos a la obra; y juntito a ese curso, enseguidita, organizar otro para educar a las mujeres a fin de que no caigan en las garras del primer imbécil que pasa y les cierra un ojo; que aprendan a calcular bien los qués, los cómos y los cuándos; y al primer amago de violencia pongan pies en polvorosa o se agarren a madrazos. Pues bien, estupideces de ese tipo —que sólo reparan en un lado del asunto y suelen culpar a los hombres (machos: ¡auuuuuuuu!)— abundan; me parece el colmo empezar a generalizar a partir de casos aislados; sentar esclarecedoras verdades universales a partir de inferencias más o menos caprichosas.

     Yo crie una niña a la que jamás me cansé de decirle: “Mi Princesa” y eso no le provocó ningún retraso mental; ella misma asume, tiene ya 21 añitos, que era de un modo y la madurez la ha ido transformando en alguien distinta de la que solía ser: anoche, Mi Princesa y yo sostuvimos una charla sobre los experimentos nucleares de Corea del Norte; me llenó de júbilo y azoro, por igual, escuchar su escepticismo respecto de las implicaciones geopolíticas de la demencia de Kim Jong-un; hablábamos de la alianza estratégica con China y de cómo ésta se resiste a intervenir en la disputa que sostienen el líder norcoreano y el orate de Trump (lo de “par de locos” lo dijo Mi Princesa, no yo; conste). Mi Princesa estaba enterada del amago perpetrado contra Japón de hace semanas;1 y estaba inquieta por ese clima de tensa calma; también está al tanto de lo que ocurre en México y en Chihuahua, de las desgracias que nos afligen en esta hora aciaga.

     Mi Princesa estudia, va a la universidad; sufraga parcialmente sus gastos, da clases de inglés; y la única locura que le sé es ésa de que dejó a Silvan, su novio francés; tiemblo de pensar que se vaya a enamorar de un chino (¡qué cosas tan feas!) —Ya, ya, sé que el comentario se lee xenófobo; sirva para compensarlo el hecho de que es el mismo que repito todas las mañanas frente al espejo—.

     Como sea, Mi Princesa no está imbécil porque creció en un hogar con roles claramente diferenciados —ni Luis o Adolfo son brutos que escupen de lado por una de las comisuras mientras muerden un palillo, intentan “ligar” a cuanta mujer se les contonea enfrente y se frotan “el paquete”—; tampoco la inteligencia natural de Mi Princesa se vio mermada porque desde el día en que nació se le dio un trato de “niña”; casualmente, ¿saben?, Mi Princesa era una niña para ese entonces; así como ahora es una mujer; y esa certeza, no le ha generado ningún conflicto, ni trastorno de la personalidad, ni la ha limitado o impedido para comenzar a autodefinirse, ni provocado incontinencia (digo, es que son tantas las posibilidades).

     Mi Princesa es una mujer que se descubre a diario a sí misma y enchinarse las pestañas o usar toneladas de acondicionador para el pelo —porque lo tiene largo y hermoso— no le mata neuronas. En realidad me preocupan más esas personas, mujeres o no, que en gestos nimios, banales e inocuos, reconocen un ataque furibundo o cuando menos un agravio en marcha a su modo de ser o entender la vida; creo que es un síntoma de inseguridad galopante, militante amargura o estupidez lisa y llana. ¡’Ora resulta que para estar mentalmente sano necesito usar falda! (de eso tratan de convencernos).

     Por lo pronto, confío en que Mi Princesa siga siéndolo por muchos años; y que mis dos nietas sean princesas también y eso no constituya un impedimento para que se realicen como seres humanos; que las tres crezcan fuertes y emocionalmente sanas, puedan ponerle un alto al primer pelafustán que les falte al respeto y, algún día, sean capaces de decirle “Mi Princesa” a una lindura que nos perpetúe en el amor.

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1 Nota de Xavier Fontdeglòria, con el título: “Corea del Norte lanza un misil balístico que sobrevuela Japón”, publicada el 29 de agosto de 2017, por el periódico El País.

 

SEPTIEMBRE: MES MATRIO.

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       Lo sé: todo mundo dice que septiembre es el mes de la Patria y por eso se le llama el “Mes Patrio”; pues bien, yo digo que es el “Mes Matrio” porque, a la Patria, hace años que nos venimos empeñando los mexicanos en romperle su madre.

Septiembre, como la Navidad por ejemplo, hace añales que dejó de ser lo que era; en algún punto del trayecto perdió su esencia y nos queda una festividad hueca, vacía. La Navidad no es ya, como tampoco lo es la Semana Santa, época de devoción; de obligada reflexión; de paréntesis indispensable en este trajín de vida para reencontrarnos con la idea básica del ser: Dios. Es una cosa de fiestas, ya ni “posadas”, lo que se dice “posadas”, hay; existen sí, reuniones de amigos como ocasión para comer, fumar y beber; pero de la noción detrás de tan significativas fechas, nada de nada; apenas, un atisbo de generosidad, producto del mercantilismo más atroz y despiadado.

      Igual septiembre; un mes prostituido por los discursos oficiosos y oficialistas. Estoy convencido, conozco muchísimos funcionarios de primero a cuatro nivel, que no tienen la más remota idea de las gestas de Independencia o, ya puestos, de la Revolución siquiera; se llenan el gañote de vivas respecto de un montón de gente de quienes no tienen la más peregrina idea de quiénes fueron o cuáles fueron sus méritos, reales o supuestos, para estar con el cíclico dale y dale de: “¡Arriba zutano! ¡Arriba! ¡Arriba perengano! ¡Arriba!”; y así.

     No va a faltar el baboso que me cuestione por esta reflexión; se le va a llenar la boca con el lugar común de “los héroes que nos dieron patria” y ese tipo de chorradas necesarias para que los analfabetas funcionales —que abundan— puedan digerir, así sea un tantito, ideas como: libertad, nación, soberanía, etc., porque de otro modo pues no; no hay forma; con el cuento de que no leen y por no hacerlo se les olvida leer y por no saber leer no entienden, lo cierto es que enristran la pluma o abren el hocico para decir —o lo que es todavía peor, repetir— burradas a diestra y siniestra (no faltará quién me acuse de cómo siendo magistrado no soy patriotero —ya los oigo—).

     Para ésos, ya ni siquiera me voy a enfocar en la estadística que refleja la mísera condición de millones de compatriotas ni con destacar datos o hechos que, por su significación, ilustran mis afirmaciones empezando por la proverbial sumisión a los gringos, ¿para qué?; prefiero limitarme a glosar, así sea de modo breve, un corto párrafo contenido en la Constitución general de la República: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste”, reza la primera parte del artículo 39 de la Ley Cimera.

      En teoría, la Constitución impera sobre todo y sobre todos; nada ni nadie, es superior a ella. En los regímenes dictatoriales, la voluntad del gobernante es soberana y no reconoce potestad superior; en un Estado así, la existencia de funcionarios a cargo de las tareas de Gobierno resulta intrascendente; es sólo un asunto de naturaleza práctica —no de índole jurídica pues frente al poder del gobernante, la idea de una Constitución que acote su actuación es impensable—.

      En México y en Chihuahua, en teoría, el titular de todo poder público es el pueblo y en su nombre se ejerce. Así de claro lo previenen las constituciones federal y local en sendos artículos, el 39 citado, y el 27, primer párrafo, que dice: “La Soberanía del Estado, reside originariamente en el pueblo, y en nombre de éste la ejercen los poderes establecidos en esta Constitución”.

     ¿En qué recoveco de la historia matria se empezó a pasar por alto esta idea tan simple, tan sencilla? Misterio.

       Quien venga, entonces, a decirme que en septiembre hay motivos para festejar la independencia y la libertad del pueblo de México le voy a responder con la única verdad posible: ¡Tarado! Ya si me dice que no, que la verdad es que el gustito le viene por el asunto del “puente”, pues entonces felicidades, provechito y felices fiestas matrias.

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UNA PUÑALADA EN EL CORAZÓN DEL PAN (O DE LOS NINJAS ASESINOS DE LA DEMOCRACIA).

Colage ninja

     En estos días, el debate pareciera centrarse en un asunto que, ¡Oh, mi Dios!, tiene cimbrado al país de pies a cabeza y que, algún ocurrente, en un alarde de inteligencia, originalidad y buen gusto, decidió nombrar: “El asunto del fiscal carnal”. ¡Mocos!

     Si usted no tiene claro de qué hablo googléelo y ya; no me voy a sabotear a mí mismo con los pormenores del caso; lo menciono sólo para destacar que el debate político de estas fechas se ocupa de ese asunto al que el PRI —aquí va otro “¡ay, Dios mío!”—, en su desfachatez y desvergüenza, tilda de “Cortina de humo” para eludir el asunto “de fondo”: la “fortuna” de Ricardo Anaya. De todos no se hace uno.

     En el ínter, perdidos en los meandros de ese debate ocioso, reptan por las paredes de la patria sombras oscuras que, cual ninjas asesinos, van a partirle su mandarina en gajos a la incipiente —y nunca acabada de nacer— Democracia Mexicana (de los inadjetivos krausianos ni hablar).

     Como buenos mexicanos —y, para colmo, especialistas electorales— se está trabajando para encontrarle tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro; como ya no gustó la reforma para reelegir diputados y presidentes municipales, se está viendo la manera de darle la vuelta y dejar a los actuales colgados de la brocha, ¿cómo?, muy simple, conformando alianzas mandoblanas (a diestra y siniestra) para que sean las directivas de los partidos las que decidan quiénes sí y quiénes no, pasan a la segunda ronda (¡Laaaástima Margaritoooo!).

     En efecto, inmersos en los dimes y diretes, el llevado y traído “Frente Opositor”,1 lejos de constituirse como una herramienta para integrar auténticas coaliciones de gobierno, se va a conformar para permitirle a las dirigencias partidarias integrantes, prefijar desde la cúpula candidatas y candidatos a modo para el 2018; por eso, quienes han avalado las recientes reformas electorales en las distintas entidades del país no saben que, lo único que están construyendo con esos afanes, es el cadalso de donde los van a dejar colgados (y no precisamente de la brocha).

     Me explico: lo lógico sería que, aprobada la reelección legislativa y de cabildos, la segunda vuelta sirviera para reconocer y recompensar a quienes sí hayan dejado el alma y la vida en el desempeño de su cargo; pues bien, con esa “estrategia” y dado que el funcionario en turno sólo puede ser registrado “por el mismo partido” que lo haya postulado antes (art. 11, párrafo 5, inciso a), de la Ley Electoral local), por ejemplo, es obvio quiénes se van y quiénes se quedan: se van los que no sean del gusto del mandón en turno y se quedan sus “compas”, con el agravante, incluido, de que sean del mismo partido o no; cuestión irrelevante ésta, porque con la excusa del acuerdo de unión, se tiene la perfecta excusa para que quienes sean legítimos aspirantes a reelegirse se queden como el chinito: nomás milando.

     De ahí también, que no sea casual el “respaldo total2 de las dirigencias estatales a su líder formal, pues con independencia de si resulta el “destapado” albiazul o no, ellos ya tendrán en la mano la forma y el modo de hacerse, vía el mecanismo precitado, con todas las candidaturas que decidan pactar con sus allegados y afines (panistas o no).

     ¿Y el PAN y la famosa democracia interna? Bien, gracias… a la espera de que la degüellen los ninjas asesinos porque Anaya quiere ser candidato a la Presidencia.

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1 Nota de Aurora Zepeda con el título: “Oficializan frente opositor ante INE”, publicada el 6 de septiembre de 2017, por el periódico Excélsior.

2 Ver en el sitio: https://www.pan.org.mx/blog/respaldan-dirigentes-estatales-al-presidente-nacional-del-pan-ricardo-anaya/

ADOLFO

Foto de Adolfo sacando la cabeza en carro.

Resulta que el pasado 31 de agosto Adolfo cumplió años; 19 para ser exactos. ¿Qué por qué no lo comenté antes? Porque ya estaba cocinándose la reflexión sobre Putin así que debí esperar.

Adolfo ya está de vuelta; andaba estudiando inglés; yo no sé si sí aprendió o no, tengo mis duditas, pero él jura y perjura que sí; que “yes”; que: “¡Oh, My God! ¡Damn! ¡Shit!”; “¡of course, dad!”; y yo lo miro y lo oigo y se asemeja a tener visiones, creo, porque no le entiendo ni “j”; pues bien, Adolfo ya regresó y está viviendo conmigo.

Yo estoy muy contento de que esté de vuelta; claro que de un tiempo a la fecha me siento “Papá 4×4”, porque antes de que mi bendición regresara de allá de donde andaba, yo iba al mandado una vez cada mes y medio, básicamente para comprar lo que iba a tirar en seis semanas, pero ahora no; aparte de preocuparme porque el bodoque tenga ropa limpia, haya gas en la casa e instalen el Internet —porque ese asunto del Internet fue un casus belli, ¿eh?—, es como haberle dado alojamiento a una marabunta; arrambla con todo lo que halla a su paso: “¿y mi yugur, Adolfo?”; “me lo tomé”; “¿y el jugo de naranja?”; “se acabó el de mango”; “¿y la leche?”; donde sí me asusté fue cuando desapareció mi desodorante “¿te lo tragaste?”; “¡Ay, papá, lo dejé en casa de mi mamá!”.

Mis apremios han ido en aumento de manera exponencial; la semana pasada, por ejemplo, fuimos por cereal, pero el nene lo quería de chocolate, no había; bueno, sí había, pero tenían malvaviscos; ¡85 pesos la caja! Si lo compré, total; pero eso sí, al otro día en la mañana: “¿y las Zucaritas?”, preguntó él; “guardadas —respondí yo— ¿o qué te creías, qué eran para comer? A 85 pesos la caja son Zucaritas de exhibición”.

Cabe apuntar, por otro lado, que a las dificultades de convivir con un exadolescente, se suman algunas venturosas buenas nuevas; así, resulta que, allá en donde andaba, Adolfo hizo algunos interesantes descubrimientos; entre ellos, su talento culinario; parece ser que un día, un compañero de alojamiento, un italiano o algo así, vio que estaba comiendo y le entró un arrebato súbito de lástima. Yo no sé qué pasó, pero me imagino que la cosa fue más o menos así: “¿Ma cosa mangi, creatura? ¿Che merda è? ¡Mamma mia! ¿Non hai imparato a cucinare a casa, vero? ¡Porca miseria!”; o algo parecido, porque ya ven como son los italianos dados a la tragedia; ahí mismo, lo enseñó a cocinar.

Digo, tampoco está para el Maxim’s de París, hasta ahorita sólo ha cocinado cuatro cosas: Pollo al vino blanco, pollo a la naranja, espagueti a la carbonara y espagueti “a la Adolfo”, pero ahí la lleva; la intención es lo que cuenta. El espagueti a la Adolfo se explica por un desliz de mi parte; un día abrí el paquetito de tocino que teníamos, para cocinar huevos con tocino; el resto del tocino se echó a perder así que cuando el Adolfo fue a cocinar su espagueti a la carbonara ya no había; se enfurruñó y, a querer y no, lo convencí de que sustituyera el tocino por jamón de pavo; lo hizo y quedó muy bueno, por eso le llamo espagueti “a la Adolfo”; técnicamente debería ser “espagueti a la Villegas” pero no quiero entablar un pleito con mi retoño sobre derechos de autor.

El espagueti que cocina Adolfo es otra cosa: de li cio so; y acompañado con un vinito blanco, uy, uy, uy, me recuerda el riquísimo “arroz huérfano” que algunas vez comí en Saltillo (un  saludo a mi amigo del alma, Pepe Martínez Valero) y que se llama así porque —sí, adivinaron—, porque no tiene madre. Lo del espagueti a la Adolfo me recuerda, por cierto, un chiste: Llega un señor a un restaurante y pide pato salvaje a la naranja; dado que no tienen pato, va el chef y le pregunta al cliente si no quiere, en vez del pato salvaje a la naranja, una gallina encabronada a naranjazos; así nosotros, sin pizca de tocino de puerco, abundante jamón de pavo e inventiva mexicana.

En fin; Adolfo ya está aquí, pero parece ser que sólo por unos meses; yo lo disfruto; y le deseo desde estas líneas, que siga cumpliendo años y llegue a los 70, a los 75, a los 100; que cumpla muchos, muchos más, y que cada uno, le depare inmensa dicha y felicidad.

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PUTIN.

Colage

      No, no voy a hablar mal de nadie; ni a referirme, expresa o veladamente, a ningún mandatario, presente o futuro, cercano o lejano; ni a alzarme como panegirista de causa alguna.

      Es sólo que, de un tiempo a la fecha, he escuchado o leído las opiniones del Presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, y aunque sé perfectamente que son cuidadosamente planeadas, fruto de una campaña de marketing —la idea que nos intentan vender es que Putin es algo así como uno de los primeros muñecos de acción de la década de los setentas; había uno, de cuyo nombre no pude acordarme, que tenía un dispositivo en la espalda y al presionarlo empezaba a mover el brazo de arriba hacia abajo y “rompía” tablas, bloques y cosas así; pues Putin puede desde nadar en ríos congelados hasta montar osos; según algunos medios de comunicación, Putin es abogado por la Universidad Estatal de Leningrado, graduado con honores; fue espía de la KGB, durante 16 años; es experto en armas de fuego; es oficial del ejército ruso, teniente de Justicia; además, es piloto aviador, conductor de Fórmula 1, jugador de hockey, yudoca con cinta negra de seis niveles, karateca con dos cinturones, cazador y buzo; toca el piano y, para colmo, habla perfectamente ruso, alemán e inglés.1 Vamos, digámoslo de una manera rápida y ejemplar: comparado con él, nuestro flamante Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, Putin sería un rottweiler y Peña una especie de hámster (más simpático y más tarado que uno “normal”)—, lo cierto es que no puedo dejar de admirar al ruso cuando se afianza en ciertas convicciones que, por impolíticas, parecieran medievales y no obstante refrescan el alma.

      No voy a contar aquí la ocasión en que, en su cara, acusó a un comunicador de que el “periodista vencía al analista2 ni a ninguna otra igual de escandalosa… u oportuna; no señor. Me quiero centrar en un afincamiento indispensable de Putin, ése cuando habla de los ateos;3 sólo deseo dejar a Usted estas frases que me parecen maravillosas por contundentes y veraces: “Cada uno puede pensar lo que le dé la gana”, cierto; “pero lo que sí me molesta es la ignorancia”, y molesta porque cualquier mentecato o mentecata “progresista” se siente con derecho a descalificarlo a uno por creer en Dios o escribirlo así, como debe de ser, con mayúsculas —¿en qué momento tener fe se volvió ofensivo, Dios mío?—, pero en ésas estamos; “los ateos modernos se creen dueños de las ciencias […] de la intelectualidad”, ¿a poco no? Cualquier pelagatos se siente con derecho a descalificar las creencias de uno y tacharlo de “supersticioso”, en el mejor de los casos; o de  “fanático”, en el peor; “tienen esa fábula de que el ser ateos los convierte en personas inteligentes […] y aquí es donde se nota el nivel de ignorancia”; y una fantástica por lúcida e irrebatible: “Si hubiera que erradicar ideologías asesinas [refiriéndose a las luchas religiosas] el ateísmo estaría al comienzo de la lista”, luego de aludir de manera expresa a la Unión Soviética, a la China de Mao y a la Camboya de Pol Pot.

      Prueba de esto que afirmo, de ese “racionalismo” exacerbado que sigue licuando la cabecita loca de algunos ateos, izquierdistas o no, es Ayn Rand, quien sostenía, la pobrecita, el “objetivismo”, sistema que defiende “egoísmo racional”, el individualismo y el capitalismo (neoliberalismo), bajo el argumento de que es el único sistema económico que permite vivir al ser humano como tal.4 De Hawking, pobre infeliz enojado con Dios y con el Mundo, mejor ni hablar; su triste condición explica y resume su postura “científica”.

       A principios de este año, escribí tres reflexiones bajo el título genérico de: “¿NO QUE NO? O DE LIBROS Y DE FE”; en ella, sostuve, entre otras cosas, que: “no existe manera de demostrar que lo que yo pienso existe realmente fuera de mí. Para efectos prácticos, bien podríamos estar en la Matrix; […] Ya encarrilados, creer en la definitividad de la ciencia es un acto de fe, exactamente igual que creer en Dios. Con la diferencia de que la idea de Dios constituye un referente ético para todos los efectos de la vida práctica, resumido de un modo admirable por Jesús: ‘Amad al prójimo como a ti mismo’”.

      La ciencia —y su diosecillo infame, la técnica— para lo único que en verdad ha servido es para enriquecer a unos cuantos y exterminar miles de vidas en segundos. Como sea, ¡Arriba Putin! ¡Abajo Peña Nieto!

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1 Nota de la redacción con el título: “En su cumpleaños 63, 10 sorprendentes cosas que no sabías de Putin”, publicada el 7 de octubre de 2015, por el periódico Excélsior.

2 Visible en el sitio: https://www.youtube.com/watch?v=CrjnNe_jHhI

3 Visible en el sitio: https://www.youtube.com/watch?v=OgGZnnhP5yU

4 Visible en el sitio: https://www.youtube.com/watch?v=Mlnv1HMiK9s