LOS LIBRES NO RECONOCEN RIVALES.

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   El viernes pasado, alguien comentó, con conmovida voz de alivio, que por fin había llegado al anhelado 20 de julio de este año;  el críptico desahogo se explicó de inmediato: “salimos de vacaciones, no sé si merecidas, pero en todo caso necesarias”. Heme aquí; instalado de lleno en esta bendita semana que para mí inició en viernes, compartiendo plenamente ese sentimiento de que, no sé si las merezco, pero definitivamente las necesito: vacaciones.

   El título de estos párrafos se explica porque, como ya lo saben mis escasos lectores, yo en estos periodos de asueto me pongo a leer como condenado; en ésas, huerfanito, viéndome desde un anaquel, estaba un librito cuyo título es el que encabeza estos párrafos, escrito por Paco Ignacio Taibo II.

   Con Paco tengo una relación unilateral de amor-odio de padre y señor mío. Digo que —aunque de antología— la nuestra es una relación unilateral porque estoy cierto que el ingrato ni en la vida me hace. Todo comenzó hace casi cuarenta años, cuando leí “Días de combate”; pues ahí estaba yo, rendido; todo cándido, pensando que Taibo II era cosa de otro mundo cuando ya le empezó a salir lo comunista y lo toscote y nuestro idilio se fue al carajo.

   Ahora me cae gordo; hacer novela sí, bienvenida cualquier creación literaria que pretenda romper moldes; ¿novela histórica? Tú dale, los lectores asiduos sabemos que la realidad da para eso y mucho más; pero, ¿intentar escribir historia un novelista? Y para colmo ideologizado, no señor, no lo intenten, no se los recomiendo. Sale cada engendro que no es novela, ni ensayo, ni historia, ni nada. Un puñito de basura, como es el caso.

   En su bodrio, Taibo II procura contarnos los avatares cercanos a la Batalla de Puebla y dibuja —desdibuja— la biografía de unos héroes de bolsillo enfrentados a unos tiranos épicos de dimensiones escandalosamente perversas; según él: todos los buenos están en el bando de los liberales y los malos en el de los conservadores; su narrativa prescinde de ese matiz indispensable cuando de personas hablamos; nos narra una historia ajena a los claroscuros de la naturaleza humana.

   Eso no es lo malo; lo malo de esas perversiones ideológicas es que crece uno con un pensamiento torcido y se larga a la vida a la patita coja intelectual y visual, pues se comienza a ver la realidad, y a interpretarla, con un solo ojo.

   Si no me cree, piense en las declaraciones imbéciles de MORENA, de las que hablaba en una entrega anterior, empezando por aquellas que intentan deslindar al otrora Rayito de Esperanza, a punto de convertirse en un sol arrasador que cae a plomo, del nauseabundo “blanqueo” de millones de pesos en nombre de los afectados por el sismo del año pasado: el fideicomiso propuesto por AMLO recibió 44 millones 407 mil pesos depositados en efectivo;2 lo que violaba el régimen especial porque al ser depósitos en efectivo, no es posible saber la procedencia del dinero y si se trata de recursos lícitos; porque los depósitos violan el régimen de financiamiento a partidos políticos; y porque el propio fideicomiso prevé que sólo puede recibir aportaciones a través de transferencias electrónicas y cheques.

   Adivine cuál fue la respuesta de AMLO a tan palmaria evidencia: “Consejeros del INE son conservadores, no quieren un cambio”. ¡Le digo!

   Contácteme a través de mi correo electrónico o sígame en los medios que gentilmente me publican, en Facebook o también en mi blog: https://unareflexionpersonal.wordpress.com/

Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

1 TAIBO II, Paco Ignacio. Los libres no reconocen rivales. Planeta. México. 2017.
2 URESTE Manu. Depósitos ilegales y reparto de millones en efectivo: así violó la ley el fideicomiso para damnificados de Morena, publicado en fecha 19 de julio de 2018. [En línea]; visible en el sitio: https://www.animalpolitico.com/2018/07/fideicomiso-damnificados-sismo-morena/, consultado el 24 de julio de 2018 a las 18.55 hrs.
3 Artículo titulado: “Consejeros del INE son conservadores, no quieren un cambio: AMLO”, publicado el 20 Julio 2018. [En línea]; visible en el sitio: https://politico.mx/minuta-politica/minuta-politica-gobierno-federal/amlo-retoma-actividades-ofrecer%C3%A1-mensaje-medios-este-viernes/, consultado el 24 de julio de 2018 a las 19.00 hrs.

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ADOLFO Y LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS.

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   El título de estos párrafos se explica porque anoche empecé a ver la película. Vale madre que me desvele, puedo hacerlo porque estoy de vacaciones.

   Todo comenzó con un escueto mensaje de mi retoño el Adolfo: “Ve la sociedad de los poetas muertos”. Huelga decir que le hice caso. Le hice por un montón de sentimientos encontrados. El primero, tener algo para platicar. Con el Adolfo tengo una relación pedregosa pautada de afecto, que incluye abrazos y besos periódicos, y agarrones efímeros pero fulminantes. Yo pensaba que era una cuestión de la adolescencia pero no, en su caso, a los veinte años, la adolescencia se empieza a prolongar más allá de lo que la biología podría explicar en mi opinión; sin embargo, parece ser que sí, dicen María y Adolfo que es mi culpa, porque mi carácter levantisco tiene más de sierra que de páramo, de febrero que de julio y de borrasca que de céfiro; y el Adolfo lo heredó. Ésa fue una razón.

   La otra es que ya se va. Se va mi hijo menor a estudiar y yo me quedo aquí a aguantar las estupideces con que a diario nos abofetea la realidad, empezando por esa abominación que se llama MORENA y lo inunda todo con sus declaraciones imbéciles, a las que ya regresaré luego.

   Decía, se va el Adolfo y lo voy a extrañar mucho. Se lleva libros, mis libros; y se lleva sus dudas, cargadas de preguntas existenciales disparadas en rápida sucesión; y que en ocasiones me agobian o confunden, pero en otras, las más, me sacuden, me congratulan, me enternecen, pero en todo caso me conmueven.

   Confío en que sea para bien.

   Cuando me dijo que iba a estudiar literatura creativa me sentí como cualquier padre de familia al que alguno de sus hijos le dice: “quiero ser pintor”, “bailarina”, “cantante”; “¡chín!, en la madre”, pensé, me salió de esos: artista; personas contra las que yo, dicho sea de paso, no tengo nada, pero —también como cualquier padre de familia sensato— me hizo preguntarme si lo iba a tener que mantener hasta los cuarenta y tantos, como Theo van Gogh con su hermano Vincent.

   Ya luego me explicó que no, que la cosa iba en serio, que se trata de una carrera en forma de varios años, que la universidad la va a entregar un título en regla que si no lo convierte en el próximo Albert Camus, Mario Vargas Llosa, Jorge Volpi, Almudena Grandes, Arturo Pérez Reverte o, ya de perdida, Stephen King, es posible que le dé de comer a él y a los eventuales retoños que procree con una española de pura cepa quien, cuando la incordie —como suele incordiar este hijo mío— le pueda decir en tono de reproche con ese acento que me derrite y me deleita —y como ese malvadote de moda, Luisito Rey—: “Coño, Adolfo; que te la has gana’o, tío”; y ¡zaz!, le brinde un tremendo soplamocos, dado con todo el amor del mundo, que lo regrese de vuelta a casa con toda su progenie.

   Como sea, todavía no se va el Adolfo y ya empecé yo a extrañarlo; y a rogarle a la Virgen y a los santos que, si no se gana el Premio Nobel rapidito no importa, con tal de que lo mantengan vivo, sano y en paz allá donde esté; que ya sería mucho decir en este mundo de locos.

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MERLÍ O DE LAS PUERTAS ABIERTAS DEL VALHALLA.

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   Al gozo de leer a Almudena, o mejor dicho, concomitante a él, durante semanas disfruté una serie cuyo nombre recogí casi por casualidad.

   En un desayuno de Rotary, alguien, ¿la maestra Wong?, comentó el título de la serie: Merlí.

   Hablábamos de filosofía, creo, y de algunas producciones de televisión que abordan el tema. Las opiniones sobre la serie estaban divididas: no faltó quien la desdeñara por “ligera”; porque de filosofía sólo se queda en “generalidades” y cierta vacuidad. En tanto que hubo partidarios entusiastas que la celebraron como divertida, inteligente y bien hecha.

   Definitivamente me quedo en el grupo de los segundos. Me encantó.

  Aunque, en efecto, de filosofía hable más bien poco, definitivamente la serie no pretende eso; en cambio, constituye una enriquecedora reflexión sobre el entorno de los jóvenes, la docencia y la evolución constante en el modo de comprender el mundo.

  Con personajes entrañables, con Merlí Bergeron a la cabeza, la serie trata de un profesor de Filosofía desalojado que se va a vivir con su madre, y deberá aprender a convivir con su hijo Bruno, del quien hasta entonces cuidaba su exmujer; la llegada de Bruno a la vida de Merlí coincide con su contratación en el Instituto Àngel Guimerà; donde, merced a métodos imprevisibles y heterodoxos, hace reflexionar a sus alumnos sobre el sentido de las cosas; y a quienes también ayuda en la solución de sus problemas personales, si bien no pocas veces sus métodos o consejos sean censurables.

  Merlí no sólo explica a los grandes filósofos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Schopenhauer, Hume o Nietzsche, también aplica sus ideas y enseñanzas en la vida práctica para resolver problemas cotidianos.

  El mérito de la serie es la frescura de los personajes; la agilidad y vigencia de los diálogos; y la inteligencia con que se construye cada capítulo que, sin desvincularse del resto, enlaza los pormenores que le son propios con el filósofo o la corriente filosófica en turno.

   Para mí, que ya estoy fuera de onda y a quien le son ajenos un montón de tópicos de las nuevas generaciones, la serie constituye una oportunidad invaluable para replantearme un montón de asuntos que van desde las relaciones sexuales hasta el consumo de marihuana. Con esto no quiero decir que esté muy de acuerdo con que los jóvenes hablen de “derechos” (entendidos como prerrogativas, facultades o licencias) respecto de aquellos asuntos, y sus secuelas, que no tienen posibilidad de afrontar por sí mismos; me explico: no pueden hablar de libertad sexual ni de consumo de drogas, alcohol o tabaco, si no tienen los medios para hacerse responsables de lo que ocurra tras su realización. Punto. Pero a no dudar, la serie ahonda en estos y otros temas que, por lo menos para mí, son polémicos y dignos de reflexión.

   Como sea, en uno de sus capítulos la serie me recordó que, más allá de los infortunios cotidianos que pueblan nuestra existencia, existe la promesa del Valhalla –el paraíso nórdico de los muertos que, extrañamente, guarda la promesa de permitirles disfrutar de lo bueno en la otra vida–. Ese planteamiento me convenció que con el ánimo triste o festivo, con las fuerzas a punto o menguantes, con la esperanza intacta o rotas las esquinas del alma, el Valhalla está aquí y no hay otro.

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MAFER DE VUELTA.

 

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    Estamos de fiesta, después de dos años de ausencia, viene María. Si alguno me sigue en estas reflexiones, sabrá de qué va la cosa: estudia en China desde hace ya, casi, cuatro largos años. En ese lapso han ocurrido muchas cosas y, sin embargo, aquello digno de contarse continúan siendo esas pequeñas cosas que guardan relación con lo mejor de nosotros mismos.

    Se supone que el de anteayer fue un día memorable para México; falta ver si es cierto, cualquier comentario que no sea exultante pareciera un mero desahogo, un trágico “respirar por la herida”; lo cierto es que me gustaría decir que estuve equivocado todo ese tiempo pero estoy sincera, profunda y aterradoramente convencido de que no; por eso, mejor el silencio y la circunspección frente a la desmesura de un regocijo pendiente de justificar.

   Por eso la celebración del feliz suceso de que María viene; y viene a darle un soplo de esperanza al aire irrespirable de los meses previos, cargado de mefíticos vahos: mentiras atroces, vacilaciones matadoras, frustraciones insalvables, vacuas ilusiones.

   Sea cierto o no para los ojos de los demás, meros espectadores, lo mejor de nosotros mismos siempre serán los hijos; no hay nada que se quiera más; con más convicción, disposición y entrega. No pocas veces, lo bueno y lo malo que nos ha tocado vivir, lo vivimos en ellos y por ellos: en sus sueños, en sus fracasos, en sus dudas y en sus éxitos. Lo anterior no significa, ni por asomo, que sea cierto; después de los 15 años lo bueno y malo que nos ocurre es responsabilidad nuestra; y si los padres no vamos a ser ese hálito benéfico que impulse su velamen para que los conduzca a buen puerto, más valiera que nos diéramos un tiro.

    No pocas veces los padres nos erigimos en auténticos obstáculos en ese proceso de crecer, tratando de imponer una visión, una voluntad, una querencia, una frustración; no señor, los hijos están para quererlos y darles alas; porque el timón se los fabricamos desde pequeños y si no lo hicimos a tiempo de poca cosa va servir empezar a los dieciséis.

    Yo a mis hijos los he criado mal pero los he querido mucho; ahora sólo me resta verlos madurar y mantenerme al margen hasta donde sea posible; apoyándolos ahí donde debo y viéndolos con estupor, con rabia, con desencanto, con gusto, con tristeza, con alegría, cada que la ocasión me los pone a modo.

    Por eso, este miércoles es maravilloso así a lo pelón, sin adjetivos: regresa María; viene a quedarse un mes; viene a ver a sus abuelas, amigos, parientes, padres y sí, ni modo, también al Adolfo; ya empezarían a llevarse bien, supongo, pues esta mañana me preguntó muy preocupado que a qué horas llegaba porque quería comprarle chucherías de ésas que ella extraña horrores allá donde vive. Y lo es de más de un modo porque pudiendo irse a un montón de lados, hablaba de París y Filipinas, decidió que no; que quería venir al terruño a vernos porque se muere de ganas. Nada, nada, nada, en este Mundo puede ser más delicioso y cálido, y dulce al oído, que una declaración de esa índole según la cual, abriéndose tan ancho el mundo para sus ojos pizpiretos con pestañas de tejabán, decidió venir a Chihuahua a vernos.

    La esperamos con ansias y conste que, desde ya, Luis Abraham, con el cuento de que se le dan bien los gorgoritos, queda emplazado para dedicarle a su hermana dos o tres canciones para que ella se azore y se convenza de una vez por todas que, de todos los viajes posibles, este fue el mejor, sin duda.

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