JAVIER DE LA FUENTE.

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   Ayer andaba en Juárez ocupado en menesteres propios de mi encargo; detallarlos aquí, escapa al propósito de estos párrafos. Sin embargo, por razones que también escapan a ese propósito (de seguir en este plan esta va a ser la reflexión más corta escrita jamás por mí), el asunto es que me hospedé en casa de mi amigo Javier de la Fuente.

   A Javier lo conocí en México no sé porqué; digo, sí sé, pero no sé porqué lo conocí hasta entonces; siendo, los dos, panistas de hueso colorado de toda la vida, lo lógico es que nos hubiéramos topado antes pero no; ni en cuenta; de repente, ahí estaba él, de secretario particular de Javier Corral; y yo, de achichincle multiusos.

   El caso es que, al poquito tiempo, ya éramos amigos y así hemos seguido hasta el día de hoy. Ha habido altibajos en la relación —sin llegar a enfriarse—, por la simple razón de que él se quedó en México y yo me regresé; luego se trasladó a Juárez y así; me acuerdo particularmente del 2016 porque fue nuestro gentil anfitrión con motivo de la visita del Papa Francisco a Chihuahua y pues… había que ir; y fuimos. Javier, como siempre, se lució en su anfitrionía espléndida. Al efecto, recuerdo con nostalgia un desayuno típico de un domingo cualquiera allá en el otrora DF: café, pan de dulce y huevos montados en un delicioso tamal oaxaqueño.

   Bien, pues ayer nos fuimos de patita de perro a un lugar de cuyo nombre no puedo acordarme. Antes del arribo, Javier me hizo algunas advertencias puntuales e, incluso, tomó sus precauciones; resulta que, por un módico precio, servían un kilo de costillitas de dudosa procedencia y un balde de seis cervezas; una semana antes, según me contó, había ido él acompañado de algunos amigos y casi se dejaron la dentadura por lo duras y chiclosas; con el cuento de que la oferta no especifica la procedencia del famoso platillo, ayer le pidió al camarero una especie de prueba de amor; o séase, un platito de muestra y sí, la cosa marchó de maravilla por un rato, porque nos llevaron unas costillitas con barbaquiu y prácticamente las devoramos.

   Javier pidió su mitad cocida “término medio”; y yo, como siempre, achicharrada; ya saboreaba yo esos trocitos de carbón envueltos en tortilla, cuando llegó la realidad a ponernos, de golpe, en nuestro lugar. Ni modo.

   No obstante, estas líneas no me las dictaron las méndigas costillas (seguramente de caballo); sino que el lugar, aparte de todo, como variedad ofrecía la de música karaoke y ahí fue donde torció la puerca el rabo porque yo solamente iba a cenar y pues no.

   El asunto es que, como suele ocurrir en esos lugares, unos cantan bien, otros mal y de algunos mejor ni hablar. Entre los primeros, recordé algunas canciones (que ni Javier conocía; y eso que tiene sus añitos) y escuché otras que, ¡ay, dolor, ya me volviste a dar!

    En esas estábamos, de un lado para otro, de la satisfacción al desastre, cuando en primerísima fila apareció Gaby —quien, para mayores datos, ha de tener unos trece o catorce meses de embarazo, o va a parir sextillizos, porque aquello era de no dar crédito— y nos maravilló con su majestuosa voz. Gaby cantó y, por unos instantes, me deslicé en esa certidumbre extraordinaria de estar vivo; realmente vivo, con una compañía entrañable y la constatación de que existen personas con talentos singulares que sirven para reconciliarnos con el hecho de estar vivos.

   Al rato Javier se animó a echarse él también sus gorgoritos y donde dije no, que no que no, María Cristina, queno, queno, fue cuando me invitó a acompañarlo en alguna pieza. Yo no canto ni aunque me paguen y, en todo caso, la única melodía con la que suelo endulzar el oído de mi audiencia es esa de Emilio Guerra, el prometido de Estela (me niego a hacerle propaganda a la malvada, y celosa —e ingenua—, Laurita Garza). Como sea, nos fuimos temprano a dormir porque había que madrugar.

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MANUEL: SINÓNIMO DE “MEMO”, “PRIMO” O SIMPLEMENTE “GILIPOLLAS”.

Manuel Larrainzar

   Me imagino que con ese título, entrado en ese asunto de los manueles podría ocurrir que un lector distraído pensara que en estos párrafos me refiero al “Cabeza de Guata” (¡ay, cómo extraño mis desahogos!) pero no.

   Resulta que el mes pasado lo empecé, o casi, haciendo referencia a la obra de Manuel Larrainzar, ese animalito que tuvo la nefasta ocurrencia iniciar su crónica histórica aludiendo a los pueblos nativos de estos lares con la intensión, no tan sana, de extender en el tiempo la permanencia de aquello que hemos dado en llamar “mexicanidad”.

   Pretensión imbécil, por donde se le mire, porque discurrir de ese modo implica que, además de echar mano de los avatares de las distintas etnias locales (otomíes, chichimecas y otras vainas) para explicar nuestros orígenes, deberíamos también, y en consecuencia, apropiarnos del bagaje histórico de la Madre Patria y entonces sí: ¡en la madre! Porque resulta que, para asumirnos como mexicanos, íbamos a tener que estar hurgándole santa parte a celtas e iberos, entre otros.

   Para que no se diga que soy hocicón (que si soy), escribe Manuel Larrainzar: “No estuvieron á solo esto reducidas sus calamidades y padecimientos; del mismo rumbo de donde habían venido los olmecas y tultecas se desprendió otro ejército invasor entiempo de Áhuitzotl, octavo rey de México”;1 sí señor, como lo lee usted, con todas sus letras: ¡Octavo rey de México! ¿Cuál México? México surgió poco más de trescientos veinte años más después.

   Pues bien, para que vea que estas no son digresiones ociosas, le recuerdo, querida lectora, apreciable lector, dos cosas: en medio del desastre de país que se avizora, hace cinco días López Obrador reiteró que España y el Vaticano “deben pedir disculpas por la Conquista”;2 en contraste, por increíble que parezca, el responsable de las finanzas públicas, Arturo Herrera, declaró, en una conferencia en Washington, que el gobierno está implementando estrategias para tratar de mitigar el efecto de un menor dinamismo económico; y que junto con el tema de la desaceleración, otro de los temas que le “quitan el sueño”,3 es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

   Lo grave del asunto es que si este funcionario no duerme con motivo de la preocupación que lo acalambra, ¿cómo debemos estar el resto de sus compatriotas tras sus alarmantes declaraciones? ¿Durmiendo a pierna suelta?

   Lo cierto es que un Secretario de Finanzas insomne no le sirve para nada a nadie; mucho menos, un Presidente de la República que, lejos de ver cómo reactiva la economía para vencer la problemática que representa el conflicto entre China y los Estados Unidos (que está impactando negativamente en nuestro país), se afana en estúpidas reivindicaciones pseudohistóricas para distraernos del cataclismo en marcha.

   Mal está que reneguemos de nuestras raíces pues si mentimos a cerca de nuestros orígenes, nos mentimos respecto de quiénes somos y porqué y para qué estamos aquí. Manuel, Manuelito, ¡cuánto le has hecho a México!

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Luis Villegas Montes.

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1 LARRAINZAR, Manuel. Noticia histórica de Soconusco y su incorporación a la República Mexicana, Imprenta de J.A. Lara, México, 1843, pág. 11.

2 Artículo de la redacción titulado: “Reitera López Obrador: 'Se debe de pedir perdón por abusos durante la conquista’”, el día 12 de octubre de 2019, por el periódico Excélsior.

3 Artículo de Leticia Hernández titulado: “Desaceleración le ‘quita el sueño’ a Herrera”, el día 15 de octubre de 2019, por el periódico El Financiero.

EL ABORTO Y EL PAN.

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   El mes pasado, a raíz de una serie de determinaciones legislativas, el tema del aborto regresó a la palestra pública; y lo hizo, con mayor fuerza, si cabe, tras las desafortunadas declaraciones del Ministro de la Suprema Corte de Justicia, Arturo Zaldívar, quien con manifestaciones sexistas, clasistas y prejuiciosas (evidentemente contrarias a la imparcialidad que debería regir su quehacer, pues es un tema que tarde o temprano le tocará a él resolver y ya sabemos cómo lo hará), señaló: “Las niñas ricas siempre han abortado sin ningún problema, sin consecuencias legales de ninguna especie”.1

   De ese sainete aborrecible —al fin de cuentas hablamos de un debate ocioso pues en el fondo se trata de una sola cosa: si se suprime vida humana o no (pensar que el debate se puede enfocar de otra forma es una imbecilidad)— destaco una sola cosa: el mutismo del PAN en el Poder Legislativo.

   Corriendo los riesgos que deban correrse (que le llamen “Partido confesional” es lo de menos), el PAN debería erigirse, a través de sus cámaras, con una voz vigorosa que se escuche fuerte: “no al aborto” y punto.

   Resulta penoso tener que recordarles a los diputados panistas algunas nociones básicas de sus documentos de doctrina o de su historia pero ni modo.

   En primer lugar, la vigencia de los postulados del PAN nacen de los principios de doctrina que proclama; de esta, don Manuel Gómez Morin señaló que era “sencilla, clara como la luz, como el aire, como el agua, como todo lo que da vida y es vida, y alimenta, y salva y eleva”. Así, para esos diputados que ensalzan, y votan a favor, modas que constituyen banderas de grupos “progres”, enquistados en el poder desde hace algún tiempo, sería bueno recordarles el artículo 1, inciso a), de sus Estatutos: el Partido es una asociación constituida con el fin de lograr: “El reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana y, por tanto, el respeto de sus derechos fundamentales y la garantía de los derechos y condiciones sociales requeridos por esa dignidad”. No habla de grupos, ni de sectores, ni de catervas, ni de masas, habla de seres humanos.

   Y dentro del cometido fundamental, hablando estrictamente de “rescatar la dignidad humana”, los mismos principios establecen que: si una persona es equiparada a la materia, o degradada por otra, o esclavizada, u oprimida, es todo el orden de los valores humanos el atacado; no hay “deber de caridad más apremiante y obligatorio que el de restablecer, hasta donde las propias fuerzas alcancen, en el ámbito reducido o extenso en que la acción sea posible, la integridad y la dignidad del hombre”. ¿Dónde está la caridad de esos pseudopanistas que en un tema tan álgido, tan delicado, tan apremiante, eligen posturas izquierdistas cuyas propuestas no solo repugnan al sentido común sino incluso, a los principios y creencias básicos que se obligaron a defender?

   Hace justo 55 años, decía Adolfo Christlieb Ibarrola: “Luchamos por hacer realidad un concepto de vida fundado en el respeto a la Persona Humana”; ¿dónde quedó ese respeto? ¿Dónde la lucha?

   En un párrafo memorable, Carlos Castillo decía: “En estos terrenos hay muchas cosas que se siguen, por ejemplo la postura radical —aquí sí radical del Partido Acción Nacional— en contra de la legalización del aborto. Acción Nacional ahí no va a dar un paso atrás”.2 ¿Dónde quedaron la valentía, la gallardía, la radicalidad, tan necesarias en esta hora?

   El PAN se caracterizó por hacer oír su voz por encima de la algarabía del entorno; en la calle, no temía perder elecciones si ganaba con el ejemplo; en tribuna, lo le importaba perder debates “arreglados”, si ganaba en el terreno de las ideas; ideas claras, sencillas, auténticas, necesarias, como es el respeto irrestricto a la vida y a la dignidad humanas. Este no es un asunto de ganar o perder, es un asunto de mantenerse firme, defendiendo con lucidez y coraje principios y nociones básicos. Triste su silencio cómplice, triste su inacción y triste su cobardía.

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Luis Villegas Montes.

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1 Artículo de la redacción, con el título: “Suprema Corte de Justicia avala aborto por violación”, publicado el 08 de agosto de 2019, por el periódico Excélsior.

2 Léalo completo, vale la pena, en: Partido Acción Nacional. La Doctrina Panista. Fundación Rafael Preciado Hernández. México. 2012. Pág. 13.

LUISILLO: AD ASTRA.

Colage Luisillo

   Esta carta se iba a intitular: “Luis y yo” pero con el cuento del latín así se quedó y ni modo.

   El fin de semana vi una película que quería ver desde hace semanas y, en segundo lugar, sirve de encabezado a estas líneas: Ad astra o, escrito en español: “Hacia las estrellas”.

   Contársela me acarrearía una enorme serie de perjuicios empezando por confirmar esa vieja acusación (¡Ah, cómo me ha dolido!) de que cuando hablo de películas las spoileo: ¡No es cierto!

   En fin, no le voy a contar nada que el título, o la imagen de Brad Pitt (ya está cascadito, oiga) con casco de astronauta y traje de ídem, no le sugieran: sí, se trata de una película del espacio que, para mayores datos, la crítica de cine la califica como de: “suspenso y ciencia ficción”; y que protagoniza el susodicho Pitt, y el más bien feíto, Tommy Lee Jones, con una aparición muy marginal de Donald Sutherland.

   Vaya y véala porque, aunque trillado, el leitmotiv de la cinta es siempre maravilloso: cómo, en ese trajín que llamamos “vida”, nos vamos olvidando de las cosas realmente importantes; y, a veces, en ese afán de descubrir mundos o espacios, nos olvidamos de lo fundamental: hurgar y descubrirnos a nosotros mismos. Como siempre en estos casos, le sugiero que vaya al cine, adquiera una cajota de palomitas… y el refresco lo compre afuera.

    Yo digo que me anticipé al mensaje de la película porque —dos días antes— procedí a hacerle los honores a ese hecho de vivir lo que en la vida importa verdaderamente: resulta que, el martes de la semana pasada, recibí una llamada de Luis Abraham, mi hijo el mayor quien, con esa voz cavernosa que tan bien conozco, con un gutural y ominoso “papá”, me emplazó a verlo. No habría sido tan grave el asunto si no hubiera agregado de inmediato: “necesitamos hablar”.

   “¡En la madre!”, pensé; un “necesitamos hablar” de mi retoño provoca una inenarrable conmoción en mi interior seguida de escalofríos; se agita mi espíritu, se me dispersan las ideas, se me contrae el… alma; y si a eso le agrega usted que, muy a mi estilo, en ánimo preventivo retruco yo con un perentorio “¿para qué?” y él me replica con un (todavía más escueto): “personalmente”; no, entonces sí, un cataclismo súbito me embarga por dentro y hasta un conato de lágrimas asoma a mis ojos.

   La verdad que eso me pasa por prejuicioso y hocicón porque no era nada del otro mundo y terminamos jugando billar y dominó. La sana costumbre que habíamos forjado años atrás, de vernos semana a semana a esos mismos menesteres, se truncó por no sé qué misteriosos contratiempos a los que es tan afecto él; y en esas estábamos, hasta el viernes, que fue cuando nos vimos, y convinimos en repetir, los jueves, esa cita tan necesaria, para reconciliarnos de la circunstancia de ser padre e hijo, con todas las desavenencias y complicaciones, encuentros y desencuentros, apremios y prórrogas —y afectos y ternuras— que tal condición nos depara.

   Como sea, espero que sí, que nos veamos el jueves, por lo menos para la revancha, pues en el billar terminamos cuatro a uno, favor él; y en el dominó, después de dos manos, lo dejé con un orondo setenta a cero, que lo llevó a decir: “oye, como que cien puntos son muy poquitos”; pero no, porque después de eso no volví a ver la mía. El final estuvo de infarto porque poquito a poquito fui alcanzándolo, hasta que dio la vuelta la partida; y estábamos en un setenta a noventainueve (favor él); al que siguió otro setenta a noventainueve (porque con todas en contra me quedé sin fichas y le ahorqué la mula de ceros)… y ya después él me ahorcó a mí con un setenta a cientoveintitantos (no tuvo caso contar ya).

    Por eso sí, Luis y yo: hasta las estrellas.

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MÉXICO VS. INGLATERRA… Y así perdimos Belice.

México vs. Inglaterra

    No, no se trata de fútbol, de un partido amistoso entre ambos países a celebrarse en dicho mes; sino de una auténtica conflagración entre ambas naciones que derivó en esa pérdida terrible… por humillante.

   Septiembre (siempre septiembre); así es: todo empezó por esas fechas en Belice, siguió en Belice y, para desgracia nuestra, terminó con Belice, cuando lo perdimos a manos de los ingleses.

   Corría el mes de septiembre de 1848 y a las costas de Yucatán arribaron 938 mercenarios gringos a apoyar la causa de los separatistas locales; con ese gesto, oficialmente empieza una matanza conocida como “Guerra de Castas”, que cundió por toda la península y amenazó con exterminar, a manos de los indígenas, a la totalidad de la población blanca. La Guerra habría de prolongarse por más de media centuria y nos costó, otra vez, como todas las guerras de ese Siglo infame, un pedazo de nuestro territorio.

   A los españoles, Belice les pareció poca cosa: agreste, poblada de indios melindrosos y combativos, prefirieron irse a otros lares menos cerriles, más benévolos y pródigos. Pasaron los años y de modo paulatino para reponerse de sus fatigosas travesías corsarias, a sus playas llegaron bucaneros ingleses, conocidos como “baymen” o “piratas de la bahía”. No menos belicosos, ni crueles, que los naturales. En sus correrías, los baymen encontraron un producto más precioso que el mismísimo oro: el Palo de Campeche (aunque parezca albur, no lo es).

   El “Palo de Campeche”, o “Palo de Tinte”, es un árbol único en su especie usado para teñir géneros. A ese descubrimiento siguió otro casi de inmediato: los bosques de meliáceas (de donde se extrae la hermosa caoba); ya puestos, con ese espíritu filibustero y salvaje, los británicos poblaron la región para hacerse cargo del floreciente negocio; al mismo fin, empezaron a importar esclavos negros, traídos desde Jamaica, para explotar a placer los bosques locales.

   Envidiosa, la Corona española, oficialmente la dueña del territorio, empezó una ofensiva que derivó en sendos tratados (de Madrid y de París —que nadie cumplió—). Finalmente, la cosa se resolvió para ninguna parte merced a la batalla del Cayo San Jorge, en la cual, bandidos y esclavos derrotaron a la flota española.

   Firmado el Tratado de Córdoba —por el que México se anexó las provincias pertenecientes a la Nueva España—, Belice se incluyó dentro de Reino de Guatemala; empero, a los guatemaltecos les hizo maldita la gracia y se erigió un Congreso que declaró que las provincias de Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica serían independientes de México; así se conformaron las Provincias Unidas de Centro América, las que no fueron reconocidas, obviamente, por los gobiernos mexicano ni inglés. A todo esto: ¿qué tiene qué ver la “Guerra de Castas” con este margallate? Espérense tantito.

   A su modo, soberbia y prepotente, Gran Bretaña desconoció a Belice como parte de México y lo declaró, unilateralmente, colonia inglesa, pasando a formar parte de la, así llamada, “Honduras Británica”.

   Habíamos dejado al gobierno de la República matando indios a dos manos en la península de Yucatán; y, a estos, asesinando criollos y gachupines a placer; ambos bandos, sin dar ni pedir cuartel. Anticipándose a los gringos en unas cuantas décadas —es decir, beneficiándose de las matanzas intestinas entre mexicanos—, la reina Victoria financiaba a los rebeldes a fin de quedarse con Belice.

   A ese estado de cosas, el Presidente Porfirio Díaz decidió ponerle fin entregando Belice a la Gran Bretaña, vía la suscripción del Tratado Spencer; por el cual, México cedió ese territorio a cambio, artículo segundo, se dejara de suministrar armamento a los mayas sublevados.

   Así perdimos Belice.

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13 de septiembre: el otro show.

Los niños héroes

   Lo más cerca que estuve en estas fiestas patrias de mi ser patriótico fue un convivio en casa de la licenciada Wong.

   A la fiesta fui calzando unas viejas botas vaqueras, color negro, duras, de piel de anguila que conservo de mis mocedades (todavía no sé porqué), con más abolladuras que la consciencia de un político promedio. El hecho de vestirlas me confirmó en el hecho de que soy un ser de carne y hueso aunque, por la descarapelada que me di en los empeines, más parecía yo olla de peltre. Me están creciendo los pies.

   Lo cierto es que estoy hasta el gorro de tanta faramalla y vacuidad; el mes de la patria hace más agua que el Titanic; además de la mentira de que el 15 de septiembre de 1810 el cura Hidalgo dio inicio a una lucha de independencia, está esa otra relativa a la fecha que sirve de título a estos párrafos, respecto de los niños héroes, pues ni están todos los que son ni son todos los que están; excepto porque los jóvenes que lucharon el 13 de septiembre de 1847 en contra del invasor gringo, sí fueron héroes, lo demás es falso.

   En efecto, ni todos eran cadetes, ni todos eran niños, ni tampoco eran nada más seis.

   La historiografía nacional, otra vez, distorsionó los hechos para hacerlos coincidir, de manera conveniente, con intereses políticos de coyuntura; pero vayamos por partes: ¿no todos eran cadetes? No. Juan Escutia era un soldado del batallón de San Blas.

   ¿No todos eran niños? No. De hecho, la mayoría no lo era; Juan Escutia tenía veinte años de edad; Juan de la Barrera, diecinueve; Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca, dieciocho; solo Vicente Suárez y Francisco Márquez eran menores, el primero tenía doce años y el segundo catorce (aunque no falta quien afirme que Suárez tenía diecisiete años).

   Además, hoy se sabe que estos seis jóvenes no estuvieron solos; hubo otros muchos que en esa fecha tomaron las armas; hubo uno, en particular, al que la historia patria no le hace justicia —ese sí casi un adolescente (tenía quince años de edad)—. Ese “niño héroe”, tras salir vivo de la batalla, se convirtió en el mejor estratega del Partido Conservador y, de haber vencido a los liberales, quizá podría haber sido llamado: “El Presidente Niño Héroe” pues, a los veintisiete años de edad, accedió a tan elevada dignidad; aunque tuvo la mala fortuna de equivocarse de bando; ese niño se llamó Miguel Miramón.

   En cuanto a la bandera (el asunto de “El Niño Envuelto”), los historiadores coinciden en que sí ocurrió pero no necesariamente que el protagonista haya sido Juan Bautista Pascacio Escutia Martínez, pues los libros de primaria le reconocen también el mérito al capitán Margarito Zuazo, del batallón Mina.

   ¿Cómo se explica este batidero? Las prisas.

  Aunque la historia de los niños héroes se conocía desde el Siglo XIX, la historia se relanzó durante el sexenio del Presidente Miguel Alemán. En marzo de 1947 el Presidente americano Harry Truman visitó nuestro país, en el centenario de la guerra entre México y Estados Unidos, colocó una ofrenda floral que los cadetes del Colegio Militar devolvieron de malos modos a la embajada americana.

   Al poco tiempo de la visita de Truman, durante unas excavaciones al pie del cerro de Chapultepec se encontraron seis calaveras que, literalmente, por decreto presidencial, se estableció que pertenecían a los niños héroes.

  Llama la atención que alguien, hace cien años, se haya tomado la molestia de enterrarlos a todos juntos, incluido el de la bandera. Me hubiera gustad saber quién fue. Tanta previsión y diligencia son dignas de admiración.

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DESPAPAYE DE LA HISTORIA PATRIA: EL ORIGEN.

   Ya entrados (conste que lo que me inspira no es el arguende ni echarles a perder la celebración de las fiestas patrias, sino compartir con ustedes algunas notas de la historia nacional), resulta interesante comprender cómo y cuándo llegamos a esa noción idiota de que los indígenas precolombinos constituyen, ellos solitos y prescindiendo del aporte español, el germen de la mexicanidad.

   Resulta que hace muchos, muchos, muchos años —para ser exactos 1843—, había un señor llamado Manuel Larrainzar quien, para defender la invasión de México a Guatemala con el afán de apoderarse del Soconusco, tuvo la peregrina idea de retrotraerse a los remotos, y discutibles, orígenes de las naciones indígenas que poblaban esas tierras.

   En efecto, con pedantería de académico neoconstitucionalista y grandilocuencia de político de quinta —que, para nuestra desgracia, ya no nos iba a dejar jamás—, el angelito escribió en el prólogo de su obra: “El deber pone la pluma en mi mano para escribir sobre Soconusco: su incorporación a la República mexicana ha llamado la atención pública: el gobierno del estado de Guatemala, y varios escritores de Centro-América han presentado este suceso con un carácter odioso”.1 Nótese, el librito lo escribió con aires de refutación, porque algunos, en la ofendida Guatemala, víctima del despojo mexicano, osaban quejarse de la intrusión extranjera.

   No conforme, Larrainzar funda su dicho en una legítima, límpida y lírica intención: “haciendo sentir (merced a su pluma) la fuerza de la verdad, y fundando la justicia con que ha procedido el gobierno de México en este asunto, ese es el objeto que me propongo: yo no podría callar […] mi silencio pondría sobre mi frente un sello de deshonor y de ignominia, y no puedo resignarme a semejante destino”.2 ¡Mocos!

   Ahí es cuando torció la puerca el rabo porque, en la relación que Larrainzar hace para justificar “la propiedad” de México sobre la región, se remonta, lo menos, seiscientos años: “Los olmecas, raza enemiga de los que habitaban estos países, y con quien ya otra vez habían estado en guerra, invadieron con un ejército numeroso, y después de una lucha sangrienta, vencieron y sometieron a los habitantes de Soconusco […] Después de la invasión de los olmecas, se siguió la de los toltecas, capitaneados por Nimaquiche, quien en la división que hicieron de la nueva región (dio a un hermano el señorío de los mames) en que estaba comprendida la provincia de Soconusco”.3

   Don Manuel, que era abogado, y Ministro propietario del Tribunal Superior de justicia del Departamento de Chiapas, ha de haber sido uno muy mediocre en el ejercicio de su profesión; posiblemente al escribir esos párrafos no se acordaba de sus clases de derecho romano y de la figura de la usucapión; pretender una “legitimidad” que deriva de una “propiedad” (dudosa por lo demás) de más de seiscientos años, obtenida con el uso de la fuerza, es tan absurdo como justificar el holocausto del pueblo palestino a manos judías sobre la base de un derecho adquirido hace tres o cuatro mil años.

   Como sea, esa taradez de identificar a los pueblos nativos originarios con los mexicanos de hogaño —sin ese “toque” español del que dan cuenta nuestro idioma, nuestra sangre, nuestro monoteísmo, etc.— es polvo de aquellos lodos.

   ¡Cuánto daño le hizo la grandilocuencia y la memez de Manuel Larrainzar a México! Desde entonces, en asuntos de identidad nacional, los mexicanos andamos como niños jugando al “mamaleche”: a la patita coja.

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1 LARRAINZAR, Manuel. Noticia histórica de Soconusco y su incorporación a la República Mexicana, Imprenta de J.A. Lara, México, 1843, pág. III.
2 Ibídem.
3 Ídem., págs. 8 y 10.