FRÍO QUE PELA.

 

Yo de sombrero

   Hoy estrené nuevo look. Lo cierto es que parezco tachuela, porque las alas del sombrero son del ancho de mis hombros, pero, sabiamente, apliqué aquel adagio de “andando caliente aunque se ría la gente” y sí funciona.

    La verdad es que desde temprano parecía yo una adolescente en los preámbulos de su primera cita; me veía al espejo y decía: “no”, luego “sí”; me volvía a mirar y dudas existencialistas tomaban mi ánimo por asalto para recomenzar en el “no”, en una esquizoide relación conmigo mismo que me tenía los nervios dados a la trampa.

   Sin embargo, luego de asomar mi naricita a la gélida intemperie de fuera de mi casa dije: “$#@&%… su madre, ahí voy”; y heme aquí, enfundado hasta las orejas de abrigo, bufanda y… sombrero.

   Como luego dicen, que decía Gustavo Díaz Ordaz, aquello de que “hay derecho a ser feo pero no hay derecho a abusar”, yo voy por la vida tratando de incomodar lo menos posible al prójimo pero hay situaciones, como las de esta mañana, en que nomás no; no es cosa de que en el vestíbulo de la tercera edad, que es donde me encuentro, me vaya dar un aire colado nomás por necio. Recién bañado con agua que bien podría servir para pelar pollos, con mis caireles todavía empapados (mi mamá les diría “ricitos”), no es cosa de que al primer golpe de viento helado me dé el patatús.

   O serán cosas de la edad.

   Hubo una época, lo recuerdo bien, en que un montón de consejos y recomendaciones de mi mamá Lola y de mi abuela Esther me entraban por una oreja y me salían por la otra sin pena ni gloria; eso por un lado. Por el otro, encabalgado en ese yo rejego, había otro yo entre tímido, timorato y pentonto que se avergonzaba de otro montón de cosas (como cualquier otro adolescente, por lo demás) y hacía más caso de las burlas de las amistades (de las que no conservo ninguna) que de mi propio, y auténtico, yo.

   A estas alturas de la vida, la opinión ajena me tiene perfectamente sin cuidado hago lo que debo, o lo que necesito hacer, y por lo demás que el mundo ruede; además, ahora me doy cuenta de que, en mucho de lo que me decían Lola y Esther, tenían razón; así que si a los dieciséis años podía echar al bote de los sinsentidos la advertencia de que no saliera a la calle así, con la cabeza mojada después de bañarme, porque me iba a resfriar, ahora me lo tomo más en serio y aquí estoy, haciéndole caso a mi madre y abuela cuarenta años después.

    O serán cosas del clima.

   Con esta calima, los cerros emborronados por las columnas de vapor alzándose en distintos puntos de la ciudad, la marea de una neblina baja y la lluviecita que no cesa, se antojan más el recogimiento y el abrigo, con la tórrida parafernalia propia del caso, que el alboroto y la exuberancia de la canícula.

   O será solo esa nostalgia que se empieza a apoderar de uno en los prolegómenos del tradicional Guadalupe-Reyes, con la Navidad en puerta y las ausencias que empiezan a pesar en el corazón un poquito más que el año anterior, recién transcurrido el 2 de noviembre, que trata uno de calentarse el cuerpo con el secreto propósito de calentarse el alma.

   Todo lo escrito, simplemente para decir que hoy, por primera vez en mi vida, me puse un sombrero y salí a la calle.

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Luis Villegas Montes.

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DE GUATEMALA A GUATEPEOR.

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   A mis escasos lectores les consta que han transcurrido muchísimas semanas sin ocuparme en este espacio del Cabeza de Pañal (usado), el dizque Presidente de la República. Aquello empezaba a ser de una monotonía que hasta a mí me espanta.

   Hace casi medio año, afirmé categórico que: “las malas noticias continuarán ahí; sin inmutarse y acumulándose; AMLO no dejará de decir y hacer estupideces; los Estados Unidos seguirán limpiándose el trasero con los 15 mil efectivos de la guardia nacional (no los 6 mil que mentirosamente afirmó el Presidente); la inseguridad seguirá en aumento (junio fue el mes más violento del sexenio); a diferencia de la economía, por cierto, que irá en decremento”.

   Meses después, tenemos que las malas noticias ya están aquí: AMLO sigue diciendo estupideces; por ejemplo, a mediados del mes pasado afirmó que sí había avances en seguridad;1 ello, pese a la evidencia palmaria de que en los primeros seis meses de su gobierno, el número de homicidios alcanzó una cifra récord;2 y en el mismo periodo, los secuestros aumentaron un 29%.3 Por no hablar del horror, sí, del horror, de la tragedia, del pavor, que vivió Culiacán y la matanza de los miembros de la familia LeBarón.

   Los Estados Unidos continúan limpiándose el trasero con México pues mientras se emplean 26 mil efectivos para el resguardo de las fronteras,4 el presupuesto destinado a seguridad pública de estados y municipios se recortó en más de mil millones de pesos.5

   En cuanto a la economía, ¡ay, la economía! Hace siete días se confirmó lo que todos ya sabíamos: México entró en recesión: el PIB decreció 0.4% —la primera caída desde la crisis de 2009— y, en consecuencia: habrá desempleo, menores ingresos y alza de precios.6

   Todo eso ya lo sabíamos (bueno, menos los imbéciles que siguen defendiendo al subnormal del Presidente), pero lo que todos ellos no han tomado en cuenta es la seriedad del conflicto con las fuerzas armadas, visible desde hace mucho tiempo; para no ir más lejos, hace un año, se escribió que la relación de AMLO con estas era esquizofrénica: “Las llama asesinas y las reconoce como una institución del pueblo. Las denuesta y acude a ellas para abatir la inseguridad. Quería el retiro paulatino de los militares de las calles mexicanas y ahora dice que eso no es posible. (…) En los altos mandos de las Fuerzas Armadas, lo único que ha generado es resentimiento y desconfianza. Mal inicio de gobierno para una administración que aún no arranca”.7 ¡Un año ya!

   Pese a la clara alerta, como es su costumbre, ciego a cuanto no sea la unanimidad idiota en su entorno, el Cabeza de Guata ha exacerbado esas diferencias; particularmente después de que ocurrió el fallido operativo contra Ovidio Guzmán; en ese contexto, el pasado 22 de octubre, el general en retiro Carlos Gaytán Ochoa pronunció un discurso en el que habló de la polarización ocasionada por las corrientes políticas de izquierda; de un Presidente que acumula poder en medio de “un grupo de halcones que podrían llevar a México al caos” y de decisiones estratégicas “que no han convencido a todos”.8

   Y otra vez, para variar, la postura del Cabeza de Cotonete fue la descalificación; sordo a la crítica explícita y a los hechos contundentes, reviró llamando al general Gaytán imprudente y erigiendo un molino de viento (otro) con el asunto del “golpe de estado”;9 pasando por alto que el discurso lo escucharon unos quinientos oficiales, que lo oyeron con atención y al terminar lo aplaudieron de pie.10

   Se los dije: este gobierno se cae a pedazos y vamos tras él.

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Luis Villegas Montes.

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1 Artículo de Arturo Ordaz Díaz, con el título: “AMLO presume avances en seguridad, pero sigue la percepción de miedo”, publicado el 15 de octubre de 2019, por Forbes.
2 Artículo de la redacción, con el título: “No cede la violencia: suman 20,135 homicidios en el país de enero a julio”, publicado el 21 de agosto de 2019; visible en el sitio: https://politica.expansion.mx/mexico/2019/08/21/mexico-cifras-homicidios-enero-julio-2019 Consultado el 5 de noviembre de 2019 a las 21.00 hrs.
3 Artículo de Andrés Mendoza, con el título: “Secuestro subió 29% en México; homicidio también aumenta”, publicado el 21 de junio de 2019, por el periódico Excélsior.
4 Artículo de Misael Zavala y Alberto Morales, con el título: “Despliegue militar total en la frontera norte y sur de México”, publicado el 25 de junio de 2019, por el periódico El Universal.
5 Artículo de Rafael Ramírez, con el título: “Municipios se quedan sin apoyo para seguridad, recursos van a Guardia Nacional”, publicado el 22 de octubre de 2019, por el periódico El Sol de México.
6 Artículo de Mario Mendoza Rojas, con el título: “México ya está en recesión económica”, publicado el 30 de octubre de 2019; visible en el sitio: https://www.publimetro.com.mx/mx/noticias/2019/10/30/mexico-ya-esta-recesion-economica.html Consultado el 5 de noviembre de 2019 a las 21.15 hrs.
7 Artículo de Raymundo Riva Palacio, titulado: “El amor y odio de Andrés Manuel”, publicado el 26 de noviembre de 2018), por el periódico El Financiero.
8 Artículo de la redacción, con el título: “El duro discurso del General Gaytán contra AMLO”, publicado el 30 de octubre de 2019; visible en el sitio: https://www.msn.com/es-mx/noticias/mexico/el-duro-discurso-del-general-gayt%C3%A1n-contra-amlo/ar-AAJFcn0 Consultado el 5 de noviembre de 2019 a las 21.20 hrs.
9 Visible en el sitio: https://www.youtube.com/watch?v=9_HemPZeqVs Consultado el 5 de noviembre de 2019 a las 21.25 hrs.
10 Artículo de Hilario Olea, titulado: “Corren rumores// Cañonazos a los generales”, publicado el 5 de noviembre de 2019), por el periódico El Sol de Hermosillo.

JAVIER DE LA FUENTE.

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   Ayer andaba en Juárez ocupado en menesteres propios de mi encargo; detallarlos aquí, escapa al propósito de estos párrafos. Sin embargo, por razones que también escapan a ese propósito (de seguir en este plan esta va a ser la reflexión más corta escrita jamás por mí), el asunto es que me hospedé en casa de mi amigo Javier de la Fuente.

   A Javier lo conocí en México no sé porqué; digo, sí sé, pero no sé porqué lo conocí hasta entonces; siendo, los dos, panistas de hueso colorado de toda la vida, lo lógico es que nos hubiéramos topado antes pero no; ni en cuenta; de repente, ahí estaba él, de secretario particular de Javier Corral; y yo, de achichincle multiusos.

   El caso es que, al poquito tiempo, ya éramos amigos y así hemos seguido hasta el día de hoy. Ha habido altibajos en la relación —sin llegar a enfriarse—, por la simple razón de que él se quedó en México y yo me regresé; luego se trasladó a Juárez y así; me acuerdo particularmente del 2016 porque fue nuestro gentil anfitrión con motivo de la visita del Papa Francisco a Chihuahua y pues… había que ir; y fuimos. Javier, como siempre, se lució en su anfitrionía espléndida. Al efecto, recuerdo con nostalgia un desayuno típico de un domingo cualquiera allá en el otrora DF: café, pan de dulce y huevos montados en un delicioso tamal oaxaqueño.

   Bien, pues ayer nos fuimos de patita de perro a un lugar de cuyo nombre no puedo acordarme. Antes del arribo, Javier me hizo algunas advertencias puntuales e, incluso, tomó sus precauciones; resulta que, por un módico precio, servían un kilo de costillitas de dudosa procedencia y un balde de seis cervezas; una semana antes, según me contó, había ido él acompañado de algunos amigos y casi se dejaron la dentadura por lo duras y chiclosas; con el cuento de que la oferta no especifica la procedencia del famoso platillo, ayer le pidió al camarero una especie de prueba de amor; o séase, un platito de muestra y sí, la cosa marchó de maravilla por un rato, porque nos llevaron unas costillitas con barbaquiu y prácticamente las devoramos.

   Javier pidió su mitad cocida “término medio”; y yo, como siempre, achicharrada; ya saboreaba yo esos trocitos de carbón envueltos en tortilla, cuando llegó la realidad a ponernos, de golpe, en nuestro lugar. Ni modo.

   No obstante, estas líneas no me las dictaron las méndigas costillas (seguramente de caballo); sino que el lugar, aparte de todo, como variedad ofrecía la de música karaoke y ahí fue donde torció la puerca el rabo porque yo solamente iba a cenar y pues no.

   El asunto es que, como suele ocurrir en esos lugares, unos cantan bien, otros mal y de algunos mejor ni hablar. Entre los primeros, recordé algunas canciones (que ni Javier conocía; y eso que tiene sus añitos) y escuché otras que, ¡ay, dolor, ya me volviste a dar!

    En esas estábamos, de un lado para otro, de la satisfacción al desastre, cuando en primerísima fila apareció Gaby —quien, para mayores datos, ha de tener unos trece o catorce meses de embarazo, o va a parir sextillizos, porque aquello era de no dar crédito— y nos maravilló con su majestuosa voz. Gaby cantó y, por unos instantes, me deslicé en esa certidumbre extraordinaria de estar vivo; realmente vivo, con una compañía entrañable y la constatación de que existen personas con talentos singulares que sirven para reconciliarnos con el hecho de estar vivos.

   Al rato Javier se animó a echarse él también sus gorgoritos y donde dije no, que no que no, María Cristina, queno, queno, fue cuando me invitó a acompañarlo en alguna pieza. Yo no canto ni aunque me paguen y, en todo caso, la única melodía con la que suelo endulzar el oído de mi audiencia es esa de Emilio Guerra, el prometido de Estela (me niego a hacerle propaganda a la malvada, y celosa —e ingenua—, Laurita Garza). Como sea, nos fuimos temprano a dormir porque había que madrugar.

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Luis Villegas Montes.

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MANUEL: SINÓNIMO DE “MEMO”, “PRIMO” O SIMPLEMENTE “GILIPOLLAS”.

Manuel Larrainzar

   Me imagino que con ese título, entrado en ese asunto de los manueles podría ocurrir que un lector distraído pensara que en estos párrafos me refiero al “Cabeza de Guata” (¡ay, cómo extraño mis desahogos!) pero no.

   Resulta que el mes pasado lo empecé, o casi, haciendo referencia a la obra de Manuel Larrainzar, ese animalito que tuvo la nefasta ocurrencia iniciar su crónica histórica aludiendo a los pueblos nativos de estos lares con la intensión, no tan sana, de extender en el tiempo la permanencia de aquello que hemos dado en llamar “mexicanidad”.

   Pretensión imbécil, por donde se le mire, porque discurrir de ese modo implica que, además de echar mano de los avatares de las distintas etnias locales (otomíes, chichimecas y otras vainas) para explicar nuestros orígenes, deberíamos también, y en consecuencia, apropiarnos del bagaje histórico de la Madre Patria y entonces sí: ¡en la madre! Porque resulta que, para asumirnos como mexicanos, íbamos a tener que estar hurgándole santa parte a celtas e iberos, entre otros.

   Para que no se diga que soy hocicón (que si soy), escribe Manuel Larrainzar: “No estuvieron á solo esto reducidas sus calamidades y padecimientos; del mismo rumbo de donde habían venido los olmecas y tultecas se desprendió otro ejército invasor entiempo de Áhuitzotl, octavo rey de México”;1 sí señor, como lo lee usted, con todas sus letras: ¡Octavo rey de México! ¿Cuál México? México surgió poco más de trescientos veinte años más después.

   Pues bien, para que vea que estas no son digresiones ociosas, le recuerdo, querida lectora, apreciable lector, dos cosas: en medio del desastre de país que se avizora, hace cinco días López Obrador reiteró que España y el Vaticano “deben pedir disculpas por la Conquista”;2 en contraste, por increíble que parezca, el responsable de las finanzas públicas, Arturo Herrera, declaró, en una conferencia en Washington, que el gobierno está implementando estrategias para tratar de mitigar el efecto de un menor dinamismo económico; y que junto con el tema de la desaceleración, otro de los temas que le “quitan el sueño”,3 es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

   Lo grave del asunto es que si este funcionario no duerme con motivo de la preocupación que lo acalambra, ¿cómo debemos estar el resto de sus compatriotas tras sus alarmantes declaraciones? ¿Durmiendo a pierna suelta?

   Lo cierto es que un Secretario de Finanzas insomne no le sirve para nada a nadie; mucho menos, un Presidente de la República que, lejos de ver cómo reactiva la economía para vencer la problemática que representa el conflicto entre China y los Estados Unidos (que está impactando negativamente en nuestro país), se afana en estúpidas reivindicaciones pseudohistóricas para distraernos del cataclismo en marcha.

   Mal está que reneguemos de nuestras raíces pues si mentimos a cerca de nuestros orígenes, nos mentimos respecto de quiénes somos y porqué y para qué estamos aquí. Manuel, Manuelito, ¡cuánto le has hecho a México!

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Luis Villegas Montes.

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1 LARRAINZAR, Manuel. Noticia histórica de Soconusco y su incorporación a la República Mexicana, Imprenta de J.A. Lara, México, 1843, pág. 11.

2 Artículo de la redacción titulado: “Reitera López Obrador: 'Se debe de pedir perdón por abusos durante la conquista’”, el día 12 de octubre de 2019, por el periódico Excélsior.

3 Artículo de Leticia Hernández titulado: “Desaceleración le ‘quita el sueño’ a Herrera”, el día 15 de octubre de 2019, por el periódico El Financiero.

EL ABORTO Y EL PAN.

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   El mes pasado, a raíz de una serie de determinaciones legislativas, el tema del aborto regresó a la palestra pública; y lo hizo, con mayor fuerza, si cabe, tras las desafortunadas declaraciones del Ministro de la Suprema Corte de Justicia, Arturo Zaldívar, quien con manifestaciones sexistas, clasistas y prejuiciosas (evidentemente contrarias a la imparcialidad que debería regir su quehacer, pues es un tema que tarde o temprano le tocará a él resolver y ya sabemos cómo lo hará), señaló: “Las niñas ricas siempre han abortado sin ningún problema, sin consecuencias legales de ninguna especie”.1

   De ese sainete aborrecible —al fin de cuentas hablamos de un debate ocioso pues en el fondo se trata de una sola cosa: si se suprime vida humana o no (pensar que el debate se puede enfocar de otra forma es una imbecilidad)— destaco una sola cosa: el mutismo del PAN en el Poder Legislativo.

   Corriendo los riesgos que deban correrse (que le llamen “Partido confesional” es lo de menos), el PAN debería erigirse, a través de sus cámaras, con una voz vigorosa que se escuche fuerte: “no al aborto” y punto.

   Resulta penoso tener que recordarles a los diputados panistas algunas nociones básicas de sus documentos de doctrina o de su historia pero ni modo.

   En primer lugar, la vigencia de los postulados del PAN nacen de los principios de doctrina que proclama; de esta, don Manuel Gómez Morin señaló que era “sencilla, clara como la luz, como el aire, como el agua, como todo lo que da vida y es vida, y alimenta, y salva y eleva”. Así, para esos diputados que ensalzan, y votan a favor, modas que constituyen banderas de grupos “progres”, enquistados en el poder desde hace algún tiempo, sería bueno recordarles el artículo 1, inciso a), de sus Estatutos: el Partido es una asociación constituida con el fin de lograr: “El reconocimiento de la eminente dignidad de la persona humana y, por tanto, el respeto de sus derechos fundamentales y la garantía de los derechos y condiciones sociales requeridos por esa dignidad”. No habla de grupos, ni de sectores, ni de catervas, ni de masas, habla de seres humanos.

   Y dentro del cometido fundamental, hablando estrictamente de “rescatar la dignidad humana”, los mismos principios establecen que: si una persona es equiparada a la materia, o degradada por otra, o esclavizada, u oprimida, es todo el orden de los valores humanos el atacado; no hay “deber de caridad más apremiante y obligatorio que el de restablecer, hasta donde las propias fuerzas alcancen, en el ámbito reducido o extenso en que la acción sea posible, la integridad y la dignidad del hombre”. ¿Dónde está la caridad de esos pseudopanistas que en un tema tan álgido, tan delicado, tan apremiante, eligen posturas izquierdistas cuyas propuestas no solo repugnan al sentido común sino incluso, a los principios y creencias básicos que se obligaron a defender?

   Hace justo 55 años, decía Adolfo Christlieb Ibarrola: “Luchamos por hacer realidad un concepto de vida fundado en el respeto a la Persona Humana”; ¿dónde quedó ese respeto? ¿Dónde la lucha?

   En un párrafo memorable, Carlos Castillo decía: “En estos terrenos hay muchas cosas que se siguen, por ejemplo la postura radical —aquí sí radical del Partido Acción Nacional— en contra de la legalización del aborto. Acción Nacional ahí no va a dar un paso atrás”.2 ¿Dónde quedaron la valentía, la gallardía, la radicalidad, tan necesarias en esta hora?

   El PAN se caracterizó por hacer oír su voz por encima de la algarabía del entorno; en la calle, no temía perder elecciones si ganaba con el ejemplo; en tribuna, lo le importaba perder debates “arreglados”, si ganaba en el terreno de las ideas; ideas claras, sencillas, auténticas, necesarias, como es el respeto irrestricto a la vida y a la dignidad humanas. Este no es un asunto de ganar o perder, es un asunto de mantenerse firme, defendiendo con lucidez y coraje principios y nociones básicos. Triste su silencio cómplice, triste su inacción y triste su cobardía.

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Luis Villegas Montes.

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1 Artículo de la redacción, con el título: “Suprema Corte de Justicia avala aborto por violación”, publicado el 08 de agosto de 2019, por el periódico Excélsior.

2 Léalo completo, vale la pena, en: Partido Acción Nacional. La Doctrina Panista. Fundación Rafael Preciado Hernández. México. 2012. Pág. 13.

LUISILLO: AD ASTRA.

Colage Luisillo

   Esta carta se iba a intitular: “Luis y yo” pero con el cuento del latín así se quedó y ni modo.

   El fin de semana vi una película que quería ver desde hace semanas y, en segundo lugar, sirve de encabezado a estas líneas: Ad astra o, escrito en español: “Hacia las estrellas”.

   Contársela me acarrearía una enorme serie de perjuicios empezando por confirmar esa vieja acusación (¡Ah, cómo me ha dolido!) de que cuando hablo de películas las spoileo: ¡No es cierto!

   En fin, no le voy a contar nada que el título, o la imagen de Brad Pitt (ya está cascadito, oiga) con casco de astronauta y traje de ídem, no le sugieran: sí, se trata de una película del espacio que, para mayores datos, la crítica de cine la califica como de: “suspenso y ciencia ficción”; y que protagoniza el susodicho Pitt, y el más bien feíto, Tommy Lee Jones, con una aparición muy marginal de Donald Sutherland.

   Vaya y véala porque, aunque trillado, el leitmotiv de la cinta es siempre maravilloso: cómo, en ese trajín que llamamos “vida”, nos vamos olvidando de las cosas realmente importantes; y, a veces, en ese afán de descubrir mundos o espacios, nos olvidamos de lo fundamental: hurgar y descubrirnos a nosotros mismos. Como siempre en estos casos, le sugiero que vaya al cine, adquiera una cajota de palomitas… y el refresco lo compre afuera.

    Yo digo que me anticipé al mensaje de la película porque —dos días antes— procedí a hacerle los honores a ese hecho de vivir lo que en la vida importa verdaderamente: resulta que, el martes de la semana pasada, recibí una llamada de Luis Abraham, mi hijo el mayor quien, con esa voz cavernosa que tan bien conozco, con un gutural y ominoso “papá”, me emplazó a verlo. No habría sido tan grave el asunto si no hubiera agregado de inmediato: “necesitamos hablar”.

   “¡En la madre!”, pensé; un “necesitamos hablar” de mi retoño provoca una inenarrable conmoción en mi interior seguida de escalofríos; se agita mi espíritu, se me dispersan las ideas, se me contrae el… alma; y si a eso le agrega usted que, muy a mi estilo, en ánimo preventivo retruco yo con un perentorio “¿para qué?” y él me replica con un (todavía más escueto): “personalmente”; no, entonces sí, un cataclismo súbito me embarga por dentro y hasta un conato de lágrimas asoma a mis ojos.

   La verdad que eso me pasa por prejuicioso y hocicón porque no era nada del otro mundo y terminamos jugando billar y dominó. La sana costumbre que habíamos forjado años atrás, de vernos semana a semana a esos mismos menesteres, se truncó por no sé qué misteriosos contratiempos a los que es tan afecto él; y en esas estábamos, hasta el viernes, que fue cuando nos vimos, y convinimos en repetir, los jueves, esa cita tan necesaria, para reconciliarnos de la circunstancia de ser padre e hijo, con todas las desavenencias y complicaciones, encuentros y desencuentros, apremios y prórrogas —y afectos y ternuras— que tal condición nos depara.

   Como sea, espero que sí, que nos veamos el jueves, por lo menos para la revancha, pues en el billar terminamos cuatro a uno, favor él; y en el dominó, después de dos manos, lo dejé con un orondo setenta a cero, que lo llevó a decir: “oye, como que cien puntos son muy poquitos”; pero no, porque después de eso no volví a ver la mía. El final estuvo de infarto porque poquito a poquito fui alcanzándolo, hasta que dio la vuelta la partida; y estábamos en un setenta a noventainueve (favor él); al que siguió otro setenta a noventainueve (porque con todas en contra me quedé sin fichas y le ahorqué la mula de ceros)… y ya después él me ahorcó a mí con un setenta a cientoveintitantos (no tuvo caso contar ya).

    Por eso sí, Luis y yo: hasta las estrellas.

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MÉXICO VS. INGLATERRA… Y así perdimos Belice.

México vs. Inglaterra

    No, no se trata de fútbol, de un partido amistoso entre ambos países a celebrarse en dicho mes; sino de una auténtica conflagración entre ambas naciones que derivó en esa pérdida terrible… por humillante.

   Septiembre (siempre septiembre); así es: todo empezó por esas fechas en Belice, siguió en Belice y, para desgracia nuestra, terminó con Belice, cuando lo perdimos a manos de los ingleses.

   Corría el mes de septiembre de 1848 y a las costas de Yucatán arribaron 938 mercenarios gringos a apoyar la causa de los separatistas locales; con ese gesto, oficialmente empieza una matanza conocida como “Guerra de Castas”, que cundió por toda la península y amenazó con exterminar, a manos de los indígenas, a la totalidad de la población blanca. La Guerra habría de prolongarse por más de media centuria y nos costó, otra vez, como todas las guerras de ese Siglo infame, un pedazo de nuestro territorio.

   A los españoles, Belice les pareció poca cosa: agreste, poblada de indios melindrosos y combativos, prefirieron irse a otros lares menos cerriles, más benévolos y pródigos. Pasaron los años y de modo paulatino para reponerse de sus fatigosas travesías corsarias, a sus playas llegaron bucaneros ingleses, conocidos como “baymen” o “piratas de la bahía”. No menos belicosos, ni crueles, que los naturales. En sus correrías, los baymen encontraron un producto más precioso que el mismísimo oro: el Palo de Campeche (aunque parezca albur, no lo es).

   El “Palo de Campeche”, o “Palo de Tinte”, es un árbol único en su especie usado para teñir géneros. A ese descubrimiento siguió otro casi de inmediato: los bosques de meliáceas (de donde se extrae la hermosa caoba); ya puestos, con ese espíritu filibustero y salvaje, los británicos poblaron la región para hacerse cargo del floreciente negocio; al mismo fin, empezaron a importar esclavos negros, traídos desde Jamaica, para explotar a placer los bosques locales.

   Envidiosa, la Corona española, oficialmente la dueña del territorio, empezó una ofensiva que derivó en sendos tratados (de Madrid y de París —que nadie cumplió—). Finalmente, la cosa se resolvió para ninguna parte merced a la batalla del Cayo San Jorge, en la cual, bandidos y esclavos derrotaron a la flota española.

   Firmado el Tratado de Córdoba —por el que México se anexó las provincias pertenecientes a la Nueva España—, Belice se incluyó dentro de Reino de Guatemala; empero, a los guatemaltecos les hizo maldita la gracia y se erigió un Congreso que declaró que las provincias de Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica serían independientes de México; así se conformaron las Provincias Unidas de Centro América, las que no fueron reconocidas, obviamente, por los gobiernos mexicano ni inglés. A todo esto: ¿qué tiene qué ver la “Guerra de Castas” con este margallate? Espérense tantito.

   A su modo, soberbia y prepotente, Gran Bretaña desconoció a Belice como parte de México y lo declaró, unilateralmente, colonia inglesa, pasando a formar parte de la, así llamada, “Honduras Británica”.

   Habíamos dejado al gobierno de la República matando indios a dos manos en la península de Yucatán; y, a estos, asesinando criollos y gachupines a placer; ambos bandos, sin dar ni pedir cuartel. Anticipándose a los gringos en unas cuantas décadas —es decir, beneficiándose de las matanzas intestinas entre mexicanos—, la reina Victoria financiaba a los rebeldes a fin de quedarse con Belice.

   A ese estado de cosas, el Presidente Porfirio Díaz decidió ponerle fin entregando Belice a la Gran Bretaña, vía la suscripción del Tratado Spencer; por el cual, México cedió ese territorio a cambio, artículo segundo, se dejara de suministrar armamento a los mayas sublevados.

   Así perdimos Belice.

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