ANIQUILACIÓN.

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   Aniquilación es una película gringa de ciencia ficción de cuño reciente (2018); aunque bien aceptado por la crítica, el filme fue un fracaso de taquilla; protagonizada por Natalie Portman y Oscar Isaac, la película se basa en una novela multipremiada del mismo nombre, cuyo autor es Jeff VanderMeer.

   ¿Por qué me ocuparía de una reseña fílmica en estos párrafos? Porque la película lo vale. La cinta, entre otros temas, explora uno que, singularmente estos días, parece acosarme como es el de qué es aquello que llamamos “razón”.

   En ese debate interminable entre ciencia y religión —en donde los partidarios de la primera suelen cobijarse con singular desparpajo al amparo de lo que llaman “razón” en oposición a “superstición” y desdeñando el fenómeno de la fe, por considerarlo un acto irracional— a no dudarlo éste es un tema de actualidad.

   Resulta que en alguna de las escenas de la película, que se desarrolla entre una bióloga y una psicóloga, esta última cuestiona a la primera sobre el origen de la voluntad; no se la cuento por el asunto ése de los espoilers, pero me parece interesante porque estoy leyendo “Homo Deus: Breve historia del mañana”,1 de Yuval Noah Harari; y aquí, en una vuelta de tuerca de su primera obra, “De animales a dioses”,2 Harari se plantea preguntas a cerca de la razón, la existencia del alma y la consciencia.

   En resumen, Harari sostiene que no existe ningún avance científico ni ningún método que nos permita tener certeza de que “la realidad” existe con independencia de la propia experiencia; ergo, cualquier fenómeno que me sea ajeno, en función de mi consciencia o razón, será inasible per se y, por ende, se constituye en una mera creencia o, lo que es lo mismo, en un acto de fe.

   Máxime que, también siguiendo a Harari, buena parte de lo que somos guarda una estrecha relación con lo que sentimos; y mucho de lo que sentimos está determinado por una serie de compuestos electroquímicos que condicionan nuestro ser para que dé determinada respuesta —y no otra— frente a determinado estímulo. Dicho de otra forma: ¿Cómo puede el cerebro, ocupado en procesar solamente impulsos eléctricos y descargas químicas, experimentar una consciencia subjetiva? La respuesta es la ya apuntada: nadie lo sabe al día de hoy.

   Esta conclusión no riñe, en lo absoluto, con algunos postulados previos; a saber, que es posible que el impulso primigenio en cada uno de nosotros, eso que de manera genérica podemos llamar “subconsciente”, sea tan relevante, igual o más, que el llamado “pensamiento racional” que nos lleva a decir o a actuar de este u otro modo. En “Incógnito. Las Vidas Secretas del Cerebro”,3 un libro que ya comenté en otra parte, su autor nos regala una magnífica imagen de ese fenómeno al narrar el famoso incidente que protagonizó Mel Gibson cuando, borracho, atacó al pueblo judío; como es del conocimiento público, ya en su juicio, Gibson se retractó de sus manifestaciones. En este punto, Eagleman se pregunta: “¿Cuál es el ‘verdadero’ Gibson? ¿El que profiere comentarios antisemitas o el que siente remordimientos y vergüenza y afirma en público: ‘Tiendo la mano a la comunidad judía en busca de ayuda’?”.

   La ardua pregunta de quiénes somos está muy lejos de ser respondida y el postulado socrático: “conócete a ti mismo”, tan vigente como hace más de veinte siglos; lo único que es posible afirmar con absoluta certeza es que desdeñar la experiencia religiosa o mística, con la excusa del pensamiento racional es, por decir lo menos, una idea imbécil por gratuita e indemostrada.

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Luis Villegas Montes.

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1 HARARI, Yuval Noah. Homo Deus: Breve historia del mañana. Debate. México. 2018.

2 HARARI, Yuval Noah. De animales a dioses. 4ª. reimpresión. Debate. México. 2015.

3 EAGLEMAN, David. Incógnito. Las Vidas Secretas del Cerebro. Colección: Argumentos. Anagrama. 3ª. edición. España. 2013. Capítulo 5: “EL CEREBRO ES UN EQUIPO DE RIVALES”.
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OJO SALVAJE.

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  Ojo Salvaje tiene fe, pero no una de esas huecas fes religiosas […] No, la fe de esta mujer es diferente, es tan grande y profunda que no parece real. Y no es en Dios en quien cree. Cree en mí”.

   Tuve la suerte de toparme con un libro; como cada ocasión en que me repliego en mí para alejarme del mundo, leí como desaforado en estas vacaciones y tuve la fortuna de hallar, sin buscarla, una novela que, como suele ocurrir, llegó de la mano de la casualidad.

   Resulta que María no había leído “La Tregua”, de Benedetti, y una noche entrañable, con personas entrañables, salió el peine; comentándola, a una de nuestras anfitrionas, Perla, le pedí que me permitiera obsequiársela y, ¡cómo no!, también le sugerí a María que la leyera; accedió y, ya puestos, compré dos ejemplares.

   Terminó María la novela y —como debe de ser en cualquier lector que se respete y tenga un atisbo de corazón— se deprimió un poquito; luego me pidió que le recomendara otro libro y accedí; decidí irme a lo seguro y le regalé “A la Sombra del Viento”, de Carlos Ruiz Zafón. No falla.

   Pero cuál sería mi sorpresa que ahí en la librería, agazapada en un estante, me estaba esperando “La Comadrona” de Katja Kettu;1 por mucho, la mejor novela que leído en meses. Se lo voy a decir en palabras de una crítica italiana; si no se titulara como se titula, “La Comadrona” se podría llamar: “La ferocidad del amor”. No le cuento la trama porque ya sabe cómo se ponen algunos de intensitos y luego me acusan de espoilero, por decir lo menos.

   Baste decir que no siempre ocurre; que es difícil encontrarse con un texto que te quite las palabras de la boca; que te corte el aliento; que te sacuda, que te conmueva, que te estremezca; que te seque por dentro para que después florezcas; que haga que el recuerdo, como en un pasaje onírico, se funda con la ensoñación y la nostalgia sin nombre de los amores contrariados —de los que habla García Márquez en la primera página de “El Amor en los Tiempos del Cólera”— y le dé apelativo a las cosas que parecían haberlo perdido en ese páramo desolado en que, a veces, perdida la fe, se convierte el alma de uno.

   La Comadrona” de Katja Kettu me reconcilió con el lenguaje y con el sentido último de la existencia que es uno solo: vivir.

   Perdida la fe en los hombres, para siempre y en definitiva, le hallo sentido a la propia vida en el acto de agotarse viviéndola; disfrutando palmo a palmo aquello, y sólo aquello, que nos hace felices en el aquí y el ahora porque lo demás es —diría Calderón de la Barca— sueño puro.

   En alguno de los párrafos de su novela, Johann Angelhurst se pregunta sobre la auténtica naturaleza de Ojo Salvaje y cuál Norna es: si Urd, lo que fue; Verdandi, lo que es; o Skuld, lo que está por venir;2 y casi al final se responde que es Verdandi: lo que ocurre ahora. En lo personal, me quedo con esta última visión del mundo: la del presente luminoso o aciago, pero presente al fin.

   Le dejo una cita del libro que da testimonio de ese amor desaforado que hace estallar las junturas del alma del que da cuenta la novela toda: “Cada minuto desperdiciado, cada hora, cada parpadeo. Cada instante sin ti, no vale nada”.3

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1 KETTU, Katja. La Comadrona. Alfaguara. México. 2015.
2 Ibídem. Pág. 225.
3 Ibídem. Pág. 209.

LOS LIBRES NO RECONOCEN RIVALES.

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   El viernes pasado, alguien comentó, con conmovida voz de alivio, que por fin había llegado al anhelado 20 de julio de este año;  el críptico desahogo se explicó de inmediato: “salimos de vacaciones, no sé si merecidas, pero en todo caso necesarias”. Heme aquí; instalado de lleno en esta bendita semana que para mí inició en viernes, compartiendo plenamente ese sentimiento de que, no sé si las merezco, pero definitivamente las necesito: vacaciones.

   El título de estos párrafos se explica porque, como ya lo saben mis escasos lectores, yo en estos periodos de asueto me pongo a leer como condenado; en ésas, huerfanito, viéndome desde un anaquel, estaba un librito cuyo título es el que encabeza estos párrafos, escrito por Paco Ignacio Taibo II.

   Con Paco tengo una relación unilateral de amor-odio de padre y señor mío. Digo que —aunque de antología— la nuestra es una relación unilateral porque estoy cierto que el ingrato ni en la vida me hace. Todo comenzó hace casi cuarenta años, cuando leí “Días de combate”; pues ahí estaba yo, rendido; todo cándido, pensando que Taibo II era cosa de otro mundo cuando ya le empezó a salir lo comunista y lo toscote y nuestro idilio se fue al carajo.

   Ahora me cae gordo; hacer novela sí, bienvenida cualquier creación literaria que pretenda romper moldes; ¿novela histórica? Tú dale, los lectores asiduos sabemos que la realidad da para eso y mucho más; pero, ¿intentar escribir historia un novelista? Y para colmo ideologizado, no señor, no lo intenten, no se los recomiendo. Sale cada engendro que no es novela, ni ensayo, ni historia, ni nada. Un puñito de basura, como es el caso.

   En su bodrio, Taibo II procura contarnos los avatares cercanos a la Batalla de Puebla y dibuja —desdibuja— la biografía de unos héroes de bolsillo enfrentados a unos tiranos épicos de dimensiones escandalosamente perversas; según él: todos los buenos están en el bando de los liberales y los malos en el de los conservadores; su narrativa prescinde de ese matiz indispensable cuando de personas hablamos; nos narra una historia ajena a los claroscuros de la naturaleza humana.

   Eso no es lo malo; lo malo de esas perversiones ideológicas es que crece uno con un pensamiento torcido y se larga a la vida a la patita coja intelectual y visual, pues se comienza a ver la realidad, y a interpretarla, con un solo ojo.

   Si no me cree, piense en las declaraciones imbéciles de MORENA, de las que hablaba en una entrega anterior, empezando por aquellas que intentan deslindar al otrora Rayito de Esperanza, a punto de convertirse en un sol arrasador que cae a plomo, del nauseabundo “blanqueo” de millones de pesos en nombre de los afectados por el sismo del año pasado: el fideicomiso propuesto por AMLO recibió 44 millones 407 mil pesos depositados en efectivo;2 lo que violaba el régimen especial porque al ser depósitos en efectivo, no es posible saber la procedencia del dinero y si se trata de recursos lícitos; porque los depósitos violan el régimen de financiamiento a partidos políticos; y porque el propio fideicomiso prevé que sólo puede recibir aportaciones a través de transferencias electrónicas y cheques.

   Adivine cuál fue la respuesta de AMLO a tan palmaria evidencia: “Consejeros del INE son conservadores, no quieren un cambio”. ¡Le digo!

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1 TAIBO II, Paco Ignacio. Los libres no reconocen rivales. Planeta. México. 2017.
2 URESTE Manu. Depósitos ilegales y reparto de millones en efectivo: así violó la ley el fideicomiso para damnificados de Morena, publicado en fecha 19 de julio de 2018. [En línea]; visible en el sitio: https://www.animalpolitico.com/2018/07/fideicomiso-damnificados-sismo-morena/, consultado el 24 de julio de 2018 a las 18.55 hrs.
3 Artículo titulado: “Consejeros del INE son conservadores, no quieren un cambio: AMLO”, publicado el 20 Julio 2018. [En línea]; visible en el sitio: https://politico.mx/minuta-politica/minuta-politica-gobierno-federal/amlo-retoma-actividades-ofrecer%C3%A1-mensaje-medios-este-viernes/, consultado el 24 de julio de 2018 a las 19.00 hrs.

ADOLFO Y LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS.

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   El título de estos párrafos se explica porque anoche empecé a ver la película. Vale madre que me desvele, puedo hacerlo porque estoy de vacaciones.

   Todo comenzó con un escueto mensaje de mi retoño el Adolfo: “Ve la sociedad de los poetas muertos”. Huelga decir que le hice caso. Le hice por un montón de sentimientos encontrados. El primero, tener algo para platicar. Con el Adolfo tengo una relación pedregosa pautada de afecto, que incluye abrazos y besos periódicos, y agarrones efímeros pero fulminantes. Yo pensaba que era una cuestión de la adolescencia pero no, en su caso, a los veinte años, la adolescencia se empieza a prolongar más allá de lo que la biología podría explicar en mi opinión; sin embargo, parece ser que sí, dicen María y Adolfo que es mi culpa, porque mi carácter levantisco tiene más de sierra que de páramo, de febrero que de julio y de borrasca que de céfiro; y el Adolfo lo heredó. Ésa fue una razón.

   La otra es que ya se va. Se va mi hijo menor a estudiar y yo me quedo aquí a aguantar las estupideces con que a diario nos abofetea la realidad, empezando por esa abominación que se llama MORENA y lo inunda todo con sus declaraciones imbéciles, a las que ya regresaré luego.

   Decía, se va el Adolfo y lo voy a extrañar mucho. Se lleva libros, mis libros; y se lleva sus dudas, cargadas de preguntas existenciales disparadas en rápida sucesión; y que en ocasiones me agobian o confunden, pero en otras, las más, me sacuden, me congratulan, me enternecen, pero en todo caso me conmueven.

   Confío en que sea para bien.

   Cuando me dijo que iba a estudiar literatura creativa me sentí como cualquier padre de familia al que alguno de sus hijos le dice: “quiero ser pintor”, “bailarina”, “cantante”; “¡chín!, en la madre”, pensé, me salió de esos: artista; personas contra las que yo, dicho sea de paso, no tengo nada, pero —también como cualquier padre de familia sensato— me hizo preguntarme si lo iba a tener que mantener hasta los cuarenta y tantos, como Theo van Gogh con su hermano Vincent.

   Ya luego me explicó que no, que la cosa iba en serio, que se trata de una carrera en forma de varios años, que la universidad la va a entregar un título en regla que si no lo convierte en el próximo Albert Camus, Mario Vargas Llosa, Jorge Volpi, Almudena Grandes, Arturo Pérez Reverte o, ya de perdida, Stephen King, es posible que le dé de comer a él y a los eventuales retoños que procree con una española de pura cepa quien, cuando la incordie —como suele incordiar este hijo mío— le pueda decir en tono de reproche con ese acento que me derrite y me deleita —y como ese malvadote de moda, Luisito Rey—: “Coño, Adolfo; que te la has gana’o, tío”; y ¡zaz!, le brinde un tremendo soplamocos, dado con todo el amor del mundo, que lo regrese de vuelta a casa con toda su progenie.

   Como sea, todavía no se va el Adolfo y ya empecé yo a extrañarlo; y a rogarle a la Virgen y a los santos que, si no se gana el Premio Nobel rapidito no importa, con tal de que lo mantengan vivo, sano y en paz allá donde esté; que ya sería mucho decir en este mundo de locos.

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MERLÍ O DE LAS PUERTAS ABIERTAS DEL VALHALLA.

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   Al gozo de leer a Almudena, o mejor dicho, concomitante a él, durante semanas disfruté una serie cuyo nombre recogí casi por casualidad.

   En un desayuno de Rotary, alguien, ¿la maestra Wong?, comentó el título de la serie: Merlí.

   Hablábamos de filosofía, creo, y de algunas producciones de televisión que abordan el tema. Las opiniones sobre la serie estaban divididas: no faltó quien la desdeñara por “ligera”; porque de filosofía sólo se queda en “generalidades” y cierta vacuidad. En tanto que hubo partidarios entusiastas que la celebraron como divertida, inteligente y bien hecha.

   Definitivamente me quedo en el grupo de los segundos. Me encantó.

  Aunque, en efecto, de filosofía hable más bien poco, definitivamente la serie no pretende eso; en cambio, constituye una enriquecedora reflexión sobre el entorno de los jóvenes, la docencia y la evolución constante en el modo de comprender el mundo.

  Con personajes entrañables, con Merlí Bergeron a la cabeza, la serie trata de un profesor de Filosofía desalojado que se va a vivir con su madre, y deberá aprender a convivir con su hijo Bruno, del quien hasta entonces cuidaba su exmujer; la llegada de Bruno a la vida de Merlí coincide con su contratación en el Instituto Àngel Guimerà; donde, merced a métodos imprevisibles y heterodoxos, hace reflexionar a sus alumnos sobre el sentido de las cosas; y a quienes también ayuda en la solución de sus problemas personales, si bien no pocas veces sus métodos o consejos sean censurables.

  Merlí no sólo explica a los grandes filósofos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Schopenhauer, Hume o Nietzsche, también aplica sus ideas y enseñanzas en la vida práctica para resolver problemas cotidianos.

  El mérito de la serie es la frescura de los personajes; la agilidad y vigencia de los diálogos; y la inteligencia con que se construye cada capítulo que, sin desvincularse del resto, enlaza los pormenores que le son propios con el filósofo o la corriente filosófica en turno.

   Para mí, que ya estoy fuera de onda y a quien le son ajenos un montón de tópicos de las nuevas generaciones, la serie constituye una oportunidad invaluable para replantearme un montón de asuntos que van desde las relaciones sexuales hasta el consumo de marihuana. Con esto no quiero decir que esté muy de acuerdo con que los jóvenes hablen de “derechos” (entendidos como prerrogativas, facultades o licencias) respecto de aquellos asuntos, y sus secuelas, que no tienen posibilidad de afrontar por sí mismos; me explico: no pueden hablar de libertad sexual ni de consumo de drogas, alcohol o tabaco, si no tienen los medios para hacerse responsables de lo que ocurra tras su realización. Punto. Pero a no dudar, la serie ahonda en estos y otros temas que, por lo menos para mí, son polémicos y dignos de reflexión.

   Como sea, en uno de sus capítulos la serie me recordó que, más allá de los infortunios cotidianos que pueblan nuestra existencia, existe la promesa del Valhalla –el paraíso nórdico de los muertos que, extrañamente, guarda la promesa de permitirles disfrutar de lo bueno en la otra vida–. Ese planteamiento me convenció que con el ánimo triste o festivo, con las fuerzas a punto o menguantes, con la esperanza intacta o rotas las esquinas del alma, el Valhalla está aquí y no hay otro.

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MAFER DE VUELTA.

 

María de chinita 2

    Estamos de fiesta, después de dos años de ausencia, viene María. Si alguno me sigue en estas reflexiones, sabrá de qué va la cosa: estudia en China desde hace ya, casi, cuatro largos años. En ese lapso han ocurrido muchas cosas y, sin embargo, aquello digno de contarse continúan siendo esas pequeñas cosas que guardan relación con lo mejor de nosotros mismos.

    Se supone que el de anteayer fue un día memorable para México; falta ver si es cierto, cualquier comentario que no sea exultante pareciera un mero desahogo, un trágico “respirar por la herida”; lo cierto es que me gustaría decir que estuve equivocado todo ese tiempo pero estoy sincera, profunda y aterradoramente convencido de que no; por eso, mejor el silencio y la circunspección frente a la desmesura de un regocijo pendiente de justificar.

   Por eso la celebración del feliz suceso de que María viene; y viene a darle un soplo de esperanza al aire irrespirable de los meses previos, cargado de mefíticos vahos: mentiras atroces, vacilaciones matadoras, frustraciones insalvables, vacuas ilusiones.

   Sea cierto o no para los ojos de los demás, meros espectadores, lo mejor de nosotros mismos siempre serán los hijos; no hay nada que se quiera más; con más convicción, disposición y entrega. No pocas veces, lo bueno y lo malo que nos ha tocado vivir, lo vivimos en ellos y por ellos: en sus sueños, en sus fracasos, en sus dudas y en sus éxitos. Lo anterior no significa, ni por asomo, que sea cierto; después de los 15 años lo bueno y malo que nos ocurre es responsabilidad nuestra; y si los padres no vamos a ser ese hálito benéfico que impulse su velamen para que los conduzca a buen puerto, más valiera que nos diéramos un tiro.

    No pocas veces los padres nos erigimos en auténticos obstáculos en ese proceso de crecer, tratando de imponer una visión, una voluntad, una querencia, una frustración; no señor, los hijos están para quererlos y darles alas; porque el timón se los fabricamos desde pequeños y si no lo hicimos a tiempo de poca cosa va servir empezar a los dieciséis.

    Yo a mis hijos los he criado mal pero los he querido mucho; ahora sólo me resta verlos madurar y mantenerme al margen hasta donde sea posible; apoyándolos ahí donde debo y viéndolos con estupor, con rabia, con desencanto, con gusto, con tristeza, con alegría, cada que la ocasión me los pone a modo.

    Por eso, este miércoles es maravilloso así a lo pelón, sin adjetivos: regresa María; viene a quedarse un mes; viene a ver a sus abuelas, amigos, parientes, padres y sí, ni modo, también al Adolfo; ya empezarían a llevarse bien, supongo, pues esta mañana me preguntó muy preocupado que a qué horas llegaba porque quería comprarle chucherías de ésas que ella extraña horrores allá donde vive. Y lo es de más de un modo porque pudiendo irse a un montón de lados, hablaba de París y Filipinas, decidió que no; que quería venir al terruño a vernos porque se muere de ganas. Nada, nada, nada, en este Mundo puede ser más delicioso y cálido, y dulce al oído, que una declaración de esa índole según la cual, abriéndose tan ancho el mundo para sus ojos pizpiretos con pestañas de tejabán, decidió venir a Chihuahua a vernos.

    La esperamos con ansias y conste que, desde ya, Luis Abraham, con el cuento de que se le dan bien los gorgoritos, queda emplazado para dedicarle a su hermana dos o tres canciones para que ella se azore y se convenza de una vez por todas que, de todos los viajes posibles, este fue el mejor, sin duda.

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Carta abierta a Clara Torres.

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Estimada Clara:

Conste que la razón de escribirle a Usted es meramente circunstancial; no se trata, digámoslo así, de nada personal; es sólo que, haciéndolo, a través suyo le escribo a un grupo de personas con el que no tengo posibilidades de contactar de modo directo y que, sin embargo, encuentro muy similares a Usted: gente de clase media —baja, media media o alta, pero clase media al fin— que por alguna extraña y misteriosa razón se muestra jubilosa con la posibilidad de votar a favor de Andrés Manuel López Obrador.

   De un modo arbitrario, procedo a enlistar las dos o tres razones, por lo menos las visibles, las torales, para votar a favor suyo, más allá de las propuestas específicas que son, como cualquier otra propuesta de campaña, una mera promesa y punto. Sobre esta base, esas razones son: el auténtico cambio para México, la “Cuarta Transformación de la República” le llama él; su honestidad a toda prueba; y el deslinde de lo que llama la “Mafia del Poder”, caracterizada por lo que festivamente denomina: “PRIAN” para dar a entender que se trata de una y la misma cosa.

   Es realmente trágico, podría resultar cómico pero no lo es, que sobre esas bases se pretenda, realmente, apoyar una candidatura como la de AMLO. Me explico: ¿cuál sería la razón para pretender que, en efecto, con la elección de este personaje empezaría la “Cuarta Transformación de la República”?

   Se trata de 120 millones, Clara, 120 millones de mexicanos; quienes todos los días aportamos nuestro granito de arena para que este asunto de la cosa pública funcione pero también para que deje de funcionar. No es cierto que sólo se trate de una élite de “políticos corruptos”; hay millones de personas, millones, a lo largo y ancho del país, en todos los estratos sociales, en todos los niveles de gobierno o dentro y fuera de él, que están vinculados, directa o indirectamente, con el narcotráfico, la trata de personas, el “huachicoleo”, la extorsión, la delincuencia organizada, etc.; venir a afirmar que solo porque un individuo no será corrupto va a cesar de golpe con esa pandemia —creerlo, decirlo, balbucirlo, ¡atreverse a proclamarlo! Constituye uno de los actos de simulación más brutales de los que he sido testigo a lo largo de mi vida—. Eso lo hace a uno cándido, cómplice o imbécil; no hay de otra.

   Lo que nos lleva de la mano al segundo asunto: ¿en qué momento AMLO dejó de ser del sistema? ¿Qué “blanqueador” usó? ¿Cuál desinfectante? Ni uno solo, ni uno solo de los nombres que se vinculan a AMLO, empezando por él mismo, puede presumir de una trayectoria inmaculada como pretende hacerse creer a los mexicanos; sin excepción, SE TRATA DE HOMBRES Y MUJERES DEL RÉGIMEN, particularmente del priísta, que de una u otra forma se han coludido en el pasado, mediato o inmediato, con los peores intereses para mantener postrado a este país.

   Toda su vida adulta AMLO ha formado parte del sistema a título de candidato, de funcionario de primero, segundo o tercer nivel, pero funcionario al fin; ha mamado de ese sistema y se ha beneficiado de él; un solo ejemplo: toda la crítica, cualquier crítica que se haga a los partidos políticos en México es aplicable a MORENA, un partido político como cualquier otro; pretender otra cosa sólo se explica por una ilimitada capacidad de autoengaño. Considere nada más que su insumo principal es el PRD; y al PRD lo formaron en su inmensa mayoría expriístas de tomo y lomo. ¿Va venir usted a defender la trayectoria de Elba Esther Gordillo, de Manuel Barttlett, de Esteban Moctezuma, de Armando Guadiana Tijerina, de Marcelo Ebrard, de Dolores Padierna o de René Bejarano? ¡Por favor! Me gustaría ver su congruencia, la de Usted, votando por AMLO para Presidente y por Cruz Pérez Cuéllar para Senador.

   Y no, no se vale decir, como me dijo por Facebook, que en los demás partidos es igual; no se vale porque quienes proclaman la inmaculada trayectoria de su líder son ustedes; ustedes han hecho de esa presunta cualidad un eje estratégico de la campaña y como ve, como sabe (porque no es posible que no lo sepa), se trata de una falsedad. Falsedad palmaria, evidente, si se atiende a los nombres y a las biografías de quienes lo acompañan en la aventura.

   La única defensa de que yo he sido testigo en los meses recientes, cuando de debatir los aspectos oscuros de esa campaña se trata, ha sido la de la desinformación y la descalificación: los ataques personales a quienes se atreven a disentir de las pseudoverdades que aclaman.

   Lo que nos lleva al último punto: ¿PRIAN? ¿Cuál PRIAN si del PAN y del PRI y del PRD han salido la inmensa mayoría de sus seguidores? Deme una sola razón, una sola, para pensar que los corruptos que lo rodean, él mismo, se “limpiaron” como por arte de magia, y gracias a su bendición laica, juarista y cardenista, dejaron de ser los miserables que siempre han sido.

   No, Clara; lo cierto es que la campaña de AMLO se basa, exclusivamente, en una credulidad malsana, de un grupo de ciudadanos legítimamente hartos de los excesos de los gobiernos previos —incluido el actual por supuesto—, liderados por un puñado de vivales.

   El asunto es dónde se sitúan ciudadanos como Usted, que saben de qué lado masca la iguana porque tienen años en el ajo; y que no es posible que crean, de verdad, en el sortilegio de “todos limpios, puros y santos” merced a una instantánea limpia poli-democrati-metafísica.

   Sí, están muy mal las cosas en México; pero no se van a resolver gracias a los buenos oficios de un Mesías tropical de izquierda; los últimos: Castro, Evo, Chávez, le han costado muy caro a sus respectivos países.

   En fin; Dios dirá.

  Como siempre, saludos cordiales a Usted y a su familia.

Luis Villegas Montes.