LUISITA Y JUÁREZ.

Luisita Museo Casa Juárez

   En algún lado dejé escrito que tengo dos nietas: Luisa y Sofía; la verdad es que no convivo mucho con ellas; no soy muy dado a los niños; a los míos los aguanté más o menos armándome de paciencia, pero ya los ajenos como que me dan repelús; no sé muy bien cómo tratar con ellos.

  En este punto recuerdo una anécdota que me contaron un par de queridas amigas respecto de una conocida que, sin nada bueno que decir del bodoque recién nacido que le instalaron en brazos, sólo atinó a exclamar: “¡Qué calientito!”; así yo; los veo, infantes o creciditos, y ésa expresión —o cualquier otra de contenido similar—, es la que se me viene a mientes. Ni modo.

   Sin embargo, con Luisa las cosas han empezado a dar un giro interesante porque, más crecidita, ya no es cosa de andarla cuidado todo el tiempo ni interpretando sus deseos; me imagino que todavía no arriba a esa edad de la mujer en que un “no” puede ser un “sí”; y un “sí” a lo más que alcanza es a un “quién sabe”, de tal suerte que todavía nos podemos comunicar en un español diáfano: “¿qué quieres desayunar?”, pregunto; “menudo”; y tan tán, vamos al menudo; “¿qué quieres hacer?”; “ir al cine”; y al cine vamos; “¿tienes hambre?”, “no”, “sí”; etcétera. ¡Una maravilla!

   Pues ayer domingo, dado que Lola me canceló de última hora —dice que no conoce el Museo Casa de Juárez y tiene ganas de ir—, decidí visitarlo con Luisita quien tampoco lo conocía. Una muchachita se nos acercó a la entrada para ofrecernos sus servicios de guía y decidí prescindir de ellos; las explicaciones de rigor sobre quién fue, qué hizo y porqué es célebre Juárez decidí ofrecérselas yo a mi nieta; no sea cosa de que empezara a hablar de Juárez como hace “El Peje”: a lo baboso; y mi nieta está muy chiquita para llenarle la cabecita de pájaros pseudoliberales.

   Es pública mi animadversión a la figura de Juárez; y conste que me refiero “a la figura”, no a Juárez mismo quien, por lo demás, me parece un prócer como cualquier otro: cargado de defectos y virtudes al por mayor; sus aspectos luminosos, los que se destacan en el Museo, su tesón por mantener la República a cualquier precio; su valentía, los redaños para enfrentar a un Ejército muy superior en todos los sentidos sin claudicar; recular sin rendirse jamás, tal pareciera su divisa en aquellos días aciagos con la República trashumante a cuestas.

   Por otro lado, el lado oscuro de Juárez, su más pérfido legado, es el de consolidar las bases de esa nefasta tendencia que sólo la grandilocuencia de políticos de cuarta ha soslayado a lo largo de estos casi doscientos años de “independencia”: México como botín para los americanos. La postración, la sumisión, la entrega a los intereses yanquis es el blasón juarista por antonomasia y quien lo pretenda negar es un tarado, masón o no.

   Claro que no atosigué a Luisita con esas historias truculentas; me limité a narrarle de manera general los avatares de la epopeya juarista; ya vendrán tiempos mejores para irle contando esa gesta pletórica de claroscuros, en un intento no tan vano de formarla como debe de ser: con ideas y creencias que discurran, lo más apegado posible, a la realidad que deriva de nuestra condición humana, voluble y caprichosa por naturaleza.

   Lo demás, es producto de un adoctrinamiento senil que en nada abona al esfuerzo colectivo que debería ser el referente de toda nuestra vida pública actual: no volver a transitar por una época de caudillos.

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Luis Villegas Montes.

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¿ARCO O LIRA? ¡MAMÁ MÍA!

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   No, definitivamente no soy original; ¿cómo serlo si éste que soy ha abrevado durante décadas —próximas al medio siglo ya— en decenas de manantiales?

   El título de estos párrafos se basa en un ensayo memorable de Octavio Paz, “El arco y la lira”,1 publicado en 1956, donde el premio Nobel reflexiona sobre el fenómeno poético y sus ingredientes.

   No osaría yo intentar introducirme en el mundo de la poética; poesía he leído poca y no he escrito ningún poema que valga la pena tal calificativo; sin embargo, lo tomo de referencia porque hace unos días, en una plática con una persona que considero particularmente inteligente, hablábamos del arte, de qué es; y de a qué le podemos llamar de ese modo.

   Tarea ardua, si entendemos que detrás de la manifestación artística, cualquiera sea ésta, se haya un significado; en efecto, el artista, con su obra, dice o intenta decir algo al mundo; de ahí que no resulte ocioso hablar de la “interpretación” en el arte; el arte es necesario entenderlo a partir de referentes múltiples: época, contexto histórico, biografía del autor; sin que falten quienes desdeñan ese conocimiento porque “arruina” la obra artística, humanizándola.

   De esta forma, al menos para mí, el arte es una manifestación humana que me conmueve en menor o mayor medida; ya sea una pieza musical, una pintura, una escultura, una obra literaria, una representación teatral, una película o un recital de danza.

   Resulta muy arbitraria y limitada esta definición, por supuesto; pero es muy liberadora también, porque me evita fingir un goce que no siento —o que no entiendo— frente a un espectáculo que me puede dejar más frío que un Gansito en el congelador.

   El gusto, el placer, son factores esenciales del arte; escribe Paz en el citado ensayo, refiriéndose al poema, que sin dejar de ser palabra e historia, trasciende esta última: “la lectura de un solo poema nos revelará con mayor certeza que cualquier investigación histórica o filológica qué es la poesía. Pero la experiencia del poema —su recreación a través de la lectura o la recitación— también ostenta una desconcertante pluralidad y heterogeneidad. […] Muchos de los paisajes que admiramos en Quevedo dejaban fríos a los lectores del siglo XVII, en tanto que otras cosas que nos repelen o aburren constituían para ellos los encantos de la obra”.

   Lo que no puede entenderse, tampoco, como una invitación al displacer de transitar por el mundo del arte sumido en la ignorancia, con actitud de diletante hastiado, si la indiferencia es fruto de la rudeza intelectual; al contrario, asentarse en esa verdad mínima constituye un reto para leer de manera constante, para informarse sobre aquellos elementos útiles o pertinentes para entender la obra artística, cualquiera que sea.

   Los párrafos anteriores, para justificar una ida al cine este fin de semana a ver una película que, debo admitirlo con poquita pena, me encantó horrores: Mamma Mía! 2; sí, lo sé, muy lejos del llamado cine de arte pero, ¿qué quieren?, en gustos se rompen géneros y ABBA, siempre ha sido de mis grupos predilectos. Si no tiene nada mejor que hacer uno de estos días, vaya al cine, los martes son al 2 x 1; pero ya lo sabe: compre el refresco afuera.

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 1 PAZ, Octavio. El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica. México. 1967.

ANIQUILACIÓN.

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   Aniquilación es una película gringa de ciencia ficción de cuño reciente (2018); aunque bien aceptado por la crítica, el filme fue un fracaso de taquilla; protagonizada por Natalie Portman y Oscar Isaac, la película se basa en una novela multipremiada del mismo nombre, cuyo autor es Jeff VanderMeer.

   ¿Por qué me ocuparía de una reseña fílmica en estos párrafos? Porque la película lo vale. La cinta, entre otros temas, explora uno que, singularmente estos días, parece acosarme como es el de qué es aquello que llamamos “razón”.

   En ese debate interminable entre ciencia y religión —en donde los partidarios de la primera suelen cobijarse con singular desparpajo al amparo de lo que llaman “razón” en oposición a “superstición” y desdeñando el fenómeno de la fe, por considerarlo un acto irracional— a no dudarlo éste es un tema de actualidad.

   Resulta que en alguna de las escenas de la película, que se desarrolla entre una bióloga y una psicóloga, esta última cuestiona a la primera sobre el origen de la voluntad; no se la cuento por el asunto ése de los espoilers, pero me parece interesante porque estoy leyendo “Homo Deus: Breve historia del mañana”,1 de Yuval Noah Harari; y aquí, en una vuelta de tuerca de su primera obra, “De animales a dioses”,2 Harari se plantea preguntas a cerca de la razón, la existencia del alma y la consciencia.

   En resumen, Harari sostiene que no existe ningún avance científico ni ningún método que nos permita tener certeza de que “la realidad” existe con independencia de la propia experiencia; ergo, cualquier fenómeno que me sea ajeno, en función de mi consciencia o razón, será inasible per se y, por ende, se constituye en una mera creencia o, lo que es lo mismo, en un acto de fe.

   Máxime que, también siguiendo a Harari, buena parte de lo que somos guarda una estrecha relación con lo que sentimos; y mucho de lo que sentimos está determinado por una serie de compuestos electroquímicos que condicionan nuestro ser para que dé determinada respuesta —y no otra— frente a determinado estímulo. Dicho de otra forma: ¿Cómo puede el cerebro, ocupado en procesar solamente impulsos eléctricos y descargas químicas, experimentar una consciencia subjetiva? La respuesta es la ya apuntada: nadie lo sabe al día de hoy.

   Esta conclusión no riñe, en lo absoluto, con algunos postulados previos; a saber, que es posible que el impulso primigenio en cada uno de nosotros, eso que de manera genérica podemos llamar “subconsciente”, sea tan relevante, igual o más, que el llamado “pensamiento racional” que nos lleva a decir o a actuar de este u otro modo. En “Incógnito. Las Vidas Secretas del Cerebro”,3 un libro que ya comenté en otra parte, su autor nos regala una magnífica imagen de ese fenómeno al narrar el famoso incidente que protagonizó Mel Gibson cuando, borracho, atacó al pueblo judío; como es del conocimiento público, ya en su juicio, Gibson se retractó de sus manifestaciones. En este punto, Eagleman se pregunta: “¿Cuál es el ‘verdadero’ Gibson? ¿El que profiere comentarios antisemitas o el que siente remordimientos y vergüenza y afirma en público: ‘Tiendo la mano a la comunidad judía en busca de ayuda’?”.

   La ardua pregunta de quiénes somos está muy lejos de ser respondida y el postulado socrático: “conócete a ti mismo”, tan vigente como hace más de veinte siglos; lo único que es posible afirmar con absoluta certeza es que desdeñar la experiencia religiosa o mística, con la excusa del pensamiento racional es, por decir lo menos, una idea imbécil por gratuita e indemostrada.

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1 HARARI, Yuval Noah. Homo Deus: Breve historia del mañana. Debate. México. 2018.

2 HARARI, Yuval Noah. De animales a dioses. 4ª. reimpresión. Debate. México. 2015.

3 EAGLEMAN, David. Incógnito. Las Vidas Secretas del Cerebro. Colección: Argumentos. Anagrama. 3ª. edición. España. 2013. Capítulo 5: “EL CEREBRO ES UN EQUIPO DE RIVALES”.

OJO SALVAJE.

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  Ojo Salvaje tiene fe, pero no una de esas huecas fes religiosas […] No, la fe de esta mujer es diferente, es tan grande y profunda que no parece real. Y no es en Dios en quien cree. Cree en mí”.

   Tuve la suerte de toparme con un libro; como cada ocasión en que me repliego en mí para alejarme del mundo, leí como desaforado en estas vacaciones y tuve la fortuna de hallar, sin buscarla, una novela que, como suele ocurrir, llegó de la mano de la casualidad.

   Resulta que María no había leído “La Tregua”, de Benedetti, y una noche entrañable, con personas entrañables, salió el peine; comentándola, a una de nuestras anfitrionas, Perla, le pedí que me permitiera obsequiársela y, ¡cómo no!, también le sugerí a María que la leyera; accedió y, ya puestos, compré dos ejemplares.

   Terminó María la novela y —como debe de ser en cualquier lector que se respete y tenga un atisbo de corazón— se deprimió un poquito; luego me pidió que le recomendara otro libro y accedí; decidí irme a lo seguro y le regalé “A la Sombra del Viento”, de Carlos Ruiz Zafón. No falla.

   Pero cuál sería mi sorpresa que ahí en la librería, agazapada en un estante, me estaba esperando “La Comadrona” de Katja Kettu;1 por mucho, la mejor novela que leído en meses. Se lo voy a decir en palabras de una crítica italiana; si no se titulara como se titula, “La Comadrona” se podría llamar: “La ferocidad del amor”. No le cuento la trama porque ya sabe cómo se ponen algunos de intensitos y luego me acusan de espoilero, por decir lo menos.

   Baste decir que no siempre ocurre; que es difícil encontrarse con un texto que te quite las palabras de la boca; que te corte el aliento; que te sacuda, que te conmueva, que te estremezca; que te seque por dentro para que después florezcas; que haga que el recuerdo, como en un pasaje onírico, se funda con la ensoñación y la nostalgia sin nombre de los amores contrariados —de los que habla García Márquez en la primera página de “El Amor en los Tiempos del Cólera”— y le dé apelativo a las cosas que parecían haberlo perdido en ese páramo desolado en que, a veces, perdida la fe, se convierte el alma de uno.

   La Comadrona” de Katja Kettu me reconcilió con el lenguaje y con el sentido último de la existencia que es uno solo: vivir.

   Perdida la fe en los hombres, para siempre y en definitiva, le hallo sentido a la propia vida en el acto de agotarse viviéndola; disfrutando palmo a palmo aquello, y sólo aquello, que nos hace felices en el aquí y el ahora porque lo demás es —diría Calderón de la Barca— sueño puro.

   En alguno de los párrafos de su novela, Johann Angelhurst se pregunta sobre la auténtica naturaleza de Ojo Salvaje y cuál Norna es: si Urd, lo que fue; Verdandi, lo que es; o Skuld, lo que está por venir;2 y casi al final se responde que es Verdandi: lo que ocurre ahora. En lo personal, me quedo con esta última visión del mundo: la del presente luminoso o aciago, pero presente al fin.

   Le dejo una cita del libro que da testimonio de ese amor desaforado que hace estallar las junturas del alma del que da cuenta la novela toda: “Cada minuto desperdiciado, cada hora, cada parpadeo. Cada instante sin ti, no vale nada”.3

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1 KETTU, Katja. La Comadrona. Alfaguara. México. 2015.
2 Ibídem. Pág. 225.
3 Ibídem. Pág. 209.

LOS LIBRES NO RECONOCEN RIVALES.

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   El viernes pasado, alguien comentó, con conmovida voz de alivio, que por fin había llegado al anhelado 20 de julio de este año;  el críptico desahogo se explicó de inmediato: “salimos de vacaciones, no sé si merecidas, pero en todo caso necesarias”. Heme aquí; instalado de lleno en esta bendita semana que para mí inició en viernes, compartiendo plenamente ese sentimiento de que, no sé si las merezco, pero definitivamente las necesito: vacaciones.

   El título de estos párrafos se explica porque, como ya lo saben mis escasos lectores, yo en estos periodos de asueto me pongo a leer como condenado; en ésas, huerfanito, viéndome desde un anaquel, estaba un librito cuyo título es el que encabeza estos párrafos, escrito por Paco Ignacio Taibo II.

   Con Paco tengo una relación unilateral de amor-odio de padre y señor mío. Digo que —aunque de antología— la nuestra es una relación unilateral porque estoy cierto que el ingrato ni en la vida me hace. Todo comenzó hace casi cuarenta años, cuando leí “Días de combate”; pues ahí estaba yo, rendido; todo cándido, pensando que Taibo II era cosa de otro mundo cuando ya le empezó a salir lo comunista y lo toscote y nuestro idilio se fue al carajo.

   Ahora me cae gordo; hacer novela sí, bienvenida cualquier creación literaria que pretenda romper moldes; ¿novela histórica? Tú dale, los lectores asiduos sabemos que la realidad da para eso y mucho más; pero, ¿intentar escribir historia un novelista? Y para colmo ideologizado, no señor, no lo intenten, no se los recomiendo. Sale cada engendro que no es novela, ni ensayo, ni historia, ni nada. Un puñito de basura, como es el caso.

   En su bodrio, Taibo II procura contarnos los avatares cercanos a la Batalla de Puebla y dibuja —desdibuja— la biografía de unos héroes de bolsillo enfrentados a unos tiranos épicos de dimensiones escandalosamente perversas; según él: todos los buenos están en el bando de los liberales y los malos en el de los conservadores; su narrativa prescinde de ese matiz indispensable cuando de personas hablamos; nos narra una historia ajena a los claroscuros de la naturaleza humana.

   Eso no es lo malo; lo malo de esas perversiones ideológicas es que crece uno con un pensamiento torcido y se larga a la vida a la patita coja intelectual y visual, pues se comienza a ver la realidad, y a interpretarla, con un solo ojo.

   Si no me cree, piense en las declaraciones imbéciles de MORENA, de las que hablaba en una entrega anterior, empezando por aquellas que intentan deslindar al otrora Rayito de Esperanza, a punto de convertirse en un sol arrasador que cae a plomo, del nauseabundo “blanqueo” de millones de pesos en nombre de los afectados por el sismo del año pasado: el fideicomiso propuesto por AMLO recibió 44 millones 407 mil pesos depositados en efectivo;2 lo que violaba el régimen especial porque al ser depósitos en efectivo, no es posible saber la procedencia del dinero y si se trata de recursos lícitos; porque los depósitos violan el régimen de financiamiento a partidos políticos; y porque el propio fideicomiso prevé que sólo puede recibir aportaciones a través de transferencias electrónicas y cheques.

   Adivine cuál fue la respuesta de AMLO a tan palmaria evidencia: “Consejeros del INE son conservadores, no quieren un cambio”. ¡Le digo!

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1 TAIBO II, Paco Ignacio. Los libres no reconocen rivales. Planeta. México. 2017.
2 URESTE Manu. Depósitos ilegales y reparto de millones en efectivo: así violó la ley el fideicomiso para damnificados de Morena, publicado en fecha 19 de julio de 2018. [En línea]; visible en el sitio: https://www.animalpolitico.com/2018/07/fideicomiso-damnificados-sismo-morena/, consultado el 24 de julio de 2018 a las 18.55 hrs.
3 Artículo titulado: “Consejeros del INE son conservadores, no quieren un cambio: AMLO”, publicado el 20 Julio 2018. [En línea]; visible en el sitio: https://politico.mx/minuta-politica/minuta-politica-gobierno-federal/amlo-retoma-actividades-ofrecer%C3%A1-mensaje-medios-este-viernes/, consultado el 24 de julio de 2018 a las 19.00 hrs.

ADOLFO Y LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS.

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   El título de estos párrafos se explica porque anoche empecé a ver la película. Vale madre que me desvele, puedo hacerlo porque estoy de vacaciones.

   Todo comenzó con un escueto mensaje de mi retoño el Adolfo: “Ve la sociedad de los poetas muertos”. Huelga decir que le hice caso. Le hice por un montón de sentimientos encontrados. El primero, tener algo para platicar. Con el Adolfo tengo una relación pedregosa pautada de afecto, que incluye abrazos y besos periódicos, y agarrones efímeros pero fulminantes. Yo pensaba que era una cuestión de la adolescencia pero no, en su caso, a los veinte años, la adolescencia se empieza a prolongar más allá de lo que la biología podría explicar en mi opinión; sin embargo, parece ser que sí, dicen María y Adolfo que es mi culpa, porque mi carácter levantisco tiene más de sierra que de páramo, de febrero que de julio y de borrasca que de céfiro; y el Adolfo lo heredó. Ésa fue una razón.

   La otra es que ya se va. Se va mi hijo menor a estudiar y yo me quedo aquí a aguantar las estupideces con que a diario nos abofetea la realidad, empezando por esa abominación que se llama MORENA y lo inunda todo con sus declaraciones imbéciles, a las que ya regresaré luego.

   Decía, se va el Adolfo y lo voy a extrañar mucho. Se lleva libros, mis libros; y se lleva sus dudas, cargadas de preguntas existenciales disparadas en rápida sucesión; y que en ocasiones me agobian o confunden, pero en otras, las más, me sacuden, me congratulan, me enternecen, pero en todo caso me conmueven.

   Confío en que sea para bien.

   Cuando me dijo que iba a estudiar literatura creativa me sentí como cualquier padre de familia al que alguno de sus hijos le dice: “quiero ser pintor”, “bailarina”, “cantante”; “¡chín!, en la madre”, pensé, me salió de esos: artista; personas contra las que yo, dicho sea de paso, no tengo nada, pero —también como cualquier padre de familia sensato— me hizo preguntarme si lo iba a tener que mantener hasta los cuarenta y tantos, como Theo van Gogh con su hermano Vincent.

   Ya luego me explicó que no, que la cosa iba en serio, que se trata de una carrera en forma de varios años, que la universidad la va a entregar un título en regla que si no lo convierte en el próximo Albert Camus, Mario Vargas Llosa, Jorge Volpi, Almudena Grandes, Arturo Pérez Reverte o, ya de perdida, Stephen King, es posible que le dé de comer a él y a los eventuales retoños que procree con una española de pura cepa quien, cuando la incordie —como suele incordiar este hijo mío— le pueda decir en tono de reproche con ese acento que me derrite y me deleita —y como ese malvadote de moda, Luisito Rey—: “Coño, Adolfo; que te la has gana’o, tío”; y ¡zaz!, le brinde un tremendo soplamocos, dado con todo el amor del mundo, que lo regrese de vuelta a casa con toda su progenie.

   Como sea, todavía no se va el Adolfo y ya empecé yo a extrañarlo; y a rogarle a la Virgen y a los santos que, si no se gana el Premio Nobel rapidito no importa, con tal de que lo mantengan vivo, sano y en paz allá donde esté; que ya sería mucho decir en este mundo de locos.

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MERLÍ O DE LAS PUERTAS ABIERTAS DEL VALHALLA.

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   Al gozo de leer a Almudena, o mejor dicho, concomitante a él, durante semanas disfruté una serie cuyo nombre recogí casi por casualidad.

   En un desayuno de Rotary, alguien, ¿la maestra Wong?, comentó el título de la serie: Merlí.

   Hablábamos de filosofía, creo, y de algunas producciones de televisión que abordan el tema. Las opiniones sobre la serie estaban divididas: no faltó quien la desdeñara por “ligera”; porque de filosofía sólo se queda en “generalidades” y cierta vacuidad. En tanto que hubo partidarios entusiastas que la celebraron como divertida, inteligente y bien hecha.

   Definitivamente me quedo en el grupo de los segundos. Me encantó.

  Aunque, en efecto, de filosofía hable más bien poco, definitivamente la serie no pretende eso; en cambio, constituye una enriquecedora reflexión sobre el entorno de los jóvenes, la docencia y la evolución constante en el modo de comprender el mundo.

  Con personajes entrañables, con Merlí Bergeron a la cabeza, la serie trata de un profesor de Filosofía desalojado que se va a vivir con su madre, y deberá aprender a convivir con su hijo Bruno, del quien hasta entonces cuidaba su exmujer; la llegada de Bruno a la vida de Merlí coincide con su contratación en el Instituto Àngel Guimerà; donde, merced a métodos imprevisibles y heterodoxos, hace reflexionar a sus alumnos sobre el sentido de las cosas; y a quienes también ayuda en la solución de sus problemas personales, si bien no pocas veces sus métodos o consejos sean censurables.

  Merlí no sólo explica a los grandes filósofos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Schopenhauer, Hume o Nietzsche, también aplica sus ideas y enseñanzas en la vida práctica para resolver problemas cotidianos.

  El mérito de la serie es la frescura de los personajes; la agilidad y vigencia de los diálogos; y la inteligencia con que se construye cada capítulo que, sin desvincularse del resto, enlaza los pormenores que le son propios con el filósofo o la corriente filosófica en turno.

   Para mí, que ya estoy fuera de onda y a quien le son ajenos un montón de tópicos de las nuevas generaciones, la serie constituye una oportunidad invaluable para replantearme un montón de asuntos que van desde las relaciones sexuales hasta el consumo de marihuana. Con esto no quiero decir que esté muy de acuerdo con que los jóvenes hablen de “derechos” (entendidos como prerrogativas, facultades o licencias) respecto de aquellos asuntos, y sus secuelas, que no tienen posibilidad de afrontar por sí mismos; me explico: no pueden hablar de libertad sexual ni de consumo de drogas, alcohol o tabaco, si no tienen los medios para hacerse responsables de lo que ocurra tras su realización. Punto. Pero a no dudar, la serie ahonda en estos y otros temas que, por lo menos para mí, son polémicos y dignos de reflexión.

   Como sea, en uno de sus capítulos la serie me recordó que, más allá de los infortunios cotidianos que pueblan nuestra existencia, existe la promesa del Valhalla –el paraíso nórdico de los muertos que, extrañamente, guarda la promesa de permitirles disfrutar de lo bueno en la otra vida–. Ese planteamiento me convenció que con el ánimo triste o festivo, con las fuerzas a punto o menguantes, con la esperanza intacta o rotas las esquinas del alma, el Valhalla está aquí y no hay otro.

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