EL VOTO CUESTA Y SE PAGA CON DEUDA.

 

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             No suele ocurrir a menudo, pero a veces, muy pocas, empleo el título de alguna nota periodística, de algún libro, etc., para centrar el tema del que habré de ocuparme. Ésta es una de esas ocasiones. “El voto cuesta y se paga con deuda” es el título de un reportaje publicado por la revista Proceso, hace poco más de un año y medio.1 En el reportaje se daba cuenta de la inversión que en 2015, año electoral, pensaba hacer el Gobierno de la República. La exorbitante cifra, rondaba los 50 mil millones de pesos invertidos en obras con fines electorales.

          Para ese entonces, sin cumplir todavía los tres años en el Gobierno, la administración del Presidente Enrique Peña Nieto se había endeudado por una suma escalofriante: Un billón 235 mil millones de pesos. Puede ser que a Usted la cantidad no le diga nada, se lo voy a decir de otro modo:

  • La suma es equivalente al 25% del Presupuesto de Egresos de la Federación para ese mismo año, que ascendió a 4 billones 694 mil 677 millones 400 mil pesos;
  • Es decir, en sus primeros dos años, el sector público federal se endeudó a un ritmo de “mil 675 millones de pesos DIARIOS”;2
  • Dicho de otro modo, en tanto el costo para pagar el financiamiento del gobierno federal llega a 2% del PIB, “la deuda en total equivale a 30%” del mismo indicador,3 y
  • En suma, para organismos especializados, la deuda “crece a un ritmo más acelerado que la economía”.4

          Este 2016, como el anterior, es año electoral. Se “juegan” 12 gubernaturas, 967 alcaldías y casi 250 diputaciones locales. En cifras generales, casi la tercera parte de los órganos públicos de representación popular.5

          Pues bien, al día de hoy, desde naranjas entregadas a nombre del titular del Ejecutivo en Durango, hasta concesiones de transporte para campesinos en Veracruz, los obsequios van de mochilas y útiles escolares, a tinacos o escrituración de propiedades; ante la mirada impávida del Instituto Nacional Electoral.6

          Ciertamente existen antecedentes para este desmoche.

         El 23 de enero de 2013, el entonces todavía IFE resolvió el procedimiento de queja en materia de fiscalización instaurado en contra del PRI y del PVEM. ¿El sentido del fallo? La exculpación. Ello, a pesar de estar plenamente acreditado dentro del expediente, el esquema de contratación entre el PRI y Monex:7

           Es decir, ésta que tendría que ser, por necesidad, una fiesta cívica, un festín para la democracia, una asamblea de ciudadanos libres, continúa siendo, como si en los últimos 30 años no hubiera ocurrido nada, un asunto de simulaciones, de medias verdades y de francas mentiras. Uno donde, la autoridad comicial sirve exactamente para dos cosas: Para nada y para puritita…

          Pero no es lo peor; lo peor no es que nos den atole con el dedo, ni que se rían de nosotros en nuestras propias barbas y ni siquiera el dispendio irracional de recursos públicos en la celebración de la mascarada, lo peor es que, como ya vimos, pagamos por ello. Pagamos sin sentirnos responsables, sin creernos partícipes, sin sabernos cómplices.

          Porque, no se vaya muy lejos, querida lectora, apreciable lector, los culpables de tan triste estado de cosas están enfrentito nuestro, en el reflejo del cristal; en ese donde cada  mañana nos quitamos los dos o tres pelos de la barba rala o donde nos “enchinamos” las pestañas. La culpa de ese exceso, de ese atropello, de ese abuso, está en la persona cuya imagen nos devuelve cada mañana el azogue del espejo. En 1624, John Donne escribió un poema que inspiraría la novela de Ernest Hemingway: “Por quién doblan las campanas”. Dice el poema:

“Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo;

cada hombre es un pedazo del continente,

una parte del todo. […]

La muerte de cualquier hombre me disminuye,

porque yo soy parte de la humanidad;

y por consiguiente, nunca preguntes

por quién doblan las campanas;

doblan por ti”.

 

Pues en este 2016 -este año electoral, este año de comunidad-, las campanas doblan a rebato por Usted y por mí. Porque estamos muriendo lentamente de indolencia, de apatía, de descuido, de pereza, de miedo, de desmemoria… y al final, quizá terminemos por morir de miseria.

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Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com




1 Nota publicada con el título: “El voto cuesta y se paga con deuda”, suscrita por Carlos Acosta Córdova, publicado el 13 de septiembre de 2014, por la revista Proceso.

2 Nota publicada con el título: “Con Peña Nieto creció la deuda mil 665 millones de pesos diarios”, suscrita por Israel Rodríguez, publicado el 2 de noviembre de 2014, por el periódico La Jornada. Énfasis añadido.

3 Nota publicada con el título: “Deuda, ‘la bola de nieve’ dentro del presupuesto”, suscrita por Francisco Muciño, publicada el 10 de septiembre de 2014, por el medio digital Forbes. Visible en el sitio: http://www.forbes.com.mx/deuda-la-bola-de-nieve-dentro-del-presupuesto/

4 ídem.

5 Con información del Instituto Nacional Electoral. Visible en el sitio: http://www.ine.mx/archivos3/portal/historico/contenido/Calendario_Electoral/

6 Nota publicada con el título: “Llueven regalos de gobiernos en estados con elección este 2016”, suscrita por Patricia Méndez, publicada el 7 de abril de 2016. Visible en el sitio: http://www.e-consulta.com/nota/2016-04-07/elecciones/llueven-regalos-de-gobiernos-en-estados-con-eleccion-este-2016

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DE LUTO.

 

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La semana pasada escribí una reflexión con el título: “ADOLFO Y LA CIUDAD DE MÉXICO”; las ideas, los sentimientos, los pensamientos, las anécdotas detrás de la misma, ya estaban ahí -casi escritos- cuando recibí las dos tristísimas noticias. Pese a todo, creo que hice lo correcto; por lo que sé de ambos, por lo que los conocí, estoy seguro que doña María Luisa Ugalde y el maestro Gabriel Borunda habrían coincidido conmigo en la necesidad de celebrar la vida antes que lamentar la muerte; y la semana pasada fue eso; una ráfaga de vida que va a alentar en mí por siempre y para siempre.

Sin embargo, no podía dejar pasar tan terribles acontecimientos como si nada.

Supe de la primera de manera tardía, por el Facebook, y sólo acerté a llamarle a Adolfo por la noche para avisarle del deceso de nuestro amigo Gabriel Borunda. Nos queda el consuelo de que, en una de sus tantas entradas al hospital, fuimos a visitarlo los dos y a fin de no llegar con las manos vacías, le llevamos dulces de “La Gota de Miel”. Le gustaban mucho las golosinas, según nos informó Amelia, así que nos dio doble gusto haber acertado en el obsequio.

A Gabriel lo conocí hace demasiado poco tiempo. Meses atrás, en relación con el Taller de Creación Literaria en el que decidimos incursionar Adolfo y yo, escribí una reflexión (Noche de San Juan) donde se lee: “Antes de continuar, es preciso que les narre cómo o porqué decidimos entrar. Navegaba yo por las procelosas aguas del Facebook, cuando me topé con una mención del Taller a cargo de Gabriel Borunda. Ahí nomás, sin mayores ceremonias, le envié un inbox solicitando información: ‘Hola. ¿Cómo le hago para entrar al taller?’; y con la sencillez y bonhomía que le caracterizan, el Maestro me respondió: ‘Sólo te esperamos a las siete los martes en el Museo Casa Redonda’. Así empezó esta aventura”. Con su partida, personas como Adolfo -o como yo- nos quedamos huérfanos a mitad de ese páramo que se llama: “Aprender a escribir”; ya no estarán ahí sus sabios consejos, sus útiles sugerencias, sus oportunas recomendaciones ni su gentil invitación para seguir escribiendo, tan necesarios para enfocar o centrar lo que iba saliendo de nuestra pluma.

Al día siguiente, sin advertencia ni aviso previos, supe de la muerte de María Luisa Ugalde; a diferencia de Gabriel, a ella la conocí hace casi 20 años; en el transcurso de los cuales tuvimos oportunidad de coincidir en multitud de ocasiones. Narrar el cómo y el cuándo rebasaría, por mucho, el limitado espacio de estas líneas, sin embargo, en un afán de compendiarlas todas diré lo siguiente: Durante mis casi 25 años de experiencia parlamentaria, conocí decenas, sino es que cientos, de legisladoras y legisladores. Pues bien, cada vez que alguna o alguno me preguntaba, al arranque de la Legislatura, cuál Comisión o comisiones eran las más importantes, invariablemente les respondía lo mismo: “No hay comisiones importantes, no existen. Existen malos diputados y buenos diputados; éstos son los que hacen la diferencia”. Y siempre, siempre, siempre, tenía en mente a María Luisa Ugalde.

Cuando la conocí, la señora Ugalde ya estaba instalada cómodamente en ese grupo al que suele llamarse “de la 3ª. edad”; ignoro cuántos años tenía entonces -y por delicadeza prefiero no especular-, pero me queda clara una cosa: La edad resultaba un asunto irrelevante. Los tres años que fungió como diputada fue un ejemplo de dedicación, de responsabilidad, de constancia. Corría el año de 1998 y la Comisión que le asignaron no podía ser más intrascendente en ese entonces: Ecología. La Diputada Ugalde trabajó de manera infatigable y a los meses, había presentado ya una Iniciativa que estaba muy por delante de su época, que sentó las bases para un debate de fondo sobre el tema y que sirvió de modelo, en mucho, a la Ley actual. Si al inicio de esa Legislatura alguien me hubiera dicho que el de ecología y medio ambiente iba a constituir un tema relevante en torno del cual habría de girar buena parte de nuestra labor, me habría echado a reír. El tema nos mantuvo ocupados tres años; y lo que es mejor, no nos mantuvo ocupados sólo a nosotros, mantuvo ocupado al Gobierno y lo obligó a afrontar el hecho de que había que debatir el tema y no mandarlo a la “congeladora”, destino previsible siempre que de iniciativas del PAN se trataba.

La Diputada Ugalde, sinónimo de trabajo, de consistencia, de celo, de compromiso, fue también, en sus años mozos, aguerrida militante de un Partido Político en el que no era fácil militar. Acoso, represalias, persecuciones, eran el pan de cada día para los panistas de entonces y María Luisa, cuando incluso ser mujer a carta cabal era un asunto complicado, década tras década, en las duras y en las maduras, siguió ahí, como hasta el último día, a pie firme; magnífica, espléndida en su estoica determinación, a la que no le hacía falta subir a tribuna a lucir una pirotecnia verbal sin contenidos -única herramienta de los pobres de espíritu, que no tienen nada que dar ni nada han dado, excepto su discurso estéril, por inútil, por oportunista, por vacío-.

Descansen en paz, doña María Luisa Ugalde y el maestro Gabriel Borunda; de quienes, a modo de modesto homenaje póstumo, sólo puedo decir que le doy gracias a Dios por la fortuna, la dicha, la honra, que me deparó haberlos conocido, haberlos frecuentado y haberles hecho saber, alguna vez, mi aprecio y mi admiración indeclinables.

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ADOLFO Y LA CIUDAD DE MÉXICO.

 

Foto de Adolfo con traje

El fin de semana pasado fuimos a la flamante Ciudad de México el susodicho Adolfo y quien esto escribe. Mis lectores, ese género floreciente que ya ronda la cincuentena, saben perfectamente quién es Adolfo: Mi hijo menor, ése de quien les conté hace poco que estábamos muy contentos porque nada más reprobó dos materias. Pues resulta que Adolfo estuvo dando la lata con que fuéramos a la Ciudad de México y en la primera oportunidad, precisamente este fin de semana, fuimos. Aunque las opiniones están divididas (entre quienes le mientan a su jefecita al ídem de Gobierno de por allá todos los días y los que se la mientan nada más cuando “no les toca”), lo cierto es que el “Hoy no Circula” doble sí se nota. Conste que no me refiero al aire que se respira, sino a la densidad del tráfico. Estuvimos tres días y no vimos ni fuimos víctimas de esa saturación de automóviles a la que México nos tiene tan acostumbrados. Esas calles anchísimas que parecían estacionamientos, son ahora ágiles rutas de flujo vehicular y por fin sirven para lo que deben de servir y no para desesperarnos y hacer que nos mordamos los nudillos de impotencia o de rabia porque dilatas 40 minutos en darle la vuelta a la manzana. Adolfo y yo anduvimos en Metrobús, en taxi, en la camioneta de Lily (mi sobrina) y “a pata” y luego de muchos años de pensármelo creo que sí, efectivamente, México es una delicia para los sentidos sin esas hordas de cafres que lo poblaban todo con su ruido incesante y su negro esmog.

Nuestra actividad allá consistió básicamente en dos tareas: Ir al teatro y buscar libros. La primera, un éxito; la segunda, un fracaso total… bueno, un semifracaso. Al teatro fuimos de viernes a domingo; en alguna ocasión, hasta dos veces el mismo día; y en otra, en compañía de Abril, una amiga de Adolfo, quien iba a ser protagonista de estas líneas (la reflexión se iba a llamar: “Abril en ídem”) pero Adolfo tajantemente me lo prohibió.

El asunto de los libros ya es otro cantar. Adolfo se entusiasmó con “Dragón Rojo” (yo tengo la culpa por hocicón), de Thomas Harris y aquello fue patear de norte a sur y de este a oeste la urbe entera buscándolo. Aquí ya habíamos hecho el intento; incluso en la Bodega del Libro hicimos el pedido y dimos un anticipo. Dos meses después nos devolvieron el dinero porque no lo habían podido conseguir. Ya en la Ciudad de México, primero fuimos a librerías “formalitas”: Gandhi, Porrúa, El Sótano, etc. y nada. Agotado. “Bien, a las librerías de viejo”, me dije. “No será la primera vez que busque un libro en concreto y lo consiga” y allá fuimos, confiados y salerosos. Yo parecía caballo de carreras por lo brioso; anticipándome en la satisfacción de ver la mirada de alegría en los ojos de mi retoño. Nada. Regresé arrastrándome; literal y metafóricamente sin aliento. Primero fue toda Donceles; ya en la última librería de la famosa calle empecé a albergar mis sospechas de que iba a resultar más complicado de lo que parecía. “Oiga, ¿no tendrá Usted de pura casualidad Dragón Rojo?”; preguntábamos. “Noooo mi joven; está agotado”, “no me ha llegado” o cualquiera de sus infinitas variantes. Donceles, Allende, detrás del Palacio de Minería, La Ciudadela, Coyoacán, Insurgentes (donde sé que hay librerías de viejo), nada. Lo más cercano fue en el mercado ambulante de libros de detrás del Palacio de Minería. “Oiga, ¿Dragón Rojo?”; “Sí” -y aquí el Adolfo y yo sonreímos de oreja a oreja- “Pero es mío y no lo vendo”; no se la rayamos básicamente porque estábamos rodeados de paisanos suyos; y aquello habría sido muy parecido al asunto aquél de Hernán Cortés rodeado de tenochcas embravecidos y nosotros no traíamos ni un méndigo caballo, ni mucho menos un arcabuz y, ya puestos, ni espadas, ni barba, ni ojos azules. Así que humildemente dimos las gracias y nos alejamos de ahí contritos y resignados. No lo conseguimos en ningún sitio.

Ahhh, pero -y éste es un pero fundamental-, en cambio hicimos una serie de valiosas adquisiciones; compramos dos libros de Freud, “Introducción al psicoanálisis” y “Tótem y tabú” -¿por qué los quiere leer Adolfo? Misterio-; y conseguí en Gandhi, por módicos 26 pesos, el Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Resulta que el Adolfo no tenía la menor idea del Don Juan. Conocía la expresión metafórica pero no su origen y ni idea tenía de la existencia de esa obra maravillosa. Pues no me lo va Usted a creer, querida lectora, apreciado lector, pero ahí merito, enfrente de Bellas Artes y la Alameda Central, bajo un sol de órdago, me detuve a leerle a mi hijo de 17 años esos párrafos magníficos que aún hoy, tantos años después de haberlos leído por primera vez, me siguen conmoviendo:

“¡Oh! Sí, bellísima Inés

espejo y luz de mis ojos;

escucharme sin enojos,

como lo haces, amor es:

mira aquí a tus plantas, pues,

todo el altivo rigor

de este corazón traidor

que rendirse no creía,

adorando, vida mía,

la esclavitud de tu amor”.

En el trayecto, virtud a los estragos de la calor, lo llevé a La Ópera, la famosa cantina en donde todavía puede verse en el techo el agujero que dejó el célebre balazo de Pancho Villa; me tomé una cervecita, él una “piña colada” (sin alcohol) y le conté la historia. Más tarde, fuimos al preestreno del Libro de la Selva.

¿Qué más le puedo contar? Fue un fin de semana perfecto; redondo y completo. Del que sólo resta darle gracias a Dios y a la vida. Por cierto, hablando de agradecer, ¿no tendrá alguno de ustedes, entre sus curiosidades, el famoso librito?

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Luis Villegas Montes.

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