MÉXICO VS. INGLATERRA… Y así perdimos Belice.

México vs. Inglaterra

    No, no se trata de fútbol, de un partido amistoso entre ambos países a celebrarse en dicho mes; sino de una auténtica conflagración entre ambas naciones que derivó en esa pérdida terrible… por humillante.

   Septiembre (siempre septiembre); así es: todo empezó por esas fechas en Belice, siguió en Belice y, para desgracia nuestra, terminó con Belice, cuando lo perdimos a manos de los ingleses.

   Corría el mes de septiembre de 1848 y a las costas de Yucatán arribaron 938 mercenarios gringos a apoyar la causa de los separatistas locales; con ese gesto, oficialmente empieza una matanza conocida como “Guerra de Castas”, que cundió por toda la península y amenazó con exterminar, a manos de los indígenas, a la totalidad de la población blanca. La Guerra habría de prolongarse por más de media centuria y nos costó, otra vez, como todas las guerras de ese Siglo infame, un pedazo de nuestro territorio.

   A los españoles, Belice les pareció poca cosa: agreste, poblada de indios melindrosos y combativos, prefirieron irse a otros lares menos cerriles, más benévolos y pródigos. Pasaron los años y de modo paulatino para reponerse de sus fatigosas travesías corsarias, a sus playas llegaron bucaneros ingleses, conocidos como “baymen” o “piratas de la bahía”. No menos belicosos, ni crueles, que los naturales. En sus correrías, los baymen encontraron un producto más precioso que el mismísimo oro: el Palo de Campeche (aunque parezca albur, no lo es).

   El “Palo de Campeche”, o “Palo de Tinte”, es un árbol único en su especie usado para teñir géneros. A ese descubrimiento siguió otro casi de inmediato: los bosques de meliáceas (de donde se extrae la hermosa caoba); ya puestos, con ese espíritu filibustero y salvaje, los británicos poblaron la región para hacerse cargo del floreciente negocio; al mismo fin, empezaron a importar esclavos negros, traídos desde Jamaica, para explotar a placer los bosques locales.

   Envidiosa, la Corona española, oficialmente la dueña del territorio, empezó una ofensiva que derivó en sendos tratados (de Madrid y de París —que nadie cumplió—). Finalmente, la cosa se resolvió para ninguna parte merced a la batalla del Cayo San Jorge, en la cual, bandidos y esclavos derrotaron a la flota española.

   Firmado el Tratado de Córdoba —por el que México se anexó las provincias pertenecientes a la Nueva España—, Belice se incluyó dentro de Reino de Guatemala; empero, a los guatemaltecos les hizo maldita la gracia y se erigió un Congreso que declaró que las provincias de Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica serían independientes de México; así se conformaron las Provincias Unidas de Centro América, las que no fueron reconocidas, obviamente, por los gobiernos mexicano ni inglés. A todo esto: ¿qué tiene qué ver la “Guerra de Castas” con este margallate? Espérense tantito.

   A su modo, soberbia y prepotente, Gran Bretaña desconoció a Belice como parte de México y lo declaró, unilateralmente, colonia inglesa, pasando a formar parte de la, así llamada, “Honduras Británica”.

   Habíamos dejado al gobierno de la República matando indios a dos manos en la península de Yucatán; y, a estos, asesinando criollos y gachupines a placer; ambos bandos, sin dar ni pedir cuartel. Anticipándose a los gringos en unas cuantas décadas —es decir, beneficiándose de las matanzas intestinas entre mexicanos—, la reina Victoria financiaba a los rebeldes a fin de quedarse con Belice.

   A ese estado de cosas, el Presidente Porfirio Díaz decidió ponerle fin entregando Belice a la Gran Bretaña, vía la suscripción del Tratado Spencer; por el cual, México cedió ese territorio a cambio, artículo segundo, se dejara de suministrar armamento a los mayas sublevados.

   Así perdimos Belice.

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Luis Villegas Montes.

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13 de septiembre: el otro show.

Los niños héroes

   Lo más cerca que estuve en estas fiestas patrias de mi ser patriótico fue un convivio en casa de la licenciada Wong.

   A la fiesta fui calzando unas viejas botas vaqueras, color negro, duras, de piel de anguila que conservo de mis mocedades (todavía no sé porqué), con más abolladuras que la consciencia de un político promedio. El hecho de vestirlas me confirmó en el hecho de que soy un ser de carne y hueso aunque, por la descarapelada que me di en los empeines, más parecía yo olla de peltre. Me están creciendo los pies.

   Lo cierto es que estoy hasta el gorro de tanta faramalla y vacuidad; el mes de la patria hace más agua que el Titanic; además de la mentira de que el 15 de septiembre de 1810 el cura Hidalgo dio inicio a una lucha de independencia, está esa otra relativa a la fecha que sirve de título a estos párrafos, respecto de los niños héroes, pues ni están todos los que son ni son todos los que están; excepto porque los jóvenes que lucharon el 13 de septiembre de 1847 en contra del invasor gringo, sí fueron héroes, lo demás es falso.

   En efecto, ni todos eran cadetes, ni todos eran niños, ni tampoco eran nada más seis.

   La historiografía nacional, otra vez, distorsionó los hechos para hacerlos coincidir, de manera conveniente, con intereses políticos de coyuntura; pero vayamos por partes: ¿no todos eran cadetes? No. Juan Escutia era un soldado del batallón de San Blas.

   ¿No todos eran niños? No. De hecho, la mayoría no lo era; Juan Escutia tenía veinte años de edad; Juan de la Barrera, diecinueve; Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca, dieciocho; solo Vicente Suárez y Francisco Márquez eran menores, el primero tenía doce años y el segundo catorce (aunque no falta quien afirme que Suárez tenía diecisiete años).

   Además, hoy se sabe que estos seis jóvenes no estuvieron solos; hubo otros muchos que en esa fecha tomaron las armas; hubo uno, en particular, al que la historia patria no le hace justicia —ese sí casi un adolescente (tenía quince años de edad)—. Ese “niño héroe”, tras salir vivo de la batalla, se convirtió en el mejor estratega del Partido Conservador y, de haber vencido a los liberales, quizá podría haber sido llamado: “El Presidente Niño Héroe” pues, a los veintisiete años de edad, accedió a tan elevada dignidad; aunque tuvo la mala fortuna de equivocarse de bando; ese niño se llamó Miguel Miramón.

   En cuanto a la bandera (el asunto de “El Niño Envuelto”), los historiadores coinciden en que sí ocurrió pero no necesariamente que el protagonista haya sido Juan Bautista Pascacio Escutia Martínez, pues los libros de primaria le reconocen también el mérito al capitán Margarito Zuazo, del batallón Mina.

   ¿Cómo se explica este batidero? Las prisas.

  Aunque la historia de los niños héroes se conocía desde el Siglo XIX, la historia se relanzó durante el sexenio del Presidente Miguel Alemán. En marzo de 1947 el Presidente americano Harry Truman visitó nuestro país, en el centenario de la guerra entre México y Estados Unidos, colocó una ofrenda floral que los cadetes del Colegio Militar devolvieron de malos modos a la embajada americana.

   Al poco tiempo de la visita de Truman, durante unas excavaciones al pie del cerro de Chapultepec se encontraron seis calaveras que, literalmente, por decreto presidencial, se estableció que pertenecían a los niños héroes.

  Llama la atención que alguien, hace cien años, se haya tomado la molestia de enterrarlos a todos juntos, incluido el de la bandera. Me hubiera gustad saber quién fue. Tanta previsión y diligencia son dignas de admiración.

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DESPAPAYE DE LA HISTORIA PATRIA: EL ORIGEN.

   Ya entrados (conste que lo que me inspira no es el arguende ni echarles a perder la celebración de las fiestas patrias, sino compartir con ustedes algunas notas de la historia nacional), resulta interesante comprender cómo y cuándo llegamos a esa noción idiota de que los indígenas precolombinos constituyen, ellos solitos y prescindiendo del aporte español, el germen de la mexicanidad.

   Resulta que hace muchos, muchos, muchos años —para ser exactos 1843—, había un señor llamado Manuel Larrainzar quien, para defender la invasión de México a Guatemala con el afán de apoderarse del Soconusco, tuvo la peregrina idea de retrotraerse a los remotos, y discutibles, orígenes de las naciones indígenas que poblaban esas tierras.

   En efecto, con pedantería de académico neoconstitucionalista y grandilocuencia de político de quinta —que, para nuestra desgracia, ya no nos iba a dejar jamás—, el angelito escribió en el prólogo de su obra: “El deber pone la pluma en mi mano para escribir sobre Soconusco: su incorporación a la República mexicana ha llamado la atención pública: el gobierno del estado de Guatemala, y varios escritores de Centro-América han presentado este suceso con un carácter odioso”.1 Nótese, el librito lo escribió con aires de refutación, porque algunos, en la ofendida Guatemala, víctima del despojo mexicano, osaban quejarse de la intrusión extranjera.

   No conforme, Larrainzar funda su dicho en una legítima, límpida y lírica intención: “haciendo sentir (merced a su pluma) la fuerza de la verdad, y fundando la justicia con que ha procedido el gobierno de México en este asunto, ese es el objeto que me propongo: yo no podría callar […] mi silencio pondría sobre mi frente un sello de deshonor y de ignominia, y no puedo resignarme a semejante destino”.2 ¡Mocos!

   Ahí es cuando torció la puerca el rabo porque, en la relación que Larrainzar hace para justificar “la propiedad” de México sobre la región, se remonta, lo menos, seiscientos años: “Los olmecas, raza enemiga de los que habitaban estos países, y con quien ya otra vez habían estado en guerra, invadieron con un ejército numeroso, y después de una lucha sangrienta, vencieron y sometieron a los habitantes de Soconusco […] Después de la invasión de los olmecas, se siguió la de los toltecas, capitaneados por Nimaquiche, quien en la división que hicieron de la nueva región (dio a un hermano el señorío de los mames) en que estaba comprendida la provincia de Soconusco”.3

   Don Manuel, que era abogado, y Ministro propietario del Tribunal Superior de justicia del Departamento de Chiapas, ha de haber sido uno muy mediocre en el ejercicio de su profesión; posiblemente al escribir esos párrafos no se acordaba de sus clases de derecho romano y de la figura de la usucapión; pretender una “legitimidad” que deriva de una “propiedad” (dudosa por lo demás) de más de seiscientos años, obtenida con el uso de la fuerza, es tan absurdo como justificar el holocausto del pueblo palestino a manos judías sobre la base de un derecho adquirido hace tres o cuatro mil años.

   Como sea, esa taradez de identificar a los pueblos nativos originarios con los mexicanos de hogaño —sin ese “toque” español del que dan cuenta nuestro idioma, nuestra sangre, nuestro monoteísmo, etc.— es polvo de aquellos lodos.

   ¡Cuánto daño le hizo la grandilocuencia y la memez de Manuel Larrainzar a México! Desde entonces, en asuntos de identidad nacional, los mexicanos andamos como niños jugando al “mamaleche”: a la patita coja.

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1 LARRAINZAR, Manuel. Noticia histórica de Soconusco y su incorporación a la República Mexicana, Imprenta de J.A. Lara, México, 1843, pág. III.
2 Ibídem.
3 Ídem., págs. 8 y 10.

MES DE LA PATRIA

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   El domingo preguntaba Lola que porqué había tantas banderitas en las calles. “Mes de la Patria”, le expliqué de manera sucinta; da igual, no me oyó. Lola ya no oye ni “j” y es necesario platicar con ella a los gritos. “Mes de la Patria”, respondí… y me quedé pensando.

   En un montón de sitios he escrito que aborrezco la vacilada esa de que “los españoles vinieron a conquistarnos”; odio que, en esas circunstancias, cuando hablen de ibéricos, no se aluda a los jamones (ñam, ¡qué rico!); y que si hablan de conquista de México no se refieran a Julio Iglesias, Camilo Sesto o Miguel Bosé.

    Mire usted, vivimos en una irrealidad tan palmaria que, si se aplica usted en algún buscador con la frase “Conquista de México” encuentra millones, sí, escribí bien, millones de resultados; y es una insensatez, porque, en esos ayeres, México, México, México, lo que se dice México, no existía; y españoles, españoles, españoles, lo que se dice españoles, tampoco.

    Ciertamente hace cosa de 500 años llagaron a estos lares unos fulanos barbones, que se dice “barbudos”; con cascos, que se dicen “yelmos”; enfundados en corazas, que se dicen “petos”; y con unos espadones de santo y señor mío, a partirle su mandarina en gajos a algunos de los habitantes de estas regiones y, cuando ya empezaban a desesperar porque la cosa nomás no marchaba, se aliaron con otros de esos mismos habitantes deseosos, ellos también, de partírsela a los primeros, porque ya estaba hartos de tantos impuestos y tantos sacrificios humanos. El asunto es que ni los locales eran mexicanos ni los señores de las barbas eran españoles. De hecho, la consolidación de la españolidad (permítaseme el término) tardaría siglos en cristalizar.

   De ese modo, hablar de México o de “mexicanos”, antes de 1821, es una soberana estupidez; exactamente igual a hablar de España o de “españoles” trescientos años antes. México es una mixtura; un mosaico cargado de memorias que se entreveran y, como en un tapiz, nos muestran una panorámica, congelada hasta cierto punto, formada por un montón de historias individuales enlazadas. En todo caso, como no me cansaré de repetirlo, ahí está la polvosa lápida en Tlatelolco, que rememora la última batalla entre Cuauhtémoc y Cortés; y que reza: “no fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

    Pues bien, con esos antecedentes, llegamos a 1810 en donde Miguel Hidalgo, el “padre de la Patria” empezó su movimiento, que no era su movimiento (él fue invitado por los auténticos conspiradores), al infame grito de: “¡Viva Fernando VII! ¡Viva la patria!”; no hay que ser un genio para comprender que, si Hidalgo aclamaba al Rey Fernando, preso de los franceses en Bayona en ese momento, a la patria a la que se refería el cura era la española y no otra.

   Si alguien osa poner en duda esa afirmación (perdón por la grandilocuencia pero es inevitable), le dejo esta delicia de párrafo propio de la proclama de Hidalgo expedida en la villa michoacana de Zamora, en noviembre de 1810, dos meses después de su famoso “Grito de Dolores”: “Consultad en las provincias invadidas a todas las ciudades, villas y lugares y veréis que el objeto de nuestros constantes desvelos es mantener nuestra religión, el rey, la patria y la pureza de costumbres, y que no hemos hecho otra cosa que apoderarnos de las personas de los europeos y darles un trato que ellos no nos darían ni han dado nunca a nosotros”. ¡Tómala!

   ¿Entonces? Muy simple: Hidalgo tiene de Padre de la Patria lo que Yuri Gagarin de chapaneco; es decir, nada. Nos guste o no, el auténtico Padre de la Patria fue el que firmó los tratados de Córdova (por los que se reconoce la independencia de México); y a quien, para nuestra eterna vergüenza, mandamos fusilar: don Agustín de Iturbide.

   Ya pueden ir a comprar su banderita y gritar: “¡Viva! ¡Viva!”.

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